viernes, 28 de febrero de 2014

La gran mentira de nuestro tiempo

Por Alberto benegas Lynch (h)  (*)
Dado que los esfuerzos por liberarse de las monarquías absolutas han sido inmensos, no deberíamos aceptar sin más las falacias que pretenden hacer pasar por democracia lo que no es más que la tiranía de las mayorías
Entiendo que lo más peligroso y dañino de nuestra época consiste en las dictaduras con fachada electoral. Este desbarranque lo previeron notables personalidades como Thomas Jefferson, quien advirtió en 1782 que "un despotismo electo no es por lo que luchamos", por ello es que, junto con los otros Padres Fundadores en los Estados Unidos, insistían en la permanente desconfianza y limitación al poder como eje central de toda la filosofía sobre la que descansaba lo que fue la experiencia más fértil en la historia de la humanidad.

Toda la tradición de la democracia tuvo siempre en cuenta que su aspecto medular y su razón de ser consiste en el respeto a las minorías por parte de las mayorías. En nuestra época Giovanni Sartori, el autor más destacado en esta materia, escribe: "El argumento es que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte a un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde a todo el pueblo, es decir, a la suma total de la mayoría y la minoría". Desde Cicerón, cuando apuntaba que "el imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo", existe la preocupación por las mayorías ilimitadas. Sin excepción, la tradición democrática ha señalado una y otra vez las amenazas para la libertad y los derechos al guiarse sólo por los números. Como bien ha destacado el constitucionalista Juan González Calderón, los defensores de semejante sistema ni de números saben puesto que parten de dos ecuaciones falsas: 50% más 1%= 100% y 50% menos 1%= 0%.
Esta payasada sumamente peligrosa consiste en que las mayorías enquistadas en el poder arrasan con la justicia designando supuestos jueces que son adictos al Ejecutivo y, de la misma manera, proceden con todos los organismos de control. Una vez que se alzan con la suma del poder atropellan lisa y llanamente los derechos de las personas, mientras compran votos con políticas dadivosas a costa del fruto del trabajo ajeno y deterioran así sensiblemente el andamiaje jurídico y la productividad; en consecuencia, las grietas en la economía son cada vez más anchas y profundas.
Mientras los votos apoyen, los sátrapas modernos siguen su trayectoria de aniquilar el progreso y destruir a las personas que mantienen su autoestima y su sentido de dignidad. Se cumple así la profecía de Aldous Huxley en el sentido de que hay quienes piden ser esclavizados a cambio de pan y circo, aunque la calidad de lo uno y lo otro se deteriore a pasos agigantados en el contexto de un espectáculo denigrante de servilismo y mansedumbre superlativa, en el que se renuncia a la condición humana, es decir, se renuncia a la libertad.
En todo esto hay un problema de fondo que debe revisarse. Nunca se llega a una meta final, todo debe reconsiderarse puesto que el conocimiento es de carácter provisional, sujeto a refutación. Los esfuerzos por liberarse de las monarquías absolutas han sido inmensos, por lo que no resulta admisible aceptar sin más la tiranía de la mayoría. Hitler es el ejemplo más ilustrativo de procesos electorales que incluyen la posibilidad de un zarpazo final extremo, pero hoy en día se exhiben muchos más, no sólo en América latina con los seguidores autoritarios de Chávez en diversos países y de la Rusia de Putin, sino que, con menos grosería, aparece en diversas naciones europeas y nada menos que en los Estados Unidos, donde deudas y gastos públicos elefantiásicos, junto con crecientes regulaciones que asfixian la energía creadora, vienen carcomiendo las bases de la sociedad abierta, todo bajo el manto de los votos que parecerían santifican cualquier desmán.
Frente a tamaña demolición hay sólo dos acciones posibles: esperar un milagro, en el sentido de que se reviertan los problemas automáticamente con el idéntico sistema que prepara incentivos perversos a través de coaliciones y alianzas, o trabajamos usamos nuestras neuronas para imaginar nuevas y más efectivas limitaciones al Leviatán tendientes a preservar los derechos de todos. En este último sentido, en lo personal, he recordado en otras oportunidades las esperanzadoras sugerencias de Bruno Leoni para el Poder Judicial, de Friedrich Hayek para el Legislativo y la propuesta de Montesquieu aplicable al Ejecutivo.
Si estas medidas no se consideraran suficientemente adecuadas, es urgente pensar en otras, pero no es aceptable quedarse de brazos cruzados. Concretamente, me estoy dirigiendo al lector de estas líneas que, considero, no debe endosar un asunto de tanta relevancia sobre las espaldas de otros. Es necesario que cada uno asuma su responsabilidad ya que se trata del respeto de todos. Resulta indispensable abrir un debate en este terreno y actuar en una dirección opuesta a lo que en gran medida viene ocurriendo, léase que se espera que con las mismas instituciones suceda algo distinto de lo que viene sucediendo de un largo tiempo a esta parte.
Es una afrenta y un insulto a la inteligencia denominar "democracia" a lo dscripto. Se trata claramente de cleptocracia, a saber, gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida. No puede caerse en la trampa de mantener que estamos frente a "procesos democráticos" cuando los desquicios actuales de los aparatos estatales, teóricamente encargados de velar por los derechos de la gente, los conculcan de la manera más cruel y proceden como si fueran mandantes en lugar de simples mandatarios.
Herbert Spencer ha escrito que debemos estar muy atentos para que mayorías en el Parlamento no terminen por destrozar todo lo que se ha construido trabajosamente para proteger las autonomías individuales. Bertrand de Jouvenel nos ha enseñado que la soberanía corresponde al individuo y que la llamada "soberanía del pueblo" es una ficción por la que se oculta el avasallamiento de las libertades, y Benjamin Constant consigna que "la voluntad de todo un pueblo no puede convertir en justo aquello que es injusto".
Sin duda que esta ruleta rusa de las mayorías ilimitadas partió de ámbitos educativos que vienen machacando con que, cuando todo se somete al número, "estamos en democracia", con lo que se le da la espalda a la esencia misma de esa noble tradición. Parecería que si la mayoría decide degollar a los pelirrojos, éstos deben ofrecer el pescuezo en nombre de "la democracia".
Como una medida precautoria y para mayor precisión, en algunas constituciones se recurrió deliberadamente a la expresión república para enfatizar en temas vitales como la igualdad ante la ley, la publicidad de los actos de gobierno, la división de poderes y la alternancia en el poder. Hoy observamos azorados las reiteradas reformas constitucionales fabricadas por megalómanos para introducir la posibilidad de reelecciones (y, a veces, reelecciones indefinidas, con descarados fraudes electorales de diversa índole).
Naturalmente, la visión degradada de la democracia se debe también a que, en muchas de las casas de estudio, se propugna el engrosamiento de los aparatos estatales y la notable reducción de los territorios en los que pueden desenvolverse las personas. Entonces, en última instancia, la solución de estos problemas mayúsculos estriba en una educación compatible con los valores y principios de la sociedad abierta.
Uno de los tantos ejemplos de deslizamiento hacia el estatismo estriba en el tan citado "principio de subsidiaridad". En esta instancia del proceso de evolución cultural, las funciones del monopolio de la fuerza están principalmente referidas a la protección de derechos, pero nunca son subsidiarias puesto que, si los privados no encaran cierta actividad es porque prefieren destinar esfuerzos y recursos a otros campos y, como aquéllos son escasos, no puede hacerse todo al mismo tiempo. Es del todo impertinente e improcedente que los gobiernos irrumpan en las áreas en que las personas han decidido no participar según sus preferencias y prioridades.
De cualquier manera, mientras estemos a tiempo, como queda dicho, debemos trabajar al efecto de proponer nuevos límites al poder, puesto que el tema crucial alude a las instituciones y, en este sentido, son del todo irrelevantes las personas que ocupan cargos públicos. Tal como ha dicho Karl Popper, la pregunta de Platón respecto de quién ha de gobernar está mal formulada, lo trascendente son las instituciones "para que el gobierno haga el menor daño posible".
(*) Alberto Benegas Lynch (h) es Presidente del Consejo Académico de Libertad y Progreso. Artículo publicado en La Nación el 26 de Febrero de 2014

