lunes, 10 de febrero de 2014

La metáfora de Tinelli

Por Jorge Raventos (*)
Un test sobre la actualidad política: ¿quién fue el autor de esta frase: “Fui convocado para hacer algo que evidentemente no se podía hacer. Me di cuenta tarde”? ¿Miguel Galuccio? ¿Jorge Capitanich? ¿Marcelo Tinelli?
Fue Tinelli, es cierto: después de jornadas de tironeos y negociaciones con las sombras de Máximo Kirchner, el hombre orquesta de Ideas del Sur fue defenestrado de Fútbol para Todos antes aún de hacerse cargo. Un úkase de madrugada de la Presidente avaló los deseos de su hijo y decidió seguir adelante “con los nuestros”, es decir, con el equipo periodístico seleccionado por los muchachos de La Cámpora.
Fútbol para los nuestros
A Tinelli lo había convocado el Jefe de Gabinete, Jorge Milton Capitanich, quien en el momento de mayor poder de su gestión (el primer día), se propuso, entre otras ambiciosas metas, cambiar el estilo ramplón y explícitamente faccioso de la transmisión oficial del fútbol, un artefacto propagandístico de alto costo para la caja central. Le ofreció el negocio a Tinelli y este puso manos a la obra. Pero el proyecto empezó a frenarse en vísperas del inicio del campeonato.
A mitad de semana, Capitanich desmintió con énfasis que la causa de la parálisis fuera la resistencia de la agrupación del hijo de la Presidente. Se preocupó por "desligar de cualquier operación mediática a la eventual injerencia" de La Cámpora que, proclamó el jefe de gabinete, “está integrada por compañeros militantes con profunda vocación de servicio y un compromiso extraordinario, no sólo para defender el proyecto nacional y popular, sino para aportar ideas creativas en múltiples lugares de responsabilidad". Algunas horas más tarde debió comunicarle a Tinelli que (“a pedido de la Presidente”) las transmisiones quedarían a cargo del camporismo.
Fue entonces cuando Tinelli twiteó la frase citada al inicio del artículo. Pero, ¿no resulta obvio que el propio Capitanich podría firmar al pie de ese texto? Después de que se frustraron las expectativas que muchos (y él mismo) alentaron a su arribo al gobierno central y la posibilidad de que se convirtiera en correa de transmisión de los puntos de vista de los gobernadores peronistas para contribuir a abrir los ventanales de un gobierno encerrado, ¿no podría concluirse que también él fue “convocado para hacer algo que evidentemente no se podía hacer”?
¿Podrá Galuccio?
¿Y qué decir de Miguel Galuccio? El CEO de YPF aspira a convertir a la petrolera estatal en la hendija por la que penetre el aire de la gran inversión nacional y externa en energía convencional y no convencional. Ese objetivo requiere realismo y cumplir con ciertos prerrequisitos, los primeros de los cuales son el respeto a normas internacionalmente homologables y el trato civilizado con los inversores. De lo general a lo concreto: hay que arreglar el intermezzo que los termocéfalos del oficialismo generaron al confiscar las acciones de Repsol en YPF; hay que cumplir con los acreedores, hay que arreglar resueltamente con el Club de Paris. Y no hay que maltratar a las empresas del sector que ya invierten en Argentina ni hay que fijar políticas de precios que amenacen a la inversión. Esta es una enumeración de asignaturas pendientes, que acumula puntos negativos cuando el gobierno, por caso, maltrata a Shell porque elevó sus precios como respuesta a la reciente devaluación.
El gobierno carece inclusive de relato para sostener esos maltratos: el incremento de precios de Shell fue explicado porque “se trata de una empresa que depende de las coronas de Holanda e Inglaterra”, cuando, en rigor, todas las petroleras (YPF no queda aparte) requieren un aumento y, además, las provincias petroleras resisten la política del ministerio de Economía que quiere garantizarles a los consumidores un incremento más contenido del precio de los combustibles por un camino que recorta las regalías a los distritos productores (y de ese modo les afecta ingresos esenciales para sostener el empleo, la infraestructura y la inversión e esas provincias).
¿Puede Galuccio avanzar en su proyecto productivista y vinculado al aliento a la inversión, en el marco de un rumbo económico tortuoso que en los pocos casos en que acierta con una medida lo hace menos por convicción que por imposición de la realidad? ¿O también el CEO de YPF fue “convocado para hacer algo que evidentemente no se podía hacer” (al menos en las actuales condiciones)?
