martes, 29 de abril de 2014

Francisco, los pobres y la economía

Por Daniel V. González (*)
Desde el inicio mismo de su papado, Francisco ha expresado su preocupación por los pobres. Su nombre ha sido tomado de San Francisco de Asís, como para no dejar dudas acerca de la intención y voluntad de poner en un primer plano a quienes sufren por su condición social, por haber quedado en los márgenes de la economía sin mayores perspectivas de mejoría inmediata.
La situación de los más carenciados ha sido una preocupación constante de la Iglesia que, a través de su Doctrina Social, ha ido fijando posiciones sobre la situación del mundo, de la economía, de los trabajadores y de los pobres. El corpus de esa doctrina parte de la Encíclica Rerum Novarum (León XIII, 1891) y se desarrolla a lo largo de más de un siglo hasta la Encíclica Caritas in veritate (Caridad en la verdad), de 2009 debida a Benedicto XVI. A lo largo de todos estos años la Iglesia ha ido modificando y adaptando sus puntos de vista a la cambiante realidad económica mundial. A los cuarenta años de la Rerum Novarum, en su octogésimo aniversario y luego al cumplir un siglo, nuevas Encíclicas han tenido en cuenta las nuevas realidades y esto ha significado puntos de vista actualizados que contemplan e intentan explicar los fenómenos económicos y sociales en su evolución permanente.
Este proceso de adaptación de las ideas a las nuevas situaciones sociales y económicas es explicado por la propia Iglesia en estos términos:
“No hay dos tipos de doctrina social, una preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva. Es justo señalar las peculiaridades de una u otra Encíclica, de la enseñanza de uno u otro Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo el corpus doctrinal en su conjunto. Coherencia no significa sistema cerrado, sino más bien la fidelidad dinámica a una luz recibida”.
A diferencia de muchos sociólogos, economistas y corrientes de pensamiento que adoptan un punto de vista y lo mantienen sin modificaciones a lo largo del tiempo, la Iglesia siempre transita un proceso consciente de ajuste de sus propias ideas a través de las cuales intenta vincularse al mundo real y ser una expresión antigua pero lozana de las percepciones, anhelos y esperanzas de sus fieles. De este modo, la Iglesia se aparta de los peligros del dogmatismo y el anacronismo. El análisis permanente de la realidad y su mirada carente de rechazos ideológicos establecidos a priori, le permiten el remozamiento periódico y permanente de sus puntos de vista que siempre son formulados con gran solidez conceptual y agudeza expositiva.
Repasaremos algunas definiciones recientes de la Iglesia para luego tratar de establecer los vínculos y diferencias con el primer texto publicado por Francisco, la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, hecho conocer en noviembre pasado.
La nueva economía
Publicado en 2005, en las postrimerías del papado de Juan Pablo II, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se basa en las Encíclicas y otros documentos y avanza hacia definiciones muy precisas sobre los temas más calientes de la economía actual: mercado, participación del estado, globalización, pobreza, etcétera.
El texto contiene definiciones claras y contundentes acerca del rol del libre mercado:
“El libre mercado es una institución socialmente importante por su capacidad de garantizar resultados eficientes en la producción de bienes y servicios. Históricamente, el mercado ha dado prueba de saber iniciar y sostener a largo plazo, el desarrollo económico. Existen buenas razones para retener que, en muchas circunstancias, ‘el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades’. La doctrina social de la Iglesia aprecia las seguras ventajas que ofrecen los mecanismos del libre mercado, tanto para utilizar mejor los recursos, como para agilizar el intercambio de productos: estos mecanismos, ‘sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona que en el contrato, se confrontan con las de otras personas’.”
Más adelante, agrega:
“Un mercado verdaderamente competitivo es un instrumento eficaz para conseguir importantes objetivos de justicia: moderar los excesos de ganancia de las empresas; responder a las exigencias de los consumidores; realizar una mejor utilización y ahorro de los recursos; premiar los esfuerzos empresariales y la habilidad de innovación; hacer circular la información, de modo que realmente se pueda comparar y adquirir los productos en un contexto de sana competencia”.
