viernes, 29 de noviembre de 2013

Tercera Recuperación

Por Carolina Mantegari (*)
“El cristinismo se interpreta a través de sus recuperaciones”.
Es decir, se lo explica por sus caídas.
Como se recuperó después del invierno de 2008 (con la “crisis del campo”).
O después de la primavera de 2009 (con el papelón de las “candidaturas testimoniales”).
Apenas un mes atrás, cuando transcurrió el desastre electoral de 2013, encarar la “Tercera Recuperación” parecía una utopía.
Sin embargo…
Osiris Alonso D’Amomio
Director Consultora Oximoron
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“El sujeto de la referencia (el cristinismo) estaba en el piso. Aislado. Histérico e inofensivo. En estado casi caniche. En la instancia de la imposible recuperación. Aunque la Argentina sea tan generosa para la revancha. Siempre”.
No podía compararse la derrota de 2009, en la provincia (inviable) de Buenos Aires, propinada por Francisco de Narváez, El Caudillo Popular, con la paliza provocada doblemente por la “Franja de Massa” (cliquear), en agosto y -sobre todo- octubre de 2013.
El desmoronamiento de 2009 aún lo mantenía vivo a Néstor Kirchner, El Furia. Y la señora Cristina Fernández, La Doctora, contaba con el derecho constitucional a la reelección.
Sobraba con el protagonismo asegurado de ambos para encarar la aventura de la recomposición.
En cambio, el derrumbe de 2013 resultó más grave. Casi definitorio. El Furia estaba impugnado y muerto. La Doctora ya ni podía alucinar con el proyecto de quedarse.
Sin herederos, con la continuidad clausurada, el deslizamiento -desde el barranco- era inevitable.
Para colmo, La Doctora ofrecía la programada vulnerabilidad física. Sorprendía con la convalecencia. Hubo intrusión quirúrgica en su cabeza.
En una ausencia que coincidía justamente con el escenario letal de la derrota.
De pronto hasta los cristinistas más salvajes comenzaban a contemplarlo, con simpatía y complacencia, a Daniel Scioli, el Líder de la Línea Aire y Sol I.
Aunque fuera de estilo diferente, aunque no gritara “Clarín Miente”, Daniel era leal. Bancaba. Estaba adherido al “modelo” y brotaba como último recurso.
Aire y Sol I se hacía cargo de la quiebra que no le correspondía. Y se elevaba, como si fuera el heredero inexorable.
Pero el cristinismo vuelve a sorprender. El efecto sorpresa forma parte de su modo natural.
En este caso, impactaba con la anunciada designación -como Jefe de Gabinete- de Milton Capitanich, El Montenegrino Denso que se elevaba como Premier.
En adelante, la dinámica del comportamiento del funcionario iba a signar la clave principal del flamante intento de recuperación. Hasta el cierre del informe puede decirse que está logrado. Al menos gestualmente. A pesar del escepticismo de los racionales que descuentan que todo, en la Argentina, sale mal. Invariablemente mal.

El regreso del peronismo

Otra tesis clásica del Portal confirma su estricta vigencia.
Alude a la utilización, oportunamente conveniente, del peronismo.
Tanto El Furia (extinto) como La Doctora, en la instancia de la ofensiva, optaron culposamente por ocultar el peronismo que los catapultaba.
Preferían lateralizarlo. Despojarle importancia al peronismo. Superarlo. Dejarlo en el plano secundario para instalar, en primera fila, a los diversos exponentes del “frepasismo tardío”.
Los que otorgaban la chapa de progresista. De innovadores y casi de revolucionarios. Mientras crecía, sin alarmar a nadie, la épica explícita. El objetivo de la recaudación.
Presentaban exponentes emblemáticos de los derechos humanos. Como las dos damas, veteranas “luchadoras” que se detestan entre sí. Una en cada mano y con el peronismo molesto degradado a un costado (caso de El Furia).
O promovían considerablemente a los “buscapinas de Unidos y Organizados”, desde La (Agencia de Colocaciones) Cámpora a la Agrupación Evita, con buscapinas de Miles y del Frente Grande, mientras el detestable “aparato del peronismo” se quedaba atrás, diluido en el perdonavidismo del que quiere vivir (caso de La Doctora).
Sin embargo, en las instancias ingratas del retroceso, durante los repliegues, cuando se sienten acosados, ambos sacaron siempre a relucir la identidad peronista.
Para resumir:
En momentos de avance y euforia, el peronismo se oculta.
En momentos de caída, se recurre a la identidad peronista para defenderse mejor.
Para recuperarse y pasar, si se puede, al frente.
Siempre se puede. Cuentan con la invalorable cooperación de oponentes que actúan, en la práctica, como decorativo complemento.
Porque la oposición no genera hechos ni oposita: sólo completa el monólogo inagotable del oficialismo.
Es la clave -para Oximoron- de la Tercera Recuperación en marcha. Que sólo puede negarse, descalificarse, con la inexplicable ceguera o la altiva idiotez.
El reemplazo de Juan Manuel Abal Medina, El Abalito, por Milton Capitanich, El Montenegrino Denso, es el reflejo condicionado de la segunda tesis.
Marca la magnitud del retorno del peronismo al gobierno. Aunque deba tragarse el sapo atravesado de la concesión. Compartir los espacios gravitantes con los sobrevalorados exponentes de La Agencia de Colocaciones. A los Tontos pero no Tanto, que reciben la pasantía del Ministerio de Economía, que protagonizan, a “conciencia pura”, el fin del relato que colapsa. Un fenómeno que se percibe con claridad en el Acuerdo con Repsol-YPF.
¿Desconocían, los chiquilines, al confiscar, lo que se venía? Como quienes los protegían, desde De Vido hasta Zannini o La Doctora.
¿Pueden ser tan improvisados, los chiquilines, y estar al frente del país?
No es Vaca Muerta. Lo que está definitivamente Muerta, en la Argentina de estos irresponsables, es la credibilidad.
El Acuerdo con Repsol, que el Portal celebra, demuestra que los kirchner-cristinistas son muy duros en el difícil arte de arrugar. Pero a la larga arrugan.
Por responsabilidad editorial, el Portal acompaña el favorable arrugue de barrera.
Se justifica, a pesar de los sapos, el desplazamiento del peronismo, que estaba mayormente ofuscado y crítico. Por los desplantes de una administración prácticamente captada por las imposturas del frepasismo tardío. Que para colmo los conducía -lo más grave- a la derrota.
Con imperfecciones y contradicciones, se asiste a una suerte de corrimiento del peronismo, hoy girado hacia las posiciones del gobierno. Para -en lo posible- blindarlo. Y mantenerse.
Con el acaparamiento total de la iniciativa. Demostrable en el despliegue fabuloso del sujeto -Capitanich- que relega al opositor, otra vez, hacia la condición secundaria de comentarista.
Así se trata del opositor interno o del referente presidenciable -sea Macri, El Niño Cincuentón, o Massa, Aire y Sol II- que se ubique en el podio de los sucesores.
A los aspirantes no les queda otra alternativa que acudir a la prudencia. Refugiarse, sin ansiedad, en la cautela.
Sin dejarse arrastrar por el deseo voluntario. Que al otro, al que ocupa la centralidad y hegemoniza la iniciativa, le vaya mal.
O que comiencen los roces entre La Doctora y El Premier. Para que con un decretazo lo devuelva hacia el Chaco.
Significa confirmar que, pese a la caravana de situaciones límites -agravados en gran parte por la mala praxis del gobierno- el cristinismo otra vez se recupera.
Mantiene el sabot en su poder. El que aguarda ahora, para lanzarse sobre la yugular, es precisamente el candidato a sucesor que creía tener el país servido. Listo para heredarlo. Con una implosión y una elección anticipada.

