martes, 8 de octubre de 2013

La peor política económica imaginable

Por Carlos Sabino (*)
Son dos los países que, en estos momentos, siguen la política de lo que se llama “control de cambios” en América Latina: Venezuela y Argentina. En los dos, como ha sucedido siempre que se impone esta política, los resultados son poco menos que desastrosos.
El control de cambio no es más que la restricción impuesta por los gobiernos a todo tipo de adquisición de monedas extranjeras: se suprime la venta libre de divisas,el dólar ante todo, en los bancos y en las casas de cambio; los importadores deben pedir al Estado los dólares que necesitan para efectuar sus compras y los exportadores están obligados a vender el dinero que reciben al banco central,o a alguna agencia creada al efecto, a la tasa que el gobierno determine. Los gobiernos acuden a estas medidas, casi siempre, cuando encuentran que la cantidad de reservas en moneda extranjera que tienen a su disposición disminuye demasiado o, en otras ocasiones, cuando perciben que se registra una salida de dólares de cierta consideración. Existen también casos en que gobiernos con vocación totalitaria ,como los comunistas o semejantes, imponen controles a la moneda extranjera para que de este modo los ciudadanos queden limitados en su capacidad de viajar o de ahorrar.
En los casos en que existen pocas reservas monetarias o los ciudadanos convierten sus activos velozmente a moneda extranjera su precio (el dólar, en América Latina) tiende a subir. Con esto se produce una inflación por el aumento de precio de los productos importados, lo cual es lo que los gobiernos tratan de evitar. No comprenden, o no quieren comprender, que la subida del dólar frente a la moneda local ocurre porque en el país existe demasiada cantidad de esta última, que así se deprecia frente al dólar de un modo inevitable, como todo bien o producto del que hay un exceso.
El gobierno de Chávez en Venezuela impuso este tipo de controles hace diez años, temiendo que la inestabilidad del país llevara a una amplia fuga de capitales y, de paso, para controlar los movimientos de la gente, que desde entonces se ha visto obligada a recurrir al Estado para conseguir sus dólares o, en su defecto, a transarlos directamente entre sí en lo que se llama un “mercado paralelo”, en que el precio de esa divisa se fija libremente. De este modo aparecieron dos precios diferentes para la misma cosa: el dólar. Por un lado, el oficial, más bajo, y otro, el paralelo, que representa el verdadero valor que este tiene. La diferencia entre uno y otro, al principio, no fue demasiado fuerte en Venezuela, porque el Gobierno proveía con cierta fluidez los dólares que la gente necesitaba pero, a medida que pasaba el tiempo y el chavismo ejecutaba sus insensatas políticas, este diferencial ha ido aumentando de un modo alarmante.
El gobierno de Venezuela ha gastado una cifra impresionante de sus ingresos, provenientes ante todo de los altos precios petroleros, en dádivas al exterior, amplias políticas sociales de tipo clientelista, corrupción y despilfarro extremos. Para hacer frente a estos gastos ha emitido bolívares,la moneda local, en un volumen impresionante mientras se reducían sus reservas de moneda extranjera. El resultado de estos manejos y de la incertidumbre que reina en el país ha hecho que el bolívar, que se cambiaba a 4,30 por cada dólar hace un año, tuviera que ser devaluado fuertemente, pasando a 6,30 por dólar. Pero este no es el dato que verdaderamente importa: el precio del dólar paralelo, que indica el verdadero estado de la economía y de las expectativas de la población, ha pasado, en el mismo lapso, de 8,20 a nada menos que 43,00 bolívares. Como el dólar “oficial” prácticamente no se consigue el valor del bolívar se ha devaluado varias veces en apenas un año, conllevando múltiples problemas a la ciudadanía: inflación, severo desabastecimiento que incluye alimentos, medicinas y todo tipo de repuestos y limitaciones de hecho para viajar al extranjero.
¿Qué puede hacer el presidente Nicolás Maduro en estas circunstancias? Muy poco, en realidad: si mantiene el control cambiario como hasta hoy seguirá profundizándose la escasez y el deterioro que en el presente reina en la economía venezolana, creando una situación de descontento potencialmente explosiva; si libera en parte el mercado cambiario “empujará” hacia arriba al dólar paralelo, pues enviará a la población el mensaje de que la situación económica es tan mala como todos saben; si libera de una sola vez el mercado de divisas se producirá un golpe inflacionario de consecuencias también imprevisibles. Así que, atrapado por su propia política, Maduro se encuentra en un callejón sin salida que amenaza su propia supervivencia política.
Un problema semejante, aunque de bastante mejor intensidad, afronta hoy también la presidenta de Argentina, que permite minidevaluaciones del dólar oficial pero que, de hecho, nunca atrapan el valor del dólar paralelo, o blue, como allí se lo llama. En definitiva, por tratar de controlar el flujo de divisas, los gobiernos que apelan a estas restricciones crean una situación que lleva a intensas devaluaciones y solo sirve para agravar el problema. ¿No le parece al lector que este tipo depráctica es la peor política imaginable?
(*) Carlos Sabino es Consejero Académico de Libertad y Progreso. Artículo publicado el 3 de Octubre de 2013.