Estas claras definiciones sobre el valor económico e incluso social de la libertad de mercados, no impide que más adelante el documento formule algunos cuestionamientos y advertencias:
“Cuando realiza las importantes funciones antes recordadas, el libre mercado se orienta al bien común y al desarrollo integral del hombre, mientras que la inversión de la relación entre medios y fines puede hacerlo degenerar en una institución inhumana y alienante, con repercusiones incontrolables”.
Y más adelante, señala los riesgos de una “idolatría del mercado”.
De todos modos, estas advertencias y puntualizaciones sobre los excesos y abusos a que puede llevar el libre mercado, de ninguna manera opacan la claridad, ni la precisión, ni los énfasis con los que el documento define el aporte de la libertad de mercados al crecimiento económico, al desarrollo tecnológico y al bienestar social.
Estas ideas se refuerzan aún más cuando se refiere a la acción del estado. Veamos:
“La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiaridad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las partes para defender a la más débil. La solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar fácilmente en asistencialismo, mientras que la subsidiaridad sin solidaridad corre el peligro de alimentar formas de localismo egoísta. Para respetar estos dos principios fundamentales, la intervención del Estado en ámbito económico no debe ser ni ilimitada, ni insuficiente, sino proporcionada a las exigencias reales de la sociedad: « El Estado tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene, además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia en situaciones excepcionales».
Las definiciones son de una gran precisión y no dejan margen para la duda acerca del pensamiento de la Iglesia. Aún cuando relativiza y previene sobre los fundamentalismos de mercado y la ausencia de solidaridad, una mirada completa de estos textos nos habla de una revalorización que con el paso de los años la Iglesia ha realizado acerca del rol del mercado y el estado en la economía y en la vida social.
Seguramente en este afinamiento de sus posiciones y este enderezamiento hacia el reconocimiento del mercado, mucho han tenido que ver los notables cambios ocurridos en la economía mundial durante los años ochenta y muy especialmente el hundimiento del mundo socialista liderado por la Unión Soviética.
Estos cambios, a los que hay que agregar la reformulación de la economía de China y su impacto en la economía mundial, con claros beneficios para los países emergentes, han mostrado las ventajas indudables del mercado sobre la severa planificación estatal de las economías, instancia empobrecedora que debió ser abandonada por ineficaz y empobrecedora.
Para no dejar lugar a dudas acerca del rol que se le adjudica al estado en la economía, el documento dice:
“En cualquier caso, la intervención pública deberá atenerse a criterios de equidad, racionalidad y eficiencia, sin sustituir la acción de los particulares, contrariando su derecho a la libertad de iniciativa económica. El Estado, en este caso, resulta nocivo para la sociedad: una intervención directa demasiado amplia termina por anular la responsabilidad de los ciudadanos y produce un aumento excesivo de los aparatos públicos, guiados más por lógicas burocráticas que por el objetivo de satisfacer las necesidades de las personas.”
En términos similares se pronuncia acerca de los beneficios del comercio internacional y la globalización:
“El comercio representa un componente fundamental de las relaciones económicas internacionales, contribuyendo de manera determinante a la especialización productiva y al crecimiento económico de los diversos países. Hoy, más que nunca, el comercio internacional, si se orienta oportunamente, promueve el desarrollo y es capaz de crear nuevas fuentes de trabajo y suministrar recursos útiles”.
Este Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia es el documento más actualizado y con definiciones más claras sobre temas cruciales de la economía y la sociedad. Con estos antecedentes, Francisco hizo conocer algunos de sus puntos de vista en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium.
