jueves, 13 de febrero de 2014

Rehenes de nuestras ideas

Por Ignacio Moncada (*)
La persona a la que más temes contradecir es a ti mismo.
Nassim N. Taleb

El 23 de agosto de 1973, tras un intento de robo frustrado, Jan Erik Olsson y Clark Olofsson se hicieron fuertes en una sucursal del Banco de Crédito de Estocolmo tomando a cuatro empleados como rehenes. El caso fue motivo de estudio porque durante los seis días en los que duró el secuestro, los rehenes desarrollaron un especial vínculo emocional y afectivo hacia sus captores. Defendieron a los secuestradores cuando la policía intentó rescatarlos y se negaron a testificar cuando por fin éstos se entregaron. El psiquiatra Nils Bejerot, tras analizar el caso, bautizó esta reacción psicológica como "Síndrome de Estocolmo". Según el FBI, alrededor del 27% de las víctimas de secuestros desarrollan este especial afecto hacia sus secuestradores. Pero esto no es algo exclusivo de los secuestros. Algo similar ocurre, aunque pueda parecernos extraño, cuando nos encariñamos de nuestras propias ideas.

En general nuestras ideas suelen ser correctas. Casi nadie piensa que hay que beber ácido sulfúrico en lugar de agua. Si alguien insistiera en pensar eso probablemente no duraría vivo mucho tiempo. Al igual que esa persona duraría poco, la mayoría de las ideas y hábitos que nos provocan un daño directo o que no nos son útiles tienden a extinguirse rápido. Aunque en un principio creamos que el ácido se bebe, lo más seguro es que tras el primer sorbo terminemos descartando la idea. El biólogo británico Richard Dawkins acuñó el término meme para referirse a las ideas y los hábitos cuando se estudian como reproductores. De forma similar a los genes, las ideas se reproducen de una persona a otra cuando nos transmitimos información o nos copiamos conductas. A largo plazo tienden a sobrevivir las ideas que son más exitosas a la hora de reproducirse, y uno de los factores más importantes para que esto suceda es que sean útiles. La idea de beber ácido no sólo es difícil que persista en nuestra mente. También es difícil que alguien nos la copie.

Sin embargo muchas veces tenemos la sensación de que la gente se equivoca de manera sistemática. Nos parece que se dicen demasiadas tonterías, que la mayoría opina cosas absurdas y que persisten en el error. ¿Cómo es posible? Empecemos por darnos cuenta de que esto no sucede en general, sino sólo en algunos ámbitos en concreto. Cuando nuestras ideas nos dan una información que nos afecta de manera directa y visible, que nos beneficia si es correcta y nos perjudica si es errónea, es improbable que haya grandes debates al respecto. Los incentivos nos conducen hacia la verdad. Las discrepancias llegan cuando el hecho de que la idea sea falsa no nos perjudica directamente. Por ejemplo, si estuviéramos convencidos de que la tierra es plana o de que Zeus existe nuestra vida seguiría siendo la misma, siempre y cuando lo mantuviésemos en secreto para evitar el escarnio público. La verdad deja de ser importante cuando no nos beneficiamos de que algo sea cierto o falso. Por ello el campo está abonado para el error persistente, el disparate, la discrepancia y los debates interminables en ámbitos como la política, la filosofía, la religión, la moralidad o la ciencia economía.

Hay que decir que el hecho de que una idea equivocada no nos perjudique directamente no significa que no sea perjudicial de manera indirecta. Precisamente éste es el argumento del economista Bryan Caplan en su famoso libro The Myth of the Rational Voter, sobre por qué las democracias tienden a seleccionar malas políticas. ¿Qué pasa con las democracias?

Cuando nos queremos comprar una casa estudiamos muy bien todos los datos y valoramos de manera concienzuda los pros y los contras de nuestra decisión. La casa que decidamos es la que vamos a tener. Sin embargo en una democracia la importancia de nuestro voto individual es básicamente cero. Podríamos hacer el mismo esfuerzo que hacemos para comprar una casa o un coche para elegir una determinada política, pero no va a servir para nada porque tendremos lo que voten los demás. Como demuestra Caplan, esto no significa que la gente se vuelva ignorante sobre estos temas, cosa que sería más o menos inocua, sino que se vuelve irracional. Las mayorías tienen sesgos sistemáticos como el sesgo antimercado o antiextranjero, y tienden a defender políticas que nos terminan perjudicando a todos.