Residencia en la Lona

El cambio de atmósfera deja un tendal de damnificados. Los que transitoriamente se refugian en la prudencia.
Damnificados de afuera y (relativamente) de adentro del gobierno.
La intensa movilidad de Capitanich, con su tono monocorde, con la apertura comunicacional, con el copamiento total del escenario, acaba también con la influencia misteriosa del secretismo de Carlos Zannini, El Cenador. El que se creyó el cuento de la presidencia marginal.
Hoy Zannini queda relegado a la categoría de nuevo Abalito. De secretario privilegiado, que se destaca por acompañar la mesa de La Doctora. La que no vaciló en estamparle a Capitanich, y no a Urribarri, El Padre del Marcador de Punta, el preferido de El Cenador.
La irrupción de El Montenegrino Denso fue consecuencia de la calculada perversidad de La Doctora. Derivó en una movida brillante.
Para Oximoron, La Doctora delega gran parte del poder para aliviarse. Para aproximarse también a la otra recuperación. La física.
Lo suyo es, incluso, hasta comprensible. Se encontraba vulnerablemente enferma y políticamente derrotada.
Debía delegar o irse. Asediada por las distintas perspectivas que signaban su Residencia en la Lona. Distinta a la Residencia en la Tierra de Pablo Neruda.
Correspondía delegar. Descargar responsabilidades. Y acaso mientras estaba en la etapa del camisón, junto a sus familiares mujeres, La Doctora, según nuestras fuentes, lo tenía decidido.
Iba a delegar, sin decirle a nadie en quién.
Siempre valoró, hasta la admiración, a su amigo “El Coqui”. Con El Montenegrino Denso sospechaba que iba a abandonar paulatinamente la Residencia en la Lona. Adónde la habían arrastrado las imposturas, los arrebatos, bobas confiscaciones.
Las tergiversaciones de los pobres “pibes que le reclamaban la liberación”. Con Exxon y Chevron.
Y con tantos jóvenes que hicieron verdaderas pasantías como secretarios de estado o directores de empresas.
O que utilizaron el cargo -como Axel Kicillof, El Gótico- para aprender el oficio de funcionario. Para saber, en definitiva, de qué se trata.
(*) Carolina Mantegari. Consultora Oximoron. Redacción final para JorgeAsisDigital.com Publicado el 28 de Noviembre de 2013 en el Envío Nº 1166


Para una nueva política

Por Iván Petrella (*)
Los resultados de las últimas elecciones parecen confirmar un creciente hartazgo hacia el gobierno nacional y el deseo de muchos de apostar a un cambio. Por eso, con el fracaso del proyecto reeleccionista y la inexorable llegada de un nuevo gobierno en 2015, varios espacios políticos y aspirantes presidenciales buscan perfilarse ante la ciudadanía como algo nuevo, distinto o renovador.

