domingo, 20 de abril de 2014

El desafío de la desigualdad

Por Juan J. Llach (*)
El auge de los intercambios globales a partir de 1990 albergó tendencias socioeconómicas diversas, algunas promisorias, otras preocupantes . Por primera vez en medio milenio, los niveles de vida de muchos países de África, América latina y, sobre todo, Asia empezaron a converger con los del mundo desarrollado. Es muy probable que esto continúe, pero las diferencias son todavía abismales y habrá que esperar la prueba del tiempo.

En América latina y Asia, el nivel de vida es hoy sólo la cuarta parte del que tiene el mundo desarrollado, y el de África es un décimo. El crecimiento de los países emergentes entre 1990 y 2010 hizo disminuir el número de pobres, según los ingresos, de 1908 a 1215 millones, y sus porcentajes sobre la población mundial, de 43,1% a 20,6%. Estimaciones alternativas sobre la base de indicadores más confiables que las encuestas, como la iluminación nocturna, muestran caídas bastante mayores. También hubo mejoras en la escolarización, la nutrición, la mortalidad infantil y la esperanza de vida. Las diferencias de desempeño por países o regiones son enormes, y mientras en Asia Pacífico las personas pobres disminuyeron de 926 a 115 millones (del 56,2% al 5,5% de la población), en África Subsahariana los porcentajes cayeron sólo del 56,5% al 42,3%.


