sábado, 9 de noviembre de 2013

La batalla cultural, los intelectuales y la derecha

Por Agustín Laje (*)

La “batalla cultural”, para definirla de manera simple y concreta, es aquella que se lleva adelante en orden a configurar el “sentido común” (gramsciano) de la sociedad. Este “sentido común” no refiere a lo que suele considerarse como conocimiento innato o autoevidente, sino que designa una serie de concepciones genéricas históricamente construidas. Antonio Gramsci lo definió con claridad: “El sentido común es la filosofía de los no filósofos, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio”.[1] El “sentido común” de Gramsci es el “clima de opinión” de Friedrich Hayek, es decir, “un conjunto de preconcepciones muy generales”[2] sobre la existencia.
En el “sentido común” se expresa la hegemonía, función que Gramsci atribuía a la “sociedad civil”, vale decir, al conjunto de organismos de naturaleza no coercitiva que se sumergen en la batalla por la dirección intelectual y moral de la sociedad, esto es, en la batalla cultural que hemos anteriormente definido.
La problemática del rol del intelectual debe ser abordada, pues, en el marco descrito. Donde ayer fueron Marx y Lenin, hoy probablemente sea Gramsci; donde ayer fue economiscismo, hoy es culturalismo; donde ayer fueron guerrilla y revolución estructural, hoy es intelectualismo superestructural. En efecto, son los intelectuales los protagonistas indiscutidos de la “batalla cultural” y de ahí la importancia de reflexionar sobre ellos.
En este orden de cosas, resulta inevitable preguntarse: ¿Qué es un intelectual? El concepto de intelectual no tiene un significado establecido o definitivo; al contrario, es multívoco y cronológicamente reciente. En la temática que nos ocupa, la acepción de “intelectual” que mejor se ajusta a nuestras inquietudes es aquella que entiende que lo definitorio del intelectual no es su tipo de profesión ni sus pergaminos académicos sino su función social, la cual es, naturalmente, el liderazgo cultural de una sociedad. Entre ellos podemosencontrar profesores, periodistas, abogados, artistas, sociólogos, politólogos, y un inacabable etcétera. Esto no quiere decir que todos los abogados o todos los artistas, por caso, sean intelectuales. Joseph Schumpeter ha anotado que “los intelectuales son, en efecto, los que ejercen el poder de la palabra hablada y escrita”[3], y con el vocablo “poder”, el pensador austríaco nos enseña que no todo ser parlante y alfabeto es un intelectual, sino únicamente aquellos que tienen un poder efectivo de influencia que da sentido y realidad a su función social. Algo similar pensaba Gramsci, cuando sostenía que “todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales”.[4]
El intelectual posee un poder pocas veces advertido en su exacta magnitud por el grueso de la sociedad que, paradójicamente, está expuesta a la lucha cultural que acontece en forma subterránea. Rousseau entendió que “quienes controlan las opiniones de un pueblo, controlan sus acciones”. El poder del intelectual reside, precisamente, en la invisibilidad de sus efectos para la mayoría (ésta desconoce por completo el origen de las concepciones que han llegado a formar parte de su pensamiento), y en la omnipresencia de su praxis (la labor del intelectual atraviesa el campo cultural del derecho y del revés sin ser percibida). Ayn Rand decía al respecto que “los hombres que no están interesados en filosofía absorben sus principios de la atmósfera cultural que hay en su entorno: las escuelas, las universidades, los libros, las revistas, los periódicos, las películas, la televisión, etc. ¿Quién fija el tono de una cultura? Un puñado de hombres: los filósofos”.[5] La lectura de Rand, a mi entender, es inacabada. En efecto, hay una distinción entre el filósofo y el intelectual, dada por el nivel de especialización y por su función. Mientras aquél genera sistemas de pensamiento novedosos, éste los consume, digiere, interpreta y difunde. En consecuencia, queda claro que el filósofo, sin la adscripción del intelectual, no puede fijar el tono cultural en absoluto, pues su filosofía no puede hacerse “ideología” que, en términos gramscianos, significa el carácter de masa de la filosofía.
