domingo, 16 de marzo de 2014

Argentina camino a la Rebelión de Atlas

Por Roberto Cachanosky (*)
¿Qué producía Moreno o qué produce Kicillof o el secretario de Comercio Costa como para estar mandoneando a quienes producen?
Quien haya leído La Rebelión de Atlas de Ayn Rand sabe que Argentina va en camino a tener un final similar al de la obra de la escritora rusa americana de continuar por esta ruta.
En primer lugar, la famosa frase del libro del diálogo en que Francisco d’Anconia dice: &"Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegido contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada.&"
¿Qué producía Moreno o qué produce Kicillof o el secretario de Comercio Costa como para estar autorizando a quienes producen, un aumento de precios, una importación de insumos o el abastecimiento de determinado producto?
¿Cuántos escándalos de corrupción se denuncian a diario por tráfico de influencias, con funcionarios que multiplican sus patrimonios en forma exponencial y nada ocurre?
¿Acaso no hay un intento de modificar la legislación para que los delitos de corrupción prescriban? ¿No se está buscando la impunidad?
La maraña de leyes, regulaciones y prohibiciones no están hechas para proteger a la sociedad sino todo lo contrario. Lo que se busca es que el cumplimiento de todas las regulaciones, prohibiciones, etc. sea imposible para que la gente honrada pase a ser delincuentes y los delincuentes sean los que, supuestamente, vienen a imponer la justicia.
Conozco mucha gente que ha estudiado, se ha preparado. Hizo sus masters, conoce idiomas y no encuentra trabaja y va penando por la vida tratando de sobrevivir como pueda, mientras que un ex chofer se transforma en millonario y un empleado de banco lo mismo.
El populismo se caracteriza por quitarles a unos, en nombre de la justicia social, para darles a otros. Hábilmente los políticos han impuesto la idea de que ellos tienen el monopolio de la solidaridad y que el resto de los ciudadanos son incapaces de ser solidarios con sus semejantes. La estrategia ha consistido en convencer a la gente que la riqueza de unos es causa de la pobreza de otros. Claro que quienes declaman este slogan suelen tener verdaderas fortunas personales generalmente conseguidas ilegalmente.
A pesar del discurso populista, está clarísimo que la gente es mucho más solidaria que los políticos. Siempre que ha habido casos de catástrofes como las inundaciones en La Plata o la explosión en Rosario, fue la gente la que se organizó para ayudar a los damnificados. Los políticos aparecen después para poner la cara ante la televisión y, posteriormente, anuncian planes de ayuda que generalmente terminan en simples anuncios, al tiempo que descaradamente aparecen militantes partidarios con sus chaquetas que lo identifican con el partido de turno en el poder repartiendo los bienes que solidariamente donó la gente común.
La pobreza que cruza de lado a lado a la Argentina fue fabricada deliberadamente por el populismo para tener una legión de mantenidos por los populistas vía planes sociales. Deliberadamente destruyen puestos de trabajo para que la gente necesite vivir de esos planes “sociales” y luego los vote por miedo a perderlos.
Tantas décadas de populismo han cambiado los valores de la sociedad. Veía por televisión a una mujer joven que había tomado el predio de Villa Lugano diciendo que alguien tenía que resolver el problema de la vivienda. Por supuesto que al periodista ni se le ocurrió preguntarle: ¿y quién tiene la obligación de resolverle el problema de la vivienda? ¿De dónde nace esa obligación? Buena parte de la población se acostumbró a creer que tiene derecho a que otros lo mantengan. Eso es lo que impulsa el populismo porque es su negocio electoral.
A esta altura alguien puede preguntarse: ¿qué quiere Cachanosky que la gente viva en la pobreza y en la intemperie? No. Lo que quiero es que exista seguridad jurídica, disciplina monetaria y fiscal para que fluyan las inversiones,  se creen puestos de trabajo y la mujer que reclamaba por televisión que alguien le resuelva el problema de su vivienda, se lo pueda resolver ella sola con el dinero que gane en un buen trabajo.
