domingo, 20 de octubre de 2013

La gerencia

Por José Benegas (*)
Con el kirchnerismo llegó el grito, lo que para muchos genera una gran confusión que es la de identificar vehemencia con autoritarismo. Pero el autoritarismo argentino más profundo no se grita, se recita bajo la forma de un colectivismo benevolente y la glorificación del estado. Oriana Falacci decía que cada argentino llevaba un enano fascista adentro. No se cuáles eran los parámetros de medición que utilizaba pero enano no era.

Para entender como se gestó la década de la mentira es necesario tener en cuenta la crisis del 2001/2 como el despertador de aquel autoritarismo que está metido en la cultura argentina desde la década del 40, que invade la educación, la economía y los medios de comunicación. El colapso de la combinación insostenible de convertibilidad con gasto público exorbitante puso al país en pánico y es en esas situaciones cuando se conoce el verdadero espíritu que anima a las personas. Están los que salen corriendo pisando cabezas, los que recurren al saqueo y los que entienden que una reacción salvaje puede tener peores consecuencias que el desastre en si, por lo tanto continúan apostando a reglas de conducta y en todo caso corrigen errores. Al argentino en general le salió ese estatismo que es creencia total en la autoridad, desconfianza al vecino, impotencia para acordar, producir y crecer económicamente. El país en el medio del caos explotó en violencia y en fascismo. Tan fascista es el espíritu de base del argentino que estoy seguro de que a muchos les llamará la atención que identifique estatismo con autoritarismo. Eso es producto de esa adhesión a la solución del comisario, del mandamás, el recurso al castigador que perseguirá el mal de querer estar mejor. Se ve eso como paternidad y no como abuso. La fascinación por el mazazo justiciero que ponga fin a las ambiciones, que de tan ciegos en ese amor al que manda no se advierte que también las tiene y de un modo pervertido el gobernante. Los que amaban a Hitler tampoco lo veían autoritario sino conductor y líder. El amor al estado es más consistente que el culto a un líder en particular, es la adhesión a la autoridad por la autoridad misma. Autoritarismo.
El estado no es ninguna otra cosa que un mecanismo de dominación.  El fascismo, más aún que el marxismo, es la glorificación del estado. “Dentro del Estado todo, fuera del Estado nada” decía el duce. La relativización de esta realidad, el disfraz del estado como ambulancia es ese fascismo cotidiano que ejerce desde etiquetas al estilo de “nacional y popular”. En ese espíritu la Argentina está amenazada por fantasmas que no son parte de lo “nacional y popular”, enemigos internos.
El fascismo argentino, se ponga el nombre que quiera, identifica a la Argentina post convertibilidad como aquella que se funda sobre los escombros de la libertad económica. A propósito, la libertad es libertad. El recorte de las “libertades económicas” es conceptual pero no existe en la realidad. Sin embargo es útil para que los puritanismos del lucro cuenten con la culpa de los perseguidos para restringir sus derechos en nombre del antimaterialismo.
La libertad “económica” de la década del noventa fue muy limitada, pero en cuanto el mercado (relaciones humanas establecidas sin violencia) tuvo una oportunidad en un país que llevaba décadas de economía estatizada el cambio fue asombroso. Sin embargo el valor relativo que se le quiera dar a esos cambios a los efectos de lo que quiero explicar ni siquiera importa. Lo que es indiscutible es que con o sin razón todo el sistema político argentino post convertibilidad es un sistema anti-liberal, unos porque creen que la libertad lleva a la quiebra económica, otros porque aman la disciplina, otros porque tienen miedo de ser señalados como “neoliberales”. La coincidencia está en ese fascismo anti libreal del que los Kirchner solo son la versión pandillera triunfante. El pecado de la década del noventa para este neofascismo no es ni el gasto público, ni el endeudamiento para financiarlo sino la libertad, la desregulación, la retirada del estado. Si es cierto que hubo libertad económica o cuánta haya habido no cambia el hecho de que el mito fundante de la Argentina K fue la victoria contra el mercado, lo que está fuera del estado. El griterío y la procacidad kirchnerista es en todo caso un eficaz movimiento para poner al fascismo a beneficiar a un grupo. Su privatización, que no es lo mismo que su liberación (de esta solo punto escribiré más adelante otro artículo).
