domingo, 2 de febrero de 2014

Síndrome de Estocolmo

Por Malú Kikuchi (*)
El 23 de agosto de 1973, en Estocolmo, Suecia, en la bóveda del Kreditbanken, 4 ciudadanos, Birgitta Lundblad, Elizabeth Oldgren, Kristin Hehnmark y Sven Safstrom, fueron secuestrados durante 6 días por Jan Erik Olsson (conocido delincuente) y un cómplice.

Kristin Hehnmark se comunicó con la policía y pidió que dejaran salir a los delincuentes conjuntamente con los rehenes, a lo que el primer ministro Olaf Palme se negó, alegando que no negociaba con delincuentes. La reacción de Kristin fue llamativa: “Estoy muy decepcionada con Palme. Confío plenamente en los secuestradores, no estoy desesperada, no nos han hecho nada, al contrario, han sido muy buenos.” Esta reacción de empatía con los secuestradores da origen a lo que se llama “síndrome de Estocolmo”.
De acuerdo a los criminólogos y los siquiatras, el síndrome consiste en que a partir del miedo, los valores y la moral cambian de alguna manera. Es una respuesta emocional positiva por parte de un rehén hacia su captor,  como forma de supervivencia inconsciente. Es agradecimiento por el hecho de haberle permitido vivir, sin poner en contexto que el riesgo de muerte existió sólo por culpa de los captores. Los argentinos estamos viviendo una suerte de síndrome de Estocolmo.
La Constitución Nacional, la de 1853, y todas sus reformas, sostiene en su artículo 19: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y la moral pública, ni afecten a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe”.  Simple, claro y contundente. No hay posibilidad de error.
¿Cuál es entonces la razón que hace de ciudadanos libres, decentes, que ganan su dinero con trabajo honesto, que pagan impuestos exagerados (los más altos de América Latina, y reciben a cambio servicios de Ruanda), mediante los cuales mantienen este  estado elefantiásico, se sienten agradecidos porque José Estado, representado por “el Coqui” y “el chico de las patillas”, avalados ambos por el sombrío jefe de la AFIP,  graciosamente, cual merced real, les permite comprar hasta US$ 2.000 por mes, siempre y cuando cumplan con atravesados requisitos inventados  por una mala copia de los tres chiflados? No se entiende.
El estado no es quien para prohibir a los ciudadanos comprar, vender, ahorrar, viajar o ejercer cualquier actividad legal y legítima, todas ellas contempladas en el artículo 14 de la CN. Los argentinos, primero admitieron mansamente no poder comprar libremente una moneda extranjera, algo que demandaban porque el peso perdió su valor, y ahora festejan como si fuera un regalo el poder comprar unos pocos dólares para ahorrar. Es la típica reacción de un perro apaleado que agradece que en vez de pegarle todo el tiempo, sólo lo pateen algunas veces por día. Síndrome de Estocolmo.  La libertad no se ejerce en cuotas, se es o no se es libre.
Los argentinos, en esta desgraciada década desperdiciada, margaritas a los chanchos, hemos aceptado que la libertad nos es ajena. Y en toda relación humana y social, nunca nos sucede nada que no hayamos permitido que nos suceda. Alguien nos vendió que vivíamos en democracia porque votamos cada dos años. Y es cierto, votamos, que no es lo mismo que elegir (sólo UNEN permitió elegir, todas las demás listas fueron hechas a dedo), y eso es democracia si nos atenemos a la etimología de la palabra, demos, pueblo, kratos, poder.  Se puede ser una democracia, de hecho lo somos, el gobierno nazi lo fue, pero no somos una república. La res, la cosa pública se ha convertido y lo hemos permitido, en “la cosa nostra”.  La república implica división de poderes, controles de esos poderes entre sí, y respeto irrestricto de las mayorías hacia las minorías.
Que tanto las mayorías como las minorías son circunstanciales. La libertad individual, que es la base de nuestra CN, o sea del contrato social aceptado por los argentinos para vivir en sociedad, no admite ni concesiones, ni prohibiciones que estén fuera de norma. Y los que prohíben y/o conceden, están fuera de norma.
Y ellos, los equivocados de siempre, tienen derecho a equivocarse, de eso se trata la libertad, los que no tenemos derecho a permitir sumisamente esas equivocaciones, somos los ciudadanos. Alguien tiene que explicarle a este gobierno que somos los mandantes, que ellos están ahí para servirnos, que son nuestros empleados, que los mantenemos, y que a cambio de ello, mientras estén a nuestro servicio, les exigimos que respeten nuestros derechos. ¿Qué es eso de agradecer el hecho que los asalariados bancarizados, y sólo ellos, con una arbitrariedad feroz, puedan comprar unos US$?
¿Y los demás? ¿Cómo osan decidir quién puede y quién no? ¿Quiénes son estos funcionarios que se creen dueños de nuestros ahorros y nuestras necesidades? ¿Cómo lo permitimos? Algo está fallando muy profundamente en nuestra sociedad. Estamos teniendo actitudes de sometimiento que se supone desaparecieron con la Asamblea del año XIII  (1813), cuando se declaró la libertad de vientres. En Argentina no existe la esclavitud. Por lo menos en los papeles. Aparentemente, y hasta que tomemos alguna medida al respecto, estamos actuando como si lo fuéramos.
El gobierno, sin saber muy bien quién nos gobierna en este momento, al haber perdido la moneda gracias a su demencial política populista, nos arrastra una vez más a una de esas crisis que han llegado a ser una constante en nuestra historia de los últimos años. Del rodrigazo en más, 1975, 1989, 2001/2, acá estamos, esperando el próximo tsunami, mansamente. La pregunta es terrible porque la posible respuesta lo es más: ¿el kirchnerismo es el culpable de la situación actual o es simplemente el emergente de una seria y profunda patología social, que hace que una y otra vez repitamos el mismo error con final previsible?  ¿No será tiempo de conocer nuestros derechos para hacerlos valer?
En 1810, hace ya 212 años, Mariano Moreno alertaba: “Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”.
Y eso es lo que hacemos. La responsabilidad es nuestra. La posibilidad de cambiar es nuestra. Sólo de nosotros depende. Basta de síndrome de Estocolmo. Dejemos de ser rehenes agradecidos porque todavía nos dejan respirar. Por ahora, y poco. Es hora de asumir que somos libres, es tiempo de hacerle saber al gobierno que vamos a hacernos cargo de nuestra libertad. ¡YA!
(*) Malú Kikuchi. Periodista y analista política.
Fuente: Comunicación personal y en http://www.lacajadepandoraonline.com/blog2/?p=11464