lunes, 2 de diciembre de 2013

Por qué fue una década perdida

Por Roberto Cachanosky (*)
Argentina se comportó como el sobrino tarambana que hereda a una tía rica y dilapida la fortuna en viajes, fiestas y otras excentricidades, en vez de invertir en alguna actividad que le genere ingresos futuros
Si bien el relato oficial insiste con la década ganada, la realidad es que fue una década perdida porque en vez de haber estado sumergidos en una fiesta de consumo artificial, podríamos haber crecido en base a inversiones, más puestos de trabajo, mejores salarios, más exportaciones y un consumo creciente en forma sustentable.
En estos 10 años, Argentina se comportó como el sobrino tarambana que hereda a una tía rica y dilapida la fortuna en viajes, fiestas y otras excentricidades, en vez de invertir en alguna actividad que le genere ingresos futuros. Obviamente, esto último implicaría trabajar.
El problema para el sobrino tarambana es que cuando se le acaba la plata de la herencia, entra en bancarrota y tiene que reducir el consumo. Se encuentra con la cruda realidad que desaprovechó la herencia para disfrutar de la fiesta artificial presente sin pensar en su futuro. Esta es la disyuntiva que hoy tiene la economía argentina. Reconocer que se acabó la herencia de la tía rica y hay que ponerse a trabajar.
Distinta sería la situación actual si aprovechando los buenos precios internacionales de los productos de exportación, las bajas tasas de interés en el mundo y el crecimiento mundial se hubiese aprovechado para atraer inversiones competitivas. Hoy no estaríamos frente al dilema de ver quién asume el costo político de decirle a la gente la verdad: desperdiciamos la oportunidad y el consumo caerá porque no hay forma de financiar este consumo artificial. ¿Quién se anima a decirle a la gente que el consumo artificial de todos estos años fue una joda para Tinelli?
Al momento de redactar esta nota las concesionarias de autos, ante el aumento de los impuestos, advierten sobre caída en las ventas, cierre de concesionarias y despidos de personal. La fuerte venta de autos fue fruto de dos factores: a) un dólar barato y b) compra de autos como refugio de valor frente a un peso que se deprecia día a día. El aumento de la venta de autos no estuvo basado en incrementos de los ingresos reales de la población en forma genuina, sino en distorsiones del mercado. Para las concesionarias hubiese sido mejor tener ventas crecientes de autos, aunque sea a un menor ritmo, pero en forma sólida, en vez de este veranito que tuvieron fruto de las distorsiones de la economía.
La distorsión de precios relativos se dio en las tarifas de los servicios públicos, en el sector ganadero, trigo, economías regionales, etc. Unos sectores salieron beneficiados y otros perjudicados de esta fiesta artificial de consumo.
¿Qué ocurre con las inmobiliarias? En los primeros años de la década perdida vendían propiedades como refugio de valor. Una vez puesto el cepo por la fuga de divisas, a raíz del retraso del tipo de cambio real, se encontraron con una larga noche de caída en la actividad. A las concesionarias de autos tal vez les espere un futuro parecido al de las inmobiliarias. Nada que se construye sobre arenas movedizas puede sobrevivir.
Ahora bien, ¿tiene que sufrir la población para salir de esta borrachera consumista que aportaba votos pero hipotecaba el futuro? ¿Por qué voy a mentir? La gente se encontrará con la realidad que podrá consumir menos. Sin embargo, si se estableciera un plan económico consistente respaldado por un contexto institucional, el costo de la transición sería menor.
Lo inevitable es corregir los precios relativos que tendrán un costo en términos de consumo. Ese es el problema social y político más complicado que tiene que afrontar el este gobierno o el que le siga.
¿Cómo generar un escenario de optimismo hacia el futuro? Cambiando la fórmula económica. Para consumir, primero hay que producir y para producir primero hay que invertir.