Ante esta situación, vale la pena preguntarnos qué forma debería tomar una propuesta capaz de ofrecer una alternativa real a las estructuras y prácticas nocivas en la política argentina. De esta manera será más difícil caer en la trampa de entusiasmarse con envases que parecen nuevos pero que en su interior esconden viejos vicios y errores. ¿Cuáles serían, entonces, las características de una política distinta?
La primera característica de una política distinta es, simplemente, que tenga gente distinta. No hay política distinta si predominan personas con décadas viviendo de ella, defendiendo en un gobierno una postura para después defender una diametralmente opuesta en otro, cambiando de bando y de orientación con tal de no perder un lugar cerca del poder. Esto no quiere decir que una política distinta no incorpore gente con experiencia que viene de la política tradicional: hay muchas personas de extensa trayectoria cuya contribución es fundamental para forjar una Argentina mejor. Pero sin la incorporación de gente nueva desde distintos ámbitos -la academia, el empresariado, el mundo deportivo, del espectáculo- no puede haber una política distinta.
La segunda característica de una política distinta debería ser que se enfoque en el futuro. La construcción de una Argentina para el siglo XXI no requiere resucitar o referenciar siempre debates del pasado. Hacerlo sería suponer que el mundo es estático y que los conflictos que dieron lugar a esos debates aún predominan. Por eso, casi inevitablemente, la política tradicional propone caminos de desarrollo y esquemas mentales desactualizados. Una política distinta, en cambio, debería enfatizar la búsqueda de soluciones concretas para el presente que potencien, en vez de hipotecar, el largo plazo.
Para algunos, esta concepción sufre de un déficit de ideología. Pero el principal problema de las discusiones que proponen muchos partidos no pasa por la ideología, sino por la cronología. Vivimos en el siglo XXI, pero gran parte de las discusiones parecen repeticiones del siglo XX (y a veces, incluso, del XIX). Saldar el déficit cronológico, plantar a la Argentina en este siglo, tendría que ser uno de los objetivos de la nueva política.
Otra característica sería un estilo de liderazgo diferente. La Argentina se ha acostumbrado a liderazgos caudillistas, cuasi mesiánicos, que creen que gobernar es encarnar la voluntad popular. Por eso, muchas veces, los gobiernos de turno creen que son la voz del pueblo o la patria misma. Por eso, también, la necesidad de descalificar a los gobiernos que vinieron antes, para poder decir que el país se vuelve a fundar, que hubo un quiebre y que ahora sí realmente nace la historia virtuosa del país. Una política distinta propone un estilo de liderazgo más humilde y más cercano al ciudadano. Entiende que ser funcionario electo no otorga privilegios, sino responsabilidades. Sabe que no se es dueño del poder del que dispone, sino que viene prestado, de manera temporaria, por la ciudadanía. Por eso se lidera sin gritos, sin estridencias, a través del diálogo, la búsqueda de consensos y la formación de equipos calificados. Se busca continuidad con gobiernos anteriores construyendo sobre lo construido. Es un liderazgo que también es ejemplo: la unidad por sobre la división, el diálogo por sobre la confrontación y la vocación de servicio.
Una política distinta también debería romper con etiquetas y dicotomías como derecha/izquierda, privado/estatal y nacional/extranjero. El mundo, para una política distinta, es un enorme escenario de experimentos de políticas públicas de las cuales se podría aprender y luego adaptarlas para nuestro país. Lo importante de una idea no es su origen, sino si es capaz de resolver un problema y marcar un camino. Las dicotomías y etiquetas sirven, desde este punto de vista, como una excusa para ignorar de antemano propuestas que podrían ser válidas; además dificultan el diálogo y limitan la imaginación de soluciones posibles. Las políticas públicas más exitosas lo son precisamente porque combinan elementos que el prejuicio insiste en mantener en oposición.
La quinta característica de una política distinta es no tener un interés en preservar el statu quo conservador, en sus dos opciones: por un lado, el bipartidismo desequilibrado del radicalismo y el peronismo, ya que el segundo tiene mayor peso; por el otro, la sensación de que la política del país se dirime inevitablemente en la interna peronista. Una política distinta busca dejar atrás el conservadurismo del statu quo para construir una alternativa que combine, al mismo tiempo, el mayor respeto por la institucionalidad democrática con la vocación de poder: no se conforma con ser una parte de una oposición, su meta es gobernar, ya que sólo se puede transformar el país desde el gobierno.
Por último, una política distinta no debe ser advenediza ni una simple declaración de intenciones. Debería poder mostrar dos cosas: que tiene capacidad para gobernar en condiciones adversas y logros de gestión obtenidos precisamente por haber creado antes gobernabilidad. Por eso, no es una promesa ligera que se desvanecería ante el primer inconveniente u obstáculo. Posee coherencia de ideas y visión, versatilidad y coraje, aprendizaje y construcción.
Ha llegado el momento de apostar por algo distinto. Afortunadamente, en 1983 nuestro país dejó atrás para siempre su pasado autoritario y abrazó la democracia. Nuestro desafío hoy, a 30 años de esa fecha feliz, es el de fortalecer nuestro sistema con nuevas prácticas, nuevos actores políticos y nuevas ideas más a tono con un mundo y un país que han cambiado mucho y que nos demandan -quizás como nunca antes- creatividad, honestidad, consensos y pericia.
El filósofo Sören Kierkegaard escribió que "la vida se entiende hacia atrás, pero se vive hacia adelante". Entender el pasado correctamente es también entender cuándo hay que dejarlo atrás para que se abran posibilidades distintas en el futuro.
(*) Iván Petrella. Licenciado en Relaciones Internacionales (U. de Georgetown) y Ph.D. en Religión y Derecho (U. de Harvard). Artículo publicado en La Nación el 28 de Noviembre de 2013.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Pensiones estatales: robo, pobreza y fraude

Por Juan ramón Rallo (*)
Hay mensajes que pocos se atreven a verbalizar pero que no por ello resultan menos ciertos y acuciantes para el devenir de nuestras sociedades. Uno de esos desastrosos tabúes en el caso de España se da en materia de pensiones. Son escasas las personas que desean granjearse la enemistad de las masas repitiendo algo tan directo e incontestable como que nuestro actual sistema de pensiones es insostenible. Pero es necesario decirlo: el sistema es insostenible.
Y lo es no porque resulte extremadamente generoso, sino a pesar de ser grotescamente cicatero; no porque las cotizaciones a la Seguridad Social sean bajas, sino a pesar de estar entre las más elevadas de Europa; y no porque vayamos a estar durante varias décadas en una profunda crisis económica, sino aun cuando pudiéramos salir pronto de ella.
El motivo del colapso del fraudulento sistema de Seguridad Social es que, como ya les sucediera a Fórum Filatélico, Afinsa o Bernie Madoff, su base piramidal de ingresos se está estrechando.
Al cabo, Fórum, Afinsa y Madoff ve vinieron abajo cuando no pudieron seguir timando a nuevos clientes para que aportaran el nuevo capital con el que abonar los rendimientos extraordinarios prometidos a los antiguos inversores; análogamente, la Seguridad Social se está viniendo abajo cuando deja de poder nutrirse del expolio de casi el 40% del sueldo de unos nuevos trabajadores que ni siquiera existen y que, por tanto, no pueden cubrir las pensiones de aquellos otros trabajadores que fueron expoliados previamente y que hoy han alcanzado la edad de jubilación.
La situación, como digo, se puede haber visto agravada y acelerada por la crisis económica, pero el fondo de la problemática es otro. La semana pasada, el Instituto Nacional de Estadística revisó sus proyecciones de población para España entre 2013 y 2023, arrojando unas cifras altamente preocupantes: según el INE, dentro de una década España habrá perdido 2,6 millones de habitantes, tanto por el efecto de la emigración como por la exigua natalidad; de hecho, su expectativa es que en 2017 -dentro de apenas cuatro años- el crecimiento vegetativo entre en terreno negativo, es decir, que el número de defunciones supere al de nacimientos. A largo plazo, las perspectivas son todavía más tenebrosas: para 2050, tendremos solo un trabajador por cada pensionista, y ello bajo el generoso supuesto de que nos hallemos en pleno empleo.
Con este negro panorama demográfico, es evidente que las pensiones tendrán que reducirse de manera muy significativa a lo largo de las próximas décadas: un fortísimo, y poco realista, crecimiento económico futuro podría evitar reducciones absolutas de su cuantía, pero nada podrá evitar minoraciones en su importe relativo -como porcentaje de los sueldos medios del país-. La situación podría haber sido harto diferente con un sistema de capitalización de pensiones, donde cada trabajador contara con cuentas de ahorro personal -no gestionadas por bancos, preferentemente- que le proporcionaran unos rendimientos al margen del desastre demográfico del país; pero la transición a ese sistema privado ha sido bloqueada desde hace décadas por la izquierda y por la extrema izquierda de nuestro país, a saber, por González, Aznar, Zapatero y ahora Rajoy.
Todos los egregios expresidentes se preocuparon por mantener su poder y su influencia electoral sobre los pensionistas, y ahora nos toca jugar con las deficientes cartas que ellos nos marcaron. Nos toca asumir, pues, el único resultado que es capaz de ofrecernos el macrotimo de la Seguridad Social: pensiones mermadas durante varias décadas. Pero, siendo así de trágico, nuestros gobernantes deberían al menos tener la honestidad de asumirlo y de no añadir el insulto a la infamia, tal como acaba de hacer por enésima vez el Partido Popular al ampliar el límite máximo de revalorización anual de las pensiones hasta el IPC+0,5 por ciento... siempre que las condiciones lo permitan.
Pero las condiciones ni lejanamente lo permitirán -salvo en los años electorales en los que haya que comprar votos-, de manera que la promesa del Gobierno no pasará de propaganda política pergeñada para engañar al empobrecido jubilado. A eso juegan justamente: a erosionar las pensiones reales por la vía inflacionista en lugar de dar la cara y recortarlas nominalmente.
Robo, pobreza y fraude, tres características básicas de cualquier sistema público de pensiones que, no por casualidad, también se corresponden con el conjunto de la política económica desplegada por el muy antiliberal rajoyismo.
(*) Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana y profesor del centro de estudios OMMA. Artículo publicado en "El economista" el 27 de Noviembre de 2013

