domingo, 23 de marzo de 2014

Candidatos, transición y la búsqueda del “buen final”

Por Jorge Raventos (*)
Aunque afectada por un traidor esguince que la privó de acompañar su elegante vestuario con los zapatos Louboutin que adora, la señora de Kirchner disfrutó su breve gira europea: en Roma, almorzó afablemente con el Papa y se retiró razonablemente convencida de que Francisco desea el mejor de los finales para su gobierno; en Francia fue muy bien recibida por Francois Hollande, el presidente, que carga con niveles de aprobación pública más deprimidos que los suyos y que le prometió acompañar amigablemente sus intenciones de arreglo con el Club de París. En la capital francesa se sintió como en casa cuando visitó la Feria del Libro dedicada este año a la Argentina: como si se tratara de una reunión de Carta Abierta en la Biblioteca Nacional, estuvo rodeada por decenas de escritores, funcionarios y aplaudidores oficialistas de mérito desparejo, todos trasladados con apoyo estatal. Los intelectuales cortesanos procuran, también, gozar el mejor de los finales.

La hiel de los que no quieren cambiar
Un intelectual, periodista y cuasi funcionario que no viajó –Horacio Verbitsky- tronó en las horas previas al encuentro de la Presidente con el Papa: en su columna de Página 12 reiteró denuncias contra Bergoglio ya ensayadas en ocasiones anteriores, imputándole complicidad con el gobierno militar de los años 70 en la desaparición de sacerdotes. Esas acusaciones ya han sido suficientemente desmentidas y desacreditadas (inclusive por algunos de los involucrados directos). Para un buen lector (y en Roma no escasean) su reproducción en las actuales circunstancias, más que una gragea emponzoñada contra el Pontífice parecía una gota de hiel dedicada a la propia Presidente y a su transformada actitud en relación con Bergoglio. Verbitsky refleja la amargura de sectores de la centrifugada coalición oficialista que constatan que la Casa Rosada se resigna a cambiar el rumbo para adaptarse a un buen final.
En cualquier caso, aunque haya muchos interesados en allanar ese camino, el resultado no está garantizado de antemano: quedan muchos hilos sueltos y muchísimos enredados por años de gestión sesgada, turbia y torpe; quedan muchos sectores heridos por el maltrato; queda un Estado que ha perdido instrumentos y habilidad para solucionar conflictos; queda la presencia creciente de organizaciones criminales que penetran territorios e instituciones. Es decir: quedan meses sembrados de conflictos antes de la hora del buen final.
Cómo congelar a Massa
Para el entorno presidencial, llegar a ese momento produce vértigo: admitir el crepúsculo del ciclo (“la década ganada”) plantea el problema de cómo evitar un deslizamiento vertiginoso del poder desde lo que se retira a lo que crece.
Una estrategia (por otra parte clásica) para acercarse a ese objetivo consiste en evitar que se distinga con claridad dónde está el centro del poder que crece. El gobierno necesita que haya varias ofertas distintas de sucesión, suficientemente creíbles como para que todas compitan entre sí y ninguna prevalezca categóricamente.
La figura de Sergio Massa se recortó con nitidez en la última elección: triunfó en la decisiva provincia de Buenos Aires y con su victoria sepultó lo que quedaba de la idea re-reeleccionista clave para un proyecto continuista. Primer objetivo oficialista: bajarle el precio a la figura de Massa. Sin embargo, la impericia política, en lugar de acercarse a esa meta, consiguió lo contrario cuando adelantó su decisión de impulsar la aprobación del proyecto de Código Penal elaborado por el juez Eugenio Zaffaroni. Con excelentes reflejos, Massa recuperó protagonismo liderando el rechazo a ese proyecto e impulsando una campaña para respaldar la oposición a través de una consulta popular, un método que le permite establecer contacto directo con la ciudadanía y hacer campaña y movilizar a sus simpatizantes como si estuviera en vísperas de una elección general. Ya lleva reunidas casi un millón de firmas de respaldo. Y las encuestas lo mantienen al tope de los candidatos a la presidencia.
Ya que no ha conseguido encoger a Massa, el gobierno necesita amplificar a sus competidores. La tarea tiene sus vericuetos. El principal competidor de Massa es Daniel Scioli, pero Scioli no ha dejado de ser considerado el principal enemigo íntimo por el núcleo duro del kirchnerismo. A diferencia de Massa, que a esta altura crece menos en los sectores en los que todavía se sostiene el oficialismo que en el electorado independiente, Scioli, al recortarse como una alternativa con posibilidades ganadoras, tiende a agrupar a su alrededor fuerzas que hasta ahora el mando kirchnerista ha controlado y comandado. La intención de sostener un candidato oficialista que compita con Scioli no consigue consolidarse porque no tiene verosimilitud; su vigencia es táctica, momentánea: algún nombre que servirá de excusa para rodearlo provisoriamente y conseguir ayuda suplementaria de la caja central o hasta para negociar mejor con el propio Scioli cuando llegue el momento.
Cómo parar a Scioli
El gobernador bonaerense aparece como la boca de salida más conveniente para aquellos sectores de la coalición de gobierno que sienten sus poderes territoriales mal defendidos por las políticas del poder central, mal compensados por los recursos de la caja central y amenazados por la penetración de las legiones massistas, con tantos convencidos de que tienen un bastón de mariscal en sus mochilas.