No digo que la economía no tiene que producir para consumir. En última instancia, el fin último de todo proceso economico es el consumo. Lo que ocurre es que para poder acceder a niveles mayores de consumo primero hay que aumentar la productividad, y eso se logra con inversiones, sean estas para destinar a producir bienes de consumo interno o bien a la exportación. Lo que estoy diciendo es que hay que generar una gran reasignación de los recursos productivos (capital y trabajo). Primero hay que conseguir que los capitales estén dispuestos a volver a la Argentina a hundirse en inversiones competitivas. Se me ocurre que los primeros sectores que podrían captar esas inversiones pueden ser todos los que están ligados a la infraestructura destruida en todos estos años: energía, transporte, rutas, puertos y sectores ligados a las exportaciones. Además, con un tipo de cambio real más alto, el turismo receptivo volvería a necesitar puestos de trabajo. Eliminando el cepo seguramente además se reactivaría el mercado inmobiliaria buscando nuevos precios para el metro cuadrado construido.
Esos puestos de trabajo nuevos permitirían sostener el consumo hasta tanto la economía vaya adquiriendo más productividad. Crezcan los salarios y aumente el consumo.
Donde veo el mayor problema es en la legión de empleados públicos, en todos los niveles de gobierno, que han sido tomados en los últimos tiempos y no hacen nada productivo. Solo consumen lo que producen los que trabajan en serio y deben soportar una carga tributaria asfixiante.
Pero, para que las inversiones vengan y lograr ese cambio en la asignación de recursos se requiere seguridad jurídica. Algo que solo puede brindar la dirigencia política.
Por otro lado hay que ser competitivos en materia impositiva. Con esta carga tributaria es inviable lograr inversiones en cantidad suficiente para recuperar puestos de trabajo en el sector privado. Pero ahí llegamos a la madre de todas las batallas. Bajar el gasto público es condición necesaria para disminuir la presión impositiva y la tasa de inflación. No alcanza con bajar el gasto eliminando los subsidios a las tarifas de los servicios públicos. Hay una masa salarial inmensa en el sector público que no genera riqueza. Que políticamente quieran o no adoptarse estas medidas es otro tema. Pero no volcarse por estas mínimas reglas de juego es tener recurrentes crisis económicas como las que venimos teniendo.
En definitiva, el problema de Argentina es el dilema de Robison Crusoe en la isla. Tiene que optar entre seguir consumiendo los cuatro cocos diarios o disminuir su consumo a 3, ahorrar 1 para consumirlo mientras construye una escalera para poder bajar 8 cocos en menos tiempo de trabajo que trepándose al cocotero para bajar 4 en más tiempo. Con más cocos a su disposición por aumento en la productividad de la economía tendrá más ahorro de comida (contrapartida de crédito) que le liberará tiempo para construirse una mejor cabaña o una red para pescar más peces en menos tiempo. Tiene que elegir. O vive en la pobreza eternamente o sacrifica consumo presente por más consumo futuro, incluso intercambiando cocos y peces por otros bienes de las islas vecinas. Lo relevante para Crusoe no es estar ocupado, sino la cantidad de bienes y servicios a los que puede acceder con su dinero o bien con el tiempo que trabaja. Si a la misma cantidad de horas de trabajo puede acceder a más bienes y servicios es porque tiene bienes de capital que le permitieron acceder a una mayor productividad. Eso es lo que determinará su nivel de vida gracias a las inversiones que haga.
En síntesis, la fiesta de consumo artificial de la década perdida habrá que pagarla.  La pregunta es si nos seguiremos comportando como el sobrino tarambana que se patina la herencia de su tía rica o empezamos a comportarnos como seres racionales, previsores y trabajadores.
Nadie pide no consumir. Solo se pide seguir el orden adecuado para que la gente no caiga, permanentemente, en estas crisis económicas en que se ilusiona con un nivel de vida que es ficticio para luego desilusionarse y descubrir que de una día para otro es más pobre.
La sana política económica en un marco de seguridad jurídica depende de la dirigencia política. Y la dirigencia política seria depende del voto de la gente. Si sigue votando populismo, solo tendrá más pobreza. Si vota seriedad tendrá prosperidad.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980). Asesor económico. Director de "Economía para todos". Artículo publicado el 1º de Diciembre de 2013, en la Edición Nº 499