lunes, 14 de abril de 2014

El teórico que quería cambiar la democracia

Por Jorge Fernández Díaz (*)
En  una cercana trasnoche del canal Encuentro, el gurú de Cristina Kirchner le explicaba al líder de Carta Abierta que la Argentina ya no se debatía entre radicales o peronistas, izquierdas o derechas, ni siquiera entre nacionalistas o liberales. Todas esas tradiciones políticas habían quedado subsumidas en una única tensión: populistas versus institucionalistas. 

Y en esa nueva dicotomía se cifraba el destino de la Nación. Sebreli, ubicado en la vereda de enfrente de Laclau, piensa exactamente lo mismo. No se trata de una mera lucha de partidos, sino de una pulseada entre dos democracias diferentes. Laclau consideraba que las instituciones eran herramientas creadas por la oligarquía y que Perón había sabido levantar un movimiento revulsivo contra ellas. Este concepto no es muy original: antes lo había elaborado quien fue su líder y maestro, Jorge Abelardo Ramos, padre de la izquierda nacional y brillante ensayista del revisionismo histórico. A esa idea, que el propio Colorado ya consideraba insuficiente en los años noventa, cuando aceptó ser embajador del menemismo, Laclau le agregó las cosechas de Lacan, Schmidt y Gramsci.

Gracias a su jefe académico, Pepe Nun, que le escribió una carta de recomendación al historiador inglés Eric Hobsbawm, Laclau consiguió una beca internacional y se asentó en Londres. Como muchos otros posmarxistas que jamás han movido sus confortables residencias del Viejo Continente, consideraba que la democracia institucional europea sólo funcionaba en Europa y que pueblos más primitivos precisaban otra clase de sistemas, como por ejemplo la "democracia popular o populista", que el régimen carapintada de Caracas puso en marcha sin complejos. 
Laclau se muere sin tener que explicar el tremendo fracaso del chavismo. Aunque es necesario advertir que su acercamiento a la posición kirchnerista no estaba exenta de críticas: consideraba que la versión argentina de Venezuela no había sido lo suficientemente jacobina y profunda. Entendía que la enorme clase media de nuestro país, su cultura cosmopolita y su arraigo en las instituciones democráticas luego del fin de las dictaduras militares hacían difícil una chavización lisa y llana, y acordaba con dar algunos rodeos. Pero consideraba que el kirchnerismo todavía no había hecho lo suficiente para constituirse en un movimiento populista pleno, algo que Cristina, Carlos Zannini y Andrés Larroque intentaron con vano ahínco.
Líder único
Laclau fue el ideólogo que vino a legitimar desde las universidades británicas los avances del Gobierno sobre la división de poderes y el parlamentarismo. También fue quien dio argamasa intelectual para sostener el personalismo y la sacralización del líder único contra todo pudor republicano. Finalmente, fue quien más coartadas intelectuales ofreció para partir en dos a la sociedad, dividirla entre patria y antipatria, y para generar desde esa "guerra civil de los espíritus" (como la denomina Altamirano) una hegemonía arrasadora. Néstor Kirchner sabía lo que tenía que hacer antes de que Laclau se lo permitiera, pero el pensador quedará en la historia como el factótum teórico de esta fractura social.
Todas estas ocurrencias se disolvieron con el voto castigo y el fin de ciclo que asoma. Las astillas del populismo, sin embargo, impactan en líderes y fuerzas viejas y nuevas que aspiran a reemplazar a los kirchneristas. El virus populista anida, además, en una vasta parte del genoma nacional. La batalla de las dos democracias, por lo tanto, no se acaba con el kirchnerismo ni con la muerte de su principal ideólogo.
(*) Jorge Fernández Díaz. Periodista y analista político. Columnista de La Nación. Artículo publicado el 14 de Abril de 2014