jueves, 6 de marzo de 2014

Esperando a Maduro

Por Jorge Raventos (*)
Que el gobierno de Cristina Kirchner viene ensayando un cambio de rumbo parece obvio. Tres meses atrás, en esta columna ya señalábamos que “la Señora no está dispuesta a (o no está en condiciones de) recuperar el derrotero anterior”. Por entonces, Miguel Galuccio trabajaba discretamente para cerrar el contencioso abierto con la confiscación de las acciones de Repsol en YPF, algo que finalmente se consumó esta semana con una indemnización de 5.000 millones de dólares garantizada de acuerdo a las exigencias de la transnacional de origen español. El acuerdo suscripto con la petrolera estadounidense Chevron para explotar una parte de los yacimientos de Vaca Muerta era otra señal del nuevo rumbo. Había que sumar más evidencias, que en este espacio se enumeraron en noviembre: “…la decisión de pagar juicios perdidos en el CIADI, el tribunal de arbitraje del Banco Mundial, que hoy están en manos de fondos buitre representa todo un giro, que se aleja del rígido relato de los últimos años, lo mismo que la búsqueda de un arreglo con el Club de Paris. La realidad y el fracaso de los caminos que venía intentando, fuerzan al gobierno a buscar financiamiento en el mercado”. Habría más señales: el nuevo índice de inflación del INDEC (una aproximación a los reclamos de verdad numérica del Fondo Monetario Internacional); la abrupta devaluación; el incremento del costo del crédito; la revisión de algunos subsidios, la insistencia en contener los aumentos salariales por debajo de la inflación pasada (y, mucho más, de la inflación prevista).

