domingo, 30 de marzo de 2014

Camporismo más ajuste

Por Jorge Raventos (*)
Autoproclamada “madre de todos los argentinos”, la señora de Kirchner aseguró esta semana que no habrá aumentos en las tarifas de servicios públicos. ¿Quién se atreve a dudar de la palabra materna? Lo cierto es que la mayoría de los argentinos empiezan en abril a pagar más por el agua y el gas (y muy pronto, también por la electricidad), con lo que –más allá de la neoparla oficial – las consecuencias para ellos son idénticas a las de un aumento tarifario. Que no se llamen así tiene, en cualquier caso, un sentido no irrelevante: los incrementos que salgan de los bolsillos de los consumidores no aumentarán los ingresos de las empresas que prestan el servicio, sino los recursos del Estado central, que dejará de gatillar subsidios por tales conceptos.

La reducción de subsidios es uno de los puntos del plan de operaciones presidencial para afrontar la crítica transición que se inició con su derrota electoral en octubre y tiene final programado en diciembre de 2015, cuando debería entregar los atributos del poder a un sucesor.
Good morning, Lenin
Ese plan de operaciones tiene los rasgos que hasta hace algunos meses el relato oficial pintaba como “ajuste ortodoxo” y es un tributo a la realidad, que tiene cara de hereje. Hay que evitar que las divisas se fuguen, hay que tratar de seducir a los inversores extranjeros, hay que hablar con el Club de París y el Fondo Monetario Internacional, hay que procurarse financiamiento externo. Etcétera.
Entre 1920 y 1921, la joven Unión Soviética, todavía timoneada por Lenin, se encontraba con la lengua afuera: su producción paralizada, cientos de miles de hambrientos. El jefe comunista lanzó entonces lo que llamó Nueva Política Económica, que dejó perplejos a sus seguidores más izquierdistas, porque implicaba retornar en muchos campos a criterios de mercado y entregar sectores de la economía, concesionados, a capitales extranjeros. Con realismo, Lenin les explicaba a sus camaradas: “No estamos todavía en condiciones de construir ferrocarriles en gran escala, por eso más vale pagar el tributo a los capitalistas extranjeros y que se construyan ferrocarriles”. Empeñado en desarrollar la infraestructura de su país a cualquier costo, Lenín resumía: “Comunismo es: soviets más electrificación”. Es decir: el poder de su organización política y las grandes obras públicas. Incluso con concesiones al capital extranjero y al mercado.
No hay por qué suponer que la señora de Kirchner actúe inspirada por aquel antecedente soviético, que probablemente hasta desconozca. No sería tan osado imaginar, en cambio, que algunos de los muchachos que de a ratos la rodean, que presumen de lecturas marxistas, encuentren un antecedente (o una coartada) en aquella maniobra táctica leninista de un siglo atrás.

Colapso del distribucionismo irresponsable
Hay algunas diferencias notorias, sin embargo: el poder soviético se ejercía en un territorio que había vivido en guerra con los Imperios Centrales y seguía surcado por la guerra civil, con una economía arrasada, además, por los experimentos ultraestatistas del “comunismo de guerra”. En Argentina, en cambio, las dificultades no provienen de esas calamidades, sino más bien del colapso de un distribucionismo irresponsable y de un aislamiento suicida de las tendencias globales que han beneficiado a todo el mundo emergente.
La fórmula: “soviets más electrificación” podría ser reemplazada en el círculo oficial por “camporismo y ajuste”. El programa de la transición tiene un pie apoyado sobre medidas rigurosas destinadas a darle mayor equilibrio y sustentabilidad a las cuentas públicas, pero junto a ese programa parece dibujarse la decisión presidencial de sostener a capa y espada al “núcleo duro” kirchnerista, cuya columna vertebral es la organización que lidera Máximo Kirchner.
Tanto por uno como por el otro término de esa fórmula el gobierno avanza hacia un choque con la opinión pública y con el peronismo. Los jóvenes camporistas no cuentan con buena imagen en la opinión independiente y son fuertemente resistidos por el peronismo histórico, que los observa como arribistas y adversarios. En cuanto al ajuste, inevitablemente condena al oficialismo al disgusto de todos quienes lo sufren. Ese disgusto se vuelve activo en los sectores organizados, como el sindicalismo.
Conflicto y ajuste
La sociedad se encuentra, en general, en un estado de alta efervescencia (visible en el incremento de los delitos, los actos agresivos y las reacciones violentas) y la desmesurada huelga docente que golpeó a la provincia de Buenos Aires muestra que los gremios no están vacunados contra esa epidemia.
La huelga general convocada para el jueves 10 por la CGT de la calle Azopardo y la CGT Azul y Blanca que lidera Luis Barrionuevo será el primer capítulo de un choque sindical contra el ajuste que seguramente se extenderá a lo largo del año. Los “no aumentos” tarifarios anunciados por el gobierno agregan otro ingrediente al cóctel del descontento. Y Sergio Massa – siempre primereando a sus futuros competidores- acaba de mencionar otro: el impuesto a las ganancias, que afecta (con sus actuales niveles gravables mínimos) a un amplio segmento de trabajadores en blanco. En condiciones de inflación –vino a decir Massa- hay que establecer criterios de actualización automática de los mínimos imponbles.
Más sutiles y experimentados que los sindicalistas docentes –que pagaron un precio ante la opinión pública por su intransigencia no necesariamente ingenua frente al gobierno de Daniel Scioli- los jefes cegetistas (Moyano, Barrionuevo, los que los acompañan y los que los acompañarán en breve) difícilmente se desgasten en una acción terca y con millones de familias afectadas: manejarán los tiempos de modo de ir intensificando la presión en el punto buscado, procurando no afectar a terceros.
Así será la larga transición: camporismo, ajuste, conflicto. Y -cada vez más con más intensidad- competencia por la sucesión de la señora de Kirchner. Una competencia que – por los rasgos y el peso de sus protagonistas, incluso los menos alejados del oficialismo- ratifica la idea de que el ciclo K ha concluido. Y de que se está abriendo una nueva etapa. Faltan todavía 21 meses hasta diciembre de 2015.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 29 de Marzo de 2014

sábado, 29 de marzo de 2014

La confesión brutal de un intelectual orgánico

Por Carlos Mira (*)
Alejandro Dolina es lo que Antonio Gramsci definiría como un intelectual orgánico, es decir, alguien que gotea sin descanso un mantra incansable cuyo objetivo final es el cambio del sentido común medio de la gente.

