martes, 18 de febrero de 2014

No hay nada que desarme más a la economía de mercado que el clientelismo

Por Arturo Damm (*)
“No hay nada que desarme más a la economía de mercado que el clientelismo”
Ricardo López Murphy
Los tres pilares de la economía de mercado son la libertad individual, la propiedad privada y la responsabilidad personal, todo lo cual supone que cada uno satisface sus necesidades gracias al trabajo propio, con cuyo producto obtiene los bienes y servicios que, producidos por alguien más, dada la división del trabajo, requiere para satisfacer sus carencias. Dicho sea de paso: vivir gracias al esfuerzo propio es lo que va con el respeto a la dignidad de la persona, persona que, al vivir de su trabajo, es independiente, es autónoma, en dos palabras: es libre. Lo contrario es la persona mantenida, definida como aquella que, de mala manera, vive gracias al trabajo de los demás.

De mala manera, ¿a qué me refiero? Salvo el caso de Robinson Crusoe, ¡y ello hasta el momento en el que aparece Viernes, aparición que, al hacer posible cierta división del trabajo, transforma su forma de vida!, todos vivimos a costa del trabajo de los demás, y ello puede darse de buena o de mala manera. De buena manera es cuando B ha producido lo que A necesita y A le ofrece a B algo a cambio de aquello. Se trata del intercambio, por el cual las partes que intercambian satisfacen sus necesidades con lo producido por alguien más, intercambio que es un juego de suma positiva: ambas partes ganan, porque cada una valora más lo que recibe que lo que da. De mala maneraes cuando B ha producido lo que A necesita y A obliga a B a entregarle aquello, sin ofrecerle nada a cambio. Se trata del robo, mismo que es un juego de suma cero, ya que lo que una parte (el ladrón) gana es lo que la otra parte (su víctima) pierde.

A puede vivir, de mala manera, del trabajo de B de dos formas. Primera: siendo A el que directamente obligue a B a entregarle parte del producto de su trabajo. Segunda: consiguiendo que un tercero, C, obligue a B a entregarle parte del producto de su trabajo, para dárselo a A. Esto último es lo que pasa cada vez que el gobierno (C), le cobra impuestos al contribuyente (B), para dárselo al cliente presupuestario (A). Y esto –redistribuir–  es lo que hoy se entiende por gobernar, y basta analizar los presupuestos de egresos de los gobiernos para comprobarlo. Hoy gobernar es sinónimo de redistribuir, redistribución que crea clientelas presupuestarias, definidas como todo grupo de interés que recibe del gobierno, ¡sin haberlo trabajado!, dinero, bienes o servicios, todo lo cual es contrario a la economía de mercado, basada en la libertad individual, la propiedad privada y la responsabilidad personal, por lo que cada uno satisface sus necesidades gracias al trabajo propio, con cuyo producto obtiene los satisfactores que, producidos por alguien más, necesita.

El clientelismo, cuya condición de posibilidad es la expoliación legal, es decir, el cobro de impuestos con fines redistributivos, es hoy una de las muchas lacras a las que ha dado origen la degeneración de la democracia electoral en mercado electorero, en el cual el voto “se vende” a cambio de la promesa de redistribuir a favor del “comprador”, mismo que entonces vivirá, de mala manera, gracias al trabajo de los demás, obteniendo lo que no es suyo sin dar algo a cambio. El clientelismo, cuya condición de posibilidad es la redistribución llevada a cabo por el gobierno, supone la legalización del robo, legalización que no le quita, ¡ni remotamente!, lo injusto.

El clientelismo no supone, nada más, como lo señala el diccionario, el “sistema de protección y amparo con que los poderosos patrocinan a quienes se acogen a ellos a cambio de su sumisión y de sus servicios”, sino el sistema de redistribución con el que el gobierno le quita a unos para darle a otros, buscando de estos otros su sumisión, comenzando por su voto en la próxima elección. ¿Hasta qué punto el clientelismo es consustancial a la democracia?
Por ello, pongamos el punto sobre la i.

(*) Arturo Damm Arnal. Economista, filósofo. Liberal (casi anarcocapitalista, por ello minarquista). Profesor universitario. @ArturoDammArnal Artículo publicado en "Asuntos Capitales" el 16 de Febrero de 2014