La estatolatría argentina

Por Adrián Ravier (*)
“La estatolatría es la mayor enfermedad social de nuestro tiempo”. Este lema representa una de las lecciones que aprendí del Dr. Jesús Huerta de Soto, uno de mis profesores en el Doctorado en Economía de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Se trata de una creencia, o un fenómeno sociológico y cultural, en el que cada individuo se considera incapaz de valerse por sí mismo, y delega en el Dios Estado la solución a todos sus problemas.

En el siglo XX el Estado ha reemplazado el rol que siglos pasados jugaba la Iglesia. La gente ya no pide a Dios por trabajo, alimento, ropa, un techo o salud, sino que redirige sus peticiones al gobierno de turno. El Dios Estado se supone presente para asistir a los necesitados. Se cree en las buenas intenciones de nuestros gobernantes, y también en su omnisciencia. Se supone que el Estado detecta a tiempo cada problema y luego actúa en consecuencia.
En países presidencialistas, y en especial en etapas de auge, el presidente de turno se convierte en ídolo. Sólo cuando aparecen las fases de crisis y depresión, es cuando el ídolo cae, y se lo reemplaza por su sucesor, intentando que ahora sí, la asistencia sea la esperada.
La inmadurez de las masas es una consecuencia obvia, y ante ello, los problemas se multiplican. Hombres y mujeres abandonan su creatividad natural, y en lugar de “emprender”, esperan pasivos por una solución externa que nunca llega.
Esa pasividad es también fomentada por los propios gobiernos, por esos ídolos de turno, que saben que sólo mediante la “infantilización” de las masas pueden mantenerse en el poder y multiplicarlo. Los gobiernos han logrado distraer la atención acerca de las verdaderas causas de nuestros problemas. Se culpa al capitalismo, al ánimo de lucro, al mercado, a los empresarios, a la propiedad privada, por los problemas que el mismo Dios Estado causa, incluyendo la división de los pueblos y el conflicto permanente.
Los intelectuales, sean estos filósofos, sociólogos, economistas, juristas o historiadores, han fracasado en comprender la naturaleza de este problema. Abunda bibliografía que sólo ve la superficie de los problemas, pero muy poca atiende a lo esencial.
Aun la iglesia, o en los últimos meses el Papa Francisco, fracasan en comprender que la pérdida de fe en Dios, se ha canalizado al Dios Estado. El Dios Estado promete ofrecer en la tierra, los recursos que Dios sólo ofrecerá en la vida eterna.
En la Argentina la “estatolatría” se profundiza. Y si este es el caso, el problema no es Alfonsín, ni Menem o los Kirchner. Hay miles de Néstor o Cristina dispuestos a jugar el rol de líderes en el país. Si deseamos revertir el proceso, necesitamos un cambio cultural. Sugiero que recuperemos la fe en nosotros mismos, en nuestra creatividad empresarial, y confiemos menos en la “omnisciencia” y las “buenas intenciones” de nuestros gobernantes.
(*) Adrián Osvaldo Ravier (Ciudad de Buenos Aires, 1978) es economista, especializado en teoría monetaria, el estudio de los ciclos económicos y la historia del pensamiento económico. Ha obtenido su título de doctor en economía aplicada, en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (2009), bajo la dirección del profesor Jesús Huerta de Soto. Ha sido alumno de ESEADE donde obtuvo un Master en Economía y Administración de Empresas (2004). Y ha obtenido su licenciatura en economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires (2002). Artículo publicado en "Punto de vista económico" el 28 de Febrero de 2014
 

Todos unidos triunfaremos!

Por Gabriela Pousa (*)
Si bien el fin de ciclo se ha convertido en un slogan que poco o nada aporta a la realidad nacional, hay ciertos reacomodamientos que comienzan a caracterizar la agonía kirchnerista. El asunto es observar que no la revivan.

Para los funcionarios, después de once años, es muy difícil pararse en el escenario y confesar que nunca han pertenecido al kirchnerismo, aún cuando es probable que veamos a varios intentando esa proeza. La desvergüenza los catapulta y el caradurismo hace mella. Son políticos, y son argentinos…

Lo cierto es que el peronismo vuelve a ser, de una u otra manera, el protagonista de esta comedia. La cuestión se torna compleja si admitimos que hoy más que nunca, Cristina lo necesita pero paradójicamente o no, éste lo que menos necesita es a Cristina.

