viernes, 6 de diciembre de 2013

El fin de la pobreza

Por Gonzalo Fanjul (*)
¿Una fotografía del pasado? © UNHCR/B. Heger.
De acuerdo con las mejores estimaciones disponibles, el objetivo global de reducir a la mitad el número de quienes viven en la pobreza extrema (menos de un euro al día) podría haberse cumplido en 2010, cinco años antes de la fecha establecida por la comunidad internacional en sus Objetivos del Milenio. Aunque este dato es consecuencia directa del trote con el que China ha entrado en el siglo XXI, resulta difícil ignorar los avances que se han producido en países mucho más pobres y menos poblados, incluyendo parte del África subsahariana. 
¿Significa esto que podemos aspirar a acabar por completo con la lacra de la pobreza extrema en 2030? Esta es precisamente la pregunta que inspira el nuevo informe del Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE, que se presentará en Londres el próximo jueves y cuyos contenidos han comenzado a hacerse públicos. La respuesta: un sí con condiciones.

En parte, estas condiciones están ligadas a lo que entendemos por pobreza. Aunque es cierto que el ingreso medio ha crecido de manera drástica en países muy poblados, un vistazo a otros indicadores del bienestar humano –empezando por la desnutrición infantil- no permite tantas alegrías. Mientras la pobreza de ingreso se desplomaba a la mitad, los niveles de mortalidad infantil y materna, así como los de desnutrición, caían de forma mucho más moderada.
Lo que esto significa es que -en Lima como en Ponferrada- la inequidad y las débiles instituciones son los factores que rompen los vínculos entre el crecimiento económico y la reducción de la pobreza. Como señala Andy Sumner en el capítulo 1del informe, incluso en un escenario pesimista de crecimiento económico global (¿se les ocurre otro?), la diferencia entre poner coto a la brecha social y permitir que siga creciendo al ritmo actual se mide en 500 millones de pobres más o menos en 2030. La importancia relativa de este dato para usted depende de si sus hijos pertenecerán o no a este grupo.
Para evitar este escenario necesitaremos recuperar niveles razonables de crecimiento global, pero necesitaremos mucho más orientar el gasto y el esfuerzo político a aquellas medidas que más impacto pueden tener en las bolsas de pobreza. Una de las que propone el informe es concentrarse en los ‘1.000 millones de pobres’, estén donde estén: 30 países acaparan el grueso de la carga de la pobreza, muchos de los cuáles están muy poblados y pertenecen al grupo que denominamos de ‘renta media’, como las regiones de Asia y América Latina. Eso no significa abandonar a África subsahariana, Haití o Afganistán, pero tampoco olvidar que en estas regiones se encuentran “solo” una de cada tres personas que viven en la pobreza extrema. Deben ser parte central de la agenda, pero solo parte. 
Si el argumento anterior es cierto, necesitamos adaptar la estrategia de la cooperación internacional al nuevo contexto: la responsabilidad de los países donantes es sostener los programa de ayuda para convertirlos en motores de progreso social. Sumner señala que el coste total de acabar con la pobreza extrema es de 150.000 millones de dólares, tan solo un 0,2% del PIB global. Esta cantidad debe ir destinada en parte a suplir las carencias del Estado donde este no sea capaz de proveer educación, salud y protección social, que es lo que ocurre en los países más pobres.
En los demás, la función de la ayuda es actuar como palanca de los recursos nacionales: facilitar el conocimiento y la cooperación que exige una agenda fiscal justa (España ayudando a Perú a recaudar mejor sus impuestos); impulsar iniciativas globales que puedan ser replicadas en los países (los esfuerzos por extender la inmunización a través de compras globales centralizadas de vacunas); o, sencillamente, actuar como referentes morales de otras políticas que dañan de manera sistemática los intereses de los países pobres, como por ejemplo la subvención de combustibles fósiles, la rigidez de las políticas migratorias y los dobles raseros comerciales. Una agenda adaptada a todos los bolsillos, incluido el de un país acosado por el déficit como España.
(*) Gonzalo Fanjul lleva más de veinte años dedicado al activismo contra la pobreza, preside la iniciativa +Social y colabora como investigador con diferentes think tanks, universidades y ONG. Artículo publicado por "El País" el 3 de Diciembre de 2013