miércoles, 30 de abril de 2014

Un nuevo e incierto orden mundial, con los viejos juegos de poder

Por David Brooks (*)
En todas partes, el tejido de paz y de orden se está deshilachando. Los líderes de Rusia y Ucrania profundizan su retórica apocalíptica. La divisiónentre sunitas y chiitas se agrava, mientras Siria e Irak derrapan hacia el caos . China hace sentir su peso en todo el Pacífico.
Soy uno de los docentes de alta estrategia de la Universidad de Yale, y les pregunté a mis colegas cuál es el significado de lo que está pasando. Charles Hill, legendario funcionario del Departamento de Estado antes de dedicarse a la docencia, me respondió lo siguiente:
"El «error categorial» de los expertos es decirnos que nuestro sistema anda bárbaro y que sigue su marcha sempiterna hacia un progreso y bienestar global aún mayor. Eso es como pasar por el cementerio y mirar para otro lado.
"La gran lección que enseña la historia de la alta estrategia es que cuando un sistema internacional establecido entra en fase de deterioro, muchos líderes actúan con indolencia y despreocupación, y felicitándose a sí mismos. Cuando los lobos del mundo huelen esto, por supuesto que empiezan a moverse para sondear las ambigüedades del sistema que envejece y así arrebatar de un tarascón los bocados más preciados.
"Lo que está haciendo Putin es eso. Hacia eso se encamina China en aguas de Asia. Y de eso se tratan los levantamientos en Medio Oriente: determinar qué fuerza político-ideológica será hegemónica en la región en el nuevo orden por venir."
Y añadió: "El antiguo orden, alguna vez conocido como el «Siglo Norteamericano», se ubica dentro de la «era moderna», una era que parece estar apagándose después de más de 300 años. La era que la reemplace no será moderna y no será para nada agradable".
Cuando habla de orden moderno, Hill se refiere a un sistema de Estados que refrena los dos grandes vicios de las relaciones internacionales: el deseo de dominio regional y el deseo de eliminar la diversidad.
Según consigna la historia, las grandes potencias regionales generalmente se engullen a las naciones pequeñas, y los poderosos suelen tratar de imponerles su versión de la verdad a los pueblos menos poderosos.
Pero en los últimos siglos, los líderes civilizados se agruparon para contener esos vicios. Ya en el Tratado de Westfalia de 1648 las potencias dominantes intentaron establecer procedimientos y normas que garantizaran las fronteras nacionales y protegieran la diversidad. Los hegemonistas, como los nazis y los comunistas, desafiaron ese sistema, pero las otras potencias presentaron batalla.
Actualmente, ese sistema está nuevamente bajo asalto, pero no por parte de un único imperio, sino de un centenar de grandes y pequeños enemigos. Como argumenta Walter Russell Mead en un soberbio artículo en Foreign Affairs, la geopolítica está de vuelta y para vengarse.
Ya se trate de Rusia al apoderarse de Crimea o de China al reafirmar su poderío, los juegos de poder a la antigua están de moda otra vez. Mientras tanto, movimientos y pueblos premodernos intentan eliminar la diversidad étnica y religiosa en Egipto, Ucrania y otras partes.
China, Rusia e Irán tienen diferentes valores, pero los tres se oponen a este sistema de pluralismo liberal. Estados Unidos enfrenta el dilema de morir de mil heridas. No existe un único problema individual que demande recursos ingentes para enfrentarlo. No vale la pena gastar enormes sumas del Tesoro para estabilizar a Siria o defender a la Ucrania prooccidental. Pero conjuntamente, todos esos problemas menores tienen el potencial de socavar el sistema moderno. Ninguna dolencia menor que tenga un individuo merece el gasto de un tratamiento, pero la suma de muchos males puede costarnos la vida.
Implosión
John Gaddis, otro gran profesor de alta estrategia, señala que hay que volver a las ideas de George Kennan del principio de la Guerra Fría, que según Gaddis siguen siendo relevantes para corregir esa mentalidad de "muerte por mil heridas". Para Gaddis, debemos contener esas amenazas hasta que hagan implosión.
El régimen de Moscú necesita de un mundo exterior hostil para mantener su estabilidad interna. Ésa es su debilidad. Si no nos comportamos de manera estúpida y si no tiramos demasiado de la cuerda, Gaddis dice que "podemos estar seguros de que el germen de autodestrucción de Putin tiene raíces más profundas que el nuestro".
Es una idea inteligente, pero no estoy tan seguro de que el tiempo nos juegue a favor. La debilidad de toda política exterior democrática es el problema de la motivación. ¿Cómo hacer que el electorado apoye la constante carga que implica defender el sistema liberal?
Si ya era casi imposible cuando enfrentábamos a un enemigo obviamente amenazador como la Unión Soviética, mucho peor es hoy, cuando el sistema es comido de a poco por un centenar de amenazas menores.
Los republicanos parecen haber abandonado la política de acuerdos globales que conforman el tejido de nuestro sistema, mientras que los demócratas recortan salvajemente el presupuesto de defensa que mantiene unido ese tejido.
Para colmo, hay gente dispuesta a morir por la Madre Rusia o por Alá, pero es mucho más difícil convencer a alguien de que muera por un conjunto de procedimientos pluralistas para proteger lugares remotos. Cuesta mucho que la gente acepte la imposición de sanciones y el daño comercial que causan.
El sistema pluralista liberal no nació por generación espontánea. Para preservar ese ecosistema ganado con tanto esfuerzo es necesario tejer alianzas aún más complejas, delimitar qué comportamientos son inaceptablemente disruptivos para el sistema y contar con herramientas creíbles de amenaza política, financiera y militar.
Un abrazo y una fiesta muy polémicos
El ex canciller socialdemócrata alemán Gerhard Schröder desató ayer la polémica en Alemania después de que se difundieran imágenes de su 70° cumpleaños, celebrado anteanoche, en San Petersburgo. En ellas, se lo ve abrazando efusivamente al presidente ruso, Vladimir Putin.
El abrazo entre Putin y Schröder fue duramente criticado en Alemania, al producirse el mismo día en que Estados Unidos y la Unión Europea (UE) decidieron imponer nuevas sanciones contra Rusia, en el marco del conflicto por Ucrania y cuando las relaciones entre Moscú y Berlín parecen atravesar su peor momento.
Traducción de Jaime Arrambide
(*) Por David Brooks  | Publicado en The New York Times 30 de Abril de 2014

¿Quién vio un dólar?

