lunes, 10 de febrero de 2014

La coyuntura

Por Raúl Acosta (*)
Necesitada de impedir el derrumbe, o sea urgida a que su Administración llegue hasta 2015 (¡y faltan 22 meses!), Cristina Fernández de Kirchner tuvo que regresar a escena. Pero su vuelta obliga, según el autor, a rememorar al inolvidable Alberto Olmedo...
"(...) Olmedo ayudaba a reírse del libreto inexistente y creaba otro. Hoy, más allá del esfuerzo inútil de Francella, hay sucesión. CFK. Con la señora sucede eso. Parte de la realidad, su realidad, se pone un traje de luces y encara el micrófono. La señora tiene su vida fuera y sus secretos, amores y contratiempos. Habla para la cámara, habla para el público presente, habla para los enemigos que la ven, habla e interactúa con los presentes, saca papeles como si fuesen los PNT de Olmedo para vinerías y fideos, comenta, reflexiona, hace monólogo interior, da idea de los titulares de los diarios del día siguiente, usa el tono de “ay, qué vas a pensar de mí...” con el mismo y estricto sentido de la frase equívoca. (...)".
El libreto se perdió. La leyenda continúa. Volvió el mejor actor argentino de los últimos 25 años del siglo XX: Alberto Olmedo. La señora lo recrea. El país está en medio de una actuación sin libreto, la improvisación la salvan los actores. Ella es la mejor. Imbatible. Ubiquemos tres momentos del mismo relato.
 
“Sobre el mármol helado migas de medialuna...”. El amanecer de los noctámbulos en una lechería de aquel Buenos Aires le sirve de escenografía a la canción de despedida, por la muerte de Discépolo, a sus compañeros de correrías. Una copa de leche tibia antes de partir al lecho, cansada la noche y enceguecedor el amanecer. La mujer que se desayuna para ir al trabajo no entiende de ese final de la juerga. “Tu musa está sangrando y ella se desayuna, vamos que todo duele, viejo Discepolín”. Aquellos poetas militantes de un peronismo incipiente, Cátulo Castillo, Homero Manzi, Discépolo, sabían que "meterse en el juego político trae dolores"
 
"Al fin ¿quién es culpable?”, pregunta el poema. El eje era el texto. Aquel peronismo tenía un texto. Se luchaba contra la vida grotesca. Se leía, se cantaba, se debatía. Discépolo, Enrique Santos; ilustra como pocos que la actuación política quita el alma. Esa formulación del peronismo, ese país desapareció. Ayuda a la imaginación del cómo fue aquel país de 1950 esa necrológica, esa despedida al letrista más importante del peronismo cincuentista: Mordisquito. Discépolo jugó su vida a defender el peronismo y la perdió.Murió de tristeza, en mitad del escarnio del “tout Buenos Aires”.
 
Sobre el ‘70 queda instalado en Buenos Aires el rosarino Alberto Olmedo. Es Olmedo. Argentina, la Argentina zafia, la simple, la que se junta a la noche cerca de un televisor y se ríe con Olmedo como nunca antes. Como nunca. Desde Victoria Ocampo a Peter Brooks todos ven lo que la intelligentzia porteña no ve. Lo que la crítica especializada tarda en encontrar. Lo que el hombre de cualquier lugar, el peón de los siete oficios ve claramente. Olmedo se ríe del cartón, del estereotipo, se ríe de todo. Se ríe de sí mismo. No sabe el libreto y es un arma de comicidad.
 
Olmedo reformula el esquicio televisivo y cambia la televisión argentina Se viste con la piel de personajes a los que abandona apenas se sube a ellos y nos dice que debemos acompañarlo en la ficción, nos invita a compartir su mentira. Un eje es único en Olmedo. Advierte del modo más perfecto que la letra es lo de menos, que en las fisuras de un libreto inexistente está la comicidad y la comicidad es complicarse con él. Somos sus alegres compinches. El traje de “Borges/Álvarez” o el disfraz de “El manosanta” no son nada más que el carné necesario para que dé comienzo el delirio. Todos esperábamos el delirio. Nos hacía felices por un ratito. El silogismo es válido.
 
Olmedo pudo convertirse en el mismísimo diablo del televisor porque conocía la realidad y sus límites. Alberto Olmedo no era el mismo en el restaurante de los petisos Delahorra ni en su casa. Sus casas. Algo guió sus pasos y lo llevó a fabricar un muñeco imbatible ¿Qué cómico de su mismo ciclo vital puede quitarle una medalla universal?
 
Olmedo ayudaba a reírse del libreto inexistente y creaba otro. Hoy, más allá del esfuerzo inútil de Francella, hay sucesión. CFK. Con la señora sucede eso. Parte de la realidad, su realidad, se pone un traje de luces y encara el micrófono. La señora tiene su vida fuera y sus secretos, amores y contratiempos. Habla para la cámara, habla para el público presente, habla para los enemigos que la ven, habla e interactúa con los presentes, saca papeles como si fuesen los PNT de Olmedo para vinerías y fideos, comenta, reflexiona, hace monólogo interior, da idea de los titulares de los diarios del día siguiente, usa el tono de “ay, qué vas a pensar de mí...” con el mismo y estricto sentido de la frase equívoca. La señora es la dueña de la escena. Rompió la cuarta pared y los convencionalismos del viejo teatro. Monólogo, diálogo, soliloquio, discurso, cadencia, tonos. Complicidad. Todo. Todo. Pensar hoy en una sucesión es pensar en el reemplazo de Olmedo.
 
Al igual que el negro Olmedo lo suyo es imbatible. ¿De qué modo incide CFK en la realidad? Aún motivo de estudio. Terminado el programa de Olmedo todos lo comentábamos, nos reíamos, recordábamos momentos excelsos (en estos días la foto del señor de los chorizos es de lo mejor que ha realizado CFK, sólo superado por el bailongo en diciembre, en el escenario,) y después seguíamos con lo nuestro, lo nuestro es vivir en la Argentina. Acaso, por allí, aparece la diferencia. La incidencia de Olmedo era mucha, inusitada, única. Lo queríamos tanto. Quedó en un lugar muy importante de la historia. El 11 de diciembre de 2015, veremos qué pasará con la actora política fuera del centro de la escena ¿Sí? ¿La querremos como lo que es, la más importante actora sin libretos, sin relato...? El 11 de diciembre de 2015 debería comenzar su leyenda. El país es el peronismo vital. Nosotros.


(*) Raúl Acosta. Periodista y analista político. Artículo publicado en "El Litoral" el 10 de Febrero de 2014