Las dudas oficialistas
El caso de Fútbol para Todos es una nueva demostración de que, aún en condiciones críticas, el programa del oficialismo sigue siendo el “vamos por todo”, perfeccionado ahora con el “vamos con los nuestros”. Eso sí: “todo” es cada vez menos y “los nuestros” es un concepto que se encoge hora tras hora.
Desde las propias filas del oficialismo se ponen en discusión la gobernabilidad y la continuidad del poder presidencial. Nada menos que dos ministros (el de Interior, Florencio Randazzo y el de Defensa, Agustín Rossi) salieron a sostener que la señora de Kirchner y su gobierno “no terminarán antes de tiempo”. ¿Cuál es el sentido de que desde el oficialismo se instale en la agenda esa cuestión?
Algunos analistas opinan que las pujas internas del oficialismo contienen a algunos sectores que preferirían un fin súbito antes que una lenta agonía (y que consideran que la falta de reflejos para introducir adecuados ajustes en el rumbo y para ganar aliados determinan decadencia y agonía).
Es posible que algunos de esos sectores se hayan sentido interpretados por las frases que sin anestesia disparó esta semana Jorge Yoma (“Cuando uno ve que el Gobierno va camino a un colapso económico, cabe preguntarse si es necesario que el pueblo vuelva a pasar por esa situación o si el sistema político le debe decir la presidenta Hasta acá llegó: cambia o se va'”). El propio Yoma asegura que “los principales dirigentes con responsabilidades en el peronismo hoy hablan en voz baja lo que yo digo en voz alta”.
La debilidad política, la falta de confianza y las dificultades económicas se retroalimentan recíprocamente.
Un torniquete al dólar
Esta semana el gobierno consiguió aplicar un torniquete temporario al frente cambiario. Mérito del presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega. Necesitó, eso sí, influir coactivamente sobre los bancos forzándolos a desproveerse de divisas y necesitó también levantar las tasas de interés y encarecer el crédito (es decir: usar instrumentos clásicos de ajuste). Se detiene temporalmente la presión del dólar, pero está por verse si se puede revertir la ola de aumentos de precios que ya hace proyectar la inflación anual alrededor del 40 por ciento. A veces el dólar empuja a los otros precios, otras veces ocurre lo inverso.
Los gremios, a la hora de discutir salarios (ya se inician las convenciones colectivas) miran a las góndolas más que a las casas de cambio. Los reclamos serán fuertes. Quizás el gobierno pretenda descomprimir con algún aumento por decreto. También eso sería un remedio transitorio.
Boudou y la línea sucesoria
Como para agregar una yapa al dinámico proceso que viven el gobierno y el oficialismo, esta semana se conoció el pedido del fiscal de caso Ciccone de que el vicepresidente Amado Boudou sea indagado en condición de imputado. Boudou fue seleccionado por la Presidente, es hijo de su decisión solitaria. Por ese motivo, aunque muy pocos en los círculos superiores del kirchnerismo parecen dispuestos a gastar de su propio capital para defenderlo, el vice será sostenido hasta el fin por la Casa Rosada. Y es improbable que él, de motu propio, decida dar un paso al costado para ahorrarle al gobierno una mancha más.
La mala hora de Boudou y la atmósfera de inquietud sobre la suerte del gobierno a que aludieron Rossi, Randazzo o Jorge Yoma, alimentan ahora una tensión suplementaria: la que rodea la designación del próximo presidente provisional del Senado, que debe definirse antes del 1 de marzo.
El cargo es ocupado hasta ahora por la tucumana Beatriz Rojkes de Alperovich, pero hay muchas señales en el sentido de que ella no seguirá allí. Al parecer la Casa Rosada quiere encumbrar al ex gobernador (y actual senador) santiagueño, Gerardo Zamora, un radical K: no es, por cierto, una muestra de fe presidencial en los senadores propios. El peronismo resiste esa movida y parece encolumnarse detrás del jefe del bloque oficialista de la Cámara Alta, Miguel Angel Pichetto. El político rionegrino, un peronista de extensa trayectoria, cuenta con el respeto de los propios y también con el de los ajenos: se le reconoce un comportamiento moderado y un cumplimiento meticuloso de los compromisos.
En caso de que la vicepresidencia quedara vacante, el presidente provisional del Senado pasará a encabezar la lista de la sucesión presidencial.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado en "Peronismo Libre" por Diana Ferraro el 8 de Febrero de 2014