martes, 26 de noviembre de 2013

Inflación: si van por los costos insisten en el error

Por Roberto Cachanosky (*)
No son los costos los que determinan los precios, sino que son los precios los que determinan los costos en que puede incurrir una empresa
Ni Capitanich ni Kicillof han hecho declaraciones sobre cómo piensan resolver los problemas que tienen la economía. Sobre el tema inflación no se explayaron demasiado pero dieron a entender que van a trabajar analizando la cadena de costos y los márgenes de ganancias de las empresas. En rigor esto es lo que hizo Moreno y fracasó. ¿Y por qué fracasó Moreno y fracasaría Kicillof y Capitanich si insisten en seguir el mismo camino? Aquí va la respuesta.
En primer lugar, los precios no son otra cosa que la expresión de las valoraciones que la gente le otorga a los bienes y servicios que se ofrecen en la economía. Sabemos que los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas, por lo tanto la gente elige, de acuerdo a sus necesidades, a qué bienes les otorga más valor y a cuáles menos. Definida esa escala de valores asigna sus recursos. Esto quiere decir, compra o deja de comprar.
Obviamente que el valor que cada consumidor le otorga a cada bien y servicio que se ofrece en la economía es subjetivo, esto quiere decir que unas cosas tienen más valor para unas personas y menos para otras. Como decía recién, esas valoraciones que hacen los millones de consumidores de los bienes y servicios se transforman en los precios del mercado junto con la oferta. Los precios de los bienes y servicios son expresiones de valoraciones subjetivas. Cuánto dinero está dispuesta a pagar la gente por determinado bien o servicio. Típico ejemplo de curso de economía: ¿cuánto pagaría una persona sedienta por un vaso de agua en el desierto y esa misma persona en su casa con agua potable abundante?
Esto nos lleva al primer problema de los controles de costos que implementaría el gobierno para frenar la inflación. Aquí hay un error conceptual. No son los costos los que determinan los precios, sino que son los precios los que determinan los costos en que puede incurrir una empresa. Si yo contrato a 50 secretarias para mí solo, me desplazo en helicóptero, alquilo un edificio entero en el lugar más caro de Buenos Aries para hacer mis análisis económicos y otras excentricidades, luego sumo los costos y le agrego mi ganancias, termino pidiendo por cada conferencia U$S 1 millón que nadie va a estar dispuesto a pagar. ¿Cómo calculo los costos? Veo cuánto está dispuesto a pagar por mis conferencias el mercado y ese precio por la cantidad de conferencias que me contraten determinará mis ingresos, que definirán los costos en los que puedo incurrir. Puesto en otras palabras, los costos en los que puedo incurrir los determinan mis clientes. No yo. Lo mismo pasa con todos los bienes y servicios de la economía. Los costos de producción en que pueden incurrir las empresas los determinan los consumidores cuando definen qué precios están dispuestos a pagar por cada producto. Y cuando digo los costos en que pueden incurrir las empresas los definen los consumidores me refiero a los salarios, los insumos, etc. Por eso, pretender controlar los costos para regular las utilidades es un error conceptual profundo dado que supondría que un señor sentado en un escritorio conoce qué valor le otorga cada uno de los 40 millones de consumidores a cada bien y servicio y, por lo tanto, qué precios está dispuesto a pagar por cada producto.
Si a esto se le agrega el control de la rentabilidad de las empresas,  el panorama se complica más. Primero porque no es lo mismo hundir una inversión en un país sin respeto por los derechos de propiedad e incertidumbre en las reglas de juego, que en otro en el cual la propiedad privada y la calidad institucional es respetada. La tasa de rentabilidad que se le pide a una inversión en un país con alto riesgo institucional siempre va a ser mayor a la que se le pide a una inversión con bajo riesgo institucional. ¿Cómo determina un funcionario cuál es la tasa de rentabilidad adecuada? Comparar con países con calidad institucional no es correcto. ¿Qué referencia tomarán para decidir si una empresa gana más de lo que él considera correcto?
Por otro lado, las rentabilidades extraordinarias que surgen de la competencia son el indicador para asignar los recursos productivos. Cuando una empresa logra tener utilidades más altas que el promedio de la economía, sin restricciones a la competencia, es porque descubrió una necesidad insatisfecha de los consumidores. Mejoró la vida de la gente al invertir en ese nicho no explotado. Si el Estado no impide el ingreso de nuevos competidores al mercado, habrá más inversiones compitiendo con la empresa que obtiene utilidades extraordinarias, crece la oferta, bajan los precios y se reduce la rentabilidad extraordinaria hasta igualar al resto de los sectores de la economía. El que llega primero obtiene una utilidad extraordinaria, hasta que llegan los competidores y le quitan mercado, reducen precios y rentabilidad.
Eliminar este punto de referencia que es la rentabilidad de las empresas es dejar sin rumbo a los inversores. Nadie sabe dónde invertir y se frena el crecimiento, la creación de nuevos puestos de trabajo y los salarios reales no crecen o decrecen. Si se elimina este proceso de descubrimiento para saber qué demanda la gente, la economía va a producir cosas que la gente no quiere o no las considera prioritarias. Esto quiere decir ineficiencia económica y dilapidación de los recursos productivos.
El problema inflacionario no está entonces por el lado de los costos y de la tasa de rentabilidad de las empresas. El problema está en la expansión monetaria que hace el BCRA para financiar al tesoro destruyendo el poder adquisitivo de la moneda y generando lo que comúnmente se conoce como inflación, que más que una suba de precios es una pérdida en el poder adquisitivo de la moneda generada por el mismo Banco Central.
Pero claro, para frenar la inflación hay que meterse con el gasto público y eso es un sacrilegio de acuerdo a la ideología imperante en el gobierno. Combinar expansión monetaria con controles de precios es la fórmula ideal para llevar la economía al desabastecimiento, el cierre de plantas, aumento de la desocupación y caída del salario real.
La opción es muy clara. O aceptan que se acabó la fiesta de consumo artificial y giran 180 grados o terminarán deprimiendo aún más la actividad económica profundizando el desabastecimiento y la mala calidad de los productos que hoy compramos los argentinos, con el agravante que el problema inflacionario no lo resolverán. En todo caso lo agravarán.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980). Asesor económico. Director de "Economía para todos". Artículo publicado el 24 de Noviembre de 2013 en la Edición Nº 498.