El intelectual, como tipo social, tiene existencia reciente. Según las investigaciones de Carlos Altamirano, el empleo del sustantivo “intelectual” para designar a un grupo social o a un actor de la vida pública “no va más allá del último tercio del siglo XIX”.[6] En consonancia, Marx entiende que el intelectual tiene su génesis en la separación del trabajo manual e intelectual. El momento histórico al que nos referimos es, claro está, el del surgimiento del capitalismo que, como demuestra Schumpeter, posibilitó la emergencia del intelectual moderno: “si el monasterio dio nacimiento al intelectual del mundo medieval fue el capitalismo el que le dio libertad y lo obsequió con la prensa de imprimir”.[7] En efecto, es bajo este sistema de producción en el que se masifica tanto la producción intelectual cuanto el consumo de productos intelectuales. Robert Nozick también llamaba la atención sobre que “los intelectuales forjadores de palabras se desenvuelven bien en la sociedad capitalista; en ella disponen de amplia libertad para formular, desarrollar, propagar, enseñar y debatir las ideas nuevas”, algo que no pudieron hacer, como demuestra la historia, en el marco de sistemas totalitarios comunistas (el ejemplo paradigmático es el de Leon Trotsky).
Los efectos de la “batalla cultural”, no obstante, nos revelan un panorama desconcertante: la criatura se volvió contra su creador. En el marco de un sistema de producción capitalista, la hegemonía corresponde a los principios del colectivismo por obra del intelectualismo. En otras palabras, el “sentido común” que han pergeñado los intelectuales se corresponde con la moral socialista pero se contrapone al modo de producción capitalista vigente, algo que en Marx hubiese sido imposible pero que, en Gramsci, es no sólo lógico, sino decisivo en orden a llevar adelante la revolución socialista. (Cuando decimos que en lo fundamental el kirchnerismo y la oposición se parecen llamativamente, que hablan igual, y que compiten por quién es más “progresista”, ponemos sobre el tapete una prueba incontrastable sobre el poder hegemónico socialista).
En rigor, resulta innegable que la gran mayoría de los intelectuales, en mayor o menor grado, adscriben al socialismo y difunden sus ideas. Esto ya mantenía preocupados durante el siglo pasado a pensadores liberales de la talla de Ludwig von Mises –autor del libro La mentalidad anticapitalista–, Friedrich von Hayek –autor del ensayo “Los intelectuales y el socialismo– y Robert Nozick –autor del ensayo “¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?”–. El eje de la preocupación ha estado generalmente puesto sobre los factores sociológicos y psicológicos que establecen una conexión entre el intelectual y el socialismo. No obstante, creo que es hora de mover ese eje e invertir la pregunta: ¿Por qué el “hombre de derecha” tiende a estar desapegado del mundo intelectual? (Con “derecha” pretendo englobar liberales y conservadores bajo una misma categoría a riesgo de resultar impreciso). Hayek notó este problema, aunque se concentró sobre todo en el intelectual socialista: “Es, pues, probable, no que los más inteligentes suelan ser socialistas, sino que una proporción mucho mayor de socialistas de entre las mejores mentes se dediquen a aquellas tareas intelectuales que en la sociedad moderna les otorgan una influencia decisiva sobre la opinión pública”.[8]
El “hombre de derecha”, a diferencia del de izquierda, suele ser renuente al estudio de las abstracciones y, por tanto, sus destrezas en el mundo de las ideas suelen ser deficientes; considera que la filosofía es una pérdida de tiempo, tan excéntrica como determinar el sexo de los ángeles. Es bastante evidente que el “hombre de derecha”, por su idiosincrasia, se ve mucho más atraído por la cosa tangible; la realidad, para él, no pasa por las elucubraciones ideológicas, sino por la materialidad. Prefiere, por lo tanto, el estudio de asignaturas más concretas como la economía o la administración de empresas frente a la filosofía, la sociología o la antropología. Basta echar un vistazo en las facultades dedicadas a la enseñanza de estas carreras para comprobar el perfil ideológico del estudiantado.
