sábado, 15 de marzo de 2014

Othmar. K. Amagi

Por Arturo Damm Arnal (*)
"Al ser humano hay que tratarlo igual ante la ley, no intentar (intento siempre fallido) de hacerlo igual por ley.”
Creo, y espero no equivocarme en lo que a continuación escribo, que la frase de Amagi es una elaboración de una frase de Hayek, quien apuntó que a los hombres hay que tratarlos igual, pero no intentar hacerlos iguales, frase de Hayek que, si estoy en lo cierto, Amagi detalla, poniendo el punto sobre la i, precisando lo dicho por Hayek.

A los hombres, ¿hay que tratarlos igual? ¿Hay que tener las mismas consideraciones con el barbaján que con el educado, con el mentiroso que con el veraz, con el deshonesto que con el honesto, con el vicioso que con el virtuoso? ¿Qué acaso el educado, el veraz, el honesto y el virtuoso no se ha ganado, con su conducta, el privilegio de ser tratado de una manera que, por justicia, no le corresponde al barbaján, al mentiroso, al deshonesto o al vicioso? ¿No es nuestra conducta la que nos diferencia de los demás, diferencias que marcan la diferencia en el trato que los otros nos propinan?

¿Cuál es el único trato igualitario que hay que concederle al ser humano? El trato ante la ley, ley ante la cual todos los seres humanos, por razón de la esencia común que comparten, deben ser tratados igual, medidos con la misma vara, pasados por el mismo rasero, lo cual supone acabar con los privilegios, que etimológicamente quieren decir ley privada, por lo tanto individual, particular y especial, ¡hecha a la medida!, exclusiva, privada y personal.

¿Debe haber privilegios, en el sentido general del término? Sí, claro que sí, y ello es lo que defiendo en el primer párrafo de este escrito. ¿Debe haberlos en el sentido literal del término, entendido y practicado como leyes personales e individuales, privadas y particulares, exclusivas y especiales? No, claro que no, y ello es lo que critico en este artículo. La primera característica de una ley justa es que sea la misma para todos.

¿Qué justifica la igualdad del ser humano ante la ley? La igualdad esencial de los seres humanos. ¿Qué descalifica cualquier otro intento de igualdad, sobre todo por medio de la ley, es decir, por voluntad del legislador? Las desigualdades accidentales, que hacen que cada quien sea quien es y no alguien más, lo cual enriquece a la humanidad en su conjunto, haciendo posible los maravillosos avances logrados en todos los campos de la acción humana, desde la ciencia hasta el arte, desde las técnicas hasta la especulación.

Esencialmente iguales, y por ello iguales ante la ley. Accidentalmente distintos, y por ello diferentes en todo lo demás, diferencias accidentales que, ¡lo mismo que la igualdad esencial!, es natural, y por ello no sólo anterior al ser humano, ¡sino superior al mismo!, lo cual quiere decir que no hay poder humano, mucho menos el del legislador, que sea capaz de eliminarla, momento de preguntar ¿por qué habría de eliminarse?, pregunta que debe hacerse sin olvidar que no faltan quienes ven en la desigualdad, comenzando por la de herencia y oportunidades, por la de ingresos y riqueza, un mal insufrible, una injusticia inaceptable, un error colosal, todo lo cual debe corregirse, enmendarse, enderezarse, y para hacerlo están los gobiernos, y en concreto los gobernantes, todos ellos paladines de la igualdad, que cuando va más allá de la igualdad ante la ley resulta en la violación de la libertad individual, la propiedad privada y la responsabilidad personal.

Esencialmente iguales, y por ello iguales ante la ley. Accidentalmente distintos, y por ello diferentes en todo lo demás. ¡En ello consiste la justicia!

Por ello, pongamos el punto sobre la i.

(*) Arturo Damm. Economista, filósofo. Liberal (casi anarcocapitalista, por ello minarquista). Profesor universitario. @ArturoDammArnal Artículo publicado en "Asuntos Capitales" el 15 de Marzo de 2014