El marxista italiano creía (con razón) que una vez cambiado ese eje de pensamiento colectivo no haría falta la violencia para imponer el comunismo: la gente lo pediría voluntariamente.
Se trataba de una apuesta culturalGramsci tenía muchas diferencias metodológicas con los que creían que el componente de la violencia física era una parte necesaria del proceso para imponer la dictadura del proletariado. Los llamaba “bestias”. Y proponía otros caminos: la conquista mental del núcleo medio de la sociedad; llegar allí por la explotación de los medios de comunicación, del cine, del arte, de la poesía, del periodismo… Conquistado ese terreno, la violencia sería innecesaria.
Alejandro Dolina es un trabajador indefinible. No es un periodista, pero trabaja en los medios desde hace muchos años; no es un poeta, pero escribe por aquí y por allá y ha ganado fama de decidor ocurrente; no es un intelectual, pero retuerce su lenguaje atinadamente y, si no lo es, lo parece; no es un escritor pero ha publicado obras; no es un actor, pero más de uno diría que es un “artista”, como mi abuelo definía a la farándula y a los que salían en las revistas.
Eso es un intelectual orgánico: un hombre que no encuadra en ninguna de las definiciones tradicionales pero que comunica permanentemente, que tiene espacios, que es consultado. Hoy diríamos, “que tiene aire”.
Muy bien, este personaje, Alejandro Dolina, acaba de decir en uno de estos programas que también son toda una definición de la época (se los llama “programas de panelistas”, porque ya no son de “chimentos”, porque han dejado de hablar meramente de la farándula y se han metido con la política, con la economía y con la inseguridad, mezclando la inflación con Nazarena Vélez, y el pago del cupón del PBI con Maradona, con la misma facilidad que cualquiera de nosotros se cambia de camisa) que “para los que quieran un Estado liberal en donde se pueda prosperar libremente…” El tono de la frase caía hacia el final de las palabras como dando a entender que los que quieren eso, bueno, allá ellos… Y continuó, “pero los que queremos un Estado que intervenga en la economía, que vigile y que controle…” Esta vez, en lugar de caer, el tono se encendía hacia el final de la frase, como enfatizando que allí estaba la razón, que ése era el modelo de la verdad, que lo otro era una mácula minoritaria del pensamiento que podían llegar a sostener algunos alienados, pero para los que querían la “normalidad”, bueno, era el gobierno de la señora de Kirchner el que los estaba representando.
Se trató de un vómito. Dolina, acelerado por la propia dinámica desordenada de esos programas (el conductor de éste en particular tiene un bate de béisbol para amenazar con poner orden a la fuerza cuando todo se desmadra en una cadena incomprensible de gritos, todos mezclados) expresó de modo dramático una verdad que muchos otros, más pícaros que él, ocultan y disimulan.
El intelectual mató al orgánico. El sentido común de las premisas racionalistas siguió el orden lógico que la política oculta porque, si todos actuaran sobre la base de ese tipo de sincericidio, la gente se daría cuenta y su negocio se les acabaría.
¿Cuál fue la confesión brutal de Dolina? ¿Qué dijo -evidentemente sin darse cuenta, sin advertir que el fragor de su discusión lo estaba llevando a admitir, efectivamente, el corazón del problema, el núcleo final que distingue las concepciones en pugna- que nadie advirtió lo suficientemente rápido como para poner de relieve que allí, en esa frase, quedaba demostrado cuál es la verdad de lo que se estaba discutiendo?
Lo que Dolina dijo fue que en un Estado “liberal” se puede prosperar libremente y que en un Estado intervencionista el gobierno decide quién y cuánto prospera. Esta es la confesión más clara y absoluta proveniente de un defensor del intervencionismo del Estado  -que por lo menos yo he escuchado- en el sentido de que lo que este tipo de concepción se propone es que la gente no prospere libremente.
Es, en el mejor de los casos, la confesión más cruel de la predilección por la pobreza y de la preferencia por la miseria igualitaria. Y, en el peor de los casos, la admisión de que se está a favor de un régimen corrupto que encumbre a una casta verdaderamente desigual (a la que no le falta nada, que viste la mejor ropa, que come en los mejores lugares, que viaja, que tiene su vida arreglada) para que desde las Altas Torres disponga quién progresa y quién no, hasta dónde se es pobre y hasta qué nivel dejaran prosperar a los demás.
Y Dolina tiene razón. Es exactamente así. De lo que se discute (o de lo que se debería discutir) es si queremos un “Estado en donde se pueda prosperar libremente” (no lo digo yo, lo dice Dolina) o si queremos un Estado en donde la prosperidad esté limitada por la casta del poder a la que le conviene mantener pauperizadas a amplias franjas sociales para ir allí a hacer demagogia populista y conservar de ese modo el poder a través de una democracia deficitaria.
Esa es toda la discusión: la construcción de un “Estado liberal” (como lo llamó Dolina) en donde todos puedan prosperar libremente y en dónde el techo de la prosperidad esté marcado por los esfuerzos que cada uno esté dispuesto a hacer, por la inventiva, por la creatividad, por la búsqueda constante de una felicidad que, mientras se busca, crea riqueza interdependiente; o, al contrario, el establecimiento de un Estado autoritario en donde los límites a la vida de cada uno los defina una superestructura que desde la comodidad de sus cargos nos convenza de que su intervención es en pos de la igualdad y de la redistribución del ingreso.
Nunca antes en un medio masivo de comunicación había escuchado yo una síntesis tan clara y tan bestial de lo que no puede tomarse de otro modo como no sea una confesión. Quien decía que en un “Estado liberal” se puede “prosperar libremente” no era un defensor del Estado liberal, era un intelectual orgánico del intervencionismo autoritario. Era él quien tácitamente confesaba que el Estado colectivista llena de trabas la vida para que la gente no prospere. Y eso deja al desnudo por qué para esa concepción la prosperidad individual es un enemigo: si la gente pudiera prosperar individualmente, por sus propios medios, esa casta se volvería en gran medida inútil. O no “inútil” en los términos en que podría interpretarse la palabra “inútil”, pero si reducida a los verdaderos límites de los cuales nunca debieron salir: unos simples administradores de los dineros públicos (que sobradamente importante debería ser esa misión), inquilinos temporarios de un poder que la gente común les endosa para poder ocuparse de los más importantes quehaceres de su vida privada y responsables por el manejo limpio y transparente de la administración común. Pero punto. Esa, ni más -pero tampoco menos-, debería ser su misión. Ni salvadores de la Patria, ni mucho menos la Patria misma, ni fundadores de ninguna era, ni protectores de nadie, ni acreedores de ninguna idolatría.
Para el colectivismo, es fundamental hacer como que ayuda a los que menos tienen, pero “hasta ahí”, no sea cosa que salgan de la pobreza y de la dependencia realmente y los pierda como carne de cañón electoral: los mejoro hasta donde valoren esa mejora como algo que depende de mi voluntad, pero no los mejoro al punto de perderlos como zombies prestadores de votos.
¿Quién puede defender una indignidad semejante?, ¿quién puede perfeccionar la hipocresía al punto de llegar a ponerle un pie deliberado en la cabeza al crecimiento de la gente, porque si la deja crecer a lo mejor los pierde como masa electoral?, ¿quién puede hacer semejante cálculo político?
Obviamente un beneficiado groso. Un participante de la primera fila de los presupuestos públicos, un militante a sueldo. Pero Dolina no es eso. Dolina es, probablemente, un convencido inocente de que la intervención dosificada del gobierno puede contribuir a la constitución de una sociedad más feliz. Dolina carece de la picardía del beneficiado directo. Es un instrumento, una herramienta, un engranaje que la maquinaria usa para seguir el camino gramsciano de cambiar “el sentido común colectivo”
En ese oceáno de inocencia se le escapó un exabrupto. Pero su incontinencia dejó expuestas,  quizás como nunca antes, las verdaderas disyuntivas entre las que la sociedad argentina debería elegir.
(*) Carlos Mira. Abogado y periodista. Artículo publicado en INFOBAE el 26 de Marzo de 2014.

jueves, 27 de marzo de 2014

Tarea para el hogar: el gasto solo tiene que subir un 25%

Por Aldo Abram (*)
Es común leer y escuchar dos conceptos que marcarían un cambio de la estrategia del Central. Uno que hace a la “fuerte devaluación” de fines de 2013 y principios de este año y, el otro, a la decisión de “subir la tasa de interés”. A continuación, veremos que ambas afirmaciones son simplificaciones que no reflejan la realidad y trataremos de identificar qué se debería hacer a futuro para avanzar en la estabilización de la economía que, hoy, está “atada con alambres”.

