viernes, 27 de diciembre de 2013

Los grandes hitos de la Fed en su primer siglo: 100 años de un error histórico

Por Juan Ramón Rallo (*)
El 23 de diciembre de 1913, hacía ayer justo una centuria, el Congreso estadounidense aprobó una de esas leyes que han marcado decisivamente el curso de la Historia: la Ley de la Reserva Federal, una normativa merced a la cual se creó un banco central monopolístico en Estados Unidos, que ha terminado por convertirse en uno de los mayores enemigos para la estabilidad financiera global.

Entre 1836 y 1913, el sistema bancario estadounidense había funcionado sin necesidad de recurrir a ningún prestamista de última instancia privilegiado por el Estado.

No es que las entidades financieras del país no hubiesen experimentado problema alguno, pero la práctica totalidad de esos problemas derivaban de insensatas regulaciones gubernamentales: por ejemplo, los bancos tenían generalmente prohibido establecerse en más de un Estado, lo que les impedía diversificar territorialmente su cartera de inversiones.
Asimismo, los bancos únicamente podían emitir billetes adquiriendo simultáneamente deuda estatal o federal; una restricción que les ataba las manos para satisfacer la demanda de liquidez de sus clientes y les condenaba a experimentar recurrentes pánicos de desconfianza.
Sin embargo, todos los pánicos (incluido el célebre de 1907) fueron solventados sin necesidad de ninguna distorsionadora intervención estatal: eran los propios banqueros los que se encargaban de separar el polvo de la paja, a saber, de liquidar a aquellas entidades que fueran insolventes y de refinanciar a aquellas otras que, siendo solventes, se hallaban en una situación de iliquidez.

Gracias a ello, y pese a la nefasta influencia de las regulaciones estatales, las crisis económicas anteriores a la Fed exhibían una duración media inferior a la actual y las recuperaciones se desataban con mayor intensidad.

Por supuesto, los banqueros preferirían que el coste de rescatar a sus pares imprudentes no recayera sobre sus hombros, sino sobre los del conjunto de la sociedad.

Así fue cómo las presiones y conspiraciones políticas en la sombra terminaron alumbrando hace un siglo la Reserva Federal, esto es, un monopolio estatal (con participación privada en su capital) sobre la creación de moneda de curso forzoso cuyo propósito declarado es el de refinanciar a aquellas entidades financieras que hayan sido lo suficientemente irresponsables como para no poder hacer frente a sus deudas a corto plazo.

Durante sus primeros días de vida, la operativa de la Fed no eran del todo descabellada: el banco central sólo proporcionaba refinanciación a aquellos bancos que aportaran como colateral activos a muy corto plazo y de muy buena calidad (letras de cambio comerciales). De esta manera se evitaba que estas entidades se aprovecharan de la red de seguridad de la Fed para maximizar sus beneficios a costa de trasladarles los riesgos al conjunto de la ciudadanía.

A los pocos años, empero, el instituto emisor comenzó a ampliar el espectro de activos contra los que proveía crédito, especialmente con el propósito de incluir la deuda pública a largo plazo y facilitar la financiación barata del Tesoro (es lo que hoy se conoce como operaciones de mercado abierto). La banca se frotó las manos: por fin gozaba de una provisión garantizada y lo suficientemente elástica de crédito como para multiplicar alegre e imprudentemente sus inversiones.

Las semillas del desastre

Las semillas del desastre fueron sembradas y, apenas década y media después de la institución de la Fed, la mayor depresión económica de la historia azotó a EEUU. El monopolio estatal creado con el pretexto de estabilizar al sistema financiero del país lo abocó a su completa bancarrota merced a la disparatada expansión crediticia que él mismo había incentivado años antes. Un sonadísimo fracaso del que, por desgracia, no se extrajo la conclusión razonable: que la Fed debía ser cerrada.

Muy al contrario: tras la Gran Depresión, las élites políticas y bancarias siguieron coaligadas para continuar incrementando los poderes de esta institución, hasta el punto de haberla erigido de facto en el banco central de todo el planeta y de haberla liberado de su obligación de redimir en oro sus billetes y depósitos. Una permanente huida hacia adelante que nos ha abocado a sendos desastres macroeconómicos del calibre de la estanflación de los 70 o de la actual crisis deflacionista; ambos alimentados por la artificial expansión del crédito promovida por la Fed.

En suma: grotesca iliquidez bancaria, sobreendeudamiento público y privado, depreciación del dólar en un 95%, extrema volatilidad de los tipos de interés a largo plazo y alargamiento de la duración e intensidad de las crisis económicas. Esos son los grandes hitos de la Fed en su primer siglo de vida: los grandes motivos por los que en 2114 el mundo debería estar celebrando la primera centuria de su desaparición.

(*) Juan Rallo es director del Instituto Juan de Mariana y profesor del centro de estudios OMMA. Artículo publicado en "El economista" el 24 de Diciembre de 2013


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