martes, 28 de enero de 2014

Solo sirve aprender de los errores

Por Aldo Abram y Agustín Etchebarne (*)
El 3 de abril de 1981 el Gobierno aumentó un 30% el tipo de cambio contra el dólar marcando el fin de “la tablita” de Martinez de Hoz. En febrero de 1989 el Gobierno aumentó fuerte el tipo de cambio y se terminó “el plan Primavera”, pocos meses más tarde sufrimos la hiperinflación. En febrero de 2002 fue el fin de “Plan de Convertibilidad 1 a 1″ con un nuevo tipo de cambio de 1,4 pesos por dólar (40%), que al final terminó siendo 3 a 1 con un 200% de aumento. En enero de 2014 llevamos un crecimiento del tipo de cambio del 20% y está claro que estamos asistiendo al fin del “modelo de matriz diversificada con inclusión social”.
Quienes peinamos canas y tenemos buena memoria recordamos las consecuencias inmediatas de esas crisis. La más importante, el gran deterioro del nivel de vida de los argentinos con un enorme aumento de la pobreza. La economía sufre una dislocación, los gerentes financieros pasan a ser el centro de atención permanente de cualquier empresa, deciden todo, la producción, las ventas, etc. Todo queda subordinado a lo que él diga. Para darse cuenta del perjuicio que lo ocurrido en lo que va del mes ha generado, basta con pensar que los 500.000 millones de depósitos a plazo fijo han sufrido un pérdida de 120.000 millones de pesos por no haber estado en instrumentos atados a la variación del dólar oficial.
Los importadores aceleran todas las compras. Los exportadores frenan lo más posible las liquidaciones, cada día que aguantan sin vender reciben más por cada dólar. Los gerentes de compra no saben a qué precio podrán comprar los insumos importados, pero tampoco los nacionales, que pueden tener componentes del exterior. Los gerentes de ventas aumentan los precios sin tener en consideración si eso implicará una baja en la venta. La cadena de pagos empieza sufrir retrasos, demoras y aumento de cheques impagos. El ritmo de actividad económica sufre un freno y lleva a una recesión.
Naturalmente el Gobierno sufrirá una caída en la recaudación real, medida en dólares o ajustada por inflación. La única forma de frenar el deterioro es recuperar el equilibrio fiscal. Pero, ¿cómo hacerlo justo cuando la recaudación cae en términos reales? El ajuste necesario resulta mayor al que tenías que hacer hace apenas una semanas atrás. Por ejemplo, los subsidios a la energía podrían llegar a costarle al Gobierno unos $ 50.000 millones más.
Pese a todo esto -que cualquier economista sabe aún si no lo dice- el Gobierno prefiere mantener su increíble relato. En un momento donde es completamente inevitable el ajuste fiscal, asigna $ 10.000 millones a 1,5 millones de jóvenes, cuando hoy las urgencias pasan por evitar que el modelo se descalabre ruidosamente, con los costos sociales que eso implicará.
En aquellos tiempos se sucedían los programas económicos y los ministros en un intento por evitar pagar los costos políticos que significa corregir una desastrosa política económica. El resultado, la realidad se impone al relato y la sociedad termina pagando muchísimo más en pérdida de bienestar, pobreza, desempleo y producción.
Lo importante, sin embargo, es que todos los argentinos comprendan por qué llegamos hasta una nueva crisis. Llevamos diez años de políticas populistas fomentando el consumo, vivir del asistencialismo, el desorden, el despilfarro del Gobierno, la confiscación de la propiedad privada, mientras aumentamos los impuestos y ponemos trabas y regulaciones a quienes verdaderamente trabajan y producen para el bienestar de los argentinos.
La consecuencia lógica es lo que se viene, algunos años donde veremos mayor pobreza y menores salarios reales.
Pero, si aprendemos la lección, entonces, torceremos el rumbo y en lugar de mirar a Venezuela y a Cuba como modelos, miraremos con admiración y sin arrogancia a los países desarrollados, Europa, Canadá, EE.UU., Australia e, incluso, a algunos vecinos que han logrado entrar en ese camino. Allí encontraremos el modelo del verdadero progresismo.
Es decir, el ahorro, la inversión, el trabajo que garantiza dignidad y calidad de vida, la educación de excelencia, el respeto a las instituciones, la moneda sana, el comercio libre, el respeto a la propiedad privada, el orden y seguridad ciudadanas, y mucho menos tolerancia a la corrupción gubernamental.
(*) Aldo Abram y Agustín  Etchebarne son Directores de Libertad y Progreso. Artículo publicado el 24 de Enero de 2014