El kirchnerismo es la cooptación del fascismo en beneficio de unos pocos, pero no es ni su creador ni su inventor. A eso los fascistas espectadores y perdedores le llaman corrupción. Lo que los opositores recriminan al oficialismo es que el fascismo no sea bueno, igual para todos y cándido, porque ellos tienen unos planes donde el abuso del poder tendría fines altruistas. Los K lo aprovechan, pero la mayor fe en el fascismo la tiene la oposición. Ellos repartirían el botín colectado por Moreno mediante la extorsión a los empresarios, en lugar de tenerlo ahí en alguna cuenta a la espera del invento de alguna obra que permita pasárselo a algún amigo. Por eso tenemos distintas variantes de fascismo bueno y honesto. Un buen fascismo bien auditado es el ideal político de la Argentina. Por eso las críticas a la confiscación de YPF y la toma de Aeroíneas son formas de recriminarles a los K no haber sido verdaderos estatistas y nacionalistas.
Está también esa forma de sub-relato que identifica dos épocas del kirchnerismo. La primera hasta el 2008 con Clarín abajo del brazo en la que el antiliberalismo se supone que era “para todos” y con todos y el posterior que encuentra enemigos internos dentro del propio grupo y empieza a expulsar del negocio a los impuros por pura paranoia del matrimonio imperial. Que quede claro que los puros son los que se quedaron, no los echados.
Todo es estado y lo que no es estado es puesto bajo sospecha. El uso de la palabra “empresa” se hace sólo en un sentido peyorativo, como sinónimo de fariseísmo, opuesto a la generosidad y el desprendimiento de los políticos y del estatismo. Defender la libertad aunque sea un poco implica que automáticamente un interlocutor mediático saltará a dejar claro que no está de acuerdo porque para un fascista esa palabra es contaminante. Si no tiene mucho argumento dirá que se trata de ideas en desuso o viejas. Hay mucho miedo a la reivindicación del liberalismo y ninguno al tratamiento del Che Guevara como un héroe.
Aclaro que no empecé a discutir al fascismo todavía, lo que antecede es una descripción del antiliberalismo y pro estatismo tal y cual es este principio de siglo. La Argentina post-noventa, lanzada a la glorificación del estado con una intensidad pocas veces vista desde el Duce para acá.
El oficialismo le agrega formas y métodos de conducción nacional socialistas que no son condenados como tales, sino en la medida en que tocan algún interés propio. Hablo de la propaganda, la creación y cacería de brujas, el asesinato de la reputación y la amenaza. Pero ojo con lo que hay afuera que no es para nada distinto si el eje es el autoritarismo y no las formas que adquiera.
Aunque los protagonistas de esta época no dudo que rechazarían ser identificados con el fascismo, es fascismo no es otra cosa que ese antiliberalismo, estatismo y nacionalismo al que adscriben cada vez que se manifiestan sintiéndose llenos hablando del “rol del estado” para todo. Se percibe en ellos cierta emoción de escarapela cuando lo mencionan. No es sólo un no-liberalismo, es una reacción visceral contra la libertad como si fuera el germen del mal.
Reaccionarán igual cuando se los tilde de autoritarios, pero autoritario es el recurso innecesario y permanente a la autoridad para resolver cualquier cosa. El estado es eso, el no mercado, el no acuerdo, la no solución conforme a la compatibilización de intereses o a lo que las personas sin poder quieran disponer. A la no-libertad no hay otra alternativa que la autoridad.
Me causa gracia cuando se intenta vender una forma de socialismo “de consenso”. Nos ponemos de acuerdo o votamos y cuando votamos tenés que obedecer. Es una completa hipocresía. No hay vida privada, no hay individualidad. Se vende al consenso como una forma inevitable de colectividad. Después de eso vendrá el tratamiento al disidente como un problema, como una inadaptación.
Al gobierno le toca su negación particular con la palabra dictadura. Ellos reclaman de todos nosotros silencio, ausencia de crítica y reconocimiento de su superioridad, no admiten tener ningún defecto ni haber cometido ningún error y creen que la justicia legítima es la que ratifica sus deseos y persigue a sus enemigos. Su rechazo a la palabra dictadura por lo tanto no tiene otro valor que el emocional. Son como alguien que te pega un palazo en la cabeza para que no lo llames violento.