Por Tomás Bulat (*)
Esta semana tuvo como principal polémica la no información sobre los datos de pobreza e indigencia en la Argentina. El “empalme” o “es obvio que hay menos pobres” es la respuesta acerca de por qué no se necesita medir lo que es evidente. Este es el mejor modelo económico del mundo. Punto, no hay que medir nada más. POR FAVOR NO MOLESTAR.

Pero la información que sí dio el INDEC -aunque desprolija-  es la que corresponde al comercio exterior. Se dio a conocer el dato de marzo 2014 de exportaciones e importaciones de bienes como era habitual, no obstante dicha publicación incluyo sorpresivamente una corrección sobre el saldo comercial del año pasado.

Lo cierto es que los dos van en la misma dirección: menos saldo comercial el año pasado y mucho menos el 2014.

A la economía argentina cada vez le ingresan menos dólares

El saldo comercial del 2013 se redujo de 9.024 millones de dólares a 8.004- fruto de un recálculo en las exportaciones y en las importaciones. Según los nuevos datos se exportó 1.366 millones menos que lo originalmente publicado y se importó por 346 millones menos. Desafortunadamente, no queda claro cuáles rubros son los que exportaron menos ni cuáles disminuyeron su importación.

Como dato adicional, resulta interesante ver que según la información del BCRA, las exportaciones no fueron 81.000 millones que publica  el INDEC, sino unos 77.000 millones. Es decir, todavía unos 4.000 millones menos.

Sin embargo,  lo más llamativo del informe lo aporta el dato del saldo comercial de marzo y del primer trimestre del 2014. No solo el superávit se redujo en 1.020 millones en el 2013, sino que en el primer trimestre del 2013 el superávit era de 1.499 millones y en el 2014 la impresionante suma de… ¡121 millones! Es decir, un 92% menos que el año anterior. El menor superávit desde el año 2000, cuando la economía estaba aún en convertibilidad.
¿Por qué entran los dólares?

En cualquier economía moderna la entrada de dólares se da por 5 vías:
1. El saldo comercial, exportaciones menos importaciones de bienes y servicios.
2. El endeudamiento. Emitir un bono y a cambio te dan dinero.
3. La IED (Inversión Extranjera Directa) Empresas internacionales que invierten en el país.
4. Dividendos de empresas argentinas que están en el exterior y las repatrian.
5. Entrada de inversores de corto plazo al país y remesas de argentinos viviendo en el exterior.

Como se puede observar, en la Argentina el ingreso de dólares tiene un solo componente muy activo: el saldo comercial. No hay endeudamiento externo, no hay IED con ingreso de capitales, solo reinversión de utilidades, no hay dividendos de empresas argentinas y –finalmente- no hay inversores de corto plazo ni remesas.

Por lo tanto, la entrada de dólares está estructuralmente cerrada. El dólar es el bien más escaso de la economía actual.

AMJ el trimestre de oro

Abril, Mayo y Junio es el mejor trimestre de la economía argentina. Es donde se concentra la mayor exportación de los dos cultivos más importantes, soja y maíz. Así como Capitanich dijo que no se podía inferir la inflación anual por lo que pasara en el primer trimestre, tampoco se puede pensar que la paz cambiaria del segundo semestre se puede proyectar para el resto del año.

El problema estructural de la falta de dólares es muy grande y para conseguirlos hay que comprarlos. Para comprarlos alguien debe venderlos y para eso, deben suceder al menos dos cosas:
La primera es que tiene que subir su precio y, la segunda, que en algún momento lo pueda volver a comprar. Mientras esté a precio congelado y cada vez más barato en términos reales por la suba de la inflación, y sigan vigentes las restricciones a poder disponer de ellos, su escasez será la consigna.

El mundial

Queda un poco más de 40 días hasta que empiece el mundial. Después de eso, la escasez de dólares se hará sentir con fuerza. La importación de energía tiene su pico y la oferta de la soja baja fuertemente.

Entonces la pregunta será ¿De dónde vendrán los dólares? …Y de esa respuesta se desprenderá la tranquilidad o turbulencia que nos espere en el segundo semestre del 2014.

(*) Tomás Bulat. Economista, periodista y docente universitario. Artículo publicado en "El Punto de Equilibrio" el 29 de Abril de 2014

Lo que no les cuentan de la deflación

Por Antonio España (*)
Probablemente han visto la película de 1993 Una proposición indecente, en la que un acaudalado Robert Redford ofrece un millón de dólares a una joven pareja recién arruinada en Las Vegas –Demi Moore y Woody Harrelson– por pasar la noche con la chica. En cierto modo, se trata de una versión cinematográfica de la historia en la que un caballero –atribuido apócrifamente a W. Churchill, Groucho Marx, B. Shaw o M. Twain, entre otros– pregunta a una chica si se acostaría con él por una cifra desorbitada de dinero. Tras responder que sí, vuelve a preguntarle si lo haría por una cantidad irrisoria. Cuando la señorita, ofendida, replica que qué se ha creído que ella es, el caballero le responde que lo que es ya le ha quedado claro, que ahora está negociando el precio.

