domingo, 23 de marzo de 2014

¿Pasó lo peor?

Por Martín Tetaz (*)
El jueves de esta semana se conoció uno de los datos más importantes para evaluar el estado y las perspectivas de la economía. Se trata del índice de confianza del consumidor (ICC) que confecciona la Universidad Di Tella y que mide la percepción de la gente respecto de su situación personal, de la situación macroeconómica y la actitud hacia la compra de bienes durables e inmuebles. 

El indicador subió un 8,2% recortando parte del espectacular desplome sufrido el mes pasado cuando la confianza cayó, devaluación mediante, 23,4%. Claro está que no se trata de un dato para descorchar champagne, porque comparado con similar mes del año pasado, la confianza de los consumidores está 22,8% abajo, pero el rebote indica un quiebre en las expectativas coincidente con la calma lograda en el mercado de cambios hacia mediados de febrero cuando el Banco Central hizo bajar el dólar hasta los $7,76. 

Carentes de formación educativa en finanzas y economía, los argentinos hemos sido condicionados, como aquel famoso perro de Pavlov, a sospechar que se viene lo peor cada vez que el dólar se dispara y de allí que la estabilidad de la moneda norteamericana sea tan importante, incluso para la gran mayoría de quienes aunque no tienen la posibilidad de ahorrar en la divisa fuerte, usan al verde como un termómetro que les señala la salud de la economía. 

Un dato crucial
Haber torcido el rumbo de la confianza resulta crucial, porque ese mecanismo de relojería pone en marcha un perverso círculo vicioso cuando se descompone, dado que la simple percepción generalizada de que vienen tiempos malos, frena las decisiones de consumo de las familias, posterga las compras de bienes durables y termina produciendo en efecto ese deterioro en los niveles de actividad económica, en un fenómeno de profecía autocumplida que solo puede frenarse si vuelve la confianza, se recupera el consumo y con él respiran aliviadas las ventas de los comerciantes. 

El segundo dato conocido el martes tuvo que ver con la caída en las expectativas de inflación. En efecto, cuando la Universidad Di Tella preguntó a las familias argentinas cuanto creían que aumentarían los precios en los próximos 12 meses, la gente contestó en promedio, un 38,6%, casi dos puntos menos que el mes pasado, en coincidencia con la leve baja en el nuevo índice oficial de inflación, que también fue publicado esta semana arrojando una velocidad de aumento de los precios de 3,4% en el mes, apenas por debajo del 3,7% de enero. 

De nuevo; que la gente perciba que los precios subirán un 38% en un año, no es una buena noticia y de hecho esa sensación de que se avecina más inflación es una de las responsables de que no haya sido posible cerrar un acuerdo entre el Gobierno provincial y los maestros, porque nadie pactaría un aumento si existe la firme sospecha de que es altamente probable que se diluya antes de fin de año. Pero que al mismo tiempo exista la expectativa de que los precios levantaron, aunque mas no sea ligeramente, la pata del acelerador, resulta auspicioso. 

El modelo está todavía, claramente en terapia intensiva, pero la fiebre está cediendo de a poco, lo que indica que el cuadro, al menos no se agrava. Que la calma sea pasajera, depende de la velocidad con que mejoren tanto las expectativas de inflación como la confianza de los consumidores en los próximos meses. La clave está en la relación Inflación-Dólar- Confianza 

Pasado y futuro
Como los formadores de precios remarcan no sólo en función de los aumentos de costos pasados, sino de los que esperan a futuro y buscan anticipar, resulta fundamental demoler las expectativas de inflación para que al menos vuelvan a los niveles de octubre pasado cuando se esperaba 31% de aumento anual en los precios. 

Esto es además importante porque solo es posible una fiebre de remarcaciones si los consumidores esperan una inflación alta y convalidan por lo tanto, los aumentos en las góndolas. Si la inflación persiste en torno del 3%, para septiembre se habrá evaporado por completo el efecto de la devaluación y el dólar volverá a estar tan atrasado como en noviembre pasado, por lo que se reeditaría la presión sobre las reservas y casi con seguridad el Gobierno se vería forzado a una nueva devaluación brusca. 

Aún en el escenario hipotético en que la actual conducción económica logre bajar el aumento de los precios a un ritmo del 2% mensual en los próximos seis meses, el dólar oficial tendría que estar en septiembre tocando los $9, para que la moneda doméstica no pierda la competitividad lograda con la fuerte devaluación de enero. 

A su vez, como la gente se asusta y la confianza en la economía se deteriora profundamente cuando el dólar experimenta saltos bruscos, el Banco Central debería permitir que la cotización de la moneda de Estados Unidos se deslice lentamente, al mismo ritmo que lo hacen los precios de los restantes bienes y servicios. 

De allí que la clave de la sostenibilidad de la política económica pase por bajar la inflación en los próximos meses, de manera tal que los aumentos del dólar sean pequeños y graduales, evitando que las expectativas colapsen nuevamente. Falta ni más ni menos que un plan coherente y consistente para frenar los precios. Esperemos que se anuncie pronto. 

(*) Martín Tetaz  es economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) e investigador visitante del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS). Artículo publicado en "El día" el 23 de Marzo de 2014