viernes, 29 de noviembre de 2013

Para una nueva política

Por Iván Petrella (*)
Los resultados de las últimas elecciones parecen confirmar un creciente hartazgo hacia el gobierno nacional y el deseo de muchos de apostar a un cambio. Por eso, con el fracaso del proyecto reeleccionista y la inexorable llegada de un nuevo gobierno en 2015, varios espacios políticos y aspirantes presidenciales buscan perfilarse ante la ciudadanía como algo nuevo, distinto o renovador.

Ante esta situación, vale la pena preguntarnos qué forma debería tomar una propuesta capaz de ofrecer una alternativa real a las estructuras y prácticas nocivas en la política argentina. De esta manera será más difícil caer en la trampa de entusiasmarse con envases que parecen nuevos pero que en su interior esconden viejos vicios y errores. ¿Cuáles serían, entonces, las características de una política distinta?
La primera característica de una política distinta es, simplemente, que tenga gente distinta. No hay política distinta si predominan personas con décadas viviendo de ella, defendiendo en un gobierno una postura para después defender una diametralmente opuesta en otro, cambiando de bando y de orientación con tal de no perder un lugar cerca del poder. Esto no quiere decir que una política distinta no incorpore gente con experiencia que viene de la política tradicional: hay muchas personas de extensa trayectoria cuya contribución es fundamental para forjar una Argentina mejor. Pero sin la incorporación de gente nueva desde distintos ámbitos -la academia, el empresariado, el mundo deportivo, del espectáculo- no puede haber una política distinta.
La segunda característica de una política distinta debería ser que se enfoque en el futuro. La construcción de una Argentina para el siglo XXI no requiere resucitar o referenciar siempre debates del pasado. Hacerlo sería suponer que el mundo es estático y que los conflictos que dieron lugar a esos debates aún predominan. Por eso, casi inevitablemente, la política tradicional propone caminos de desarrollo y esquemas mentales desactualizados. Una política distinta, en cambio, debería enfatizar la búsqueda de soluciones concretas para el presente que potencien, en vez de hipotecar, el largo plazo.
Para algunos, esta concepción sufre de un déficit de ideología. Pero el principal problema de las discusiones que proponen muchos partidos no pasa por la ideología, sino por la cronología. Vivimos en el siglo XXI, pero gran parte de las discusiones parecen repeticiones del siglo XX (y a veces, incluso, del XIX). Saldar el déficit cronológico, plantar a la Argentina en este siglo, tendría que ser uno de los objetivos de la nueva política.
Otra característica sería un estilo de liderazgo diferente. La Argentina se ha acostumbrado a liderazgos caudillistas, cuasi mesiánicos, que creen que gobernar es encarnar la voluntad popular. Por eso, muchas veces, los gobiernos de turno creen que son la voz del pueblo o la patria misma. Por eso, también, la necesidad de descalificar a los gobiernos que vinieron antes, para poder decir que el país se vuelve a fundar, que hubo un quiebre y que ahora sí realmente nace la historia virtuosa del país. Una política distinta propone un estilo de liderazgo más humilde y más cercano al ciudadano. Entiende que ser funcionario electo no otorga privilegios, sino responsabilidades. Sabe que no se es dueño del poder del que dispone, sino que viene prestado, de manera temporaria, por la ciudadanía. Por eso se lidera sin gritos, sin estridencias, a través del diálogo, la búsqueda de consensos y la formación de equipos calificados. Se busca continuidad con gobiernos anteriores construyendo sobre lo construido. Es un liderazgo que también es ejemplo: la unidad por sobre la división, el diálogo por sobre la confrontación y la vocación de servicio.
Una política distinta también debería romper con etiquetas y dicotomías como derecha/izquierda, privado/estatal y nacional/extranjero. El mundo, para una política distinta, es un enorme escenario de experimentos de políticas públicas de las cuales se podría aprender y luego adaptarlas para nuestro país. Lo importante de una idea no es su origen, sino si es capaz de resolver un problema y marcar un camino. Las dicotomías y etiquetas sirven, desde este punto de vista, como una excusa para ignorar de antemano propuestas que podrían ser válidas; además dificultan el diálogo y limitan la imaginación de soluciones posibles. Las políticas públicas más exitosas lo son precisamente porque combinan elementos que el prejuicio insiste en mantener en oposición.
La quinta característica de una política distinta es no tener un interés en preservar el statu quo conservador, en sus dos opciones: por un lado, el bipartidismo desequilibrado del radicalismo y el peronismo, ya que el segundo tiene mayor peso; por el otro, la sensación de que la política del país se dirime inevitablemente en la interna peronista. Una política distinta busca dejar atrás el conservadurismo del statu quo para construir una alternativa que combine, al mismo tiempo, el mayor respeto por la institucionalidad democrática con la vocación de poder: no se conforma con ser una parte de una oposición, su meta es gobernar, ya que sólo se puede transformar el país desde el gobierno.
Por último, una política distinta no debe ser advenediza ni una simple declaración de intenciones. Debería poder mostrar dos cosas: que tiene capacidad para gobernar en condiciones adversas y logros de gestión obtenidos precisamente por haber creado antes gobernabilidad. Por eso, no es una promesa ligera que se desvanecería ante el primer inconveniente u obstáculo. Posee coherencia de ideas y visión, versatilidad y coraje, aprendizaje y construcción.
Ha llegado el momento de apostar por algo distinto. Afortunadamente, en 1983 nuestro país dejó atrás para siempre su pasado autoritario y abrazó la democracia. Nuestro desafío hoy, a 30 años de esa fecha feliz, es el de fortalecer nuestro sistema con nuevas prácticas, nuevos actores políticos y nuevas ideas más a tono con un mundo y un país que han cambiado mucho y que nos demandan -quizás como nunca antes- creatividad, honestidad, consensos y pericia.
El filósofo Sören Kierkegaard escribió que "la vida se entiende hacia atrás, pero se vive hacia adelante". Entender el pasado correctamente es también entender cuándo hay que dejarlo atrás para que se abran posibilidades distintas en el futuro.
(*) Iván Petrella. Licenciado en Relaciones Internacionales (U. de Georgetown) y Ph.D. en Religión y Derecho (U. de Harvard). Artículo publicado en La Nación el 28 de Noviembre de 2013.