Pues bien, algo similar ocurre con el debate sobre la evolución del índice de precios al consumo (IPC) y la necesidad o no de intervenir para acercarse al objetivo arbitrario del 2% establecido por los bancos centrales y aceptado por las corrientes mayoritarias de economistas. Que la inflación es un robo oculto al ciudadano está claro y la discusión sobre su nivel deseable no es sino una mera negociación sobre hasta cuánto debemos soportar los ciudadanos para enjugar los excesos de endeudamiento propiciado por políticos y banqueros durante la burbuja previa y la crisis posterior, con los rescates al sector financiero y las vanas medidas de estímulo keynesiano.
Hemos debatido largo y tendido en este espacio sobre la naturaleza de la deflación, en qué consiste, los diferentes tipos y sus causas, así como sobre la bondad o iniquidad de los procesos deflacionarios (Monetae Mutatione,"¿Quién teme a la deflación?", 27/02/2014). También sobre si existe riesgo real o no de deflación, el temor irracional a la misma por parte de gobernantes, periodistas, economistas y banqueros, y la conveniencia o no de intervenir para tratar de detenerla con medidas inflacionarias (Monetae Mutatione,"Apoplitorismofobia", 14/11/2013). Asimismo, tuvimos ocasión de discutir las limitaciones del IPC para medir de forma coherente un fenómeno eminentemente monetario como es la inflación (Monetae Mutatione, "¿Dónde se esconde la inflación?", 17/07/2013).
Aun así, hay al menos tres aspectos sobre los que apenas se pueden encontrar análisis cuando se abordan las bajas cifras de inflación actuales, que tanto parecen preocupar a la mayoría de los economistas. Una carencia de análisis motivada, seguramente, por la miopía característica de la macroeconomía y la sobresimplificación excesiva con sus agregados y estadísticas que muchos, con sus modelos mecanicistas, asimilan a variables matemáticas como con las que se trabaja en el campo de la física en vez de considerarlas como representaciones imperfectas de la realidad de la acción humana.
El FMI define la deflación como un descenso sostenido en un indicador promedio de los precios, como es el IPC. Sin embargo, al utilizar este índice se está descartando información que puede ser esencial para entender la naturaleza de los cambios económicos: (1) al ser agregado, oculta cómo se ha formado el valor que toma el indicador en cada medición y (2) al restringirse a bienes de consumo, obvia en el análisis la evolución de los precios del resto de bienes que se intercambian en una economía y que son mayoría: materias primas, bienes intermedios y bienes de capital; (3) además de omitir de forma absoluta el comportamiento de los precios de los activos financieros.
¿Puede llamarse a esto descenso generalizado de los precios?
Pues bien, tras el último informe estadístico del INE, hemos podido comprobar como muchos se han rasgado las vestiduras con el dato del 0,2% de caída del nivel general de precios. Cabría preguntarse si una variación porcentual de dos décimas puede considerarse como un desplome de los precios, que es lo que se desprende de las manifestaciones de alarma que pueden leerse en los circuitos mainstream habituales. Permítanme contextualizar el dato ahora que llega la época de terrazas. Es como si una caña de cerveza pasara a costar de 1,5 € a 1,497 €. No parece que esos 0,3 céntimos de euro de diferencia vayan a hacer que nadie deje de tomar cañas ante la expectativa de que el precio siga cayendo. Ni tampoco que el barista vaya a ir a la quiebra, ¿no creen?
Tampoco parece que la baja inflación que tanto atemoriza a muchos haya causado estragos en el consumo esta Semana Santa, con niveles de ocupación hotelera que no se veían desde el inicio de la crisis. Gran culpa la tiene el buen tiempo que hemos disfrutado, sin duda, pero no puede decirse que los turistas hayan decidido postergar su consumo ante una expectativa de precios decrecientes, tal y como auguran los que sufren de apoplitorismofobia.
Pero el IPC es un agregado estadístico y carecería de sentido aplicar el resultado a todos y cada uno de los productos que consumimos –mención aparte merece el hecho de que sean fiables los datos de porcentajes con decimales obtenidos a través de encuestas a una muestra de comercios–. La cuestión es que si echamos una ojeada a las diferentes rúbricas que constituyen el IPC nos daremos cuenta de que el desplome terrible de los precios es, como mínimo, una exageración. No en vano, del último informe el 56% de los productos recogidos en el IPC subieron de precio, mientras que sólo el 44% reflejó un descenso, situándose la mediana en algún punto entre el 0% y el 0,1% y con variaciones entre el -6,9% y el 6,5%. ¿Es esto un desplome generalizado de los precios?
El comportamiento relativo de los precios señaliza el fin del ciclo depresivo…
Por otro lado, llama poderosamente la atención que los mismos que se escandalizan con una evolución negativa de los precios al consumo de dos décimas omitan de forma tan ostentosa en su análisis la caída de los precios de los bienes intermedios y de capital en el mes de febrero un 2,8% y un 0,3% respectivamente, cuando el IPC del mismo periodo fue del 0%.Son datos, claro está, que hacen difícil sostener la tesis dominante de la espiral deflacionaria, por la que la caída de los precios de venta arruina a los empresarios y deprime más aún la economía. Olvidan los defensores de la inflación que en estos procesos también baja, y más intensamente, una parte relevante de los costes.
Un comportamiento relativo que la corriente mayoritaria de economistas obvian en su averiado análisis, pero que resulta muy relevante para entender las fases del ciclo económico. Porque lo que señalan estas cifras es que estamos asistiendo a la fase final del ciclo de depresión. Son datos, pues, que tienen toda la lógica si se examinan con una teoría adecuada del ciclo económico, aquella que considere que la estructura de producción se organiza por etapas y que, en las economías más desarrolladas, estas tienen más peso en la actividad que el consumo final, que tanto obsesiona al pensamiento económico mayoritario.
… que puede verse cortocircuitado por la burbuja de activos financieros
No obstante, no es posible refrendar de forma empírica la evolución del ciclo económico con los datos mostrados ya que, como saben, y pese alcomportamiento marginalmente más responsable de las autoridades monetarias europeasaún estamos sentados sobre una enorme bola de liquidez creada en el pasado y alimentada por los programas deimpresión de dinero de los bancos centrales del resto del mundo, fundamentalmente la Reserva Federal (Fed) y el Banco de Japón (BoJ). De este modo, a la sana recuperación emprendida por los países europeos, se superponen los efectos de la expansión monetaria, haciendo poco previsible la evolución futura (ver Monetae Mutatione, "QE-n: la madre de todas las burbujas", 25/9/2013).
Una liquidez extraordinaria que, como ya comentamos, no se ha trasladado a los precios al consumo, pero que se deja sentir en los otros grandes olvidados del análisis dominante, los precios de los activos financieros. Vean si no la evolución de la renta variable en los últimos meses, así como de la renta fija, especialmente la pública. Datos que tampoco parecen refrendar la tesis de los tintadictos de que la deflación agrava la situación de la deuda por la pérdida de valor del colateral. Es cierto que parte de ese colateral, la que fue hinchada artificialmente de precio en la burbuja (p. ej., activos inmobiliarios), jamás recuperará su casi inexistente valor, pero el principal colateral que utilizan nuestros bancos (deuda pública), no parece que esté desplomándose.
Y tampoco parece que los datos de la morosidad bancaria se estén resintiendo por las temidas cifras bajas de inflación de los últimos meses, como temen los defensores de mayores cifras de inflación. Pues aun teniendo en cuenta el cambio de metodología en el mes de enero, las últimas cifras publicadas por el Banco de España muestran un descenso de la mora tanto en términos relativos del 13,53% al 13,42%, como en términos absolutos –los créditos de dudoso cobro han descendido cerca de 2.100 millones de euros de enero a febrero–.
Pregúntense, pues, ¿a quién favorecen realmente las medidas que con tanto énfasis reclaman muchos para aumentar el nivel de inflación? Permítanme ser demagogo por un instante, pero cuando oigan a alguien decir que los precios estables ponen en riesgo la recuperación, les están diciendo que apoyen que les suban el precio del pan, la carne de cerdo o la fruta fresca, para que así el Ibex se infle artificialmente un poco más o al Estado le cueste un poco menos seguir endeudándose. No obstante, ese no sea quizás el daño peor que pueda hacerse a la economía. Mucho más perjudicial es el efecto distorsionador que la inflación monetaria tiene sobre la estructura productiva en general y sobre el actual proceso de recuperación en particular.
Por tanto, no se dejen llevar por la tentación del dinero fácil, como hacía la pareja formada por Demi Moore y Woody Harrelson en la película que les recordaba al inicio. Ni tampoco se dejen seducir por los cantos de sirena de los millonarios, como el interpretado por Robert Redford para que se dejen corromper. Pues, al final, las consecuencias suelen ser peores que si uno se empeña en recuperarse dignamente de los reveses económicos.
(*) Antonio España (Málaga, 1973) combina la aplicación del instrumental analítico desarrollado por la escuela austriaca de economía con su personal apreciación de los hechos económicos y monetarios que periódicamente sacuden la economía en forma de ciclos económicos. Casado y con tres hijos, Antonio España es Ingeniero de Telecomunicación por la Universidad de Málaga, MBA por el IESE y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos. Artículo publicado el El Confidencial el 23 de Abril de 2014