El jueves, en el el quincho del Comando de Remonta y Veterinaria del Ejército, en Palermo, esa constelación empezó a concretarse con la primera reunión de gobernadores peronistas convocada autónomamente, sin batuta ni agenda del gobierno. Sólo faltó el puntano Claudio Poggi, sucesor de los hermanos Rodríguez Saa, que deese modo creía matar dos pájaros de un tiro: no ofendía a la Casa Rosada acompañando lo que podía tomarse como un conato de motín y tampoco a los Rodríguez Saa, que tejen su apoyo a Massa.
De todos modos, la reunión fue ampliamente representativa y hasta contó con la presencia de José Manuel De la Sota, señal clara de que el encuentro tenía una agenda independiente de los intereses de la Casa de Gobierno. El todavía convaleciente pero muy activo gobernador de San Juan, José Luis Gioja, usó el teléfono para garantizar el éxito de la tenida. El fue el que convenció a De la Sota. La desembocadura de estos esfuerzos es fortalecer a los gobernadores frente al poder central, garantizar una reestructuración del peronismo donde el manejo partidario quede en manos de peronistas y no de “recién llegados”, camporistas o productos del dedo de Olivos, ir estructurando un operativo de monitoreo de la transición e ir trabajando una fórmula capaz de garantizar un triunfo peronista en el 2015. El candidato obvio es Daniel Scioli, probablemente en compañía de Gioja, aunque es demasiado temprano para los detalles.
La Casa Rosada necesita que el peronismo de la coalición gubernamental se organice, pero teme que Scioli se fortalezca en exceso y, junto a él, sectores peronistas abiertamente enfrentados con el kirchnerismo, como el cordobesismo de De la Sota. Por ese motivo el jueves aterrizó en el quincho de Palermo Carlos Zannini, el secretario general de la Presidencia, para observar la reunión y eventualmente ponerla en caja. Jorge Capitanich, invitado al encuentro en su condición de gobernador en uso de licencia, no podía concurrir sin avisar a la Presidencia. Zannini, avisado, cayó sin invitación. El encuentro se frustró en sus objetivos, pero evidenció que ya está en marcha la organización autónoma del peronismo territorial de la coalición de gobierno. Una organización que se mueve en la frecuencia de onda del Papa, si se quiere (“buena transición para el mejor final”) pero tiende a hacerlo (y eso se irá remarcando con el tiempo) con su propia perspectiva.
A Scioli, que es la carta peronista para competir con Massa, le intentan poner límites no sólo en su expansión hacia las filas interiores del peronismo, sino también en su propio territorio. La huelga docente, su extensión y su tono agresivo, parecen destinados a ese objetivo. Puede ocurrir lo opuesto, sin embargo: los excesos de hostilidad y los actos vandálicos producidos en el marco del conflicto gremial (aunque las direcciones sindicales se hayan delimitado declarativamente de ellos) pueden generar un fenómeno de opinión pública que cuestione a los huelguistas y termine beneficiando al gobernador. Para los que siguen la magnífica serie House of Cards, estos hechos guardan un notable parecido con episodios de la primera temporada de esa producción de Kevin Spacey: una huelga docente naufraga a partir de un ladrillazo.
Cómo ayudar a los no peronistas
Si el gobierno tiene que resolver un rompecabezas para ponerle límites a Massa desde el peronismo tratando al mismo tiempo de evitar un crecimiento demasiado rápido de Daniel Scioli, cree tener más facilidades para cortarle el camino en los sectores independientes de la clase media: aquí se trata de darle aire a la oposición no peronista: el Pro de Mauricio Macri y UNEN, la coalición que agrupa desde radicales a socialistas, sin excluir a personalidades como Lilita Carrió.
Las especulaciones llevan a algunos oficialistas a creer que todo aquello que se incline por estos sectores (particularmente por el macrismo) recorta el caudal potencial de Massa (un razonamiento que parece cierto si se habla de sectores de grandes ciudades). Y a concluir, entonces, que conviene alentar por vías directas e indirectas un crecimiento de estos sectores, ya que para el kirchnerismo sería preferible en el futuro enfrentar a un gobierno no peronista que a uno que gestione desde el peronismo.
Lo cierto es que la política produce en los hechos (no en las palabras ni en las apariencias) algunas convergencias no obvias: un gobierno que puede estar interesado en favorecer a la oposición no peronista así como en limitar, por razones diferentes, el crecimiento de las dos candidaturas peronistas más competitivas, según las encuestas: las de Massa y Scioli.
La competencia entre estos podría dar una chance a las fuerzas opositoras no peronistas. Viendo esa alternativa, Lilta Carrió propone (pese al rechazo de algunos radicales y hasta de su compañero Fernando Solanas), que UNEN y Pro junten los trapos para tratar, unidos, de llegar a una segunda vuelta y aprovechar así la división entre peronistas.
Analizando también ese posible paisaje, algunos dirigentes peronistas (tanto bajo el paraguas de Scioli como de la sombrilla de Massa ) están proponiendo que el gobernador bonaerense y el jefe del Frente Renovador encuentren la manera de forjar un espaco común.
Son especulaciones con la mirada puesta en urnas todavía muy lejanas. 
Pero una señal de que la transición está en marcha. Y que la gran mayoría trabaja para el buen final.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 22 de Marzo de 2014