La Presidente se ha transformado en un salvavidas de plomo para el movimiento Justicialista. “Nos habíamos amado tanto“, podría llamarse también esta película.
Las banderas de la transversalidad yacen marchitas, no dio resultado. El Frente para la Victoria viene de derrota en derrota, demasiado caro para ser un sello de goma. Así es como la mandataria canta “Volver”, mientras Anibal Fernández busca borrar de los almanaques aquel día en que, defendiendo a Néstor, mandó a “meterse la marchita en el…. “, a todas y todos.

No es casual que una semana atrás, José Manuel De La Sota sostuviera que “este gobierno es chavista no peronista“. Y con esa sentencia abriera el juego en el cual todos los argentinos nos veremos inmersos. Siempre convidados de piedra en una película ajena pero regada con el sudor y la sangre nuestra.

En recientes declaraciones, Roberto Lavagna aseguró que “ni Menem ni Kirchner son peronistas“. Parece que de la noche a la mañana las identidades cambian. “La vergüenza de haber sido o el dolor de ya no ser”, algo así o parecido…

Posiblemente, a esta altura de las circunstancias nadie sea nada, y todos comulguen con el único “ismo” que los iguala: el oportunismo. Sin embargo, la mayoría ha vivido colgada de la marcha, el bombo y la parafernalia de la unidad básica.

Pero también es cierto que en política, si la ocasión lo amerita, puede negarse hasta a la madre sin titubeos ni arrepentimientos. Incluso no debería asombrar si de pronto, el peronismo sale a decir que en realidad nunca ha gobernado pues Menem fue menemista, Duhalde, duhaldista y Kirchner, kirchnerista. O mismo pueden salir Luis D’Elía, Andrés Larroque o Diana Conti, sin ningún prurito, a declararse “nacionales y populares” pero independientes del modelo que vistieron. Eso pasa en Argentina. Eso es peronismo en el siglo XXI al menos.

Pareciera que ser oficialista es no creer en nada y estar dispuesto a todo. En ese caso sí, oficialismo son todos. Por eso es quizás más importante pensar en quién nos va a gobernar a partir del 2015 que en el final del kirchnerismo devenido mito. O habrá que modificar la sentencia y admitir que ‘para un peronista no hay nada mejor que la sociedad argentina’. Amén del juego de palabras, el ciclo puede reciclarse.

Nadie duda que se van, al menos en su apariencia actual pero debería haber cautela respecto a su mimetización y sus caretas. El riesgo a la empatía es tan grande como la tentación a soltarse justo cuando el avión cae, jamás antes. En ese sentido habría que preguntarse de qué manera el peronismo se sucederá a sí mismo, y después en todo caso, ver si puede o no hablarse de fin de ciclo.

En la oratoria las diferencias son pocas. Todos traerán una propuesta moderada, de unión nacional, republicana, respetuosa y constitucional. Ya se sabe, del dicho al hecho hay un largo trecho. Néstor nos traía un sueño, y Cristina diplomacia y un país a imagen y semejanza de Alemania…

Lamentablemente, el futuro suele forjarse con la madera del mismo árbol que se ha podado. A Juan Manuel de Rosas, por citar un ejemplo, no lo derrotó un unitario sino un caudillo salido de sus propias filas. El afán revisionista parece llevarnos nuevamente hacia el pasado. Los fantasmas deambulan dentro del mismo molde donde los Kirchner nos han cocinado.

Daniel Scioli ha especulado con ello desde el vamos, pasó de ser kirchnerista de la primera hora a ser oposición por arte de magia, o tal vez por una oposición que nunca terminó de organizarse. Hay que estar muy mal para ver la alternativa en quién fuera vicepresidente de la primera gestión, y asumiera luego la gobernación con el mismo logo y bastón. Pero el sayo le cabe también a Sergio Massa y a tantos más que sueñan con el sillón de Rivadavia.

El peronismo está organizándose, a su modo claro, como suele decirse, en su bolsa de gatos. Sin doctrina, sin prejuicios (todos son bienvenidos), y sin más lealtad que el bolsillo. A fin de cuentas, “todos unidos triunfaremos” aunque para algunos el triunfo sea volverse a casa sin las esposas puestas y la condena firmada.

(*) Lic. Gabriela Pousa Licenciada en Comunicación Social (Universidad del Salvador), Master en Economía y Ciencia Política (Eseade), es autora del libro “La Opinión Pública: un Nuevo factor de Poder”. Se desempeña como analista de coyuntura independiente, no pertenece a ningún partido ni milita en movimiento político alguno. Crónica y Análisis publica esta nota por gentileza de su autora y de "Perspectivas Políticas". Publicado en Crónica y Análisis el 28 de Febrero de 2014

Si no hay un ajuste fiscal,..

Por Economía & Regiones (*)