Lo primero, es entender que lo que se devalúa es el peso y, en los últimos años, el BCRA ha estado depreciándolo fuerte para cobrar el cuantioso impuesto inflacionario que le ha tenido que transferir al gobierno para que pague sus excesos de gasto. Lo que sucede es que, desde la vigencia del cepo, ha reconocido en el tipo de cambio oficial una pérdida de valor de nuestra moneda mucho menor a la real; por ello, el atraso observado en el valor del mercado controlado. Lo que ha hecho en los últimos meses la nueva administración del Central es reconocer parcialmente esa devaluación previa, llevando el dólar oficial a alrededor de $8. Por supuesto, dado que el cepo ha permitido quitar alguna competencia por los divisas de ese mercado (parte de la de los particulares y de las empresas), es lógico que el tipo de cambio oficial sea menor al que refleja el verdadero valor del peso; pero, aún teniendo en cuenta este punto, creemos que el precio actual es menor al de equilibrio de dicho mercado. Así, no parece buena idea que el actual valor se mantenga en el tiempo y, dado que el peso sigue depreciándose, debería tender a subir para evitar futuros nuevos atrasos que determinen nuevas futuras pérdidas de reservas.
Sin embargo, esto no significa necesariamente que el dólar cepo deba seguir la evolución de los índices de inflación; ya que, por el momento, estos estarán distorsionados por las modificaciones de precios relativos que generó su suba. Téngase en cuenta que, con dicha alza, se dio impulso a los valores de todos los bienes que pueden exportarse o importarse. Se equivoca quien dice que esto no debería ser así. Un señor que produce algo exportable, si el dólar que le pagan sube 20%, tendrá la opción de colocarlo al exterior a ese valor; por ende, para vendérselo a un argentino, le pedirá un precio similar. Un empresario que produce algo importable, verá que quien lo trae de afuera tiene que aumentarlos en 20% y, por ende, ofrecerá sus productos a un valor cercano a ese. Sin embargo, dado que el ingreso de los consumidores es finito, para seguir comprando alimentos, bebidas, ropa y medicamentos, tendremos que bajar nuestro gasto en otros sectores (ej. servicios) y estos deberán moderar sus precios. Por lo tanto, si bien el IPC mostrará un salto en los primeros meses posteriores al salto del tipo de cambio oficial, luego tenderá a acomodarse a la evolución de la depreciación del peso, que dependerá de la política monetaria del BCRA.
Aquí es donde pasamos a la otra afirmación, la del alza de tasas. En realidad no es un cambio de política monetaria en sí, sino el resultado de un cambio en ella. Lo que está haciendo la actual dirección del Banco Central es modificar la forma en la que se hace de los recursos que le transfiere al gobierno para que gaste. Antes, lo hacía con reservas y cobrando impuesto inflacionario, es decir emitiendo más pesos de los que demandaba el mercado y depreciándolos. De esa forma, se apropiaba de parte del poder adquisitivo de lo que los argentinos teníamos atesorados en moneda nacional y, con esos recursos, terminaba financiando el gasto público. Pero, además, el exceso de liquidez que se generaba en el  mercado presionaba a la baja de la tasa de interés. Ahora, para contener la escalada de la inflación y del dólar paralelo, decidió absorber gran parte de lo emitido para financiar al estado a fines de 2013, colocando de deuda propia remunerada (LEBACs y NOBACs). En definitiva, podemos decir que está endeudándose para fondear a un gobierno que no tiene acceso al crédito voluntario, para lo cual tiene que pagar una tasa de interés atractiva. Es decir, no sólo ya no inunda el mercado de pesos sino que, además, compite por el crédito disponible; por lo que es lógico que las tasas hayan subido.
El problema es que esta estrategia, a pesar de haber sido efectiva, no es sostenible en el mediano plazo. El Banco Central continúa perdiendo solvencia para financiar gasto público excesivo y, encima, ahora deberá sumar el pago de los servicios de los mencionados mayores pasivos remunerados. Todos sabemos que cualquier banco que pierde continuamente solvencia termina quebrando y lo mismo le sucederá al BCRA si mantiene demasiado tiempo esta política, con el agravante de que si quiebra, lo haremos todos los argentinos.
Además, como el estado nunca devuelve las transferencias que el Central le hace, no está de más preguntarse cómo terminarán pagándose esas deudas, incrementadas por lo que se capitalice de tasa de interés. Simple, con mayor inflación futura; ya que deberá incluir el pago de los rendimientos correspondientes.
Por ende, se vuelve urgente que el gobierno deje de exprimir al Banco Central como viene haciéndolo hasta ahora. Mantener tasas de crecimiento del gasto primario por encima del 30% es insostenible y llevará a una crisis. Para empezar a alejar la posibilidad de nuevos sustos cambiarios, es necesario que se busquen porcentajes de incremento de 25% o menos para 2014. Esto permitiría bajar el ritmo de emisión a niveles inferiores al 24%, sin acumular un excesivo endeudamiento del Banco Central. La inflación se desaceleraría e, incluso, hasta se podría observar una baja de la tasa de interés en algún tiempo.
¿Con esto alcanza para evitar una crisis? No lo creo; pero es un primer paso importante para seguir ganando tiempo y poder continuar profundizando la desaceleración del crecimiento del gasto público, recuperar la diluida solvencia del Banco Central o, por lo menos, evitar que siga cayendo y generar los cambios que permitan reconstruir la seguridad jurídica perdida en los últimos 10 años. No es imposible, es difícil y mucho más desde la visión ideológica de un gobierno populista.
(*) Aldo Abram. Director Ejecutivo de Libertad y Progreso. Artículo publicado el 25 de Marzo de 2014 en Ámbito Financiero

¿Paradojas del ajuste o restricciones a las utopías?