La Iglesia Católica ha ido afinando sus puntos de vista a tono con los cambios sociales, políticos y económicos de la sociedad. Esta ha sido una actitud valiente y a la vez renovadora, vivificante. Saber interpretar el tiempo que se vive es decisivo para quienes destinan capítulos esenciales de su vida y proyección al rescate de las existencias más postergadas y padecientes.
Si bien la Iglesia considera que no le corresponde a ella proponer soluciones técnicas a los problemas que plantea, es indudable que con los años su visión se ha ido acercando al reconocimiento objetivo de los beneficios de una economía de mercado.
Quizá el núcleo más claro y decisivo de ese pensamiento esté encerrado en esta frase de la Encíclica Caritas in Veritate, de Benedicto XVI:
“(…) se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor”.
Se trata de una afirmación clave que toma distancia de los postulados de un marxismo esquemático y elemental, ya superado por los hechos. En efecto, en los inicios del capitalismo, hacia mediados del siglo XIX, a medida que la sociedad avanzaba hacia el progreso, las ciudades desbordaban de pobres, gente miserable que trabajaba 14 o 16 horas por día y vivían en condiciones paupérrimas. A ellos se sumaba el espectáculo de los niños harapientos que también trabajaban en las fábricas, en condiciones infrahumanas. Es el mundo que nos pintó Dickens y sobre el que teorizó Marx. Luego, Lenin amplió esta visión y la extendió a la situación de las naciones. Para él, el atraso de los países pobres tenía como causa decisiva la opresión de las naciones ricas. Era la principal división del mundo según su enfoque. Pues bien, esto es lo que queda sepultado por la reformulación que realiza la Iglesia en la Caritas in Veritate.
Reforzando ese punto de vista, ahí se afirma:
“La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas”.
La palabra de Francisco
Jorge Bergoglio ha hecho de su genuina preocupación por los pobres, el signo más característico de su papado, desde el día mismo de su asunción. Y esta preocupación se nota nítidamente en su Exhortación Apostólica de noviembre pasado.
En el documento afirma que ”No es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea, pero aliento a todas las comunidades a una ‘siempre vigilante capacidad para estudiar el signo de los tiempos’”. Y para eso recomienda la lectura y el estudio de la “Síntesis de la doctrina social de la Iglesia”, que ya comentáramos.
Sin embargo, en su desarrollo, el nuevo documento papal pone el énfasis en puntos distintos a los que la doctrina social de la Iglesia había arribado a lo largo de todos estos años.
Se queja de lo que considera algunos excesos de la economía de mercado y abunda en apelaciones morales acerca del valor de la solidaridad, condenas al consumismo, al desperdicio de comida, a la marginación social, al fetichismo del dinero, a la corrupción, a la evasión fiscal, etcétera.
Pero sus puntos de vista sobre la economía parecen una revisión de las conclusiones alcanzadas a lo largo del tiempo por la Iglesia y un regreso a conceptos y énfasis que nos recuerdan más bien a Medellín y la Populorum Progressio, ambas pensadas en el marco social, económico e ideológico de los años sesenta, con una realidad social distinta de la actual.
El documento papal se pronuncia contra la “teoría del derrame”, que define como la creencia de que “todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo”. También cuestiona lo que considera “mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”.
Llama la atención, en comparación con el punto de arribo de Benedicto, el énfasis puesto en la condena a la economía de mercado. Traza una línea entre la ética y Dios por un lado y demanda una “respuesta comprometida” (solidaria) que considera “está fuera de las categorías del mercado”.
Más adelante, Francisco fija su punto de vista sobre la violencia. Dice:
“Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”. Este enfoque, tal como está planteado, desalienta a la lucha contra la violencia y acerca una argumentación genérica, distante de ser una observación contextual o condicionante. Adjudica la violencia al hecho de que “el sistema social y económico es injusto en su raíz”. Pese a que lleva su crítica hasta ese nivel, el documento no propone otro sistema en sustitución del vigente.