El discurso con el que la Presidente inauguró las sesiones ordinarias del Congreso el primero de marzo no pivoteó, sin embargo, sobre esos notables v irajes. Más bien al contrario, la señora, cuando no evitó de esos temas, reincidió en capítulos clásicos del relato oficialista y, más allá de cualquier promesa de veracidad estadística o reforma del INDEC, apeló a cifras que surgen de la misma fábrica de embelecos que puso en marcha Guillermo Moreno; por caso, cuando habló de la “histórica” caída de la desocupación o de la “calidad del trabajo” alcanzada en esta década. Los estudios rigurosos demuestran que el empleo privado está estancado desde hace largos meses (y en los últimos tiempos, con propensión a la caída), que las cifras de ocupación se embellecen merced al crecimiento del empleo público y del registro de los receptores de subsidios como personal empleado; que uno de cada tres ocupados trabaja en negro (es decir, sin coberturas sociales). Es decir: ni cantidad, ni calidad.
La señora reivindicó al Estado como “mejor empresario” que los privados, y para probarlo ¡citó el caso de Aerolíneas Argentinas! La empresa aérea que administran los pupilos de La Cámpora vive del subsidio público; el déficit de sus cuentas es maquillado con aportes de los jubilados que cobran prestaciones mínimas inferiores al ya jibarizado salario mínimo vital y m+ovil; los vuelos al exterior son en parte financiados por argentinos que no sólo difícilmente puedan subirse alguna vez a un avión, sino que diariamente viajan con riesgo de vida en el transporte público urbano.
Al insistir en un discurso refutado ya no sólo por la realidad sino por sus propias decisiones, la Presidente bordea peligrosamente la inconsistencia: hechos y palabras corren en direcciones diferentes (a veces opuestas). Si hasta hace poco prevalecía en ella una coherencia ostensible (la apología del intervencionismo era acompañada por actos de intervención y hasta de expropiación o confiscación), ahora se puede al mismo tiempo convocar a Chevron, indemnizar a Repsol y seguir de todos modos con la vieja cantilena. Hace una década, Néstor Kirschner les aconsejó a un distinguido grupo de empresarios españoles: “No se fijen en lo que digo, sino en lo que hago”. La señora, en cambio, quiere que se fijen en lo que dice, no en lo que hace impulsada por las circunstancias (o, según ella y sus lenguaraces, forzada por las” acciones destituyentes” de “interés concentrados”). Ella quiere asentar su coherencia en el relato, aunque este se vea cada vez más desflecado por la realidad.
Es preciso partir de estos hechos para entender mejor lo que, aun en el marco de una retirada inevitable y de la centrifugación de la coalición en que su esposo y ella supieron apoyarse, puede considerarse el diseño estratégico presidencial. Ese diseño, que ya ha incorporado como dato el fin de la rereelección, no admite en cambio (al menos hasta ahora) la resignación a una derrota catastrófica, a un eclipse total del kirchnerismo cuando llegue el fin de esta presidencia.
A los ojos de la señora lo que perdure tras el fin de su presidencia, lo hará no en virtud de los gestos de realismo que (a menudo a disgusto) produce su gobierno por estos tiempos para evitarse males mayores, sino por la solidez que muestre el discurso ideológico característico. Para decirlo de uno modo extremadamente simplificador: no por Galuccio, sino por la proximidad con el chavismo venezolano; no por la indemnización a Repsol, sino por la confiscación de sus acciones. La señora se prepara para un futuro reagrupamiento de sus fuerzas en torno a ese núcleo de significaciones, aunque en el tránsito necesite maniobrar y hacer concesiones.
Parece obvio que, finalizado que sea el capítulo de su gobierno, sus vínculos con el peronismo (salvo con u n pequeño núcleo “setentista” y otro grupo al que le resultará difícil despegarse por efecto de compromisos y digamos, complicidades) quedarán muy diluidos. Ni la Presidente ni el círculo de afectos y afinidades de que ella se rodea admite que Daniel Scioli pueda recibir el testimonio de la escudería K de manos de ella. Cuando llegue la hora de las PASO, la simpatía de la Casa Rosada estará con el rival justicialista que pueda derrotarlo, se trate de Florencio Randazzo, Julián Domínguez, Juan Manuel Urtubey o Sergio Uribarri. Es probable que ninguno de ellos pueda y que Scioli termine enfrentando en la elección general a Sergio Massa (que no participará de una interna del PJ y mantendrá la autonomía de su Frente Renovador) y a otros candidatos: Mauricio Macri por el Pro, Ernesto Sanz, Julio Cobos o Hermes Binner por la coalición de centroizquierda, alguna fórmula frentista de izquierda…Para el momento de la elección general el voto kirchnerista (se imagina en la Casa Rosada) podría reagruparse alrededor de alguna candidatura K no peronista (¿el juez Eugenio Zaffaroni?), con posibilidades de alcanzar un porcentaje digno en el marco de una elección de baja polarización y cosechar un refresco parlamentario que se sume a la tropa que sobreviviría en el Congreso. Naipes importantes, se supone, para resguardar, en principio, a la cúpula K de las previsibles cuentas a rendir que presentaría el sistema político renovado tras el mandato de las urnas.
Es en función de esa mirada de más largo plazo que el oficialismo defiende su narración y su esquema ideológico más allá de que deba contradecirlo en la práctica con políticas de ajustedo. El kirchnerismo pretende hacer del relato su documento de identidad , para reagruparse en tiempos distintos.
Claro que al futuro hay que llegar transitando las incomodidades que ofrecen los sucesivos presentes. El gobierno debe convivir por tanto tiempo como el que fijen el almanaque electoral o la realidad con un ánimo público cada vez más violento, desordenado e irascible . Cada día el país asiste a nuevas manifestaciones de acción directa, que van de los piquetes a los escraches, a las tomas de predios, las usurpaciones de viviendas o las reacciones vandálicas, como las que se vieron durante la madrugada del sábado 1 en el barrio porteño de Saavedra. El Estado se muestra adormecido y falto de reflejos para restablecer el orden. Síntoma de la frazada corta que queda después de años de desvalorización de los temas de seguridad y de defensa y de una mirada condescendiente con la circulación de la droga, ahora el gobierno central advierte a las provincias que retirará gendarmes de las grandes ciudades para devolverlos a sus tareas específica en las fronteras. Resultado: estados provinciales con recursos enflaquecidos deberán afrontar a como dé lugar un crecimiento del delito y de la acción directa.
Hay que atravesar ese paisaje.
La decisión de recibir la visita de Nicolás Maduro dentro de dos semanas hay que sumarla a ese panorama como un nuevo desafío. El presidente venezolano, en quien ya no confía ni siquiera buena parte del propio chavismo (no hablemos de la oposición), es un símbolo que el el oficialismo se empeña en reivindicar. Pero ese símbolo es el de una nación dividida, destruida por la inflación, el desabastecimiento, la intolerancia y el delito. Habrá que ver si los argentinos aplauden o repudian esa visita.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado en "Peronismo Libre" por Diana Ferraro  el 6 de Marzo de 2014