En contraste, la desigualdad en la distribución del ingreso (y de la riqueza) aumentó en muchos países, sobre todo en los desarrollados, aunque bajó en el mundo como un todo por el mayor y menos desigual crecimiento de los poblados países emergentes. La desigualdad también cayó un poco en varios países de América latina, incluida la Argentina. También preocupan la mayor concentración de ingresos y de riquezas en el 1% más rico verificada sobre todo en países de habla inglesa, China y la India; que las personas con fortunas de más de 1000 millones de dólares hayan aumentado su tajada en la riqueza global del 0,4%, en 1987, a 1,5% hoy y el crecimiento de las brechas salariales entre los altos ejecutivos y sus subordinados ¿Se estarán borrando los logros del Estado de Bienestar para volver a la inequidad de la "belle époque" o los años veinte? El filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman, en su reciente ensayo ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? (Paidós), y el economista Thomas Piketty, en su imprescindible, densa y polémica obra sobre el capital en el siglo XXI, ofrecen sus respuestas.
Bauman responde negativamente la pregunta que da título a su libro y critica cuatro premisas del statu quo.
Cuestiona el "fundamentalismo" del crecimiento económico y señala su insuficiencia para responder a los desafíos de la coexistencia humana; la tesis del derrame de los ingresos de los más ricos hacia los más pobres, desde su perspectiva, es falsa. Obsesionado por tal crítica soslaya la alternativa de crecer con menos desigualdad y pobreza, pese a ser enorme la dificultad de lograr tales metas sociales sin un desarrollo integral con crecimiento.
Su segunda crítica es a la sociedad de hoy, centrada en un continuo aumento del consumo como vía para alcanzar la felicidad -compro, luego existo; no compro, pierdo la dignidad y el respeto propio y ajeno- que también licua los lazos entre los hombres, genera exclusión e impide el diseño de una sociedad mejor basada en la confianza y la cooperación desinteresada. Aunque Bauman no da precisiones sobre ella.
A esto agrega el autor que el consumismo sin fin y la miopía del capitalismo generan la amenaza de un desastre ambiental, críticas todavía sin respuestas en la realidad pero bastante aceptadas. Lo mismo ocurre con afirmaciones de Bauman tales como que la desigualdad no es sólo natural, sino también social, que paliarla no perjudica al conjunto -aquí hay más disidencias- o que la sola competencia que premia a quien lo merece y excluye al resto no conduce a la justicia social. Suenan en cambio exagerados sus argumentos de que el abismo social creciente puede tener como primera víctima a la democracia y el final apocalíptico del ensayo en el que invita a ser escritores de verdad que procuran impedir catástrofes como la Segunda Guerra. Quizá la exageración no sea tanta, sin embargo, si tenemos en cuenta el frontal cuestionamiento a las políticas públicas pro equidad por parte de movimientos como el Tea Party, en los Estados Unidos, y otros análogos en Europa.
Bauman no está solo en su pesimismo. Piketty conjetura en su obra que en 2030 el 10% más rico de los Estados Unidos tendrá un 60% del ingreso (hoy tiene el 50%) y el 50% más pobre sólo logrará un 15% (hoy tiene un 20%), contrastando con la Escandinavia de hace treinta años, en la que los más ricos tenían el 15% y los más pobres, el 30%. Peor aún, y ésta es la tesis central de Piketty, es que continuarían aumentando la concentración de la riqueza, su rol como fuente de ingresos y, por ello, la suerte de cada uno dependería más y más de lo que herede que de sus logros. El pesimismo de ambos autores parece teñirse de la nostalgia, vigente hoy en el mundo desarrollado, por los tiempos más igualitarios e integrados en los que también era mayor su influencia en el resto del planeta.
Se soslayan así los matices de una realidad que muestra que, en 2010, el 10% más rico de los Estados Unidos tenía un 47% del ingreso total, pero, en China, un 30% y en Bangladesh o Suecia un 27%, y también se dejan de lado grandes diferencias en el impacto de las políticas tributarias y sociales, que en Escandinavia, por ejemplo, reducen la desigualdad que viene del mercado hasta la mitad y, en los Estados Unidos, a menos de una cuarta parte. En la Argentina, el impacto igualador se estima en un 20%, pero estas cifras no son comparables al no poderse considerar la menor calidad de la educación o la salud recibida por los más pobres.
También es cierto que hay nuevos desafíos que no alientan al optimismo, en parte como secuelas de la gran crisis. Son muchos los jóvenes de 15 a 24 años que no trabajan ni estudian ("ni-ni"): un 11,5% en la Argentina, 16% en el promedio de los países desarrollados y hasta 30% en algunos emergentes; los sistemas jubilatorios de casi toda Europa y de Japón lucen insostenibles por el envejecimiento demográfico; se agudizan los conflictos con los inmigrantes, pese a ser quienes podrían mejorar la vida de los jubilados y, en fin, siguen creciendo sin cesar "villas de exclusión" en las megalópolis de los países emergentes. Se agrega un nuevo interrogante: cuál será el impacto en el empleo de las nuevas tecnologías, que no pocos lo ven negativo.
Aun quienes creen que la desigualdad es natural o inevitable deberían tomar en serio su desafío. La comunicación la hace hoy más visible y potencia sus efectos. Por otro lado, la movilidad social entre generaciones es mucho menor en países desiguales como la Argentina, donde el nivel de vida de los hijos está muy determinado por el de sus padres. Como en tantos otros temas, practicamos aquí más la diatriba que la acción racional y se desaprovechan los aportes de instituciones de excelencia como el Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata. Nuestras políticas sociales y fiscales deben mejorar mucho.
En salud hay resultados promisorios, pero la asignación por hijo necesita ampliaciones y mejor gestión y el recién nacido plan Progresar para jóvenes de 18 a 24 años debe mejorar sustancialmente su calidad. Lo mismo ocurre con el programa Fines, de terminación de la secundaria, en un área como la educación cuya agenda pendiente es enorme: aumentar la oferta de jardines maternales y de escolarización inicial, brindar escuelas de calidad a los más necesitados, extender la doble jornada, ofrecer una secundaria diversa y con competencias laborales.
Si esto se financiara con un aumento de la recaudación efectiva (no de la alícuota) del impuesto a las ganancias de las personas se aseguraría una reducción de la desigualdad, lo mismo que si se acelerara la reducción de los subsidios a la energía que han beneficiado a los más pudientes durante diez años en decenas de miles de millones de dólares. Hacia el mediano plazo, pero para discutir hoy, también sería muy equitativo transformar en recursos humanos la renta fiscal de los hidrocarburos. En fin, son esenciales las buenas políticas macroeconómicas para crecer sostenidamente y evitar la inflación y las crisis como las del pasado con las que aún coqueteamos, pese a haber sido la principal fábrica de desempleo, pobreza y desigualdad en nuestro país.
(*) Juan J. Llach  es economista y sociólogo argentino, que ocupó el cargo de Ministro de Educación de la Argentina. A rtículo publicado en La Nación el 15 de Abril de 2014
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1680831-el-desafio-de-la-desigualdad