La simulación como forma de vida

Por Alberto Medina Méndez (*)
Los gobiernos populistas establecen un vínculo con la sociedad que se sostiene siempre sobre la mentira. El poder es el fin último de todo su accionar. No tienen escrúpulos, ni ideologías, ni siquiera convicciones, que sean más importantes que retener el mando a cualquier costo.

Todo pasa por obtener apoyo popular, por eso las dádivas, las prebendas, los privilegios y el reparto de dinero público para condicionar a sus aliados. La idea es que la mayoría de los ciudadanos se sienta contenido por el régimen, al que le debe favores y por lo tanto debe rendirle sumisión garantizándole respaldo electoral para su sustento político.

En ese juego perverso manipulan todo y bajo esas reglas la economía no soporta demasiado sin mostrar su vida propia. Más tarde o más temprano llegan las consecuencias del intervencionismo y aparecen esas temibles distorsiones que desnudan su impericia e ignorancia como gobernantes.

Argentina vive un nuevo capítulo de este sainete. Por momentos parece una comedia, pero lo burdo y trágico lo convierte en un daño letal para miles de ciudadanos que lo sufren a diario.

El recambio del gabinete, con nuevos personajes a la vista, intenta mostrar un cambio de rumbo aunque con la ambigüedad de la demagogia contemporánea. Hablan de profundizar el modelo y ratificar el rumbo, pero al mismo tiempo se ocupan de mostrar señales de modificación de estilo y final de ciclo de funcionarios que venían restando imagen política.

Los que gobiernan saben que no está todo bien, pero han quedado atrapados en su propio relato. Por un lado no pueden reconocer públicamente que la economía está tropezando y que no hay forma de sostener esa irrealidad hasta el infinito. Por otro lado, su concepción del poder les impide arrepentirse y confesar desaciertos. Creen que admitir errores debilita su fuerza, sin comprender que el ocultamiento serial en el que incurren los hace más ilegítimos aún, al utilizar el fraude intelectual como recurso, lo que la sociedad invariablemente castiga en las urnas.

Suponer que no tienen un plan para tratar de salir del caos sería subestimar la ambición de su proyecto político. Ansían permanecer, pero para ello necesitan resolver parcialmente el desastre. Si no lo detienen se complicará más aún con efectos desbastadores para todos, en especial para su facción.

Como han hecho de la simulación su atributo, no eligen la honestidad como camino. Un gobierno sensato, de hombres íntegros y de bien, con una conducta moral al menos aceptable, optaría por hacer lo correcto.

Todo sería más fácil si se asumieran con dignidad las equivocaciones,  mostrando la profunda voluntad de hacer los cambios para corregir la dirección de las decisiones. Abundan ejemplos en la historia política reciente de gestos de esta naturaleza que, al menos desde lo electoral, rinden frutos y ayudan a la sociedad a reconciliarse con la política.

Pero no se puede esperar actitudes honradas de gente que hace de la farsa su modo de relacionarse. Están acostumbrados a engañar, viven bajo esos paradigmas, se han profesionalizado en esto de decir una cosa y hacer lo contrario, hasta el punto de no lograr contemplar la variante de ser frontales, porque han perdido hasta el pudor en el arte de gobernar.

Ellos han detectado el problema, saben lo que ocurre, lo reconocen pero solo en la intimidad del poder. Avanzan ahora en un nuevo simulacro, que han estudiado minuciosamente. Saben exactamente lo que intentarán hacer, pero también lo que dirán ara cuidar al máximo el discurso.

Tan importante como lo que pretenden implementar es desconocer los errores del pasado, aunque cada tanto, recurrirán a algún desliz para dejar entrever que ALGO están enmendando sin que sea lo esencial del modelo.

Este gobierno “ajustará”, a su modo, aunque sea mínimamente, con su espíritu timorato siempre sin tocar demasiado los intereses de los propios. Lo hará invocando algún artilugio argumental, pero tratará de moderar el gasto, aunque con la impronta de su inmoral y discrecional mirada. No será austero, ni tampoco transparente, pero apelará a la postergación de pagos, a la dilación crónica y a la inacción para generar cierto ahorro.

Mientras tanto, procurara reemplazar su fuente de financiamiento habitual  derrumbando uno de sus supuestos pilares ideológicos. La tarea será bajar la emisión y endeudarse. El objetivo es disminuir la inflación y aunque no puedan admitirlo, saben que el camino para lograrlo es reducir el ritmo vertiginoso de esta rutina de emitir moneda para financiar gasto estatal.

Necesitan impunidad para evitar el impacto jurídico de la ya inocultable corrupción endémica. Para ello precisan retener el poder y seleccionar al sucesor que se los garantice. No buscan resolver los asuntos de fondo, solo aspiran a encontrar un poco de maquillaje que les permita salir de este brete que ataca sus posibilidades electorales de corto plazo.

Han hecho un hábito de este modo de conducirse por el mundo. Intentaran bajar la inflación, esa que para ellos no es tal y salir de un cepo cambiario que dicen que no existe. Su dualidad es innegable, pero a estas alturas, queda en evidencia que, no hacen lo que hacen como parte de una estrategia general o como un mero recurso táctico circunstancial. La simulación es en ellos una forma de vida.

(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.