martes, 29 de abril de 2014

Hablemos en serio de cambio institucional

Por José Benegas (*)
Si, se necesita un cambio institucional como repiten varios postulantes o comentaristas. Lo que no está muy claro es que se entienda de qué se trata lo institucional y la diferencia enorme que que existe con la muy arraigada concepción platónica del rey sabio, bueno o idóneo. Esto que voy a decir es válido para la Argentina pero también para los otros ladronismos, es decir el chavismo, el correísmo, el evismo y varios colaboradores. 
Es tan grande el cambio institucional que debe haber como el que ocurrió con la sanción de la Constitución de 1853, pero parece que existe un temor muy irracional a lo que eso significa, el sistema político entero (incluyo todos los partidos y todos los votantes, salvo un pequeño número) están embarcados o en la moralina platónica buscando un salvador sabio y honesto o en el cinismo populista. Populistas son los que ya saben que todo el palabrerío de los primeros tiene como única utilidad crear una oligarquía y parasitar a la sociedad. Unos quieren usar la disciplina social y la extracción de recursos para el bien y los otros para el mal. Los primeros son los más equivocados.
La Argentina funciona como una sociedad que alimenta el miedo para inventar manosantas y estúpidos líricos. Ya no se sabe qué es peor. Pero de una cosa estoy bastante seguro (contra la opinión de muchos) y es de que el populismo ladrón es hijo de los soñadores socialdemócratas, no de los comunistas marxistas cuya franquicia está agotada. Y ambos, populismo y pulcrismo social demócrata, descienden del mismo miedo a la existencia como es y el viejo recurso humano de la fantasía, sea magia, sea religión, sea gobierno protector, sea estado de bienestar. Todos representan seguros de primas siderales para evadir la incertidumbre en un sistema que fracasa e incrementa el temor en un círculo vicioso.
Quiero hablar de las primas de esos seguros, porque los vendedores de seguros nos dicen que a lo que le tenemos que temer es a los infinitos peligros, pero me parece importante que la gente se entere de cuánto paga por liberarse del temor, que le devuelve más temor y le quita su dinero.
El domingo pasado en el programa de Mirtha Legrand había un nutricionista que hablaba de “políticas de estado contra el hambre”. Todo el mundo quedó encantado, porque el mensaje es que un poder puede terminar con el hambre cuando en realidad el poder sólo puede provocar hambre. Lo que termina con el hambre es la producción de alimentos ¿Dónde están los alimentos que vamos a comer en unos meses? No están. Debemos movernos y coordinarnos, si sabemos hacer otra cosa y no plantar tomates la haremos para intercambiarla por los tomates. Así se come en este mundo, en otro que no conozco tal vez haya unas “políticas de estado contra el hambre”. Acá tuvimos incluso un programa sobre “el hambre más urgente” patrocinado por el señor Rodriguez Larreta, Majul, el diario La Nación y sigue la lista. Todavía está por ahí el organismo. Y al lado del organismo, sigue estando el hambre. Ahí está la prima, en cada villa miseria, en cada aviso de la quiebra de cada empresa, en el cuentapropismo en negro. Resulta que los beneficiarios son los primeros en huir del seguro.
Gente que no toca al estado salvo cuando tiene que pagar impuestos (que no pueden invertir en lo que hacen), es la que combate el hambre. Ninguna “política de estado” sobre el hambre es posible sin que “ideas y riesgos de privados” no le hayan antecedido. Sobra con enterarse de las hambrunas en la Unión Soviética o en la Corea del norte gobernada por un “super hombre de estado”. Para qué ir tan lejos si se puede salir a la calle en Buenos Aires y ver cartoneros y mendigos que se multiplican de modo exponencial. En cualquier ciudad del interior pasa lo mismo. Vean el presupuesto, ahí se van a enterar de la parte de la prima de seguro que se paga en dinero, pero en la calle está el costo en especie.
Nuestro amigo médico nutricionista era muy agradable. Lo que digo acá puede en cambio sonar muy desagradable, eso es lo que le ha tocado a la racionalidad en la historia, en general, la hoguera. Aunque sean los tipos que nos dieran de comer, para el hombre la amenaza que significa no saber qué comerá mañana se identifica con el que hace, no con el que no hace. Los sacerdotes de todo estilo que “condenan el hambre”, que es como condenar la lluvia, son depositarios de todas las simpatías. Este es el dilema. En todas las sociedades el miedo trajo la socialdemocracia y en algunas la cosa se hizo más peligrosa con el populismo, los comunismos marxistas o fascistas. En nosotros es esta caterva de vendedores de seguros falsos, pero en el fondo todo el mundo sabe que la realidad, el mercado, es lo que nos saca de 80 años de mentalidad mágica, retrógrada y mentirosa. El problema es que nadie confía en que el vecino también apoyará un cambio de esa naturaleza y el país se ha puesto a castigar el último tímido pero interesante momento de despertar, asignándole todos los problemas del mantenimiento de los seguros a la libertad de contratar, al derecho de propiedad, a la posibilidad de comerciar y al acceso al mercado mundial. Todo lo que nos pasó nos dicen que fue culpa de la libertad, con más kúnkeles nos hubiéramos ahorrado todos los problemas. La energía que se pone en repetirlo no hace más que mostrar la falta de convicción que en el fondo existe y la apelación al temor. Los comentarios que puede despertar en internet un artículo como éste que tal vez no firmarían más de doscientas personas en el país, también demuestran ese pánico a la realidad.
Pero no quiero convencer. Es problema del que lee aceptar la realidad, porque si estoy equivocado, respiren, serán felices. Pero si estoy acertado no es problema mío, es de todos.
Cambio institucional, lo que más me interesa aclarar, no quiere decir un conjunto de comisarios buenos, quiere decir que gobiernan las reglas y no los comisarios ni los fantasmas. Discurso nacionalista e institucionalidad es como un chorizo con dulce de leche. Que se bajen los de la “soberanía nacional” y se pongan a hacer algo útil, como plantar los tomates que dicen que llegan a precios altos a las góndolas porque los que los hacen son malos y ellos buenos que los denuncian. Déjense de denunciar y tráiganos los tomates que como consumidores en seguida los elegiremos.
¿Pino Solanas podrá cultivar tomates?
Institucionalidad no es que el club de los políticos se mueva con reglas cómodas. Es que Juan de los palotes que tiene la desgracia de mantenerlos, sea protegido por reglas no por “buenos” omnipotentes. Es todo eso que quieren destruir en función de sus falsos seguros del proteccionismo, el inexistente bienestar, la educación que convertirá a Cabandié en Einstein y todas las sandeces que la Argentina se empeña en perpetuar.

Si todo les parece un disparate porque la magia es mucho más confiable, olvídenlo. Tienen como diez generaciones más si quieren para hacer funcionar lo que nunca funcionó y no aceptar la realidad que siempre funcionó. No hay nada más seguro que un auto que no funciona, es casi imposible que choque. Digo casi, porque últimamente tipos como Kicillof me hacen dudar de ciertos milagros al revés. 
(*) José Benegas. Abogado, periodista y analista político. Artículo publicado en la web personal del autor "No me parece" el 29 de Abril de 2014

La perversidad social de la inflación

Por Manuel Solanet (*)
La defensa de la estabilidad es frecuentemente considerada como una rémora “neoliberal” y opuesta a los alegatos sociales del progresismo y de la izquierda. La historia argentina de las últimas décadas registra frases tales como “la estabilidad es la paz de los cementerios”. También hemos presenciado hace tres años la modificación de la carta orgánica del Banco Central relativizando la función de defender la moneda en beneficio de la de promover el desarrollo. El alegato ideológico que impulsó esta medida enmascaraba la necesidad de enjugar el déficit fiscal, pero logró el apoyo parlamentario no sólo del oficialismo sino también de los partidos autodenominados progresistas. La consecuencia ya está a la vista. La Argentina padece una inflación cercana al 40% anual y en ascenso.