Ese ambiente de “todo en el estado” ha producido un profundo cambio de expectativas. Si todo se rige por la autoridad, hay que conquistarla o ser parte de ella. Las empresas son malas, el estado es bueno. Son malos unos que no usan el autoritarismo para beneficio de la humanidad, con lo lindo que es. Personas que se ven a si mismas como decentes depositan sus aspiraciones en el aparato estatal de múltiples maneras. El sueño argentino no es hacer la américa, sino hacer el expediente.
Las oportunidades están por lo tanto del lado del que tiene el mazo en la mano. Y si además no se le llama mazo sino sensibilidad, se facilitan las cosas para que la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt encuentre un ambiente propicio. El método de subsistencia es vivir de los impuestos en lugar de estar del lado de los que los pagan. Esquilmar o ser esquimado. La vida tranquila, sin agresores está en un despacho oficial, pensando todo tipo de remedios autoritarios para cualquier problema de la vida.
Fuera del estado hay que saber qué hacer con la realidad, dentro del estado se puede usar la imaginación para determinar qué hacer con las personas y los errores son gratis. El sistema está legitimado y los riesgos son casi nulos. Se puede pensar desde cuánto tiene que pesar la gente, qué cosa consume, si habrá saleros en los retoranes, si los dibujitos animados tienen que mostrar cosas lindas o feas. Todo tendrá que ser obedecido, es el estado. Y como en ese fascismo profundo, con aires de Festilindo, la diferencia moral entre hacer cosas imponiéndolas o acordando ha desaparecido en medio del odio a la libertad, ser un pequeño Goebbels no tiene siquiera sanción social. Es más, el fascista considera que el que no quiere utilizar el mazo para obligar a otro a contratar a un señor que no necesita es porque está en contra del trabajo. Por lo tanto el fascista no se ve a si mismo como un autoritario, sino como un gerente omnipresente de todo lo que los malos liberales no quieren solucionar.
Aquí aparece entonces el fascismo más mediocre. Uno que aprovecha las características más desagradables del fascismo oficial para vivir en un fascismo oportunista que pasa desapercibido por la presencia de los que gritan. Están cobijados haciendo lo mismo que los fascistas estridentes pero haciéndose los boludos y sonriendo con un globito para la cámara. Este fascismo parasita en una supuesta moderación que es pura defección bajo la cobertura de un autoritarismo más obvio que un día será execrado como chivo expiatorio de un sistema del que son parte y al que le darán continuidad.
Esos son sobre todo a los que llamo “la gerencia”. Unos tipos que están pintando la empalizada del campo de concentración simulando que el conflicto es el mantenimiento de las instalaciones y no la reducción a servidumbre de los internos, el maltrato y la injusticia. Ante las denuncias dirán que la cosa no es para tanto, acompañarán los atropellos deslegitimando a los levantiscos como problemáticos y  poco positivos. Hablar de cadenas es “ideología” y ellos no son “ideólogos”, son gerentes. No discuten ni la libertad ni la falta de libertad, su fascismo consiste en que no les importa como tema. Su secreto de subsistencia es mostrar que todo es cuestión de pintura y que ellos son los mejores pintores. Los dueños del campo de concentración los odian porque podrían reemplazarlos en cualquier momento pero hasta aquí han sido sus mejores aliados.
En la ignominia lo importante es “la gestión” y los contratos para llevarla a cabo. Hacer, gerenciar el horror y apagar los juicios llamandole a eso seriedad. Que nadie haga olas, mejor no meterse en problemas. No intervenir en ningún conflicto en el que la continuidad de la pintura se ponga en juego. Hay que llegar así a la jubilación. Al relativizar todo lo importante se asegura una tranquilidad en el despacho y a fin de mes se cobra un sobre que no se gana nunca. Mientras ofrecen una agencia gigante de empleo.
La gente sin esperanza se adscribe a cualquiera de estas formas de fascismo que le asegure su subsistencia. El problema para todos ellos es que el fascismo no funciona. Es un aparato parasitario que se va agrandando no bien la gente percibe que el negocio es estar del lado del látigo y no empujando el carro (no hay tercera posición). Tampoco es compatible con la formalidad republicana a la que por razones estéticas adhieren. Digo estéticas porque quién glorifica al estado no tiene ningún motivo para creer en el sistema republicano que es la forma política clásica del liberalismo.
Pero a no desesperar, habrá muchas oportunidades de mostrar la obviedad de este sistema. Lo importante es no dejarse callar.
(*) José Benegas. Abogado, escritor, periodista y analista político. Artículo publicado en su blog personal "No me parece" el 14 de Octubre de 2013