martes, 4 de febrero de 2014

Críticas y soluciones…

Por Elena Valero Narváez (*)
A los argentinos se nos ha obligado a dejar la democracia por un adefesio al que se le da el mismo nombre. En realidad se abandonó el orden constitucional  por el dirigismo y la intervención estatal. Esto produjo  trastornos sociales, económicos, y políticos además de falta de respeto por la persona humana y su derecho inalienable a la libertad.

 Las declaraciones de estos días, del Jefe de Gabinete,  son las típicas de gobiernos generadores de altos índices de inflación: responsabilizar a productores y vendedores en vez de hacerse cargo de la errónea política monetaria.

El Gobierno kirchnerista se está despidiendo del poder, jugando a las escondidas frente a la sociedad, manteniendo medidas erróneas y con declaraciones tendientes a inventar teorías conspirativas,  que lo despeguen de la culpa por  la preocupante situación económica.

Es el gobierno el que obliga, con su política inflacionaria, a que se exija la elevación de los salarios y a los empresarios a intentar recuperar esos aumentos subiendo los precios sin que se produzca ningún beneficio;  la gente compra menos  por la devaluación de su dinero.

La razón de la emisión es  un presupuesto desequilibrado provocado por un enorme gasto público. Este gasto tiene, como motivo principal, las erróneas prácticas populistas. Se pretende desde el gobierno repartir la riqueza para beneficiar a los que no producen ni trabajan y empobrecer a los que lo hacen. Es así como no se incentiva la inversión y se liquida  la ética del trabajo.

El gasto público, permitido por un presupuesto engañoso y por toda clase de subterfugios, se refleja en un excesivo incremento de la cantidad de moneda, aumento cada vez más elevado de los precios y una disminución del empleo genuino.

El fenómeno inflacionario  deteriora la economía de mercado y aumenta cada vez más la intervención del Gobierno en la economía. Es así como se conforma una situación de la cual es difícil salir sin apelar al sacrificio de la gente.

El aumento continuo de los salarios para emparejarlos con los índices de inflación provoca emisión adicional y por eso más inflación.

Inevitablemente llega el momento de sincerar la economía reduciendo el gasto fiscal y la emisión espuria de dinero.

La primera medida  - no hay soluciones mágicas cuando no se respetan las leyes de la economía- es generar confianza. Ello permite que la gente acepte el camino hacia el equilibrio presupuestario reduciendo al mínimo  los gastos estatales innecesarios y descartando el aumento de las tasas impositivas mutiladoras de los incentivos que aumentan la producción.

Se debe disminuir el empleo público y los subsidios, transferir las inversiones a cargo del Estado a la actividad privada fomentando una política favorable a las inversiones extranjeras.
Las empresas estatales tienen que regresar a manos privadas, y el Estado abandonar la protección  a las industrias. Esto retrasa  la expansión económica.

Es indispensable, para recuperar la economía,  derogar las leyes que traban las exportaciones e importaciones y abandonar el control de cambios.

No hay más remedio, entonces, que restaurar la estabilidad del valor de la moneda  y el  funcionamiento del mercado permitiendo el libre juego de precios y salarios de acuerdo a la ley de la oferta y la demanda. En resumen: controlar la inflación y poner en marcha  una política de expansión económica que restaure la competencia.

Nada puede ser posible si no se transparenta la situación ante la sociedad y, también, las medidas que se tomarán a corto y largo plazo para solucionar los problemas políticos y económicos.

La única manera de que la gente apoye cualquier proyecto de estabilización económica es proveer confianza en el futuro que saque del letargo a quienes desean invertir en el país.

Es primordial que el Banco Central deje de financiar al Estado y regresar a su función esencial: garantizar el valor de la moneda.

Hay que ir por todo lo que se ha hecho mal en el gobierno kirchnerista y para ello se necesitan gobernantes decididos que no se basen en el pragmatismo, que siempre lleva para aquí y para allá, sino en ideas liberales claras y distintas al del gobierno populista actual.

(*) Elena Valero Narváez. Analista política, periodista e historiadora.


Fuente: Comunicación personal de la autora