La inflación es antisocial por varios motivos. Cuando un gobierno emite dinero provocando inflación no hace algo distinto que cuando cobra un impuesto. Pero en este caso lo hace indiscriminadamente, sin anuncio y sin reglas. No lo pueden evadir ni eludir quienes dependen de un ingreso fijo que sólo se acomoda a la inflación esporádicamente. Entre aumento y aumento un asalariado está indefenso frente al crecimiento de los precios e inevitablemente reduce su consumo y bienestar. Inevitablemente se exacerba la puja entre precios y salarios. La conflictividad crece junto a la pérdida de horas de trabajo, destruyéndose el clima de colaboración entre empleados y empleadores.
Está en mejores condiciones de defenderse de la inflación quien tiene formación y actividad comercial y financiera. Incluso es posible obtener ventajas económicas si se opera adecuadamente y se tiene suficiente información. Una forma de aprovechamiento posible es la de obtener créditos a intereses inferiores a la tasa de inflación. Claro que para lograr esto no solo habrá que contar con información, sino también con acceso privilegiado a fuentes de crédito que no están disponibles para todos. Es sabido además, que los bancos gradúan la tasa de interés de sus préstamos según el riesgo de devolución. En otras palabras la ventaja de ese tipo de créditos está reservada para quienes tienen holgura económica, no para los más necesitados. La inflación potencia estas ventajas así como dramatiza las desventajas de los que solo acceden a préstamos de altísimo interés.
Los jubilados son víctimas muy sensibles de la inflación, particularmente en la Argentina. Desde la estatización de las jubilaciones privadas, prácticamente todos dependen del sistema estatal de reparto. La actualización de los haberes se realiza dos veces por año en función de índices oficiales de aumentos salariales y de recaudación de aportes. Cuando la inflación se acelera estos ajustes pueden quedar retrasados.
La inflación genera incertidumbre y ahuyenta las inversiones. Cuando no hay estabilidad los precios relativos se alteran constantemente impidiendo cualquier proyección de negocios. Es peor cuando los gobiernos intentan congelamientos de precios. Lo que consiguen es destruir algunas actividades que no pueden eludir los controles, sin evitar finalmente el desborde inflacionario que es motivado por otras causas más profundas. Si no hay inversiones no hay creación de empleo y se produce desocupación y caída del salario real. La inflación genera pobreza, mayor desigualdad y decadencia. Lo notable es que esto no se haya aprendido en la Argentina.
En la última década el gasto público se aumentó alegremente a niveles inéditos e imposibles de solventar con mayor presión impositiva. Esto no significó mejores servicios ni mayores inversiones estatales. El gobierno lo hizo sabiendo que emergería un déficit importante y que no podría financiarlo con préstamos ni colocaciones de bonos.
El gobierno argentino se peleó con el mundo después de haber realizado el default más grande de la historia. El déficit fiscal sólo puede ser cubierto con los fondos de los jubilados, que tienen un límite, y con emisión monetaria. O sea con inflación. En definitiva estamos gobernados por quienes nos han hablado de un modelo de inclusión, pero que finalmente resulta de inflación y de exclusión.
(*) Manuel Solanet. Director de Políticas Públicas, Libertad y Progreso. Artículo publicado originariamente en Perfil.com  y Fortunaweb.com y en Libertad y Progreso el 28 de Abril de 2014

