viernes, 18 de octubre de 2013

La Cultura de las Víctimas

Por Gabriela Pousa (*)
De pronto, como si el país fuese una suerte de paraíso terrenal, un simple video mostrando el abuso de poder de un candidato, pone en jaque las últimas esperanzas del gobierno por conseguir una derrota digna. Y es que el fracaso electoral ya era un hecho, lo único que estaba intentándose pues, es que la proporción de la debacle no resultara bochornosa. Pero la era de la imagen ha hecho trizas la ilusión kirchnerista.

No se trata de un rumor de boca en boca sino de evidencia empírica. Para colmo de males, Belén Mosquera existe, habla, explica… Explica lo que, de igual modo, ya todos sabían: la Argentina está en manos de una especie de asociación ilícita.

Ahora bien, ¿cuál es la causa por la que un hecho que no tiene la magnitud de otros tantos ligados a corrupción y desfalco hace tambalear el escenario? Sin duda hay una realidad insoslayable que no puede obviarse: la jefe está ausente. Sin embargo, eso no explica lo que sucede máxime después de diez años de una administración fraudulenta donde ha habido un sinfín de evidencias sobre conductas no éticas.

¿Por qué este prepoteo entonces indignó más que las coimas en un ministerio? Probablemente el contexto donde se sucedieron los hechos coopere a entenderlo. Estamos en vísperas de una elección que, aún cuando no parece despertar gran fervor en l
a ciudadanía, es decisiva para la continuidad no de un partido o una ideología, sino de un sistema o régimen de vida.

A su vez, el clima social suma datos que desasnan: estamos inmersos en la cultura de las víctimas. De un tiempo a esta parte, la identidad victimista ha calado hondo en la sociedad argentina. A la mismísima Constitución Nacional se le antepuso el estatuto del oprimido según el cual, a todo aquel que ha sufrido alguna desdicha le cae del cielo un derecho particular. Antes se sacaba el carnet o la chapa, ahora se muestran las lágrimas…

Así la finalidad de la vida no consiste en superarse sino en preservarse entre algodones. La victimizacion es el recueros del que, preso del miedo, se constituye en objeto de compasión. Nada es nuevo. Sigmund Freud estudió el carácter de aquellos que por haber padecido en la infancia algún mal, se creen hoy exentos de los deberes que afectan al común de la gente, se autoproclaman excepciones a quienes la vida les debe compensación, pero la vida no adeuda nada. Nace allí la tendencia a lamentarse de la propia suerte, una patología muy contemporánea.

Años atrás, el hombre fuerte era el revolucionario, el rebelde. Sobreviviendo a la muerte de las doctrinas revolucionarias, la victimización próspera sobre su cadáver y se propaga en esos Narcisos enamorados de su propio conflicto. Son ellos los que han llevado a un crecimiento exponencial de los derechos a tal punto que un asesino no siente culpa ni remordimiento por su crimen dado que, en realidad, el crimen fue urdido por una sociedad que lo excluyó, por una familia disociada o por el exceso de contenido violento en la televisión.

Las culpas están siempre afuera de uno. Cabandié, en definitiva, lo aprendió de su superior. La mismísima Cristina Kirchner ha embanderado este discurso. No se hace responsable de nada de lo que acontece. Instaura excusas para todo, y la ecuación deja de ser lo que antes fue. Así, el que delinque es la víctima y el asaltado forma parte de ese grueso social – que al ningunearlo quizás -, lo llevó a cometer el ilícito. El garantismo hizo metástasis también fuera de lo jurídico. En este contexto se explica con mayor facilidad lo acontecido con el “infortunado” candidato.

Este exponente del oficialismo no hace sino recitar a pie juntillas, la oratoria de la víctima. “Yo me banqué la dictadura“, a partir de ahí, debemos inferir – no con la lógica conocida sino con la lógica kirchnerista – que la agente de tránsito debe rendirle pleitesía. No interesa si las circunstancias son legítimas porque, de todas formas, ya han pasado a ser exculpatorias y eso es lo que importa.

Cabandié es un emergente de aquellos que reclaman beneficios tomando edificios públicos, cortando una ruta o destruyendo comercios porque se ha desvirtuado el concepto de orden. Este no consiste tanto en una sociedad de personas de bien, conscientes de que sus derechos terminan donde comienzan los ajenos, sino de personas que se declaran sufrientes ‘por culpa de’ y no ven más allá de sí mismas.

Hay un culto al lloriqueo constante, al infortunio. Descartes fue superado por el “Sufro, luego valgo”. En lugar de competir en la excelencia, se compite en la preservación de la desdicha. De ese modo, la vida, la política, se convierte en un reality. Y eso es la Argentina kirchnerista: un gran reality show donde en lugar de mostrar dones se sacan a la luz las miserias humanas más bajas.

Las víctimas, al mostrarse débiles, exigen automáticamente protección. El tema es que el combate contra la discriminación debe hacerse en nombre del principio según el cual la ley se aplica a todos con el mismo rigor. Como esto no sucede, lo más fácil y cómodo es adoptar esa identidad victimista y recitar consecuentemente su guión. Cabandié lo entendió a la perfección.

Hay una manera ostentosa de actuar el dolor. Pretenderse perseguido se convierte en una manera de perseguir a los demás, como lo insinuara Nietzsche en el fragmento 113 de “Aurora” al referirse al culto del asceta y del penitente.

Si bien se mira, en el mismo teatro está la dolencia de la Presidente al ser utilizada políticamente. Como no pueden vender eficacia, pretenden vender lástima. Aunque parezca distinto, el mecanismo es el mismo. De él se ha valido casi todo el elenco estable de Balcarce 50 al proclamar que sus males son siempre fruto de complots, conspiraciones corporativas o mediáticas. No hubo ni hay cambio en la argumentación. Son los parias profesionales que pertenecen a la aristocracia de la marginalidad.

El joven de La Cámpora actuó pues en carácter de “miembro de”, sumando ‘a su favor’ él haber nacido en un centro de detención. Lo trágico se transforma misteriosamente en un don benefactor…, es el aura del réprobo.

Su razonamiento extendido a otros sectores, tomemos como ejemplo a los ex combatientes de Malvinas, podría llevar a que los soldados decidan andar en moto sin casco, conducir a exceso de velocidad o hacerlo sin cinturón de seguridad porque “se bancaron la guerra”. Mientras que los judíos podrían dejar de pagar impuestos o servicios dado que “se bancaron el holocausto“, y así hasta terminar en una anarquía donde todos, por una causa u otra, seamos alegres y orgullosas víctimas.

¡Lindo modelo de país propone esta gente! Posiblemente sea el mismo modelo que pretende profundizarse, que va por todo (por el fracaso también).

El único inconveniente es que en pocos días más, las víctimas de ediciones conspirativas de videocintas se toparán con otras víctimas, las del kirchnerismo, es decir con aquel 74% que dos meses atrás reclamó por sus derechos. Derechos que incluyen, justamente, ponerles de una buena vez, el freno.

(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 16 de Octubre de 2013.