El oro como excusa. Causas reales de la Gran Depresión

Por Juan Manuel López Zafra (*)

(*) Juan Manuel López Zafra.    Economista, profesor en CUNEF. Video de la conferencia realizada en el Instituto Juan de Mariana el 19 de Octubre de 2013, publicado el 6 de Noviembre de 2013.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Encadenados a la utopía

Por Elena Valero Narváez (*)
La Constitución argentina, inspirada en la de EEUU,  brindó  la normatividad necesaria para crear las condiciones que llevaron al enorme progreso iniciado a mitad del siglo XIX. 

Nuestro país desde 1870 a 1913 creció a tasas más elevadas que la economía mundial superando a países adelantados europeos, también a Canadá y Australia. Un orden liberal permitió a los argentinos gozar de una prosperidad inimaginable.

Sin embargo en la Argentina de la última década se reniega tanto de la Constitución de 1853 como de las ideas de los hombres  que promovieron el progreso y la institucionalidad del país.

  Incentivados por el Gobierno, pseudo-historiadores, han improvisado una historia que nada tiene que ver con el pasado real, avalada, también, por una serie de comunicadores, socios en la  desvalorización de este período.

Alberdi, Mitre, Sarmiento, Roca, la generación del 80, en general, es denostada, criticada en pos de revalorizar lo vernáculo, decisivo para entender nuestro ser nacional.

El Gobierno kirchnerista les responde adjudicándose la defensa de los derechos humanos de los terroristas, de cuya memoria y proyecto político se  sienten representantes.  Todos   rechazan  la realidad tal cual es y  la modernidad que esta ligada a la democracia liberal y capitalista.

Son socialistas encubiertos en la bandera de la “argentinidad” a la que asocian a Rosas - caudillo que defendió la soberanía de la intervención extranjera- y a los indígenas, cabales representantes de lo autóctono.

Esta visión es coherente con la manera de gobernar: se basa en un pensamiento que se aleja cada vez más del mundo globalizado, como lo está haciendo Venezuela, con más prisa.
En desmedro del individualismo que privilegia la libre elección de las personas, les atrae un  nacional-socialismo, sui géneris. que requiere sumisión para lograr una sociedad organizada a la medida de sus deseos.  El fracaso de la “planificación”  se comprueba en el socialismo real, en el fascismo y en todos los populismos pero, se insiste.

 En nombre de la soberanía predican la autarquía industrial –termina siempre, de facto, en empresas dependientes de favores oficiales- y la antipatía a una vida de abundancia capitalista donde hay demasiado para consumir.

 De la boca para afuera  justiprecian una vida despojada que, en los hechos, es miserable. No reconocen que las necesidades de las personas tanto materiales como espirituales  son, y serán, siempre innumerables, lo que cambia son las posibilidades de satisfacerlas.  No  necesariamente consumimos un artículo de lujo. Podemos elegir también un poema, un libro, un CD y tantas otras cosas a los cuales podemos hoy acceder gracias a la economía capitalista.
Rechazan, al sistema  de producción masiva, resultante de la expansión enorme de los mercados, que permite a las personas con menos recursos pueder disfrutar de una inmensa diversidad de bienes a precios muy bajos.

Con políticas dirigistas, quieren fortalecer y extender al sector público de la economía, debilitar la democracia con demagogia nacionalista y antiliberal..

Confían en las estatizaciones, a pesar de la disminución galopante de reservas, aumentando los costos del Estado, por lo que no tienen otro destino que el déficit y ser portadoras de una enorme corrupción administrativa, como ya lo están mostrando los resultados.

Como la generación de riqueza se hace imposible pon las exacciones a las empresa, ahorristas, inversores etc., terminan necesitando capitales foráneos porque no dejan de incrementar los gastos y la inflación. Como siempre pasa, éste flagelo disminuye el valor de los salarios, de las jubilaciones, también la producción y la productividad.

 No se puede, entonces, como quieren, ni siquiera vivir con lo nuestro. Aquí comienzan los problemas y los malos resultados en las elecciones.

Primo hermano del peronismo ortodoxo, el Kirchnerismo responde, también, a otros rasgos fascistas: a las actitudes represivas,  hacia la prensa y opositores,  agrega el fomento del corporativismo fenómeno que tiende, siempre, a liberarse de los partidos para defender privilegios sectoriales.

La consecuencia de lastimar la propiedad privada, el mercado, y la seguridad jurídica, es debilitar las limitaciones al Poder. El Gobierno, de este modo, eleva los grados de dominio sobre la sociedad, pudiendo evitar que surjan fuerzas que se le resistan. El resultado es avanzar hacia una dictadura donde la libertad, espontaneidad, y creatividad, necesarias para poder construir el propio destino, es imposible. El Estado decide por nosotros cómo será nuestra vida.

(*) Elena Valero Narváez. Periodista, historiadora y analista política.


Fuente: Comunicación personal de la autora

De la Plaza al Patio de las Palmeras

Por Jorge Raventos (*)
De las características intimistas que la Presidente eligió subrayar para las primeras imágenes de su regreso a la actividad, el 18 de noviembre, se ha escrito mucho ya: la moderación del luto, el perrito chavista, las rosas de Bonafini, el pingüino de peluche, el lenguaje coloquial y el hecho adicional de que quien estaba detrás de las cámaras fuera su propia hija otorgaron al mensaje el formato minimalista de un video familiar. Del relato al cuento infantil. La Presidente buscaba así acortar distancias con una ciudadanía que menos de un mes antes, en una proporción de 7 a 3, había castigado a su gobierno con el voto. Y en buena medida lo consiguió.