Francisco, los pobres y la economía

Por Daniel V. González (*)
Desde el inicio mismo de su papado, Francisco ha expresado su preocupación por los pobres. Su nombre ha sido tomado de San Francisco de Asís, como para no dejar dudas acerca de la intención y voluntad de poner en un primer plano a quienes sufren por su condición social, por haber quedado en los márgenes de la economía sin mayores perspectivas de mejoría inmediata.
La situación de los más carenciados ha sido una preocupación constante de la Iglesia que, a través de su Doctrina Social, ha ido fijando posiciones sobre la situación del mundo, de la economía, de los trabajadores y de los pobres. El corpus de esa doctrina parte de la Encíclica Rerum Novarum (León XIII, 1891) y se desarrolla a lo largo de más de un siglo hasta la Encíclica Caritas in veritate (Caridad en la verdad), de 2009 debida a Benedicto XVI. A lo largo de todos estos años la Iglesia ha ido modificando y adaptando sus puntos de vista a la cambiante realidad económica mundial. A los cuarenta años de la Rerum Novarum, en su octogésimo aniversario y luego al cumplir un siglo, nuevas Encíclicas han tenido en cuenta las nuevas realidades y esto ha significado puntos de vista actualizados que contemplan e intentan explicar los fenómenos económicos y sociales en su evolución permanente.
Este proceso de adaptación de las ideas a las nuevas situaciones sociales y económicas es explicado por la propia Iglesia en estos términos:
“No hay dos tipos de doctrina social, una preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva. Es justo señalar las peculiaridades de una u otra Encíclica, de la enseñanza de uno u otro Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo el corpus doctrinal en su conjunto. Coherencia no significa sistema cerrado, sino más bien la fidelidad dinámica a una luz recibida”.
A diferencia de muchos sociólogos, economistas y corrientes de pensamiento que adoptan un punto de vista y lo mantienen sin modificaciones a lo largo del tiempo, la Iglesia siempre transita un proceso consciente de ajuste de sus propias ideas a través de las cuales intenta vincularse al mundo real y ser una expresión antigua pero lozana de las percepciones, anhelos y esperanzas de sus fieles. De este modo, la Iglesia se aparta de los peligros del dogmatismo y el anacronismo. El análisis permanente de la realidad y su mirada carente de rechazos ideológicos establecidos a priori, le permiten el remozamiento periódico y permanente de sus puntos de vista que siempre son formulados con gran solidez conceptual y agudeza expositiva.
Repasaremos algunas definiciones recientes de la Iglesia para luego tratar de establecer los vínculos y diferencias con el primer texto publicado por Francisco, la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, hecho conocer en noviembre pasado.
La nueva economía
Publicado en 2005, en las postrimerías del papado de Juan Pablo II, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se basa en las Encíclicas y otros documentos y avanza hacia definiciones muy precisas sobre los temas más calientes de la economía actual: mercado, participación del estado, globalización, pobreza, etcétera.
El texto contiene definiciones claras y contundentes acerca del rol del libre mercado:
“El libre mercado es una institución socialmente importante por su capacidad de garantizar resultados eficientes en la producción de bienes y servicios. Históricamente, el mercado ha dado prueba de saber iniciar y sostener a largo plazo, el desarrollo económico. Existen buenas razones para retener que, en muchas circunstancias, ‘el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades’. La doctrina social de la Iglesia aprecia las seguras ventajas que ofrecen los mecanismos del libre mercado, tanto para utilizar mejor los recursos, como para agilizar el intercambio de productos: estos mecanismos, ‘sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona que en el contrato, se confrontan con las de otras personas’.”
Más adelante, agrega:
“Un mercado verdaderamente competitivo es un instrumento eficaz para conseguir importantes objetivos de justicia: moderar los excesos de ganancia de las empresas; responder a las exigencias de los consumidores; realizar una mejor utilización y ahorro de los recursos; premiar los esfuerzos empresariales y la habilidad de innovación; hacer circular la información, de modo que realmente se pueda comparar y adquirir los productos en un contexto de sana competencia”.
Estas claras definiciones sobre el valor económico e incluso social de la libertad de mercados, no impide que más adelante el documento formule algunos cuestionamientos y advertencias:
“Cuando realiza las importantes funciones antes recordadas, el libre mercado se orienta al bien común y al desarrollo integral del hombre, mientras que la inversión de la relación entre medios y fines puede hacerlo degenerar en una institución inhumana y alienante, con repercusiones incontrolables”.
Y más adelante, señala los riesgos de una “idolatría del mercado”.
De todos modos, estas advertencias y puntualizaciones sobre los excesos y abusos a que puede llevar el libre mercado, de ninguna manera opacan la claridad, ni la precisión, ni los énfasis con los que el documento define el aporte de la libertad de mercados al crecimiento económico, al desarrollo tecnológico y al bienestar social.
Estas ideas se refuerzan aún más cuando se refiere a la acción del estado. Veamos:
“La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiaridad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las partes para defender a la más débil. La solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar fácilmente en asistencialismo, mientras que la subsidiaridad sin solidaridad corre el peligro de alimentar formas de localismo egoísta. Para respetar estos dos principios fundamentales, la intervención del Estado en ámbito económico no debe ser ni ilimitada, ni insuficiente, sino proporcionada a las exigencias reales de la sociedad: « El Estado tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene, además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia en situaciones excepcionales».