En nuestro país el tipo de cambio casi siempre se encuentra en el centro de la escena de la discusión macroeconómica. De un lado están los exportadores y los productores industriales sustituidores de importaciones que suelen “pedir” un dólar caro. Del otro lado están los trabajadores que no quieren un peso “devaluado”, porque atenta contra el poder adquisitivo del salario.
La evidencia empírica histórica argentina desmiente el impacto estimulador del dólar caro sobre las exportaciones. Dado que Argentina exporta fundamentalmente commodities, la mayor parte de sus ventas al exterior son independientes del tipo de cambio. Los commodities que exporta Argentina se venden al precio “fijado” por el mercado internacional. En el caso de los granos, cereales y sus derivados se vende toda la producción (neta del consumo doméstico) a ese precio internacional. Las ventas de automotores a Brasil (90% de los autos exportados) forman parte de un comercio administrado de cupos y cantidades dentro del régimen automotor del Mercosur, por lo cual son independientes del tipo de cambio. El comercio automotor argentino / brasilero es función de los niveles de actividad, no de los tipos de cambio.
Por el contrario, el tipo de cambio elevado puede brindar competitividad precio y estimular las exportaciones de otras (no automóviles) manufacturas industriales. Sin embargo, estas exportaciones no sólo tienen poca importancia relativa sobre el total, sino que la competitividad precio vía tipo de cambio es efectiva sólo en el corto plazo. Es decir, el tipo de cambio no es el instrumento de política económica más eficiente para estimular las exportaciones de un conjunto determinado de sectores, porque mantener el tipo de cambio artificialmente elevado muy probablemente traerá más costos que beneficios en términos económicos globales. Para ganar competitividad hay otros instrumentos (tarifas, impuestos, subsidios, crédito subsidiados) más eficientes que el tipo de cambio.
Sin embargo, el dólar caro sí ha servido para proteger la industria doméstica y fomentar la sustitución de importaciones. Aunque, este efecto positivo tampoco es homogéneo, sino que se manifiesta sólo sobre los sectores mano de obra intensivos y/o con baja proporción de insumos y bienes intermedios importados.
El tipo de cambio nominal se ubica en torno a $7.85 por dólar por tercera semana consecutiva.
El dólar paralelo se ubica estable alrededor de los $11.60, casi un peso más bajo que su máximo histórico. En este contexto cabe preguntarse: ¿Estos tipos de cambios son los que se deben descontar a la hora de hacer negocios, tanto ya sea para exportar, producir para el mercado doméstico o hacer planes de consumo o ahorro?
El tipo de cambio es un precio más en la economía y como todo precio, su principal función es trasladar información a los agentes económicos. Dados el resto de los precios, el actual dólar oficial y el paralelo reflejan no sólo la estructura productiva, sino también las preferencias y las expectativas de los individuos acerca del futuro. En otras palabras, las expectativas del público son fundamentales en la determinación del tipo de cambio y éstas dependen de lo que se haga en materia de política monetaria y fiscal. En definitiva, el valor del tipo de cambio depende de lo que se haga con la política fiscal y monetaria.
En la actualidad, el tipo de cambio real contra el dólar (u otras divisas) tiene dos equilibrios; uno de corto (dólar caro) y otro de largo plazo (dólar barato). El equilibrio de corto plazo implica un dólar caro como resultado de la falta de confianza en el gobierno y la ausencia de credibilidad y consistencias en sus políticas económicas. Por el contrario, el tipo de cambio real de equilibrio de largo plazo implica un dólar barato. En el largo plazo se podrá llegar a este dólar barato vía dos caminos diferentes. Si se hacen las cosas “mal”, la inflación se “comerá” la devaluación y el tipo de cambio real caerá bruscamente. Por el contrario, si se hacen las cosas “bien”, la restitución de la confianza y la credibilidad generará una entrada de capitales importante que apreciará el tipo de cambio nominal y el dólar se abaratará nominalmente.
La fuerte tendencia bajista de ambas variables muestra que en el largo plazo el tipo de cambio real de equilibrio es mucho más bajo. No es un fenómeno aislado de Argentina, es un fenómeno regional.
Hoy en día el tipo de cambio está estabilizado en sus niveles actuales gracias a la política monetaria aplicada por el presidente del BCRA, que comenzó a aplicar “la política del anual”.Devaluó 23% el tipo de cambio para cerrar (parcialmente) la brecha y comenzó a subir la tasa de interés para absorber pesos y evitar que la devaluación se traslade al blue y a precios. A su vez, el encarecimiento del crédito cambió la lógica financiera de los exportadores que encontraban óptimo no liquidar granos y cumplir sus obligaciones de corto plazo con deuda en pesos.También obligó a los bancos a vender activos nominados en dólares para presionar hacia la baja sobre los tipos de cambio “contado con liqui”; “dólar Mep” y “dólar futuro”.
En resumen, la política monetaria de Fábrega es la que permite que el tipo de cambio nominal permanezca estable y da lugar a un “colchón” cambiario, que se irá paulatinamente agotando de la mano de la inflación durante los próximos 120 / 180 días.
El actual tipo de cambio real no es sostenible en el largo plazo, porque no está en línea con lo fundamentos actuales de nuestra economía doméstica y con el escenario internacional. El actual tipo de cambio real corresponde a un país con mayor desempleo, mayor cantidad de pobres, mayor capacidad ociosa, peores términos de intercambio y con un mundo con mayores tasas de interés y un dólar más caro en el escenario internacional.
El tipo de cambio real indefectiblemente tiene que bajar en el largo plazo y la “forma” de su trayectoria depende de lo que se haga con el gasto público y la emisión monetaria, es decir la política fiscal y monetaria.
De seguir la política de gasto desmedidamente expansiva y potenciarse la dominancia fiscal, el ajuste se dará por la vía inflacionaria. En este punto es donde juega la nominalidad. Hay que recordar el concepto fundamental de Milton Friedman que señala: “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. Así, la tasa de emisión monetaria (neta del aumento del PIB y de la demanda de dinero) determina la tasa de inflación del conjunto de precios nominales de la economía, y dado que el tipo de cambio es un precio más (el precio del dólar o cualquier otra moneda), la moneda local se devalúa de la misma manera que pierde poder de compra frente al resto de los bienes de la economía.
El tipo de cambio actual se encuentra en un equilibrio de corto plazo y su actual valor estaría “inflado”. Sin ajuste del gasto y sin reducción de la dominancia fiscal en el mediano y largo plazo el tipo de cambio nominal podrá subir, pero la inflación le “ganará” a la devaluación haciendo caer el tipo de cambio real. ¿Cómo es que la inflación le ganará al tipo de cambio? En el actual contexto, anteriormente explicado, un aumento de la dominancia fiscal originaría un shock inflacionario que licuaría el exceso de gasto público. La inflación superaría la devaluación porque tendría lugar una contracción tanto del nivel de actividad como de la demanda de dinero, haciendo que el aumento del nivel general de precios de la economía termine siendo igual a la emisión monetaria más la sumatoria de la caída del PBI y de la demanda de dinero.
Cuánto más se contraiga la demanda de dinero, mayor y más rápida será la aceleración inflacionaria. Por ejemplo, de acuerdo con nuestras estimaciones, de mediar un cambio de humor que redujera la demanda de dinero a su valor de equilibrio, es decir 5 puntos porcentuales en términos del producto menos que en la actualidad, el salto en los precios sería del 50%. Si a esto le sumamos niveles de emisión del 30%, la tasa de inflación sería del 100%.
En resumen, si no hay un ajuste fiscal la actual “tranquilidad del dólar” no durará más de 4 ó 5 meses. Es más, la situación se complicará aún más cuando Fábrega tenga que repagar los títulos que fueron recientemente colocados al 28%/30% anual y aparezca el déficit cuasi fiscal.
El tipo de cambio nominal subirá, pero la inflación lo hará aún más. Esa dinámica nos llevará al escenario ajuste “por las malas” que presentamos la semana pasada en el Semanario Económico Nº106. Tenemos la posibilidad de no caer en eso. Depende de que el ministro deje de lado su dogmatismo ideológico y enfrente la realidad económica que tiene frente a sus ojos.
(*) Economía y Regiones Consultora especializada en el desarrollo regional argentino. Artículo publicado el 28 de Febrero de 2014 en Urgente 24

jueves, 27 de febrero de 2014

¿Cuál es la presión fiscal en Argentina?