También fueron bien recibidos varios de los cambios que promovió de inmediato en el gobierno.
Conviene, en cualquier caso, poner las cosas en contexto y no confundir imágenes con hechos, gordura con hinchazón . Lo que ocurrió no ha sido una señal de fortalecimiento político de la Señora, sino más bien la evidencia de lo contrario. La Presidente tiene que actuar ahora en un territorio acotado por las dos derrotas electorales sucesivas sufridas (las primarias de agosto y las parlamentarias de octubre), por la acuciante crisis fiscal y la vertiginosa pérdida de reservas, por la centrifugación que viene sufriendo la coalición de gobierno, por los riesgos que corre la gobernabilidad.
Por ese motivo tuvo, por ejemplo, que ubicar en la cartera de Agricultura a un hombre –Carlos Casamiquela, un veterano del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, INTA- que, en principio, ha generado expectativas en las entidades del campo porque, como expresó un vocero del sector rural-, “al menos conoce la problemática; así sea con audífono, puede escuchar y entender. Es una novedad”.
El gobierno tiene que tratar de seducir a los hombres de campo si quiere que se conviertan en dólares las toneladas de producto que todavía descansan en los silos bolsa. La venta y liquidación es una fuente de divisas próxima, si el gobierno encuentra el tono y los argumentos capaces de disolver la desconfianza y el resentimiento de los largamente maltratados productores.
Para empezar a atravesar la prueba del ácido, Casamiquela debería recibir a la Mesa de Enlace agropecuaria. Hacerlo sería una prueba de realismo, pero quizás cueste, porque el gobierno empieza a rumbear en una dirección sensata, pero avanza reculando y a los empujones de la realidad.
Capitanich y el “clima de época”
Por encima de la designación de Casamiquela, el nombramiento de Jorge Milton Capitanich en la Jefatura de Gabinete es largamente más significativo. El estrés físico de la Presidente es un argumento plausible para ese paso, pero un motivo tan fuerte como ese es el estrés político presidencial. No se trata sólo de que la presidente esté impulsada por consejo médico a transferir responsabilidades, sino también del hecho de que ella misma ha sido una fuente importantísima de la desconfianza que paraliza la inversión y acelera la fuga de capitales. 
Ante el paisaje de una transición a la que el cronograma electoral le fija estación terminal a fines de 2015, se necesitaba inyectar una dosis fuerte de confianza y de señales de cambio. El gobierno debía mostrar que tiene otros pilares para apuntalarse, más allá de los entusiastas funcionarios de La Cámpora. Necesitó buscar el respaldo de los jefes territoriales, de los gobernadores que, así, se encontraron en una nueva relación de fuerzas, un poco más equilibrada, con el poder central.
Si el elegido para la transferencia de tareas de gobierno hubiera sido, por caso, Daniel Scioli, probablemente la respuesta de los mercados habría sido aún más entusiasta que la que mereció el nombramiento de Capitanich. Pero Scioli sigue siendo un bocado indigerible para los círculos más próximos a la Presidente (y en alguna medida para ella misma). Y tiene capital político propio (aunque la forzada proximidad al gobierno central la haya erosionado un poco). De modo que, de los gobernadores, la señora de Kirchner eligió uno con experiencia, con fama de diestro para los números y la gestión, aceptable para sus colegas y sin tanto poder propio como para convertirse antes de que cante un gallo en absolutamente inmanejable.
Capitanich empezó a evidenciar la nueva relación de fuerzas antes de asumir el cargo: pidió amablemente el alejamiento inmediato de Guillermo Moreno. Aunque el pedido estaba cargado de razonabilidad (la continuidad de Moreno en su puesto habría esterilizado cualquier expectativa de cambio y, por el contrario, el papel de pararrayos que el secretario de Comercio asumió en estos años y que protegía objetivamente a la Presidente, convertía su despido en un procedimiento económico y elocuente para mostrar intenciones de cambio), la Presidente sintió que su nuevo Jefe de Gabinete era ya una correa de transmisión de los ajenos, esos que las circunstancias aconsejan ahora no llamar enemigos. En fin que Capitanich, pera decirlo con palabras de un comentarista vocacionalmente pro-K, es “muy permeable al clima de época”.
De todos modos, la Señora le otorgó a Moreno una distinción póstuma: le permitió renunciar (no fue despedido como Juan Manuel Abal Medina) y mantener el cargo dos semanas más, para que pueda ocuparse de reubicar en la función pública a su tropa de empleados y funcionarios, que deberán sobrevivir ahora sin su tutela. La Presidente también lo designó como agregado comercial en la embajada de Italia. Es probable que no lo haya nombrado embajador en reemplazo del achacado Torcuato Di Tella, que permanece en Roma, para ahorrarle el trámite de rendir examen ante el Senado para conseguir un acuerdo.
Obviamente, la noticia de que Moreno se retiraba a los vestuarios fue –como lo suponía Capitanich- una noticia muy bien recibida tanto por los mercados como por la opinión pública. Probablemente el entusiasmo fue una ofrenda exagerada al personaje: con su pintoresquismo, sus asperezas y sus barrabasadas, Moreno no ha sido más que un eufemismo, un prototipo quintaesenciado e hiperactivo de lo que se conoce como modelo K.
Axel: la máscara marxista
Con la designación de Axel Kicillof como ministro de Economía, el gobierno adquiere un nuevo pararrayos (se sabe que esos artefactos funcionan atrayendo las descargas). Pero se trata de otro estilo y otro peso. De Kicillof asustan las ideas que se le atribuyen y las intenciones que a veces expresa para desfogarse, pero si bien se mira, tal vez mande menos como ministro que como viceministro. A su antecesor, Hernán “Mequieroir” Lorenzino, se le han encargado las relaciones financieras internacionales, es decir, las conversaciones con los acreedores por fallos del tribunal de diferencias del Banco Mundial, con el Fondo Monetario Internacional (que debe abrir la puerta a un acuerdo con el Club de París), etc.
Kicillof deberá ocuparse de bajar la inflación, ocuparse del déficit fiscal y conseguir divisas, flanqueado desde el Banco Central por Juan Carlos Fábrega, un funcionario ortodoxo y prolijo. Y guiado y monitoreado por Capitanich, que además de ser su jefe formal y de estar respaldado por peso político propio, es un economista de ideas algo diversas a las del ministro.
En fin, es posible que Kicillof termine siendo, más que nada, un adorno marxista que endulce las medidas que la realidad vaya reclamando en este proceso, que algunos definen como “oxigenación” del gobierno y otro marxista K, Ernesto Laclau, degrada como “riesgo de licuación del modelo”.
Así, Kicillof puede hacer juego con el “relato” (como el can bolivariano y las rosas de Hebe), mientras otros se ocupan de lo que es imperioso hacer.
La realidad y el león de la Metro
La propia Presidente sospecha bastante que hay que hacer ciertas cosas que no encajan bien en el relato. Se los adelantó a los muchachos fervorosos que la vitorearon el miércoles en la Casa Rosada: "No tenemos prejuicios. Nos vamos a asociar con quien tengamos que asociarnos ", les dijo, aludiendo a los contratos con Chevron y a todos los que el CEO de YPF, Miguel Galluccio, está ansioso de firmar con inversores internacionales. Ese día de la Soberanía, la señora les advirtió a sus admiradores juveniles que para hacer cualquier cosa “se necesitan recursos” y que “yo no tengo anteojeras y sabemos que esto demanda capitales intensivos que no están en la Argentina”.
Lógicamente, dijo estas cosas en un discurso más amplio, siempre de tonalidades épicas, y reiteró que “vamos por todo” y que “hay que profundizar”. Tiene su gracia que tanto la mayoría de los adictos como muchos opositores y hasta una pléyade de analistas hayan leído como fundamentales sobre todo estas repeticiones del relato y no hayan distinguido suficientemente aquellos conceptos. Es como pensar que todas las películas que empiezan con el león de MGM son idénticas. Y que las frases sobre profundización de esta semana tienen el mismo peso o la misma entidad que las que la misma actriz decía uno o dos años atrás.
La piñata del Patio de las Palmeras
El oficialismo suele extraviarse en su relato; y lo hace con gusto, pues considera que “la realidad es reaccionaria” (según testimonió uno de los filósofos de la corte, José Pablo Feinmann, en su libro de diálogos con Néstor Kirchner. Pero la señora de Kirchner probablemente no ignora que la realidad impone cosas, se ha empezado a instalar en su propio gobierno y cotidianamente planteará opciones y requerirá decisiones.
El relato del día de la soberanía empezó a miniaturizarse. De la Plaza hemos pasado a un rincón de la Casa Rosada. Las reivindicaciones inoportunas (a los progresos ferroviarios, la recuperación de la soberanía energética los éxitos empresariales de la hipersubsidiada Aerolíneas Argentinas), los silencios elocuentes (el narcotráfico, la inseguridad) son para la piñata del Patio de las Palmeras. La mayoría de las designaciones, la despedida de Moreno, los cambios de criterio en relación con el nuevo Código Civil, las promesas de diálogo, las entrelíneas del discurso de la Señora, el nuevo trato oficial con la prensa son tributos que impone la realidad.
En fin: otros tributos requeridos son la celeridad y la eficacia. Se vienen las fiestas, empieza a hacerse oír el murmullo de intranquilidades sociales motorizadas por el efecto de la inflación sobre los ingresos. Y además, el Banco Central sigue perdiendo reservas.
Jorge Capitanich hace bien en madrugar y desplegar actividad incesante. El tiempo apremia.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 23 de Noviembre de 2013