Cuando los populistas denuncian la destrucción de la Argentina por el neoliberalismo, palabra que no existe, en rigor están atacando al sistema que les arruina el negocio político del populismo. Son dos visiones morales totalmente opuestas las del liberalismo y el populismo. Mientras los liberales queremos que la gente viva con la dignidad del fruto de su trabajo, los populistas los denigran en la pobreza para tenerlos como rehenes políticos para que los voten por miedo a perder los subsidios que les entregan “solidariamente”.
El problema que tiene el populismo es el que describe Ayn Rand en la Rebelión de Atlas. Como los políticos exprimen a los que producen para quitarles el fruto de su trabajo y dárselos a los que mantienen como rehenes políticos, llega un punto en que los productivos comienzan a generar menos riqueza. Es entonces cuando empieza a faltar riqueza para ser repartida y los populistas no pueden financiar a sus rehenes políticos. Es lo que le pasa a Maduro en Venezuela. Tanto ha explotado a la gente productiva que aun teniendo petróleo, la gente tiene que hacer largas horas de cola para poder conseguir alimentos. En ese punto el populista se pone cada vez más violento, inventa conspiraciones, persigue a opositores y en algún momento, aquél que vivía de las dádivas del tirano se cansa de no recibir nada y también se le rebela. Entonces aparece la cara más feroz del populista autoritario. Por algo Hayek escribió camino de servidumbre donde muestra que el populismo y el socialismo conducen a sistemas autoritarios.
Lo de Maduro también es la historia del kircherismo. Tanto explotó a la gente productiva para financiar legiones de pobres que hoy la economía está en franca caída y encima con inflación. Kicillof y sus planillas de Excel no generan riqueza, impiden que se genere riqueza de la misma forma que Moreno no generaba riqueza, espantaba a los que producían.
El populismo kirchnerista está en la etapa de repartir billetes que día a día pierden valor. Su problema principal no está en fabricar billetes, su problema principal es que cada vez hay menos bienes físicos para consumir. Piense el lector en unidades de bienes y no en moneda. Cada vez hay menos bienes. Primero porque cerraron las importaciones, así que hay menos oferta de bienes. Segundo porque faltan insumos para producir y se fabrican menos bienes. En tercero porque, como entramos en un proceso recesivo, las empresas producen menos. Y en cuarto lugar, es tal la persecución a los que producen que se cansan y producen lo necesario para subsistir. Si combinamos menos bienes ofrecidos con más pesos en circulación el resultado es el que Ud. vive todos los días: no sabe qué hacer para que la plata le alcance.
El populismo lleva dentro de su política el virus de su destrucción, porque para poder sobrevivir necesita que otros produzcan para quitarles parte de su producción y repartirla entre la fábrica de pobres que ha creado. Cuando los que producen se cansan de ser explotados y encima sufren todo tipo de restricciones para producir, los bienes empiezan a escasear hasta que se llega a los casos como Venezuela que comentaba anteriormente. O al caso argentino, que habiendo sido el granero del mundo y el principal exportador de carne, hoy hacer un asado sale una fortuna y casi no se puede exportar trigo. El populismo autóctono ha logrado algo increíble, destruir las actividades en que Argentina tenía grandes ventajas comparativas. Es como si los países árabes destruyeran su producción de petróleo.
Por más que los populistas se gasten la garganta denunciando al liberalismo como el destructor de la economía, la realidad es que lo que se debate son dos modelos morales. Uno, el populismo, el de denigrar a la gente en la pobreza para que sea una suerte de sirviente del poder. El otro modelo moral es el liberalismo que propone una forma de organización social donde todos pueden progresar cooperando pacíficamente en el mercado. Sin robar, produciendo e intercambiando lo que producen.
El populismo lleva al autoritarismo. El liberalismo a la libertad individual y la prosperidad.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980). Asesor económico y  Director de "Economía para todos". Artículo publicado el 16 de Marzo de 2014