Por Niclás Cachanosky (*)
La presión fiscal roza el 50% del PBI para el año 2012
A raíz del fugaz intento de elevar el impuesto a bienes inmuebles modificando la valuación de activos cambiando el valor fiscal por el valor de mercado, volvió a ser centro de escena la alta y asfixiante presión fiscal en Argentina. La presión fiscal es el monto de impuestos recaudados por el gobierno en términos del PBI (recaudación/PBI). Dado que el PBI se asocia con el total del ingreso nacional, la presión fiscal es la recaudación efectiva en lugar de lo que en teoría se debe pagar de impuestos. Por lo tanto, la presión fiscal muestra el peso impositivo sobre la actividad económica yendo directamente al resultado de la intricada ley de impuestos.
Los números de presión fiscal suelen ser a nivel nacional, sin contemplar la presión fiscal sub-nacional. Esto se debe a que los países no siempre suelen tener los datos sub-nacionales integrados. Como en muchos casos es la nación quien se hace cargo de la mayor presión fiscal, esta es también un primera aproximación del peso del estado en la economía. ¿Cuál es la presión fiscal en Argentina?
Para obtener la presión fiscal en Argentina no sólo hace falta sumar la recaudación de provincias y municipios a la recaudación nacional, sino que también hay que sumar el impuesto inflacionario (los datos de provincia y municipio están tomados de este documento del IARAF). El impuesto inflacionario no es directamente la tasa de inflación, sino que es, por decirlo de alguna manera el monto equivalente que el estado recauda por perdida de adquisitivo del peso. Mientras la inflación es el aumento en el nivel de precios, el impuesto inflacionario es la “recaudación implícita de ese proceso.” El siguiente gráfico muestra el impuseto inflacionario total (nación más provincias más municipios más impuesto inflacionario) para el período 2000-2012.
Del 2000 al 2002 la presión fiscal pasó de casi un (ya alto?) 24% a un 43.1%. Es decir, casi el doble. Desde el 2008, cuando comienza el gobierno de CFK, la presión fiscal aumentó en un total de casi 10 puntos. Para el 2013 (fuera del gráfico), la estimación es del 44.6%. La única caída que se percibe es en el 2001, año que coincide con la crisis económica. Se puede apreciar, también, que es nación donde recae la mayor presión fiscal y que en el 2012 el impuesto inflacionario (3.1%) es casi la mitad de la presión fiscal de las provincias (6.9%). Esto también sugiere que si el estado no puede aumentar el impuesto a los inmuebles, puede recaudar el monto equivalente vía impuesto inflacionario.
El cálculo de presión fiscal incluye la recaduación de pensiones y jubilaciones. Esto, en principio, podría ser considerado una transferencia y no un impuesto. Sin embargo, lo que se recibe cambio de las contribuciones y el hecho de que la ANSES gire fondos al Tesoro en lugar de los jubilados hace de esto un impuesto de facto en lugar de una transferencia que es lo que debería ser.
Pero este cálculo, a su vez, también se encuentra incompleto. Los datos del PBI que informa el INDEC se encuentran sobre estimados. Se puede corregir su valor usando estimaciones privadas, como las de Ariel Coremberg en este documento. Comenzando en el 2007 y finalizando en el 2012, Coremberg encuentra una sobre-estimación del PBI oficial sobre sus cálculos del 12%. El siguientr gráfico muetra la presión fiscal total usando el PBI oficial (el gráfico anterior) junto a la presión fiscal corrigiendo el PBI con las estimaciones de Coremberg.
Cómo se puede apreciar, la presión fiscal roza el 50% del PBI para el año 2012. Esta presión fiscal es preocupante. No sólo por su nivel confiscatorios, sino por qué la contraprestación que el estado hace contra el pago de impuestos es casi nula. ¿Cómo puede ser que con una presión fiscal las fuerzas de seguridad no estén bien pagas ni bien equipadas, que los trenes choquen, que se corte la luz si hacen 36 grados, que la educación y salud pública dejen tanto que desear, etc.? El monto que las personas y empresas destinan a contratar servicios privados porque los públicos son inutilizables o poco confiables es un monto que está siendo doblemente tributado. La presión fiscal, de hecho, debe superar el 50% si se tiene en cuenta este efecto de doble tributación (difícil de medir).
Cuando hace unos días puse en twitter unos primeros datos de estos resultados, se me objetó que no era cierto que la presión fiscal se encuentra entre las más altas del mundo. De hecho, no sólo es el caso que la presión fiscal es record en Argentina, sino que sí se encuentra entre las más altas del mundo, por más que no sea la más alta. El siguiente gráfico está hecho con datos del Monitor Fiscal 2013 del Fondo Monetario International. Si bien estos son valores de presión fiscal a nivel nacional, y no sub-nacional, no deja de ser descriptivo.
De una muestra de 71 países, Argentina se encuentra entre los países de mayor presión fiscal nacional, junto a países como Inglaterra, Finlandia, Suecia, o España. Este gráfico también hace eco del dicho que Argentina cobra impuestos suecos pero ofrece a cambio servicios públicos de un país sub-desarrollado. Si la oposición realmente quiere ser un cambio serio para este país, tienen un serio problema por delante. Estos problemas no se resuelven solo ni se decantan con el mero paso del tiempo.
(*)Nicolás Cachanosky / Assistant Professor of Economics / Metropolitan State University of Denver. Artículo publicado en "Economía para todos" el 13 de Febrero de 2014

Sobre los pobres, explotados y excluidos”

Por Gabriel Zanotti (*)
(Había escrito esto en el 2007, poco antes que se emitiera el documento de Aparecida. Creo que publicarlo ahora (1 de Enero de 2014 en mi blog) es de estricta actualidad y una buena manera de comenzar el año).

