jueves, 10 de octubre de 2013

Zoom a las protestas masivas

Por Alberto Benegas Lyncjh (h) (*)
En nuestra época surge una modalidad diferente, principal aunque no exclusivamente debido a la comunicación instantánea y vertiginosa que permiten las redes sociales. No es que las manifestaciones multitudinarias constituyan una novedad en la historia. Las ha habido en muchísimas ocasiones para los más variado propósitos, pero las que tienen lugar en nuestros días aparecen con características peculiares y es de interés hurgar sus componentes sociológicos para entender mejor su sentido.

Sin duda que tal vez se corre el riesgo de sobresimplificar si se analizan todas las protestas masivas de los últimos tiempos en forma conjunta. Sin embargo, a riesgo de esquematizar demasiado es de interés estudiarlas a todas debido a que cuentan con comunes denominadores aunque con pesos relativos distintos y expresiones y anhelos en algunos casos tácitos y en otros directos. Claro que no han sido calcadas unas de otras. Cada una ha mostrado signos distintivos y sobresalientes, sea las Egipto,  Grecia, España, Francia, Turquía, Estados Unidos, Brasil, Chile o Argentina para citar las más sobresalientes. De todos modos, insistimos que el fenómeno comparte rasgos similares aun con reclamos que varían en su jerarquía y, como queda dicho, algunas características se mantienen en el trasfondo y otras salen a la superficie.
Lo primero que debe subrayarse en estas protestas es el grado de enfado y hartazgo de los participantes. En algunas ocasiones la mecha que inicia el incendio muta con el tiempo para reclamar otras cosas, sobre todo cuando la sensación de aglomeración infunde renovado entusiasmo.
Lo segundo es que por más que no sea la razón central de la marcha, casi siempre subyace el descontento con el nivel de vida de los manifestantes y en este punto debemos detenernos. No pocos son los jóvenes que se ven frustrados por lo que les ocurre en el mercado laboral, lo cual habitualmente se endosa a que no son suficientes las llamadas “conquistas sociales” o, en otros casos, las demandas se dirigen a empresarios que se estima los devora la afán de lucro. Ni lo uno ni lo otro tiene que ver con el problema.
Precisamente, el desempleo es consecuencia de promesas absurdas de demagogos irresponsables que a legislar  salarios e ingresos superiores a los de mercado naturalmente se expulsan empleados. Es imperioso que se comprenda que el nivel de vida no depende de voluntarismos sino exclusivamente de las tasas de capitalización que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar los rendimientos (no es lo mismo arar con las uñas que hacerlo con un tractor). Esa es la diferencia entre un país próspero y uno pobre. No es el clima, las etnias, la geografía, los recursos naturales, ni la buena voluntad de burócratas, son marcos institucionales que respetan y garantizan los derechos de todos, muy especialmente los derechos de propiedad al efecto de asignar eficientemente los siempre escasos recursos.
Entonces, los manifestantes de marras no solo deben entender el tema mencionado del mercado laboral sino que deben comprender las ventajas de contar con instituciones civilizadas y políticas concordantes con la sensatez y la prudencia financiera. Tampoco se trata del lucro empresario que es otra manera de decir que les interesa mucho obtener ganancias, lo cual es absolutamente indispensable para lograr los objetivos de mejorar la condición de los más necesitados debido a las referidas tasas de inversión. Es de interés destacar que nadie declara que sus ingresos son demasiado altos, aunque se diga que es un deseo “desmedido”, no aparecen muchos candidatos a inculparse personalmente de ese mal puesto que siempre está referido al prójimo. El tema de las necesarias prioridades a los temas de la vida es otro asunto, pero hay mucho de hipocresía en esta materia.
La tercera cuestión está referida a la educación o más bien des-educación puesto que muchos de los que protestan lo hacen para reclamar más de lo mismo, a saber, mayor intervención estatal en los asuntos privados en lugar de permitir arreglos libres y voluntarios y liberar energía creadora. En esta plano resulta que se reclaman mayores prebendas por parte del gobierno, es decir, pedido de una más intensa succión al fruto del trabajo ajeno. En este contexto es que suelen aparecer quejas y críticas furibundas contra un capitalismo inexistente, al tiempo que se exige que se acelere el intervencionismo de los aparatos estatales en las vidas y haciendas privadas.
El cuarto tema es la corrupción de los gobernantes, situación que resulta contradictoria puesto que esta surge de poderes discrecionales del gobierno de turno, lo cual es contrario a la clara definición de las funciones gubernamentales limitadas a la Justicia y la seguridad que son faenas que habitualmente no proporcionan los gobiernos. Al exigir mayor entrometimiento de los funcionarios públicos necesariamente aumenta la discrecionalidad y, por ende, los espacios para la corrupción por más nobles que puedan ser las intenciones de muchos manifestantes.
Por último, para resumir apretadamente esta gimnasia por disecar el fenómeno que comentamos, debe subrayarse el creciente clima de reiteradas demandas para que se otorguen servicios “gratis”, es decir, demandar que se arranquen recursos a otros para entregarlos a quienes protestan. Este ejercicio dañino conduce al desmembramiento de la sociedad para convertirla en una tribu salvaje en la que se torna insoportable e imposible de establecer las mínimas condiciones para la cooperación pacífica entre las personas.
Esto nada tiene que ver con las intenciones, puesto que como queda dicho entre los manifestantes hay mucha gente con los propósitos más abnegados pero los resultados no siempre se encaminan en la buena dirección, a lo que se agrega la frecuente infiltración de grupos de facinerosos que suelen cometer todo tipo de desmanes. Sin duda que también ha habido marchas pacíficas que se limitan a protestar por actitudes inauditas de sus gobiernos, pero en la mayor parte de los casos flotan algunos de los aspectos que hemos mencionado telegráficamente en esta nota. Como decíamos al comienzo, no es posible tomar todas las manifestaciones de protesta como si fueran homogéneas, estrictamente ni siquiera dentro de la misma marcha pueden considerarse a todos con idénticos propósitos puesto que cada uno tiene su personalidad, historia de vida e intenciones últimas.
La idea básica de este pantallazo es esbozar lineamientos generales que suelen tener lugar en estas expresiones modernas y tener en cuenta que la protesta es una manifestación de salud siempre que su objetivo sea noble como las beneméritas marchas por la rebelión fiscal cuando los gobiernos se extralimitan en sus atributos.
(*) Alberto Benegas Lynch (h) es Presidente del Consejo Académico de Libertad y Progreso. Artículo publicado el 3 de Octubre de 2013