Subsidios y jubilaciones sin aportes explican 60% del aumento del gasto

Por IDESA (*)
El impresionante crecimiento del gasto público de los últimos años es la causa principal de la alta inflación y la inestabilidad cambiaria. Resulta curioso que las áreas del sector público que más contribuyen al desborde fiscal y donde más reformas se necesitan no fueron afectadas de manera directa por el cambio de gabinete. Sin un replanteo de las decisiones de gasto público tomadas con mucha demagogia, improvisación y poco sentido de responsabilidad no hay posibilidades de detener la pérdida de reservas y recuperar el crecimiento. 
   
El cambio de parte del gabinete genera expectativas. Aunque en el plano de las declamaciones se hable de “profundización del modelo”, es indudable que las preocupaciones pasan por encontrar estrategias para afrontar la elevada inflación, la inestabilidad del dólar, la pérdida de reservas y la desaceleración de la actividad económica. Las esperanzas de cambios radican en que junto con el desplazamiento de funcionarios –la mayoría muy cuestionados– aparecen nuevos temas de agenda como el desdoblamiento cambiario creando un “dólar turista” para desalentar la fuga de divisas por gastos en el exterior, la aceleración de la devaluación del tipo de cambio oficial y la morigeración de los aumentos salariales.

Sin entrar a evaluar la pertinencia del cambio de funcionarios y de políticas que ellos impulsarían, el punto más preocupante es que parecería que se sigue subestimando las implicancias del desborde fiscal. En este sentido, los datos que publica el propio Ministerio de Economía señalan que entre los años 2004 y 2013 los ingresos tributarios y de seguridad social del sector público nacional se expandieron en $290 mil millones en términos reales (o sea, corregidos por inflación), mientras que el gasto público creció en $420 mil millones

Este impresionante aumento de gasto público nacional se explica por:
·         Un 34% los subsidios económicos a empresas privadas y públicas deficitarias.
·         Un 24% por las jubilaciones sin aportes (moratorias y pensiones no contributivas).
·         Un 18% por el incremento del gasto asociado al empleo público.

Estos datos muestran que, si bien el crecimiento del gasto público es generalizado, algunos componentes tienen una incidencia decisiva en la expansión. Casi el 60% del aumento en las erogaciones se origina por subsidios para sostener empresas privadas con tarifas retrasadas y empresas públicas deficitarias y jubilaciones sin aportes. Si a esto se le agrega la incidencia del mayor gasto en empleo público se llega a explicar tres cuartas partes del aumento del gasto público nacional.

El exceso de gasto público, muy por encima del aumento de la recaudación, obliga a una masiva emisión monetaria que es el principal factor causante de la alta inflación. El desdoblamiento cambiario, la devaluación del tipo de cambio oficial, las restricciones a las importaciones, los controles sobre precios y salarios, son estrategias que actúan sobre los síntomas pero no atacan la enfermedad. Dicho de otra manera, no hay política, por más ingeniosa y audaz que sea, que permita eludir la imperiosa y urgente necesidad de moderar el ritmo al que se viene expandiendo el gasto público. Por eso, controlar las erogaciones es el principal desafío del gabinete renovado y resulta paradójico que las aéreas del sector público que más reformas necesitan –porque son las que más vienen contribuyendo a la expansión del gasto público en los últimos años– son las menos afectadas por el cambio de funcionarios. 

En materia previsional, la experiencia de otros países de la región demuestra que con un diseño menos rudimentario que las moratorias de Argentina se puede ampliar la cobertura de manera sustentable y mucho más equitativa. Con sentido análogo se pueden reducir drásticamente los subsidios económicos y mejorar la distribución del ingreso dejando de subsidiar a las empresas y subsidiando a las familias con esquemas de tarifas sociales para los servicios públicos. En relación al empleo público hay que tomar la decisión de profesionalizar los recursos humanos partiendo de erradicar su uso para alimentar estructuras políticas y distribuir favores personales.


El “cepo” cambiario, el control de precios, las manipulaciones en el INDEC, los obstáculos a la exportaciones y a las importaciones, las amenazas a empresarios son improvisaciones adoptadas ante las presiones inflacionarias que genera el desborde fiscal. Desactivarlas y cambiar funcionarios va en el sentido correcto. Pero el desafío más importante y complejo es abandonar la demagogia y profesionalizar el sector público.
(*) IDESA. Informe Nº 523 del 24 de Noviembre de 2013