lunes, 2 de diciembre de 2013

Realidad mata expectativas

Por Tomás Bulat (*)
Cuando la economía no anda bien, los actores económicos, léase consumidores, empresarios, banqueros, inversores internacionales, trabajadores, etcétera, buscan que el gobierno marque el camino que va a recorrer de manera de saber qué esperar en el futuro. Es decir, cuáles serán las propuestas de resolución de los principales problemas que aquejan a la economía.

Es por ello que lo primero es acordar un diagnóstico de la situación y hoy, según el gobierno, en general todo está bien.
Inflación: NO hay.
Cepo cambiario: NO hay.
Retraso cambiario: NO hay.
Nivel de reservas: Son “consistentes”.
Déficit fiscal: De eso no se habla.
Crecimiento económico 2013: 5,1% según el presupuesto 2014.
Desempleo: 6,8% el más bajo en años en el tercer trimestre de 2013.
Si el diagnóstico es este, ¿por qué habrían que tener grandes medidas? Está claro que no se deben esperar cambios de rumbos.
Lo subjetivo (el valor de las expectativas)
En economía las expectativas son muy importantes porque condicionan las acciones presentes. Por ejemplo, si yo pienso que el dólar va a subir en los próximos días, compro hoy. Si pienso que las propiedades van a bajar mañana, hoy no compro.
Las expectativas en economía tienen un par de características distintivas. La primera es que no todos pensamos lo mismo sobre el futuro. Algunos piensan que puede estar mejor y otros peor. El que piensa que todo va a estar peor en el futuro, vende. El que piensa que va a estar mejor, compra.
Todo cambio de gabinete, por lo general, recibe elogios de todo el mundo que toma decisiones en la vida económica. Empresarios, sindicalistas, financistas o comerciantes. Hay que augurar un futuro mejor. Todos hablan bien de él en esos días. Es lo políticamente correcto.
Pero las expectativas positivas que se dan al comienzo tienen que ser validadas en el tiempo. Es decir que Capitanich y Kicillof están hoy en su mejor momento.
Dado que NO hay problemas económicos, nos concentraremos con medidas que tengan alto impacto mediático y no tanto impacto económico, como puede ser lo vinculado a Fútbol para Todos.
El preacuerdo con Repsol puede ser catalogado como el avance más importante en el sentido de cambiar el humor de los inversionistas o empresarios, principalmente los energéticos. Es de esperar que cuando este acuerdo concluya se pueda iniciar un cambio de humor en las inversiones en ese sector y, finalmente, se materialicen los acuerdos que tendría YPF. Pero si bien es un paso necesario, todos sabemos que no es suficiente.
Por lo tanto, mucho movimiento, mucha reunión que muestra una vitalidad que el gobierno necesitaba luego de la parálisis puesta de manifiesto durante la enfermedad de la Presidente. Pero movimiento no implica cambio. Y si uno ve cambio, es más de estilo que de fondo.
Lo subjetivo comenzó a todo ritmo y las expectativas actuales son positivas.
Lo objetivo (la realidad)
Pero mientras se espera que el movimiento produzca cambios, la realidad en estas dos semanas parece que no le hace mucho caso a la expectativa. Veamos qué pasó:
La inflación se volvió a acelerar con el aumento autorizado por Moreno, con el incremento de la nafta más algunos otros rubros que esperaron hasta después de las elecciones para subir sus precios.
El déficit fiscal volvió a crecer con un decreto que autorizó nuevos gastos por 17.000 millones de pesos la semana pasada. Esto se suma a los de Boudou de hace dos semanas.
Las reservas cayeron en dos semanas más de 1.400 millones de dólares llegando a su valor mínimo desde el 2007 de 31.100 millones de dólares.
Las empresas automotrices ya anunciaron despidos por la caída en la venta de autos a Brasil.
El acuerdo con Repsol, hasta ahora, implica salida efectiva de dólares, con entrada probable de dólares.
Realidad ¿mata expectativa?
Por supuesto que los números fríos son el dato a seguir. La economía no es sólo expectativa, es realidad, es -entre otras cosas- el estudio de la escasez. Hoy los dólares son cada vez más escasos y ese tema no se resuelve solo con movimiento.
Obviamente todos sabemos que si las expectativas no cambian pronto la realidad, la realidad cambiará rápidamente las expectativas.
(*) Tomás Bulñat. Economista, periodista y Profesor Universitario. Artículo publicado en INFOBAE el 2 de Dieciembre de 2013