Por Nicolás Cachanosky (*)
¿Es la oposición inconsciente de los límites a las utopías o no está siendo honesta con el electorado?
En una reciente nota en La Nación, Claudio Lozano ofrece un interesante análisis sobre el ajuste económico que el modelo Kirchnerista impone a la economía del país. La nota es interesante no sólo por el análisis que Lozano ofrece, sino por que bien podría de confusiones en el arco opositor que hacen dudar que la oposición esté a la altura de solucionar los problemas económicos generados por el Kirchnerismo. Coincido bastante con el análisis de que del “ajuste K” se debe (en gran parte) a la escases de divisas. Creo que la nota merece tres comentarios, de menos a más relevante.
En primer lugar, no creo que el motivo principal de la suba de tasas y devaluación de principios de año sea para “recomponer la renta en dólares de los principales actores económicos” ni para “garantizar el saldo comercial necesario para afrontar los compromisos de deuda […] [y] que el aumento de tasas busque ajustar el nivel de actividad y reducir el volumen de las importaciones.” No pongo en duda estos efectos, pero no creo que esta haya sido la racionalidad del gobierno. La devaluación parece responder más a la creciente brecha del dólar blue y poner un improvisado freno a la compra de dólares, no sólo para importaciones sino para atesoramiento. No es que el tipo de cambio oficial se encontraba en su valor de equilibrio y el gobierno decidió devaluar, sino que el tipo de cambio oficial se encontraba fuera de equilibrio y el gobierno no tuvo otra opción más que devaluar. La devaluación en sí no era opción, lo que era opción era el cuándo y el cómo. El tipo de cambio oficial venía de hecho viendo devaluaciones diarias. La suba de tasas, por otro lado, más que buscar enfriar la economía busca frenar la compra de dólares ofreciendo un rendimiento mayor al del tipo de cambio de modo similar al del Plan Primavera. Se produce la expectativa de poder comprar más dólares a futuro dado que el BCRA ofrece una tasa de interés mayor a la tasa de devaluación. Dado que las ganancias no se devengan de manera indeterminada, y que la confianza en el peso está lejos de ser subsanada, claramente esta es más un peligroso parche que una solución de fondo.
Hay, sin embargo, una interpretación que podría ser similar a la de Lozano. Con devaluaciones diarias, los importadores adelantan compras del exterior y los exportadores postergan ventas, afectando negativamente las reservas del BCRA. Al devaluar y mantener el tipo de cambio estable, como lo ha hecho el BCRA en las últimas semanas, entonces ya no hay incentivos para postergar exportaciones ni adelantar importaciones por lo que se percibe una mejora (en el corto plazo) en la evolución de las reservas del BCRA.
En segundo lugar, Lozano sostiene que “el ajuste [es] una estrategia de la comunidad de negocios.” Esta es, a mi entender, una frase desafortunada por dos motivos. El primer motivo porque este tipo de expresiones dan a entender que el ajuste es una decisión, cuando en realidad es un hecho inevitable. El “ajuste” no es una opción, el cómo ajustar es lo que los políticos deben decidir. Una muy elevada inflación desde el 2007, cepo cambiario, cierre virtual de las importaciones, una presión fiscal (gobierno consolidado más impuesto inflacionario) que supera el 40% del PBI, una infraestructura deteriorada, etcétera, no es otra cosa que ajuste económico. A los que gustan de utilizar expresiones impactantes, ¿no es esto acaso un “ajuste feroz y desalmado”? Lo que el gobierno ha hecho en estos últimos años es imponer el ajuste a la sociedad. Que ahora se suban las tasas de interés, se devalúe y se intente subir las tarifas de servicios públicos no debe interpretarse como el inicio del ajuste, sino que debe interpretarse como la continuación del ajuste. Dado que no se toman medidas para corregir los desequilibrios del modelo K, el ajuste continua su camino. El ajuste, por lo tanto, no es una opción, es un hecho. Mejor entonces que el mismo sea consistente (o completo, como dice Lozano.) No hay tal cosa como oponerse al ajuste, sólo es posible oponerse a cómo se está administrando el ajuste. Este es un diagnóstico distinto al que la nota da a entender. Los errores de diagnóstico no hacen desparecer los problemas.
El segundo motivo es sugerir que estas son decisiones de la “comunidad de negocios.” Dudo que haya grandes sectores de la “comunidad de negocios” agradecidos de la alta inflación, del cepo cambiario, de las restricciones a las importaciones, de tasas de interés elevadas, etcétera. La demanda laboral se encuentra por debajo del mínimo de la crisis del 2002. Argentina no recibe inversiones en un contexto de economía mundial con exceso de dólares. No me queda claro a qué comunidad de negocios es que Lozano se refiere. Ciertamente es inapropiado hablar de “comunidad de negocios” para referirse específicamente a ese puñado de empresarios amigos del poder, que es algo muy distinto a la comunidad de negocios que hace crecer y desarrollarse a un país. Pero esta frase también denota lo profundo que se encuentran en la sociedad argentina esas ideas con cierto corte marxista de lucha de clases o sectores. La “comunidad de negocios” versus el “estado” o versus los “trabajadores.” Mientras sigamos creyendo que el mercado es un proceso de lucha de clases o grupos, en lugar de un sistema de cooperación social donde hay beneficios para todos, seguiremos viendo en la solución la causa de los problemas económicos. Ninguna clase social tiene el poder de ignorar las leyes de la economía. Es cuando el estado abusa del monopolio de la fuerza para beneficiar a unos a expensas de otros, en lugar de velar por la igualdad ante la ley, que se perciben problemas sectoriales. El problema no es, entonces, la comunidad de negocios, es el estado que no cumple su rol de administrar el imperio de la ley.
En tercer lugar, la nota culmina afirmando que la “Argentina no necesita ‘perfeccionar el ajuste’, sino trabajar en un acuerdo político que siente las bases para una salida popular y democrática de la crisis.” ¿Es la vaguedad de esta frase representativo de la oposición? ¿Qué quiere decir una salida “popular y democrática”? ¿No es así, acaso, como se autodefinen el Kirchnerismo y el gobierno de Maduro en Venezuela? En economía se suele decir que el rol del análisis económico es poner límites a las utopías de los políticos. Esta frase de cierre, en lo personal, me suena a una utopía abstracta que ignorar las restricciones de las leyes económicas. El desequilibrio fiscal es grave a inocultable. Con una presión fiscal entre las más elevadas del mundo, reducir el déficit fiscal con aumentos impositivos no es una opción viable. Es inevitable, por lo tanto, reducir el gasto público. No existe acuerdo democrático y social que pueda obviar este problema. El desafío al cual la oposición aún no ha ofrecido respuesta es justamente como administrar el inevitable ajuste que el Kirchnerismo está dejando hacia delante. Creer que un acuerdo popular y democrático, sea lo que sea que esto signifique, va a resolver el problema del ajuste es una utopía. Las buenas intenciones no son substitutos de soluciones económicas.
Mientras la oposición de encuentre incapaz o desinteresada en presentar un plan económico sostenible a largo plazo el futuro del país seguirá siendo incierto. Lozano y el resto de la oposición bien pueden ganar elecciones hablando de acuerdos populares y democráticos, pero no van a poder evitar el ajuste heredado del modelo K. ¿Es la oposición inconsciente de los límites a las utopías o no está siendo honesta con el electorado? Lo primero levanta dudas sobre la capacidad para administrar la herencia kirchnerista. Lo segundo levanta dudas sobre la diferencia de fondo con el Kirchnerismo.
(*) Nicolás Cachanosky / Assistant Professor of Economics / Metropolitan State University of Denver. Artículo publicado en "Punto de vista económico" el 26 de Marzo de 2014
Twitter: @n_cachanosky

