jueves, 10 de octubre de 2013

El santuario

Por José Benegas (*)
Hay que reconocer que el poder político es algo mucho menos serio de lo que se viene pensando en el último par de siglos. Tanto esfuerzo por ponerlo en caja, tornarlo previsible, servicial, hasta protector, que el deseo no le deja lugar a la mirada atenta. El propósito de amansarlo mediante instituciones cuando no se alcanza deriva en mistificación.

Se producen dos bandos, los aburridos que lo atan y los divertidos que lo desatan.  Los divertidos están cada vez que hay que repartir para cosechar sonrisas y los aburridos nos recuerdan que toda cuenta se paga. Los divertidos acusan a los aburridos de no querer fiesta y los aburridos están aburridos de explicar que antes de festejar hay que tener con qué. Lo que pasa es que cuando se tira el dinero de otros la responsabilidad parece más tediosa que cuando uno tiene que pagar.
Lo que hemos estado suponiendo desde hace mucho tiempo es una racionalidad en un aparente mercado de votos en el que los mejores consiguen adhesiones y si no lo logran es porque están teniendo “errores de comunicación”, o no son con sus conductas un ejemplo suficiente. Sin embargo hay más problemas, porque esta visión del poder como algo servicial y no como la organización de la injusticia con la que en todo caso se puede tener una paz provisoria, vuelve a lo que siempre fue, el lugar donde se reparten las fortunas, los privilegios y la buena vida. Antes era muy explícito y ahora ocurre utilizando todas las palabras de la época racional pero en un sentido diferente. Los divertidos se llaman keynesianos (aunque Keynes nunca dijo que la vida era una fiesta como estos gastadores pro-cíclicos) o socialistas o izquierda o nacionalistas o nacional socialistas. A los aburridos se los niega adosándoles nada más que malas intensiones. Los aburridos son los malos y listo. Son gente que no quiere divertirse. Hay que reírse de ellos.
El que define a los malos se define como bueno. Gana terreno el maniqueísmo y el misticismo. Entonces se ve al “Pueblo” (aquellos que no son gobierno) besar manos, tocar y declarar amor ciego e incondicional a los buenos; es decir los divertidos. Cuando tienen algún problema los divertidos buenos y por ejemplo son internados en un hospital sus seguidores lejos de comportarse como ciudadanos que apoyan determinadas líneas de gobierno, lo hacen como fieles de una secta. Elaboran estampitas, carteles con todo tipo de frases de admiración, lloran de manera pública y hacen ofrendas mostrando un servilismo absoluto. Gestos que no harían por sus parientes, con quienes tienen relaciones de afecto normales. El santuario es un amor como forma de sometimiento político, de veneración. En el santuario hay una relación de poder y la pasión forma parte de ese vínculo.
El santuario y la república pertenecen a mundos distantes. El santuario es la muestra más fácil de reconocer de desigualdad.
Los ritos en el santuario llevan implícita la despersonalización, con la despersonalización como está ampliamente demostrado, desaparecen las inhibiciones morales. Despersonalización más maniqueísmo y cualquier enemigo que pase cerca corre peligro. Enemigo se define como el infiel.
Sobre un cuerpo de república se va colando así un califato. En el encantamiento por el número no se advierte que no es lo mismo contar con votos como adhesión pensada a un determinado rumbo de gobierno, que contar siervos con o sin uniforme que obedecen órdenes y expresan sumisión total a un liderazgo.
La irracionalidad parece locura, pero no es locura. En el juego de la lealtad sin freno y sin normas el valor no es ni la honestidad ni la justicia, sino la pertenencia. Lo que nos protege no es un sistema de reglas sino una autoridad fuerte. Estamos adentro o estamos afuera. La forma más común de estar adentro es insultar al que está afuera. Con ese no se tienen unas ideas distintas, sino que se lo odia por ser una amenaza. Es decir por temor.
Cuando nos preguntamos cómo puede ser que determinada persona defienda cualquier cosa, que lo haga con semejante énfasis y con la presencia de ánimo para tratarnos como si tuviéramos un problema para no ver lo evidente, estamos suponiendo un interlocutor que nada más piensa otra cosa. Pero perdemos de vista que estamos frente a ese que muerto de miedo no tiene capacidad mental para cuestionarse una adhesión total en la medida en que lo han convencido de que el mundo es solo un caos en el que se deben sumar cómplices.
Cuando la cosa está así de mal mejor que ver es creer. Creer en lo más amenazante es una garantía de supervivencia o es percibido como si lo fuera. No se cree en lo más inofensivo, sino en lo más ofensivo. Debajo del paraguas del sistema agresor se puede incluso jugar a la valentía creando fantasmas afuera a los que se combate con impunidad sabiendo que no son reales.
Es entonces cuando aparecen el santuario o la danza de la lluvia o aquellas formas de ismos salvadores.
(*) José Benegas. Abogado, periodista y analista político. Artículo publicado en el blog personal del autor "No me parece" el 10 de Octubre de 2013