jueves, 6 de marzo de 2014

Cambió el espectador, no el show…

Por Gabriela Pousa (*)
Una vez más, Cristina volvió a demostrar la fidelidad a sí misma. Habló dos horas y medias tan sólo para enfatizar que una cosa es un ajuste en la economía, y otra muy distinta es un ajuste en la gestión.
La gestión sigue y seguirá incólume como el relato, aún cuando en los hechos se haya dinamitado.

La jefe de Estado sabe que hoy apenas tiene dos pilares: un vasto aparato de comunicación y los militantes rentados. Pero no mucho más tenía antes. Y es que en rigor, quién ha cambiado es el pueblo en cuanto a su predisposición.

A nadie debería asombrar un discurso donde están ausentes los principales temas que importan a la gente. Los Kirchner jamás han prestado atención a las demandas perentorias sociales, construyeron poder con el único fin de satisfacer sus arcas individuales. Y la sociedad se lo permitió.

Hoy lo que cambió es quizás ese permiso. Hoy, el argentino promedio no tiene aquello que durante una década lo distrajo a punto tal de no darse cuenta que se lo estafaba con meras palabras: la Presidente hablaba de corrido sin leer y eso fascinaba. Una lástima…

Existían los plasmas en cuotas, el auto subsidiado, los electrodomésticos importados, y el celular más sofisticado que, si además te lo robaban, lo reemplazabas por otro en cualquier negocio del barrio. Sumando los escándalos de Tinelli, y la selección de Maradona que se suponía traería la copa, había pan y circo en equilibrio. ¿Para qué aburrirse escuchando a la mandataria?

Ahora el equilibrio se deshizo. Las cosas cambiaron, no por arte de magia sino por todo lo que durante once años vino diciendo el gobierno y no escuchamos. Ahora escasea aquello que tanto nos distrajera y ahí está la diferencia.

Cristina no dijo nada que no dijera ya un sinfín de veces detrás del atril, o “inaugurando” alguna obra de esas que nos modificarían la vida de manera extraordinaria.

Y la vida se transformó claro, pero nada tuvo que ver ninguna inauguración, a no ser la de la de una década de ignominia e infamia. Entonces, escuchamos la apertura de sesiones ordinarias, y preguntamos absortos cómo no habló de corrupción ni de inflación.

De corrupción era obvio que no hablaría, no iba a armar tamaño corso para inmolarse frente a nosotros. Y la inflación no es sino el reconocimiento del error. ¿Y desde cuándo Cristina reconoce que se equivocó?

Si acaso recordó un derecho constitucional como lo es el de transitar libremente, fue para advertir qué no está dispuesta a aceptar movilizaciones ajenas ( los rumores de una nueva marcha multitudinaria llegaron a Casa Rosada…), y justificar el respaldo a la barbarie que instituyó Nicolás Maduro en Venezuela. No es que la Jefe de Estado se volvió, de golpe, más democrática. No.

En síntesis, el discurso fue una confirmación de sí misma. A la sistematización de la mentira que caracteriza al kirchnerismo apenas si lo matizó con con un reacomodamiento que hizo el día anterior, y que más que estratégico, fue perverso: el de Beatriz Rojkes de Alperovich por Gerardo Zamora.

Cristina vio venir la interna peronista y tomó nota del intento por cerrarle las puertas y torcerle la senda. Por eso, en su anterior cadena nacional, elogió al ex ministro radical José Luis Machinea y al economista Miguel Bein. Por eso, en este último discurso, ponderó la enseñanza democrática del radicalismo cuando se elegían autoridades del Centro de Estudiantes de la facultad. Y por eso la sonrisa que le propició al legislador de la UCR cuando refirió a la eficacia del Estado empresario “a pesar de que el senador Morales me hace que no con la cabecita“.

No es un intento de ganarse las mieles del radicalismo, no. Es tan sólo su forma de hacerles saber a los peronistas que es ella quien hace y deshace, elige o no. ¿O creen, por ejemplo, que Sergio Urribarri puede postularse sin el aval de la Presidente?
Aunque se haya hecho eco el “fin de ciclo”, y el país haga agua por todas partes, quién sigue asida al timón del Titanic es Cristina. Y por las dudas alguien lo olvide, ella lo recuerdó.

En resumidas cuentas, el acto inaugural de las sesiones ordinarias del Congreso Nacional fue otro acto partidario más, a imagen y semejanza de la dama: mucho show aunque está vez, el espectador cambió.

La gente lo vio y lo escuchó con otra disposición. Quizás no tenía delante un nuevo televisor y el “vermouth con papas fritas” , ese combo ineludible que Tato Bores inmortalizó, o quizás – y esto sería tan saludable – el pueblo, un poquitito maduró.

(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 1º de Marzo de 2014