Critica también “el fin de la historia”, frase con la que el ensayista Francis Fukuyama tituló su conocido libro de fines de los años 80, cuando el capitalismo y la democracia republicana quedaron como únicos sistemas viables hacia el futuro que se abría ante la implosión del mundo socialista.
Pobres y ricos
Uno de los aspectos más sorprendentes del documento papal quizá sea la reintroducción de la dialéctica países ricos - países pobres como núcleo explicativo de la pobreza de algunas regiones.
Dice Francisco:
“Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una “educación” que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos”.
El último párrafo acerca de la educación, nos resulta incomprensible. Apunta a la refutación de un argumento que nos parece razonable: la educación, la generalización del aprendizaje es un camino sólido para combatir el desempleo y la marginalidad. Inopinadamente, el documento circunscribe la educación al urbanismo y los buenos modales y además la rechaza como opción pues la considera un instrumento de domesticación. Si hemos interpretado correctamente esta opinión papal, nos resulta increíble e incluso de baja densidad conceptual, al menos en comparación con el resto del documento y con anteriores pronunciamientos papales.
Populismo irresponsable
Las críticas a la economía de mercado están presentes en todo el documento, marcando una diferencia de énfasis -cuanto menos- con anteriores materiales, sobre todo con la última encíclica de Benedicto XVI.
Veamos otro concepto:
“Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”.
Es indudable que la promoción de los más postergados demanda políticas específicas y también es incuestionable que sin crecimiento económico no existe posibilidad alguna de que los más pobres puedan abandonar esa condición. La toma de distancia del populismo, al cual acertadamente califica de “irresponsable” es un concepto interesante y fundamental. Es lamentable que sea el único que incluye el documento en esa dirección y que esté formulado sin mayor extensión explicativa. Es probable que la intención de este rechazo haya sido la necesidad de evitar confusiones con la propia argumentación porque se percibe que ella está impregnada de demandas y cuestionamientos que a menudo son utilizados por quienes tienen una visión populista de la economía y la sociedad. En tal sentido, el calificativo de “irresponsable” no podría ser más atinado pues el populismo consiste, justamente, en un consumo negligente de los recursos con postergación de la inversión y, en consecuencia, el enderezamiento hacia situaciones de crisis que terminan por remachar la pobre condición de los más postergados.
La permanente preocupación de la Iglesia Católica por los más pobres, es un motivo de énfasis para Francisco. Y eso nos parece loable. El gran tema es cómo se logra ser más eficiente en el combate contra la pobreza, cuáles son los postulados genéricos con los que se consiguen mejores y más permanentes efectos para el logro de una sociedad con menos postergaciones.
La gran tentación histórica a esta cuestión han sido las políticas populistas y socialistas, un atajo que la historia nos ha demostrado con claridad no conduce a ningún puerto sino que siempre ha significado la consolidación de la pobreza y además la supresión de las libertades individuales más esenciales.
El contexto en el que le ha tocado reinar a Francisco no parece haber sido tenido en cuenta al momento de la redacción del documento papal. O, si se lo ha considerado, deliberadamente se lo ha colocado en un segundo plano porque se consideró más importante poner el énfasis en los pobres y excluidos del sistema.
Decimos esto porque la Iglesia, gran observadora de los cambios en la sociedad y la economía global, no puede ignorar que la última década ha sido de grandes logros para la economía y la sociedad de los países más postergados, hoy denominados emergentes. Todos ellos han registrado altas tasas de crecimiento económico y han tenido grandes logros en materia de reducción de la pobreza y la indigencia. Este siglo, como en ningún otro, los más postergados están emergiendo, por millones y millones, de su condición paupérrima y miserable.
Y la economía de mercado, el capitalismo, la libre competencia, el mundo global, la tecnología, han tenido mucho que ver en ello.

(*) Daniel Viente González: Contador Público. Docente de Política Económica Argentina (UNCórdoba). Columnista de Diario Alfil. @danielvicente Artículo publicado el 29 de Abril de 2014 por Crónica y Análisis.