Se acerca una nueva Conferencia Episcopal Latinoamericana, y no será de extrañar que los Obispos pongan su voz de alerta sobre las condiciones materiales de vida, muchas veces infrahumanas, de gran parte de la población de sus castigados países. No vamos a referirnos ahora en detalle al tema del diagnóstico de tan delicada situación (aunque ello sea muy importante) sino que vamos a poner el acento en una cuestión que tal vez facilite el entendimiento en quienes “diagnosticamos diferente” en estos temas.

En los objetivos del Instituto Acton está el diálogo entre los fundamentos de una “economía libre”, “economía de mercado” (los términos pueden cambiar, estamos adoptando los distinguidos por Juan Pablo II en Centesimus annus) y la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia. Por ello, no podemos dejar de registrar que quienes son partidarios de las economía de mercado (sean cristianos o no) no hablan de oprimidos, excluidos y explotados. 

Esos términos han sido interpretados, la mayor parte de las veces, bajo el paradigma de la lucha de clases. Ese es el motivo, creemos, de que los partidarios del mercado no usen esa terminología, aunque ello puede ocasionar una posible confusión: a) que los partidarios del mercado nieguen que haya fenómenos de injusticia en los temas socioeconómicos; b) que nos les interesa el destino de quienes padecen inenarrables sufrimientos.

Pero no es así. Claro que hay injusticias. Y esas injusticias se traducen en miseria, desocupación, desnutrición, y condiciones de vida indignas que, aunque relativas a la circunstancia histórica, conmueven el corazón de cualquier persona de buena voluntad, y, sobre todo, de cualquier cristiano para quien, como dijo Edith Stein, nadie le es indiferente.

Y en ese sentido también podemos hablar de oprimidos y excluidos, pero no desde la lucha de clases marxista o neomarxista, sino cambiando el enfoque: hay en efecto un sistema socioeconómico, imperante en América Latina desde hace siglos[1], basado en la intervención del Estado en las variables económicas, la socialización de los medios de producción, el control estatal de la actividad privada y todo tipo de privilegios y prebendas para lo que quede del sector llamado “privado”. Ese sistema (que muchos, con buena voluntad, llaman “capitalismo” o “neoliberalismo”) ha impedido secularmente la acumulación de capital y, consiguientemente, ha producido una masa cuasi-infinita de mano de obra barata y-o desempleada cuyo destino terrenal se deshace entre la desnutrición, la enfermedad y la muerte. Esos son los “excluidos” de los beneficios del desarrollo y de la suba progresiva del ahorro y del salario real que se produce y se ha producido en aquellas naciones que han aplicado economías de mercado, lo cual incluye las bases institucionales para su desarrollo, anuladas también en América Latina por todo tipo de autoritarismos, ya de izquierda, ya de derecha, que con delirios mesiánicos siguen añorando la figura cultural del virrey omnipotente.

Ellos son también los “oprimidos”: por un sistema que los condena a la miseria, y “explotados” también, no en un sentido marxista del término, pero sí en otro sentido: los privilegios, prebendas y subsidios del sistema intervencionista producen una casta de dirigentes sindicales, empresarios, funcionarios estatales y políticos que viven del presupuesto del Estado que se alimenta permanentemente de impuestos y cuasi-confiscaciones al sector privado, a la libre iniciativa, y para peor, en nombre de los pobres que dicen proteger.

Estas estructuras, llamadas para colmo “mercado” son verdaderamente un pecado social, un mal moral, además de un error técnico, porque implican la riqueza de unos a expensas de la pobreza de otros, como una torta fija que no crece sino que aumenta las desigualdades y privilegios indebidos.

Por lo tanto, no está nada mal, al contrario, que los cristianos se preocupen por los oprimidos. Ello no sólo no es incompatible, sino exigido por la conciencia cristiana. La cuestión es: ¿cuál es el sistema que oprime?

No está mal, al contrario, que esto implique una opción preferencial por el pobre, que obviamente, como ha explicado el Magisterio pontificio, no debe ser excluyente ni mirada desde la lucha de clases, ni tampoco debe excluir otras formas de pobreza no materiales (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia). Pero el pobre, el pobre material, aunque muy difícil de definir, como el tiempo, sin embargo sabemos lo que es, y nos duele y llama a nuestra conciencia. Esto responde al segundo malentendido. Los que defienden a la economía de mercado, ¿acaso están preocupados por aumentar la fortuna de Bill Gates? No dudo que haya gente que verdaderamente lo piense, pero obviamente no es así, y menos aún los cristianos que, de modo opinable, optamos por defender ese sistema. Son los males de la desocupación, la desnutrición y la miseria lo que nos preocupa, igual que a otros cristianos que piensen diferente e igual que a los Obispos y teólogos latinoamericanos. Sólo les proponemos, de modo dialogante y amistoso, un cambio de enfoque, no en los fines ni en la conciencia cristiana que nos mueve, sino en la consideración de las causas socioeconómicas de lo que verdaderamente es un mal espantoso.

Sin embargo, excluido el análisis de la lucha de clases, otro cambio importante de enfoque se produce: la clara conciencia de que, por más que se alcance la liberación de las estructuras sociales opresoras, ello no implica la redención de Cristo y la Libertad del Reino de Dios. Los sistemas sociales pueden ser mejores, pueden ser “buenos” pero son, por un lado, siempre perfectibles, y, por el otro, nunca se identifican con la perfección de la Gracia, de lo Sobrenatural, de la redención que viene sólo de Cristo.

Aclaradas estas cuestiones, los partidarios de la economía de mercado esperamos no quedar, valga la redundancia, excluidos del diálogo y oprimidos por la incomprensión. Esperemos sea visto nuestro aporte como motivado por la misma conciencia cristiana que seguramente guiará la pluma de nuestro pastores. 

[1] Ver al respecto Vargas Losa, A.: Liberty for Latin America, Independent Institute, 2005; le hemos hecho una crítica en Markets & Morality, ver http://www.acton.org/publicat/m_and_m/new/review.php?article=96

(*) Gabriel Zanotti. Filósofo, epistemólogo, educador, escritor. Artículo publicado el 19 de Febrero de 2014 en "Punto de vista económico"

Un espejo lejano

Por Malú Kikuchi (*)
Venezuela, país situado en Sudamérica, 916.445km2, casi 30 millones de habitantes, costas sobre el Atlántico y el mar Caribe, regiones muy diversas, andinas, selváticas, sabanas (llanos), áridas y las mayores reservas de petróleo comprobadas del planeta.