Cuando la ignorancia y la soberbia manejan la economía

Por Roberto Cachanosky (*)
¿Con qué cara pueden pedirle información 2014-2015 a los empresarios si ni ellos cumplen con las metas que prometen?
Por la información que circula en los medios, parece ser que Kicillof pretende que los sectores productivos le presenten un plan para 2014 y 2015 sobre cuánto van a aumentar el empleo, las exportaciones y la producción. Es decir, Kicillof ni siquiera parece haber advertido que las empresas más que expandirse, están planeando achicarse ante la recesión que ha generado el gobierno con la combinación de su impericia económica y la previsibilidad en las reglas de juego.
Por otro lado, parece ser que Kicillof jamás manejó una empresa porque uno puede escribir lo que quiera en el papel sobre proyectos de negocios, inversiones y producción, pero luego es la gente la que decide si esos proyectos responden a sus necesidades.
Que un ministro de economía no sepa que los precios no son otra cosa que la expresión de las valoraciones subjetivas de millones de consumidores ya se convierte en un tema grave porque significa desconocer el ABC de la economía. Cree que él puede saber qué necesitan los consumidores, a qué precios tienen que comprar y qué calidades exigen.
Todavía no se enteró que la gente tiene recursos limitados e infinidad de necesidades insatisfechas y asignan sus escasos recursos a comprar los bienes que consideran más urgentes de acuerdo a sus subjetivas valoraciones. Por eso la función empresarial es tratar de descubrir cuáles son esas necesidades insatisfechas de los consumidores. Arriesgan su capital asignando recursos para descubrir qué demanda la gente. Por eso el mercado no es un demonio, como pretenden mostrarlo los populistas, sino un proceso de descubrimiento, en el cual los empresarios tratan de descubrir qué demanda la gente. Tarea que no es sencilla. Nada más democrático que producir lo que la gente quiere.
He aquí otro de los temas económicos que Kicillof parece haber pasado por alto en su carrera de economista. ¿Por qué? Porque la gente va cambiando de valoraciones de los bienes a medida que va consumiendo. El ejemplo más elemental. Una persona tiene hambre y pide una pizza. La primera porción la come con muchas ganas. La segunda también con ganas pero un poco menos que la primera. La tercera con menos ganas que la segunda, la cuarta ya le cuesta terminarla y a la quinta no quiere más pizza. ¿Tan difícil es de entender esto como para que Kicillof no comprenda que las necesidades de la gente van cambiando y que los empresarios tienen que ir modificando la asignación de recursos de acuerdo a las nuevas necesidades de los consumidores?
Lo alarmante es que Kicillof pretende asumir el papel de un ser todo poderoso que, por un lado pretende conocer las necesidades de millones de consumidores que encima cambian permanentemente, y por otro lado pretende convertirse en empresario decidiendo cómo asignar los recursos en la empresa. Tal es su ignorancia o soberbia, que pretender ser un Dios todopoderoso que puede conocer lo que no conoce nadie. Los millones de gustos de los consumidores y cómo van cambiando (ejemplo de la pizza).
Dicho de otra manera, la gente comprando o dejando de comprar vota todos los días qué quiere que se produzca, las calidades y los precios. Eso es lo que tiene que descubrir el empresario y puede ganar o perder. El empresario que descubre una demanda insatisfecha obtiene ganancias. El que se equivoca pierde. En el mercado el que manda es el consumidor. Kicillof pretende modificar todo este sistema democrático de asignación de recursos y cree que todo se arregla con una planilla Excel y él sentado detrás de un escritorio aprobando o rechazando qué tienen que producir las empresas, cuánto personal van a contratar y cuánto van exportar.
Con este proyecto no solo va contra la propiedad privada, remontándose a la época de la economía planificada de la Unión Soviética (parece que todavía no se enteró que el  Muro de Berlín hace rato que se cayó porque explotó el sistema económico de planificación centralizada) sino que, en forma antidemocrática pretende sustituir la voluntad de los consumidores decidiendo él qué hay que producir.
Kicillof pretende que las empresas le presenten un plan de inversiones, producción y exportaciones mientras el gobierno tiene como centro de su política económica levantarse todos los días para ver cómo arreglaron el lío que hicieron el día anterior. Si no fuera por lo dramático de la situación económica, mueve casi a risa que un gobierno que vive de improvisación en improvisación pretenda obligar al sector privado a planificar su producción y exportaciones de aquí a dos años.
Un gobierno que un día amenaza con importar tomates, luego dice que se va a estudiar el tema y después dice que no se van a importar tomates pretende hacerse el de visión de largo plazo forzando a los empresarios a presentar planes que, bajo estas circunstancias, son imposibles de cumplir.
¿Con qué cara pueden pedir semejante información si ni ellos cumplen con las metas que prometen? A saber, según el proyecto de ley de presupuesto para 2014 el tipo de cambio establecido por los genios de Economía es de $ 6,33, por ahora lo tenemos en $ 8. ¡En dos meses la pifiaron en el 26% y lo que falta que suba! Es más, el tipo de cambio actual hasta supera el tipo de cambio del 2016 que lo proyectaron en $ 7,39.
El IPC lo proyectaron con una suba del 9,9% para todo el 2014. En los dos primeros meses del año, tomando los datos del INDEC, ya subió el 7,2%. Para cumplir con la meta que ellos pusieron, en los restantes 10 meses del año el IPC tendría que subir 2,7%, es decir, algo así como el 0,27% mensual.
Para los precios mayoristas proyectaron una suba anual del 14% y en el primer bimestre, según el INDEC, ya subió el 10,3%.
Cuando hicieron el presupuesto estimaron exportaciones para el 2013 por $ 86.695 millones y terminaron siendo U$S 83.026 millones. No pudieron pegarle ni con tres meses de anticipación. En el presupuesto para 2014 dicen que las exportaciones van a crecer el 8,5% respecto al 2013 y en el primer bimestre ya cayeron el 7% dejando un saldo de balance comercial de solo U$S 79 millones versus los U$S 800 millones del primer bimestre 2013.
Estos datos solo pretenden mostrar que ni ellos saben qué va a pasar con la economía y pretenden que los empresarios se comprometan a presentar planes de producción, contratación de personal y exportaciones.
Como dice un amigo, el papel aguanta cualquier cosa. Uno puede escribir cualquier estupidez sobre el papel, que el papel ni se inmuta. Bien, desde economía pretenden eso, que los empresarios escriban cualquier estupidez total el papel aguanta cualquier cosa, lo cual queda demostrado en las pifiadas que se mandaron en las estimaciones macroeconómicas para el 2014.
Seguramente ni ellos creen en los planes que les presentarán los empresarios a pesar de su mentalidad marxista, pero tal vez lo necesitan para que CFK haga un gran show de fuegos artificiales para mostrar que la economía va viento en popa con la década ganada y que la inflación no existe, sino que vamos a la estabilidad de precios como dice Capitanich. Toda una gran mentira para tratar de esconder la lacerante situación económica que viven las familias, como si estas no se dieran cuenta de lo que estamos viviendo.
Kicillof puede guardarse las planillas Excel y dejar de jugar al planificador porque ni él sabe qué va a hacer mañana. Además la gente calcula mucho mejor la situación económica con el simple trámite de ir al supermercado y ver cómo cada vez saca más billetes y el changuito está cada vez más liviano. No necesita una planilla Excel para ver como la economía está en caída libre.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980). Director de "Economía para todos". Artículo publicado en la Edición Nº 515 el 26 de Marzo de 2014