Las definiciones son de una gran precisión y no dejan margen para la duda acerca del pensamiento de la Iglesia. Aún cuando relativiza y previene sobre los fundamentalismos de mercado y la ausencia de solidaridad, una mirada completa de estos textos nos habla de una revalorización que con el paso de los años la Iglesia ha realizado acerca del rol del mercado y el estado en la economía y en la vida social.
Seguramente en este afinamiento de sus posiciones y este enderezamiento hacia el reconocimiento del mercado, mucho han tenido que ver los notables cambios ocurridos en la economía mundial durante los años ochenta y muy especialmente el hundimiento del mundo socialista liderado por la Unión Soviética.
Estos cambios, a los que hay que agregar la reformulación de la economía de China y su impacto en la economía mundial, con claros beneficios para los países emergentes, han mostrado las ventajas indudables del mercado sobre la severa planificación estatal de las economías, instancia empobrecedora que debió ser abandonada por ineficaz y empobrecedora.
Para no dejar lugar a dudas acerca del rol que se le adjudica al estado en la economía, el documento dice:
“En cualquier caso, la intervención pública deberá atenerse a criterios de equidad, racionalidad y eficiencia, sin sustituir la acción de los particulares, contrariando su derecho a la libertad de iniciativa económica. El Estado, en este caso, resulta nocivo para la sociedad: una intervención directa demasiado amplia termina por anular la responsabilidad de los ciudadanos y produce un aumento excesivo de los aparatos públicos, guiados más por lógicas burocráticas que por el objetivo de satisfacer las necesidades de las personas.”
En términos similares se pronuncia acerca de los beneficios del comercio internacional y la globalización:
“El comercio representa un componente fundamental de las relaciones económicas internacionales, contribuyendo de manera determinante a la especialización productiva y al crecimiento económico de los diversos países. Hoy, más que nunca, el comercio internacional, si se orienta oportunamente, promueve el desarrollo y es capaz de crear nuevas fuentes de trabajo y suministrar recursos útiles”.
Este Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia es el documento más actualizado y con definiciones más claras sobre temas cruciales de la economía y la sociedad. Con estos antecedentes, Francisco hizo conocer algunos de sus puntos de vista en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium.
La Iglesia Católica ha ido afinando sus puntos de vista a tono con los cambios sociales, políticos y económicos de la sociedad. Esta ha sido una actitud valiente y a la vez renovadora, vivificante. Saber interpretar el tiempo que se vive es decisivo para quienes destinan capítulos esenciales de su vida y proyección al rescate de las existencias más postergadas y padecientes.
Si bien la Iglesia considera que no le corresponde a ella proponer soluciones técnicas a los problemas que plantea, es indudable que con los años su visión se ha ido acercando al reconocimiento objetivo de los beneficios de una economía de mercado.
Quizá el núcleo más claro y decisivo de ese pensamiento esté encerrado en esta frase de la Encíclica Caritas in Veritate, de Benedicto XVI:
“(…) se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor”.
Se trata de una afirmación clave que toma distancia de los postulados de un marxismo esquemático y elemental, ya superado por los hechos. En efecto, en los inicios del capitalismo, hacia mediados del siglo XIX, a medida que la sociedad avanzaba hacia el progreso, las ciudades desbordaban de pobres, gente miserable que trabajaba 14 o 16 horas por día y vivían en condiciones paupérrimas. A ellos se sumaba el espectáculo de los niños harapientos que también trabajaban en las fábricas, en condiciones infrahumanas. Es el mundo que nos pintó Dickens y sobre el que teorizó Marx. Luego, Lenin amplió esta visión y la extendió a la situación de las naciones. Para él, el atraso de los países pobres tenía como causa decisiva la opresión de las naciones ricas. Era la principal división del mundo según su enfoque. Pues bien, esto es lo que queda sepultado por la reformulación que realiza la Iglesia en la Caritas in Veritate.
Reforzando ese punto de vista, ahí se afirma:
“La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas”.
La palabra de Francisco
Jorge Bergoglio ha hecho de su genuina preocupación por los pobres, el signo más característico de su papado, desde el día mismo de su asunción. Y esta preocupación se nota nítidamente en su Exhortación Apostólica de noviembre pasado.
En el documento afirma que ”No es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea, pero aliento a todas las comunidades a una ‘siempre vigilante capacidad para estudiar el signo de los tiempos’”. Y para eso recomienda la lectura y el estudio de la “Síntesis de la doctrina social de la Iglesia”, que ya comentáramos.
Sin embargo, en su desarrollo, el nuevo documento papal pone el énfasis en puntos distintos a los que la doctrina social de la Iglesia había arribado a lo largo de todos estos años.
Se queja de lo que considera algunos excesos de la economía de mercado y abunda en apelaciones morales acerca del valor de la solidaridad, condenas al consumismo, al desperdicio de comida, a la marginación social, al fetichismo del dinero, a la corrupción, a la evasión fiscal, etcétera.