Desde hace 15 años, en 1999 cuando asumió la presidencia (votado) Hugo Chávez, se convirtió en la República Bolivariana de Venezuela. Desde la muerte de Chávez (2013), Nicolás Maduro, ex canciller de Chávez, también votado (con muchas dudas de fraude), ejerce la presidencia.
El país es quizás el más rico de América del sur, pero falta leche, papel higiénico, harina de maíz, carne, medicamentos, hay que pedir permiso para viajar y la inseguridad mató 24.673 personas en 2013. La prensa independiente no existe, la gente no sabe lo que pasa a 20 cuadras de su casa, y Maduro echó a CNN el viernes pasado por no “cambiar las noticias” ¿¿¿??? ¡Falta libertad!  Con la debida distancia, ¿no siente el parecido?
Los estudiantes salieron una vez más a la calle. En paz. A decir ¡basta! Se encontraron con las milicias populares, motociclistas armados de los que no se hace cargo el gobierno, pero que les provee las motos, los cascos y las armas. Matan. Tampoco se hacen cargo de eso. Acusan a los estudiantes.
Venezuela es un caos. Se ha militarizado completamente, única forma de mantenerse en el poder. Pero los manifestantes, a pesar de los muertos, de los detenidos y de las denunciadas torturas, siguen en la calle. Maduro contesta por cadena nacional dos o más veces por día, endureciendo su posición por minutos. ¿Hasta cuándo? Diosdado Cabello espera.
Cabello es la cabeza de la Asamblea (léase congreso), ex militar y segundo en la sucesión presidencial. Ante la inverosímil actitud de los países americanos, dejando de lado a EEUU, Canadá y el Chile de Piñera, están los que miran hacia otro lado y los que apoyan a Maduro como Argentina, Brasil, Cuba, Bolivia, Ecuador, Nicaragua.
Cristina apoya con pasión a Maduro, la oposición está como de costumbre, mirando otro canal. Salvo Massa que se jugó en serio, la gente de Lilita que protesta ante el MERCOSYR y la UNASUR ¿? y el PRO que lo hace ante cancillería, que forma parte del ejecutivo que apoya a Maduro ¿? El resto, muy bien gracias. ¡Ah! Pino, Libres del Sur y Binner, apoyan a Maduro.
¿Si Maduro se encuentra obligado a renunciar, y lo sucede Cabello apoyado en las FFAA, “los democráticos y republicanos” países  latinoamericanos van a aceptar un gobierno militar basándose en que es constitucional? Todo es posible en la dimensión de una izquierda decadente y asustada.
Cuando Camila Vallejo, la chilena que sacó a los estudiantes de su país a la calle, exigiendo universidad gratuita y haciéndole la vida imposible a Piñera (de centro derecha), Cristina apoyó a los “chicos”, les dio la razón, invitó a Camila (todo pago por nosotros), que fue condecorada por la universidad de la Plata. Si los estudiantes protestan contra un gobierno liberal está muy bien, pero si lo hacen por razones vitales contra un gobierno chavista, que importó 60.000 cubanos, la mayoría de ellos militares, y hay sangre y detenidos y torturados y muertos, está mal. Terrible doble discurso
¿Y los cacareados DDHH? Para los montoneros en el poder, los DDHH están sólo de un lado. Del de “los maravillosos muchachos idealistas” de los 70, que no salían a la calle con carteles escritos a mano, ellos usaban ametralladoras, fusiles y bombas. Ahora son gobierno y apoyan al gobierno que se les parece. Estamos detrás de Venezuela en inflación, en inseguridad y empezamos de a poco, con el desabastecimiento. ¿Un espejo?
Rescatemos el derecho humano a la rebelión. Platón hablaba del “derecho a defenderse del tirano y la injusticia”.  Lo hacían  Doctores de la Iglesia como San Isidoro de Sevilla y Santo Tomás de Aquino, este último, muy duro, invocaba la ejecución del tirano. La Declaración de la Independencia Americana, 1776, “Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección del pueblo es el más sagrado de sus derechos y el más importante de sus deberes”.
La Declaración Universal de 1948: “Considerando esenciales que los DDHH sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”. Sin olvidar nuestros 25/5/1810 y el 9/7/1816 y todas las rebeliones hispanoamericanas. Y Ghandi contra el imperio británico, y Martin Luther King en defensa de los afroamericanos. Los ejemplos, sobran.
Cuando un gobierno de origen legítimo, se vuelve ilegítimo durante su mandato, autoriza al pueblo a la desobediencia civil. Es más, lo autoriza al uso de la fuerza para reemplazarlo por otro que tenga legitimidad. Sin recurrir a la fuerza, en Argentina el juicio político es la respuesta (artículos N°53 y 59 de la CN). Siempre que la oposición y parte del FPV, hagan el esfuerzo de despertarse antes que el tsunami que viene, nos ahogue a todos y se lleve puesto al país.
Recordemos a los estudiantes venezolanos que Cristina decía el 20/11/2011 (agencia EFE) refiriéndose a una posible represión: “¿Qué, querían que tiraran tiros para después tener el justificativo de matar jóvenes que luchan por el cambio y la transformación? Nunca más eso. Nunca más”.
“El nunca más” no corre para los estudiantes venezolanos. Un espejo ¿lejano? Salvo un cambio copernicano de rumbo político, es un espejo muy cercano. De nosotros depende. ¿Habitantes o ciudadanos? ¿Esperamos mansos que nos lleven a la miseria moral y económica de Cuba y Venezuela, o con valor exigimos integrarnos al mundo civilizado? La Patria se hizo con coraje. La perdimos porque perdimos el coraje de exigir lo nuestro, nuestras garantías y derechos de la Constitución Nacional, que estos funcionarios juraron cumplir y hacer cumplir. La ignoran y  lo permitimos. ¡Cuba, NO!
Ref. ”Un espejo lejano. El Calamitoso siglo XIV”, Bárbara Tuchman, 1979. Extraordinario libro sobre el siglo XIV, la hambruna, la guerra de 100 años y la peste negra, entre otras “calamidades”.
(*) Malú Kikuchi. Periodista y analista política.
Fuente: Comunicación personal de la autora y en http://www.lacajadepandoraonline.com/blog2/?p=11934

El inexorable derrotero del fascismo populista

Por Alberto Medina Méndez (*)
Hace tiempo que los manipuladores del discurso político se vienen ocupando de tergiversar el significado de las palabras. No es casualidad. Lo hacen con una intencionalidad inocultable.