El papel de las instituciones

Por Martín Krause (*)
¿Si la calidad institucional es importante para el progreso de las sociedades, qué es lo que determina que algunas las hayan logrado y otras no?
  1. Por ejemplo, Sachs (2003a y 2003b) cuestiona la relación entre instituciones y progreso considerándolo un concepto vago con el que se pretende explicar el desarrollo económico por medio de una sola variable, sin tener en cuenta otras como “las limitaciones de recursos, la geografía, la política económica, la geopolítica y otros aspectos de la estructura social interna, como los papeles del hombre y de la mujer y las desigualdades entre los grupos étnicos” (2003b). Sachs atribuye a la explicación “institucionalista” un cierto objetivo “ideológico” ya que con esto, según el autor, se explica al mayor progreso de Estados Unidos, Europa y Japón en esas mismas instituciones, que cuando el crecimiento se produce en otras regiones se debe a eso y, finalmente, que esto libera “mundo de los ricos” de responsabilidades financieras respecto a los pobres, ya que la causa de su falta de progreso se debe a sus propias falencias institucionales. Sachs afirma que las instituciones no explican todo y que, debido a ello, sería más sensato “intensificar la lucha contra el SIDA, la tuberculosis y el paludismo; tratar de solucionar el agotamiento de los nutrientes del suelo; y construir más caminos para conectar poblaciones remotas a mercados regionales y puertos costeros”(2003b).
Curioso, ya que una supuesta visión “ideológica”, a la que se implica exenta de verificación empírica, es criticada con otra que no presenta tampoco esa verificación. Concluye Sachs (2003b): “En otras palabras, África subsahariana y otras regiones que hoy se afanan por mejorar el desarrollo económico necesitan mucho más que sermones sobre buen gobierno e instituciones sólidas, factores que sin duda sirven para aumentar la eficacia de las demás medidas. Necesitan intervenciones directas, respaldadas por más asistencia de los donantes, para superar la enfermedad, el aislamiento geográfico, la escasa productividad tecnológica y las limitaciones de los recursos que los atrapan en la pobreza”.
En 2003a, Sachs comenta distintos trabajos de sí mismo y otros colegas en los que se demostraría que “los niveles de ingreso per cápita, crecimiento económico y otras dimensiones económicas y demográficas están fuertemente correlacionadas con variables claves geográficas y ecológicas tales como, la zona climática, enfermedades ecológicas y distancia a la costa”. En uno de esos trabajos (Gallup, Sachs, and Mellinger, 1998), los autores presentan un modelo teórico que busca explicar que un “entorno físico desventajoso” puede conducir a la adopción de arreglos institucionales menos productivos.
Estos autores, entonces, plantean una hipótesis que es la que realmente nos interesa aquí. Si bien buscan explicar qué determina el desarrollo económico, su teoría presenta también una hipótesis respecto a qué determina la existencia de ciertas instituciones.
La discusión con Acemoglu, Daron, Simon Johnson y James A. Robinson (2001), Easterly,William y Ross Levine (2002) y Rodrik, Dani, Arvind Subramanian y Francesco Trebbi (2002), se basa en un modelo según el cual el ingreso per cápita es una función de la calidad de las instituciones medida por un índice y un conjunto de otras variables que pueden incluir las geográficas, históricas o políticas.
ln(Yi) = β0 + β1 QIi + β2’ Zi + εi
Yi es el ingreso per cápita, QI es la calidad institucional y Zi el conjunto de las otras variables. Los autores antes mencionados, verifican la hipótesis de que β2’ sea cero, es decir que no tenga ningún poder explicativo y lo comprueban, pero Sachs sostiene que no sería así si se toma a Zi como una variable de la transmisión de la malaria, la que entonces explicaría el nivel de ingresos en ciertos países cuyas condiciones geográficas favorecen la extensión de esta enfermedad. Para Sachs la calidad institucional muestra una “fuerte correlación positiva con el porcentaje de la población que vive en zonas con ecologías de zonas templadas” (p. 8).
  1. Por otro lado, Acemoglu et al (2001) desarrollaron una teoría similar pero “institucional”, para explicar las diferencias de progreso en países que recibieron distinto tipo de colonizaciones. Esta teoría se basa en tres premisas:
a. Hubo distinto tipo de colonizaciones que crearon diferentes conjuntos de instituciones. Por un lado, potencias europeas establecieron estados “extractivos”, tal el caso de la ocupación belga del Congo. El principal objetivo era trasladar recursos a la potencia colonial y no se preocuparon de establecer derechos de propiedad o límites al poder. Por otro lado, mucho europeos emigraron y buscaron replicar esos derechos y límites, tal los casos de Australia, Canadá, Estados Unidos o Nueva Zelanda.
b. La estrategia de la colonización fue influenciada por la facilidad para establecerse. En aquellos lugares donde el entorno ecológico y de enfermedades no era favorable al establecimiento de colonos predominó el modelo extractivo.
c. El estado colonial y sus instituciones predominaron luego de la independencia (p. 1370)
En base a estas premisas, los autores usan datos sobre la mortalidad de soldados, religiosos y marineros como un indicador del índice de mortalidad que enfrentaban los colonos. Relacionando esto con el PIB actual muestran que donde los europeos enfrentaban más altas tasas de mortalidad el nivel bajo, a diferencia de donde no.
Curiosamente, esta teoría también tiene un componente ambiental y relacionado a enfermedades, pero a diferencia de Sachs, no busca explicar el desarrollo económico, sino la existencia de ciertas instituciones que luego permitieran el progreso[1].
¿Cuál es la diferencia entre una y otra teoría? En el primer caso la secuencia sería:
Compatible con esta segunda teoría es la Easterly & Levine (2002) quienes se preguntan si el desarrollo económico depende de ciertos factores geográficos como el clima templado en lugar del tropical, las condiciones ecológicas que generan enfermedades o un ambiente favorable al cultivo de granos y otras cosechas comercializables; o si lo hace solamente a través de ciertas instituciones o políticas. Sus evidencias señalan que los trópicos, los gérmenes y las cosechas afectan el desarrollo pero solamente a través de influir en el desarrollo de instituciones. Los autores comparan el desempeño de Burundi en comparación con el de Canadá, donde si bien el primero cumple con las malas condiciones geográficas mencionadas por la primer teoría (clima tropical proclive a enfermedades, lejanía de los principales mercados, sin acceso al mar) el distinto desempeño se debe al desarrollo de distintas instituciones. Contrastan esta hipótesis con la primera, y con una tercera, llamada “política”, predominante en organismos internacionales, que hace hincapié en que las políticas e instituciones reflejan el conocimiento actual y las fuerzas políticas. Cambios, tanto sea en el conocimiento acerca de cuáles políticas son mejores para el desarrollo o cambios en los incentivos políticos pueden producir rápidos cambios en las instituciones y en las políticas económicas.
  1. Según esta visión, la historia no juega un papel importante y una herencia negativa puede revertirse rápidamente. Las variables geográficas y ambientales no serían tan importantes para el progreso actual.
Esta tercera visión podría describirse de esta forma:
Un ejemplo de esta visión es Frankel & Romer (1999) quienes aceptan la importancia de la ubicación geográfica pero a través de la apertura al comercio.
4. Una cuarta visión sobre el tema es la que relaciona el tamaño del país con la calidad institucional. Por ejemplo, Fors (2007), analiza la hipótesis de si aquellos países insulares o pequeños presentan mejor calidad institucional y, por ende, mayores niveles de progreso. En este caso, sería:
Según Fors, el número de estados pequeños se ha incrementado en las últimas décadas, lo que aumentó el interés de analizar el impacto del tamaño y la condición de insulares en el crecimiento económico. En general, se considera que países pequeños se ven perjudicados por una fuerza laboral reducida, mercados limitados y un alto costo per cápita de los bienes públicos. Los países insulares sufrirían las desventajas del aislamiento, la lejanía y los mejores costos de transporte. Por ello es que concluyen que estos factores impiden el crecimiento. Fors, no obstante, cita a (Armstrong and Read, 2003) quienes presentan evidencia empírica en contrario y a (Easterly and Kraay, 2000), mostrando incluso que tendrían un desempeño superior. Fors señala ya que los filósofos griegos, y más tarde Montesquieu y Rousseau, creían que la democracia solamente funcionaría bien en poblaciones pequeñas, pero analiza también el impacto en las instituciones económicas y concluye que los países pequeños e insulares muestran mayor calidad institucional y una relación positiva con niveles de PIB per cápita, tomando datos de 1960 a 1995 y de 2004.
No presenta una explicación sobre el fenómeno pero una de ellas podría ser que países pequeños e insulares tendrían un alto costo si se aislaran detrás de barreras proteccionistas que les impedirían aprovechar los beneficios de la división internacional del trabajo. Al ser más abiertos, estarían más sujetos a la competencia institucional motivada por la movilidad de factores y esto los llevaría a tener instituciones de calidad superior.
1.      5. Una quinta visión plantearía una relación entre recursos naturales, calidad institucional y progreso, aunque en este caso sería negativa. Conocida como la “maldición de los recursos naturales”, sostiene que el descubrimiento de nuevos recursos naturales puede llevar al deterioro institucional porque desata una rapiña por esas rentas, lo cual impacta esa calidad y los niveles de progreso. Consideramos este tema en la edición 2001 del índice. Podría plantearse de esta forma:
El incremento inesperado de recursos fiscales genera rentas fácilmente capturadas por los gobiernos, independizándolos de los “contribuyentes” y brindándoles recursos para sobornar a los grupos de presión, evitando la necesidad de un pacto del tipo “impuestos a cambio de instituciones representativas”.
Mehlum et al (2005) desarrollan un modelo para explicar que no necesariamente el descubrimiento de un recurso o un boom de commodities generan deterioro institucional. Según los autores existe una tensión entre las actividades de producción y formas especiales de búsqueda de rentas. Cuando las instituciones son sólidas y tienen buena calidad las actividades de lobby pueden ser complementarias de las actividades productivas, pero cuando no la búsqueda de rentas atrae el esfuerzo emprendedor de políticos, funcionarios, empresarios y sindicalistas hacia actividades improductivas, al mero reparto de la “torta” caída del cielo. Cuanto mejor es la calidad institucional menor es la rentabilidad de la búsqueda de rentas y mayor la de las actividades productivas, por lo que los emprendedores se ubican en las últimas, y menos rentable y más difícil es buscar privilegios y prebendas.
6. Una sexta visión es la conocida como “origen legal” de las instituciones, resumida por algunos de sus autores originales en La Porta el al (2008), muy similar a la 2, pero sin la intermediación de cuestiones sanitarias. Repasan allí la evolución de esta teoría que se originó en el estudio comparativo de distintas normas de gobierno corporativo para la protección de inversores minoritarios, la posibilidad de catalogar las diferentes normas en un cierto número de países y las diferencias existentes vinculadas con el origen legal, básicamente basado en el sistema de derecho codificado continental o el sistema del “common law” inglés. Países en esta segunda tradición legal ofrecerían mayor protección y, por ello, generarían un mayor volumen de inversión y crecimiento económico. Distintos autores luego extendieron la investigación vinculando esos orígenes a cuestiones tales como la existencia de bancos estatales, regulaciones para el ingreso a mercados, regulaciones laborales, incidencia del servicio militar, propiedad estatal de medios periodísticos e incluso el formalismo de los procesos judiciales y la independencia de la justicia. En todos los casos, países que heredaron el sistema del common law presentarían menores trabas para el funcionamiento de los mercados, y mayor agilidad e independencia judicial.
Claro que explicar el marco de instituciones en ciertos países en relación a la herencia legal colonial parece tener mucho sentido, pero no explica por qué las potencias coloniales llegaron a desarrollar sus propios sistemas institucionales. No obstante, La Porta et al (2008) señalan un camino que nos interesará explorar aquí:
“La Teoría del Origen Legal rastrea las diferentes estrategias de Common Law o Ley Civil (codificada) en distintas ideas sobre la ley y su objetivo que Inglaterra y Francia desarrollaron hace siglos. Estas ideas y estrategias fueron incorporadas en reglas legales específicas, y también en la organización del sistema legal, como también el capital humano y las creencias de sus participantes” (p. 286).
Es decir, el origen de las instituciones está vinculado a las ideas que predominan en una sociedad en un determinado momento. Nos detendremos ahora a considerar esta hipótesis. Antes de ello, no obstante, resumamos lo considerado hasta el momento. Un cierto número de teorías tratan de explicar el papel que cumplen las instituciones en el crecimiento económico de una sociedad, algunas de ellas lo niegan o le otorgan un papel secundario, otras afirman su causalidad. Como asumimos aquí éstas segundas, tratamos de avanzar un paso más y preguntarnos qué es lo que determina que ciertos países hayan desarrollado instituciones que permiten el progreso y otros hayan desarrollado otras que lo restringen o impiden. Si bien es una relación causal anterior, en la discusión antes mencionada aparecen algunas hipótesis, sin bien no explícitas en todos los casos. Tal vez una visión que incorpore tanto condiciones geográficas originales y luego también la evolución de valores e ideas sea la planteada por Diamond (1999), siendo en el primer caso tanto sea el clima que permitió el desarrollo de la producción de alimentos como también la ubicación geográfica que generó la proliferación de mayor número de grandes mamíferos que ayudaron a las poblaciones humanas tanto sea en el aspecto productivo como en el militar, pero luego una importante influencia de la evolución cultural y el desarrollo de mitos y creencias que cohesionaron, o no, a grupos humanos detrás de ciertos líderes en primer lugar, y estados organizados más adelante.
Así, en el caso de Sachs et al, e incluso de Acemoglu et al, e Easterly & Levine, tal vez también las que consideran los recursos naturales o el tamaño de los países, son las condiciones geográfico-ambientales las que cumplen un papel determinante (visiones 1, 2, 4 y 5). Mientras que por otro lado, las que asignan un papel a los conocimientos e incentivos políticos y el origen legal (visiones 3 y 6) asignan aunque sea en parte, un papel a las ideas.
El papel de las ideas
Los más destacados economistas del siglo XX han señalado la importancia de las ideas para explicar las políticas aplicadas y la evolución de las sociedades. Famosa es la cita de John Maynard Keynes en las Notas Finales de su obra Teoría General:
“…las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando son correctas como erróneas, tienen más poder de lo que comúnmente se entiende. De hecho, el mundo está dominado por ellas. Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto. Locos con autoridad, que escuchan voces en el aire, destilan su histeria de algún escritorzuelo académico de uno años antes. Estoy seguro que el poder de los intereses creados es vastamente exagerado cuando se lo compara con el gradual avance de las ideas. No, por cierto, en forma inmediata, pero luego de un cierto intervalo; porque en el campo de la economía y la filosofía política no hay muchos que sean influenciados por nuevas teorías luego de sus veinticinco o treinta años de edad, por lo que las ideas que los funcionarios públicos y políticos, y aun los activistas aplican a los eventos actuales no es probable que sean las últimas. Pero, tarde o temprano, son las ideas, y no los intereses creados las que son peligrosas para bien o para mal” (Keynes, 1936, p. 383).