Pero sus puntos de vista sobre la economía parecen una revisión de las conclusiones alcanzadas a lo largo del tiempo por la Iglesia y un regreso a conceptos y énfasis que nos recuerdan más bien a Medellín y la Populorum Progressio, ambas pensadas en el marco social, económico e ideológico de los años sesenta, con una realidad social distinta de la actual.
El documento papal se pronuncia contra la “teoría del derrame”, que define como la creencia de que “todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo”. También cuestiona lo que considera “mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”.
Llama la atención, en comparación con el punto de arribo de Benedicto, el énfasis puesto en la condena a la economía de mercado. Traza una línea entre la ética y Dios por un lado y demanda una “respuesta comprometida” (solidaria) que considera “está fuera de las categorías del mercado”.
Más adelante, Francisco fija su punto de vista sobre la violencia. Dice:
“Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”. Este enfoque, tal como está planteado, desalienta a la lucha contra la violencia y acerca una argumentación genérica, distante de ser una observación contextual o condicionante. Adjudica la violencia al hecho de que “el sistema social y económico es injusto en su raíz”. Pese a que lleva su crítica hasta ese nivel, el documento no propone otro sistema en sustitución del vigente.
Critica también “el fin de la historia”, frase con la que el ensayista Francis Fukuyama tituló su conocido libro de fines de los años 80, cuando el capitalismo y la democracia republicana quedaron como únicos sistemas viables hacia el futuro que se abría ante la implosión del mundo socialista.
Pobres y ricos
Uno de los aspectos más sorprendentes del documento papal quizá sea la reintroducción de la dialéctica países ricos - países pobres como núcleo explicativo de la pobreza de algunas regiones.
Dice Francisco:
“Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una “educación” que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos”.
El último párrafo acerca de la educación, nos resulta incomprensible. Apunta a la refutación de un argumento que nos parece razonable: la educación, la generalización del aprendizaje es un camino sólido para combatir el desempleo y la marginalidad. Inopinadamente, el documento circunscribe la educación al urbanismo y los buenos modales y además la rechaza como opción pues la considera un instrumento de domesticación. Si hemos interpretado correctamente esta opinión papal, nos resulta increíble e incluso de baja densidad conceptual, al menos en comparación con el resto del documento y con anteriores pronunciamientos papales.
Populismo irresponsable
Las críticas a la economía de mercado están presentes en todo el documento, marcando una diferencia de énfasis -cuanto menos- con anteriores materiales, sobre todo con la última encíclica de Benedicto XVI.
Veamos otro concepto:
“Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”.
Es indudable que la promoción de los más postergados demanda políticas específicas y también es incuestionable que sin crecimiento económico no existe posibilidad alguna de que los más pobres puedan abandonar esa condición. La toma de distancia del populismo, al cual acertadamente califica de “irresponsable” es un concepto interesante y fundamental. Es lamentable que sea el único que incluye el documento en esa dirección y que esté formulado sin mayor extensión explicativa. Es probable que la intención de este rechazo haya sido la necesidad de evitar confusiones con la propia argumentación porque se percibe que ella está impregnada de demandas y cuestionamientos que a menudo son utilizados por quienes tienen una visión populista de la economía y la sociedad. En tal sentido, el calificativo de “irresponsable” no podría ser más atinado pues el populismo consiste, justamente, en un consumo negligente de los recursos con postergación de la inversión y, en consecuencia, el enderezamiento hacia situaciones de crisis que terminan por remachar la pobre condición de los más postergados.
La permanente preocupación de la Iglesia Católica por los más pobres, es un motivo de énfasis para Francisco. Y eso nos parece loable. El gran tema es cómo se logra ser más eficiente en el combate contra la pobreza, cuáles son los postulados genéricos con los que se consiguen mejores y más permanentes efectos para el logro de una sociedad con menos postergaciones.
La gran tentación histórica a esta cuestión han sido las políticas populistas y socialistas, un atajo que la historia nos ha demostrado con claridad no conduce a ningún puerto sino que siempre ha significado la consolidación de la pobreza y además la supresión de las libertades individuales más esenciales.
El contexto en el que le ha tocado reinar a Francisco no parece haber sido tenido en cuenta al momento de la redacción del documento papal. O, si se lo ha considerado, deliberadamente se lo ha colocado en un segundo plano porque se consideró más importante poner el énfasis en los pobres y excluidos del sistema.
Decimos esto porque la Iglesia, gran observadora de los cambios en la sociedad y la economía global, no puede ignorar que la última década ha sido de grandes logros para la economía y la sociedad de los países más postergados, hoy denominados emergentes. Todos ellos han registrado altas tasas de crecimiento económico y han tenido grandes logros en materia de reducción de la pobreza y la indigencia. Este siglo, como en ningún otro, los más postergados están emergiendo, por millones y millones, de su condición paupérrima y miserable.
Y la economía de mercado, el capitalismo, la libre competencia, el mundo global, la tecnología, han tenido mucho que ver en ello.

(*) Daniel Viente González: Contador Público. Docente de Política Económica Argentina (UNCórdoba). Columnista de Diario Alfil. @danielvicente Artículo publicado el 29 de Abril de 2014 por Crónica y Análisis.