Buena parte de la explicación de sus éxitos electorales tienen que ver con que han conseguido instalar determinadas visiones, apelando a las más elementales enseñanzas de Antonio Gramsci, pero siempre con la necesaria complicidad de la holgazanería ciudadana que opta por aceptar linealmente el adoctrinamiento que propone esa dinámica panfletaria y superficial, que se esfuma ante el primer razonamiento relativamente sensato.

Han construido una caricatura de la historia que les resulta inmensamente funcional. Así le dieron nacimiento al perverso "Socialismo del Siglo XXI" que es solo la peor combinación de marxismo y fascismo, y la empírica demostración de su innegable parentesco. Solo le han agregado ciertas aristas folklóricas para brindarle un aire más domestico y regional, bajo un formato y presentación más amigable para estas latitudes.

Estos regímenes vienen con la pretensión de quedarse. Es por ello que su impulso inicial se oriento, en casi todos los casos, a modificar sus Constituciones, para garantizarse reelecciones indefinidas o ciertos mecanismos de centralización del poder que le permitieran continuar.

Han destrozado deliberadamente la república, vulnerando la división de poderes que evita los abusos, fracturando principios básicos como el estado de derecho, la periodicidad de los mandatos y al mismo tiempo cooptando a los miembros de la justicia para asegurarse impunidad y convirtiendo a los legisladores en la virtual escribanía del mandamás de turno.

Son sistemas de gobierno autoritarios, donde el poder se concentra en una sola persona que aglutina las decisiones, como si fuera un monarca con plenos poderes y sin limitaciones, lo que siempre viene acompañado de obscenos negocios, corrupción indisimulable y un descaro difícil de ocultar.

El fascismo como sistema político tiene algunas características que le son propias y son parte de su esencia, como su totalitarismo, el desprecio por el capitalismo, un nacionalismo premeditadamente extremo y el infaltable enemigo social específico, siempre seleccionado cuidadosamente, al que se responsabiliza de todas las calamidades que se puedan padecer.

Un líder carismático siempre es el que encarna el proyecto, difundiendo el odio sobre otros, pero también montando ese imprescindible aparato de propaganda enorme que intenta convertir premisas falsas, que de tanto repetirse parezcan indiscutiblemente verdades repletas de verosimilitud.

El continente tiene en Venezuela al máximo exponente de este desarrollo, el que a medida que pasa el tiempo y sigue obtenido triunfos electorales ha profundizado su autoritarismo como así también el resto de las características de este régimen político. Las confiscaciones son cada vez más burdas y carecen de pudor, mientras las libertades se diluyen una a una, hasta desvanecerse, como parte del atropello a los derechos de forma siempre gradual, sistemática y progresiva.

Otros países del continente tienen intenciones de seguir ese recorrido y vienen haciendo los deberes como buenos alumnos, siempre con sus necesarios matices y estilos de liderazgos circunstanciales.

En realidad se trata de un sistema insostenible en el tiempo. No existe forma de sostenerlo demasiado porque cada vez precisa de mayores dosis de totalitarismo para proseguir su rumbo. El fracaso anunciado de sus políticas, los lleva a necesitar de mayor control y eso irremediablemente significa que necesitan retirar más libertades para mantenerse en el poder.

La cobardía de los primeros mandatarios del resto de las naciones es difícil de explicar. El silencio que legitima las tropelías cotidianas es difícil de comprender. Los ciudadanos del mundo ya han tomado nota de este hecho.

Lo que resulta incomprensible es la cantidad de personas que pareciendo inteligentes y bien intencionadas, lejos de los intereses del poder, bajo el pretexto de coincidir con algunas posturas demagógicas como el supuesto enfrentamiento al imperialismo y otras actitudes típicas del nacionalismo fingido, terminan avalando y aplaudiendo los despropósitos de esta época.

La lista es larga. Supresión de la libertad de expresión, represión en las calles a manifestantes que reclaman, intimidación a medios de prensa locales e internacionales, restricciones a las libertades en todas sus formas, a lo que se agrega con crueldad los ciudadanos condenados a la pobreza, al desabastecimiento y a la inflación, mientras la violencia desenfrenada provoca muertes en hechos delictivos, que a veces hasta sirven de pantalla para enmascarar persecuciones políticas.

La estrategia es clara. Quedarse en el poder a cualquier precio. Los pilares de este sistema están a la vista. Un nacionalismo político que exacerba la soberanía de la mano de un odio contra lo foráneo, un intervencionismo económico que hace estragos y destruye la riqueza a su paso, generando un paulatino empobrecimiento, una hipócrita religiosidad contradictoria con su accionar permanente y ese despiadado monopolio de la fuerza que les permite controlar militarmente cualquier manifestación ciudadana.

Sus triunfos electorales provienen de un manoseado esquema electoral. Con esos argumentos justifican cualquier decisión como si tener votos habilitara a los gobernantes a ejercer la fuerza contra sus oponentes, acallarlos, encarcelarlos, quedarse con sus propiedades y limitar sus libertades.

Lamentablemente, el final de esta historia no podrá ser color de rosas. Cuando esta farsa concluya y la disparatada aventura culmine, solo quedará una sociedad dividida, enfrentada, plagada de resentimientos, con una economía destruida cuya reconstrucción llevará mucho tiempo y esfuerzo.

Sería deseable que los mecanismos institucionales permitan ese renacimiento imprescindible, que las formas sean civilizadas y que los mezquinos intereses de los déspotas de turno no provoquen más sangre que la ya innecesariamente derramada.

Aunque sigan persistiendo en modificar la historia, acomodar el relato a sus caprichos y difundir mentiras con apariencias elegantes ya no quedan muchas dudas sobre el inexorable derrotero del fascismo populista.

(*)Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.
albertomedinamendez@gmail.com
www.albertomedinamendez.com.ar

Fuente: Comunicación personal del autor y en 

http://opinion.infobae.com/alberto-medina-mendez/2014/02/23/el-inexorable-derrotero-del-fascismo-populista/