domingo, 16 de marzo de 2014

El cambio que induce Francisco

Por Jorge Raventos (*)
Al cumplirse el primer año de pontificado del Papa Francisco, es inevitable que el análisis político de la Argentina gire alrededor de la enorme irradiación de su influencia y en los cambios que pueden ocurrir y en los que han sobrevenido en el país en este período, en algunos casos inducidos por la presencia, el ejemplo o el consejo directo de Jorge Bergoglio y en otros, coincidentes o convergentes con ellos.

Cita en Roma
El encuentro que el lunes 17 mantendrá la señora de Kirchner con el Papa en la residencia pontificia de Santa Marta, en Roma, no hace sino subrayar aquella influencia. Transformado desde su consagración (y sobre todo a partir de su acción y su prédica) en la figura pública de mayor ascendiente mundial, es natural que el peso de Bergoglio se sienta de manera singular en su propia patria.

La Presidente lo comprendió casi de inmediato. Sus primeras reacciones de disgusto y reticencia -producto de la inercia de largos años de distanciamiento del Bergoglio cardenal primado de Argentina- fueron reemplazadas por señales de resignación y respeto. Si alguien suponía que desde Roma se practicaría alguna forma de revanchismo pueril por aquellos años de desdén y hostigamiento que la Casa Rosada le había dedicado al vecino de la Catedral metropolitana, estaba lejos de comprender la lógica del Papa. Jamás hubo desde Roma una señal de destrato. Por el contraro, Bergoglio ha extremado los signos de cordialidad ante una Presidente que, como se deduce de sus gestos, busca comprensión y (desde fines de octubre, es decir, desde que hablaron las urnas y encogieron a la mitad el caudal de votos oficialistas) sabe que necesita (y necesitará, en un incierto pero no lejano futuro) tutela y ayuda.El Papa menciona a menudo con tono crítico las actitudes “autorreferenciales” y no se detiene en minucias; se subordina a su misión de pastor y cuida de todo su rebaño (en este caso, el pueblo de su patria), no a alguna oveja en particular.
Cuidar la gobernabilidad
A las dificultades que ya observaba en sus tiempos de obispo porteño (el extravío de las nociones de concordia y solidaridad, el auge de actitudes confrontativas y disgregativas) se suman ahora el creciente deterioro del poder social y político y su contracara: el desorden, la extensión de las redes del crimen organizada y la amenaza de ingobernabilidad. Jorge Bergoglio observa con aprensión ese paisaje que se extiende mientras se desarrolla la transición hasta el epílogo formal del período de gobierno. Y procura que desde el final de este ciclo empiece a gestarse otro, virtuoso, basado en la cultura del encuentro, en la unión nacional, en la justicia y en la reconciliación.
De estos temas conversa con la dirigencia argentina que lo visita en El Vaticano, con los políticos, sindicalistas y empresarios a los que busca por vía telefónica y con todos aquellos que reciben su palabra a través de emisarios y voceros.
Que nadie suponga que desde El Vaticano fluyen “instrucciones”, pasos específicos a seguir por cada uno de los interlocutores directos indirectos del Papa. Lo que llega son reflexiones y observaciones acompañadas por una actitud que conduce a aquellas metas: diálogo, comprensión, unidad, cuidado de los semejantes y del orden común, justicia, misericordia, audacia y “lío” (como les aconsejó a los jóvenes en Brasil) que no deben confundirse con temeridad y agresión.
El último jueves, en un salón de la Universidad Católica Argentina, el mensaje bergogliano se hizo oír a través de un ilustre portavoz informal: el pensador uruguayo Guzmán Carriquiry Lecour, el laico más encumbrado de la estructura vaticana (es secretario de la Pontificia Comisión para América Latina), muy cercano a Bergoglio (como lo fuera su recientemente fallecido compatriota, el eminente pensador Alberto Methol Ferré).
Una agenda para la región
Carriquiry planteó una agenda de objetivos a lograr en la región (“la patria grande”): “Una revolución educativa, inversión en capital humano, una serie de infraestructuras físicas, energéticas y financieras, inversión de fuertes valores agregados en nuestras riquezas naturales y la configuración de cadenas productivas, crecimiento con más justa redistribución, lucha contra la pobreza, reconstrucción del tejido familiar y social, pacífica convivencia, combate contra el narcotráfico y las drogas, mayor madurez democrática y salto de calidad en la integración latinoamericana”.
Señaló también que “es imposible afrontar la magnitud de estos retos desde una permanente confrontación, destinada siempre a dividir y por eso a restar, nunca a sumar”.
Escucharon a Carriquiri en un salón colmado muchos personajes de la política, particularmente de las distintas cofradías peronistas (desde los diputados oficialistas Julián Domínguez y Carlos Kunkel al antikirchnerista jefe de las 62 Organizaciones Gerónimo Momo Venegas).
El narcotráfico y la ausencia del Estado
Un punto urgente del programa enumerado por Carriquiry ya había sido incorporado por la Conferencia Episcopal argentina a la agenda política local a principios de noviembre de 2013: la necesidad de enfrentar la amenaza del narcotráfico ante una "situación de desborde” provocada por “la ausencia del Estado” y “la complicidad y corrupción de algunos dirigentes". Los obispos señalaron con énfasis que “estas mafias que han ido ganando cada vez más espacio” y advirtieron que "si la dirigencia política y social no toma medidas urgentes costará mucho tiempo y mucha sangre erradicarlas". El mensaje fue reiterado esta semana por los obispos, que se reunieron en la ciudad de Buenos Aires. Casi al mismo tiempo, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, abría el año judicial advirtiendo que “el narcotráfico está afectando el Estado de Derecho”.
No es improbable que el tema surja en el Convento de Santa Marta, durante la conversación de la señora de Kirchner con el Papa Bergoglio.
Obviamente no habrá ninguna crónica de esa charla, pero es legítimo conjeturar que el Papa no dice en privado nada diferente de lo que afirma y propone en público. En todo caso, lo que puede variar son los énfasis.
Si no las palabras intercambiadas, en poco tiempo se podrán, sí, observar las consecuencias de esa conversación. El Pontífice ha demostrado ser muy persuasivo. Quizás el fin de ciclo, que por cierto no carecerá de conflictos inevitables, pueda al menos eludir el confrontacionismo estéril.
(*) Jorege Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 15 de Marzo de 2014