En su artículo Why People Are Irrational about Politics, el filósofo americano Michael Huemer se pregunta por qué en estos grandes temas la gente tiende a sostener ideas equivocadas. ¿Por qué tenemos estos sesgos? La respuesta es que algunas de nuestras ideas pueden sernos muy útiles siendo falsas. Cuando la falsedad de una idea no es un problema directo podemos creer en algo simplemente porque nos da buena imagen, porque queremos que los demás nos vean como alguien solidario o comprometido. Podemos creer en cosas, como supersticiones, porque nos consuelan. Nos suele interesar creer lo mismo que creen los que nos rodean, los que queremos que nos acepten, y al mismo tiempo diferenciarnos de aquellos que no nos interesan. También puede ser que hayamos obtenido un cierto prestigio social o académico por difundir una determinada idea y que luego seamos absolutamente incapaces de aceptar que estamos equivocados. Por poner un ejemplo, es impensable que alguien como Paul Krugman manifieste públicamente que se ha dado cuenta de que aumentar el gasto público tiende a deprimir una economía, que lo dicho hasta ahora era un error. Es lógico porque su reconocimiento académico se disolvería en cuestión de segundos. Francisco Capella escribió, refiriéndose a científicos de prestigio, que "a menudo no tienen ideas sino que las ideas son memes atrincherados que los tienen a ellos".

La teoría de los memes de Dawkins nos dice que algunas de las ideas más persistentes son aquellas que crean sus propios mecanismos de defensa. El más claro es que establecemos vínculos emocionales con ciertas ideas. Muchas nos importan y no vamos a renunciar a ellas. Es algo así como el Síndrome de Estocolmo aplicado a unidades de información que se nos meten en la cabeza. Estas ideas nos toman como rehenes y nos causan sesgos sistemáticos. Rechazamos evidencias que van en contra de nuestros modelos mentales para no tener que replantearlos, aceptamos con facilidad lo que nos conviene y leemos aquello con lo que ya sabemos que estamos de acuerdo para reforzar nuestras convicciones.

Es relativamente sencillo convencer a casi cualquier persona de que el resto de la gente está equivocada. Pero, obviamente, no es eso lo que quiero decir. A lo que me refiero es que a usted que lee este artículo y a mi que lo escribo nos pasa lo mismo que a los demás. También tenemos atrincherados memes falsos. Michael Huemer nos da algunas pistas para ayudarnos a identificar si estamos siendo irracionales sobre algún asunto. ¿Alguna vez está debatiendo con alguien sobre algún tema controvertido, sea política, economía o religión, y a medida que el otro va desarrollando su argumento usted empieza a sentirse irritado? ¿Le molesta lo que el otro piensa? ¿Procura leer o escuchar ideas con las que ya está de acuerdo y prefiere no replanteárselas a menos que sea imprescindible? ¿Sus ideas cambian poco? ¿Llega a una conclusión después de pensar bien los argumentos y obtener los datos, o llega primero a la conclusión y después lo va encajando todo para que cuadre? ¿Le daría pena si descubriera que algunas de sus ideas están equivocadas? ¿Piensa que quienes creen algo distinto son peores personas o tienen mala idea? Si a veces nos suceden cosas de estas puede que el problema sea que estamos equivocados.

Dice Nassim Taleb que el conocimiento se alcanza básicamente eliminando basura de la cabeza de la gente. Lo que pasa es que el primero que tiene sesgos, supersticiones y otras ideas equivocadas suele ser uno mismo. Somos rehenes de algunas ideas que se resisten a desaparecer y desarrollamos lazos afectivos con ellas. Para combatirlas, Huemer sugiere entender el problema, identificar los ámbitos en lo que podamos tener sesgos, procurar ser escépticos y rigurosos, señalar los errores de los demás y discutir de una manera constructiva y honesta. Si nos acostumbramos a reconocer errores seguramente acabemos cometiendo menos que los demás. Pero aun así lo más probable es que no logremos librarnos de los memes de los que somos rehenes. Nos importan demasiado. 

(*) Ignacio Moncada. Artículo publicado por el Instituto Juan de Mariana el 11 de Febrero de 2014