Esta natural inclinación por la cosa tangible que experimenta el “hombre de derecha” obedece a las propias ideas que lo rigen. En efecto, si algo caracteriza al liberalismo y al conservadurismo por igual, eso es el valor que asignan al individuo y a su dignidad, entendida como autonomía y autorrealización. Así pues, el “hombre de derecha” es empujado por su propio sistema de valores a seguir profesiones valoradas en el mercado, que le proporcionen independencia económica y dignidad. Al contrario, al “hombre de izquierda” le es propia una axiología más desprendida del valor material, pues considera que, en última instancia, la comunidad debería proporcionar su sustento. Luego, a la hora de escoger un ámbito de estudio no pone sobre la balanza la rentabilidad. La disyuntiva entre el “hombre de derecha” y el “hombre de izquierda” es, en definitiva, la que se da entre el mercado y el Estado; entre la producción y la distribución; entre la autonomía y el parasitismo.
Para el “hombre de derecha”, así pues, la cuestión de las ideas suele ser una pérdida de tiempo y las profesiones dedicadas a ellas son naturalmente “improductivas”. Al “hombre de derecha” le cuesta entender que las ideas son un instrumento de poder, puesto que a través de ellas representamos al mundo: quienes definen el sistema de ideas que se torna hegemónico, definen por añadidura la manera en que la sociedad piensa, siente y valora. La realidad que captamos a través de nuestros sentidos sólo encuentra significación en el marco de un sistema de ideas y, como dijo Jean François Revel, “las ideas mueven al mundo”.
Axel Kaiser ha denominado “la fatal ignorancia” al peligro que conlleva esta actitud del “hombre de derecha”: “La derecha (…) ha dejado que la izquierda acapare la cultura casi sin contrapesos permitiéndole instalar su mensaje. Esa es la fatal ignorancia de la derecha: no entender que la cultura y el mundo intelectual son decisivos en la batalla por las ideas y que del resultado de esa batalla depende finalmente el de la lucha política y en consecuencia el destino del país”.[9] Como ha explicado recientemente Alberto Benegas Lynch (h), la batalla cultural efectivamente determina la lucha política, puesto que los puntos de mínima y de máxima que constituyen la franja discursiva que permite la opinión pública en boca de un político, son resultantes del accionar de los intelectuales dedicados a configurar el mentado “sentido común”.
El desafío para los sectores opuestos a la izquierda es mayúsculo. Se precisa de una contraofensiva intelectual dispuesta a embarrarse en el terreno de las abstracciones. Hayek supo aseverar que “tenemos que hacer del edificio de la sociedad libre una aventura intelectual”.[10] De lo que se trata, en verdad, es de conquistar el “mundo de las ideas” para que lleguen a ser las “ideas del mundo”.
NOTAS:

[1] Citado en Sáenz, Alfredo. Antonio Gramsci y la revolución cultural. Buenos Aires, 2009, Gladius, p. 20.
[2] Hayek, Friedrich. Democracia, justicia y socialismo. Madrid, 2005, Unión Editorial, p. 83.
[3] Schumpeter, Joseph. Capitalismo, socialismo y democracia. Barcelona, 1996, Folio, p. 198.
[4] Gramsci, Antonio. Los intelectuales y la organización de la cultura. México, 1975, Juan Pablos Editor, p. 14.
[5] Rand, Ayn. Filosofía: ¿Quién la necesita?. Buenos Aires, Grito Sagrado, 2009, p. 26.
[6] Altamirano, Carlos. Intelectuales. Notas de investigación sobre una tribu inquieta. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2013, p. 17.
[7] Schumpeter, Joseph. Capitalismo, socialismo y democracia. Barcelona, 1996, Folio, p. 200
[8] Hayek, Friedrich. Democracia, justicia y socialismo. Madrid, 2005, Unión Editorial, p. 88.
[9] Kariser, Axel. La fatal ignorancia. Santiago de Chile, Instituto Democracia y Mercado, 2009, p. 11.
[10] Hayek, Friedrich. Democracia, justicia y socialismo. Madrid, 2005, Unión Editorial, p. 97.
(*) Agustín Laje. Escritor, periodista, analista político, Jefe de Redacción de La Prensa PopularCoautor del libro “Cuando el relato es una FARSA”. @agustinlaje | agustin_laje@hotmail.com  Artículo publicado en la Edición 248, el 8 de Noviembre de 2013