Ludwig von Mises (1949) dedica todo un capítulo de su obra Acción Humana (cap. X) con el título “El Papel de las Ideas”, en el cual afirma que la sociedad es producto de la acción humana guiada por ideologías, entendiendo a éstas como la totalidad de las doctrinas relacionadas con la conducta individual y las relaciones sociales más doctrinas sobre el “deber ser”, sobre los fines que el hombre debería perseguir. Es decir, el conjunto de teorías científicas respecto a los medios más una valoración respecto a los fines de la acción humana. Cualquier situación social es, para Mises, el resultado de ideologías desarrolladas previamente, que emergen y pueden reemplazar a otras existentes anteriormente y así transformar el sistema social, por lo que la sociedad es siempre la creación de “ideologías” temporal y lógicamente anteriores. La acción es siempre dirigida por ideas.
En el mismo año que Mises publicaba su obra magna, F. A. Hayek publicaba su artículo sobre los intelectuales y el socialismo (Hayek, 1949), que comienza así: “En todos los países democráticos, en los Estados Unidos aún más que en otros, prevalece una fuerte creencia de que la influencia de los intelectuales en la política es insignificante. Esto es en verdad cierto respecto al poder de los intelectuales para que sus opiniones particulares del momento influencien las decisiones, de la medida en la cual pueden influir el voto popular en cuestiones sobre las que difieren de las visiones actuales de las masas. Sin embargo, en períodos más largos probablemente nunca han ejercido una influencia tan grande como la que tienen hoy en esos países. Este poder lo ejercen moldeando la opinión pública” (p. 417).
Hayek define con la palabra “intelectuales” no ya a los autores originales de ciertas ideas sino aquellos que las reproducen, entre los cuales menciona a periodistas, maestros, ministros religiosos, publicistas, locutores de radio, escritores de ficción, de humor y todo tipo de artistas. En otros trabajos (Hayek, 1933 y 1954), describió el proceso de difusión de las ideas desde esos autores originales, pasando por los intelectuales hasta llegar a las grandes masas como gotas que caen en un estanque y generan círculos cada vez más amplios.
Finalmente, Milton & Rose Friedman (1989) presentan su versión de esta misma teoría en las siguientes palabras:
“…un cambio importante en la política social y económica está precedido por un cambio en el clima de la opinión intelectual, generado, al menos en parte, por circunstancias sociales, políticas y económicas contemporáneas. Este cambio puede comenzar en un país pero, si es duradero, termina por difundirse en todo el mundo. Al principio tendrá poco efecto en la política social y económica. Después de un intervalo, a veces de décadas, una corriente intelectual “tomada en su punto culminante” se extenderá al principio gradualmente, luego con más rapidez, al público en general y a través de la presión pública sobre el gobierno afectará las medidas económicas, sociales y políticas. A medida que la corriente de acontecimientos alcanza su punto culminante, la corriente intelectual comienza a disminuir, compensada por lo que A. V. Dicey denomina las contracorrientes de opinión, que representan generalmente una reacción a las consecuencias prácticas atribuidas a la corriente intelectual anterior. Las promesas tienden a ser utópicas. Nunca se cumplen, y por lo tanto desilusionan. Los protagonistas iniciales de la corriente de pensamiento desaparecen y la calidad intelectual de sus seguidores y partidarios disminuye en forma inevitable. Hacen falta independencia y coraje intelectuales para iniciar una contracorriente que domine la opinión, y también, aunque en menor medida, para unirse a la causa. Los jóvenes emprendedores, independientes y valientes buscan nuevos territorios para conquistar y ello requiere explorar lo nuevo y lo no probado. Las contracorrientes que juntan sus fuerzas ponen en movimiento la próxima marejada, y el proceso se repite”[1].
Desde otra perspectiva, es conocida la visión de Antonio Gramsci sobre la conquista del poder cultural como etapa previa a la del poder político mediante la acción concertada de los intelectuales llamados 'orgánicos' infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios.
Asimismo, la conocida tesis de Max Weber (1920) referida al impacto de la religión en el crecimiento económico señalando que el espíritu del capitalismo moderno es caracterizado por la ética del trabajo reflejada principalmente por el protestantismo y, en particular, el calvinismo, podemos considerarla como una tesis que enfatiza el papel de las ideas, si bien restringida a valores provistos por la religión.
Aunque los autores de la Teoría del Origen Legal destacan el papel de las ideas, éste es asignado a un período de formación de los sistemas legales, a partir de los cuales éstos cumplen el rol  determinante en la conformación de los marcos institucionales. Es más, La Porta et al (2008) discuten otras interpretaciones que exploran el papel que cumple la cultura, la política y la historia, y si bien no rechazan el impacto que éstas puedan tener su análisis se centra más bien en el origen de las normas que hacen al derecho societario y financiero, que tiene un gran impacto en el crecimiento económico. Los que enfatizan el papel de la cultura han considerado principalmente el papel de la religión, sobre todo teniendo en cuenta sus reservaciones respecto al interés y la actividad comercial en general, como determinante de los sistemas legales. En cuanto a los que enfatizan la política, mencionan alianzas políticas originadas en crisis, económicas o militares, particularmente en Europa continental que llevaron a sistemas corporativos más cerrados para proteger sus activos, ofreciendo seguridad social y leyes laborales para los trabajadores, conformando así sistemas sociales más extensos que en países como Estados Unidos o el Reino Unido. Finalmente, aquellos que señalan la importancia de eventos históricos enfatizan que países con sistemas legales de “common law” tenían peor protección a los accionistas minoritarios a comienzos del siglo XX que otros como Francia, ejemplo claro de la tradición del Derecho Civil codificado, pero pudieron conseguirla en ese período por contar con sistemas democráticos más abiertos y también porque no sufrieron gran destrucción física durante la Segunda Guerra Mundial, lo que radicalizó la política en los países así afectados, llevándolos a sistemas con mayor grado de regulaciones anti-capital.
El hecho, entonces, que países de common law hayan avanzado mucho y superado a los de tradición continental en materia de legislación comercial y financiera sugiere un papel tanto sea para la cultura como para la política no ya solamente en el origen del sistema legal, sino en un período más cercano, lo cual nos aproxima a nuestro intento de analizar los valores e ideas que predominan en distintas sociedades actualmente, planteando la hipótesis que el predominio de algunos determina la existencia de instituciones más o menos favorables al progreso.
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[1] Más recientemente, el profesor de Harvard, Dani Rodrik, sostiene que el análisis que simplemente refiere la causa de toda acción pública a una cuestión de incentivos económicos deja de lado el poderoso papel que cumplen las ideas: “Las ideas dan forma a los intereses, en un proceso que opera por tres vías. En primer lugar, determinan la autopercepción de las elites políticas y los objetivos que persiguen. En segundo lugar, las ideas determinan las creencias de los actores políticos respecto del funcionamiento del mundo. Si los grupos de poder empresariales creen que el estímulo fiscal solamente produce inflación, presionarán a favor de ciertas políticas; si creen que genera aumento de la demanda agregada, presionarán por otras. El gobierno fijará un impuesto menor si cree que es fácil evadirlo y uno mayor si piensa que es difícil. Las ideas determinan las estrategias que los actores políticos creen tener a su disposición”. (Rodrik, Dani; “La tiranía de la economía política”, Project Syndicate, La Nación, 17/2/13.

[1] La teoría del “determinismo geográfico” tiene una larga historia que se inicia con los griegos y renaciera con Ibn Khaldun y Montesquieu.
(*) Martín Krause. Professor of Economics, University of Buenos Aires. Buenos Aires. Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso. Artículo publicado en "Punto de vista económico" el 26 de Marzo de 2014