domingo, 23 de marzo de 2014

Exigencia dineraria

Por Oberdán Rocamora (*)

El Grupo de Tareas “irrumpió violentamente”, con “armas en mano”, en la Asociación Mutual Propyme, de Maipú 311, piso veinte.
Según la “declaración testimonial” del “empresario” Guillermo Alejandro Greppi, “los requerimientos de los funcionarios policiales” se caracterizaban por una “notable agresividad”.
Invocaban un allanamiento “por parte del Juzgado Federal 5”, a cargo del doctor Norberto Oyarbide.
Téngase en cuenta que se trataba del día 19 de diciembre más caliente que se tenga memoria. Como le cuenta el doctor Fernando Torres a Greppi (que estaba ausente) “hubo una exigencia dineraria para abandonar el procedimiento”.
Se arrancó con la “exigencia dineraria” de tres millones, para rebajarla sensiblemente a dos millones quinientos. Por lo tanto Greppi decidió “apersonarse en el lugar”.
Los responsables del Grupo Tareas alegaban que sólo “obedecían órdenes del juzgado para retirarse”.
Por si no bastara, a Greppi le dijeron: “venimos porque aca hay lavado”. La circunstancia de la presumible espuma blanca los legitimaba para “llevarse todo lo que había”. Así se tratara de “dinero efectivo, cheques, computadoras, teléfonos celulares, pendrives”.
El infierno módico, para los empleados de Propyme, transcurrió entre las 12 y las 18. Hasta que se registró un llamado providencial “hacia el segundo funcionario”. Se presentó “ante el declarante como Azcona”, o Ancona. “Pidió las disculpas” del caso y de pronto se levantó el feroz procedimiento. Sin acceder a ninguna miserable “exigencia dineraria”.
El final, después de todo, fue casi feliz. La cuestión que a Greppi no le “rompieron el tesoro”, donde guardaba los 5 millones que hubieran saciado la “exigencia dineraria”.
Pero el empresario, honrosamente, se resistía a ponerla.

Decentes y giles

En “Hombre de Gris” se destaca que “robar no es para cualquiera”. Y menos, para los pobres. El libro registra también otra sentencia que funciona como provocación: que la sociedad nunca perdona al funcionario que no fue corrupto, cuando pudo haberlo sido.
Si cualquier funcionario atravesó por una situación ventajosamente semejante y no se enriqueció, no queda, en su círculo social, como un ser decente. Todo lo contrario, queda como “un gil”. O como un pícaro realizado que finge hacerse el decente pero supo hacerla bien.
Realidad desoladora. Compleja.
En una dinámica recaudatoria signada por el despojo, nada hay peor que el cuentapropismo.
Sobre todo durante los finales de ciclo. Y en las antesalas de los finales de año, cuando en el país que arde corresponde hacer la diferencia. Como sea. Ya que se encuentra bien consolidada la creencia que indica que hay que robarle, por las dudas, al otro. Al semejante poderoso que debe ser un sinuoso ladrón. Y si no lo es, debe parecerlo.

Ponerla

El inconveniente, en nuestro caso, consistió en que el señor Greppi no se sentía en la obligación de acceder “a la exigencia dineraria”. No le correspondía ponerla. Aunque la tuviera, como la tenía. ¿Por qué demonios se las iba a dar?
En el furor de la penetración, el jefe del Grupo de Tareas lo llamó aparte a Torres para persuadirlo:
“Hay que poner dinero para evitar males mayores”.
No le dijo para quién, pero había que poner 300 mil dólares.
“Dijo llamarse Ángel”, “tenía entre 30 y 35 años”. Ángel era flaco. Daba las directivas junto con otro. Era -el otro- el que daba las órdenes cuando Angelito no estaba. Hasta que de repente volvió para acabar con la recursiva disculpa. “Todo estaba en regla”.

Dios los Guarde

En la Argentina no ser abogado suele ser siempre un error. Sobre todo cuando las específicas problemáticas de los abogados se elevan hacia las primeras planas.
En efecto, es el mismo titular del Juzgado 5, Norberto Oyarbide, el Dandy Judicial, quien envía, el 27 de diciembre, la “copia certificada de los testimonios”. Los de Greppi y de Torres. Los remite al doctor Martín Irurzun, Presidente de la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal. Para “los fines administrativos que estime comprender”. Y para que formalmente “Dios lo Guarde”.
“Ancona y otros, s/ averiguación de delito”. Es la carátula.
En adelante transcurre el turno de la peregrinación tribunalicia. Pasa, durante el verano, por el despacho del Juez Ercolini, en un ida y vuelta hacia el camarista Irurzun.
El minué burocrático prosigue con la competencia del Juez Rodríguez pero vuelve otra vez a Irurzun, que necesita una extraña ampliación del juez Oyarbide. Por el cotillón de “los fines administrativos”.
Y se llega al cercano 10 de marzo cuando Oyarbide aclara “la comisión de hechos de gravedad”. El conocimiento esclarecedor que le había llegado por una “comunicación telefónica” de Carlos Liuzzi, el “funcionario de la Secretaría Legal y Técnica del Poder Ejecutivo”.
Es entonces Liuzzi quién le advierte a Oyarbide que el Grupo de Tareas amedrentaba a los empleados. Y que iba al frente con la “exigencia dineraria”.
“Tamaña información”, de “tan confiable fuente”, motivó a Oyarbide, de acuerdo al relato de Oyarbide, a “ordenar el cese inmediato de todos los procedimientos”. Lo hizo a través del grotesco que complementa la magnitud del episodio. En una documentación debió concluirse a mano, porque habían cortado “el fluido eléctrico” en el edificio de Comodoro Py. En el diciembre memorablemente peor. El más cruel.

Otras inquisiciones (Borges)

¿Quién gira a quién en esta historia? Ideal para el insumo del escándalo. Un commodity natural, el escándalo, como la soja.
¿Habrá que indagar en las posibles diferencias que trascienden, entre el Juez Oyarbide y el secretario Carlos Leyba? Ampliaremos (sólo si viene al caso).
¿Se asiste a un caso explícito de cuentapropismo? Frustrado por el último recurso de un llamado providencial.
El llamado de Greppi a Liuzzi, “un amigo de la vida”, con quien tomaban cafecitos en el Tolón.
Liuzzi es hoy una molestia para Carlos Zannini, El Cenador. Y Máximo, En el Nombre del Hijo, aprovecha a Liuzzi para acosarlo. Para colmo La Doctora está harta que se diga que gobierna Zannini. Y le encuentran servida una escandalosa vulnerabilidad.
Tal vez, o con seguridad, Liuzzi hizo muchas que no correspondían. Pero en esta “exigencia dineraria”, según nuestras fuentes, se comió un garrón. Por advertirle, acaso, al señor Juez:
“Mire doctor que están mangando en su nombre”.
Significa confirmar que Liuzzi cometió el pecado de avivarlo solidariamente a Oyarbide, quien también, con seguridad, hizo varias que no le correspondían. Pero en esta “exigencia dineraría” el juez dormía, acaso, la siesta. Sin imaginar que lo aguardaban para ir por él.
Para arrastrar al dandy excéntrico por el fango. Con la refinada inmanencia del fondo operístico, y entre fastidiosos cortes de luz.
(*) Oberdán Rocamora para JorgeAsisDigital.com Publicado el 20 de Marzo de 2014, Envío Nº 1189