domingo, 13 de abril de 2014

Sensación de paro,impresión de epílogo

Por Jorge Raventos (*)
No está claro si Carlos Tomada, el ministro de Trabajo, quiso emular o parodiar a Aníbal Fernández, pero su comentario sobre la huelga general del jueves 10 (“Hubo una fuerte impresión de paro”) fatalmente evoca aquella frase del entonces ministro de Seguridad según la cual la inseguridad pública sólo es “una sensación” de los ciudadanos.

Para Tomada, como unas horas antes para el jefe de Gabinete Jorge Capitanich, la inmovilidad casi total de la producción y los servicios durante esa jornada no fue el resultado de una decisión de los trabajadores, sino “una consecuencia de los piquetes” motorizados por las fuerzas de izquierda y de la ausencia de transportes.
Argumentos estilo INDEC
Esos razonamientos parecen estadísticas del INDEC de Moreno: son simulacros que nadie cree; a esta altura ni siquiera sirven para convencer a los propios seguidores. Antonio Caló, jefe de la CGT oficialista y secretario de la UOM (que, junto a una treintena de gremios satelizados por la Casa Rosada, suscribió una solicitada financiada con fondos públicos para pronunciarse contra la huelga) admitió por radio que el paro sería un éxito.
Obviamente, que ferroviarios, aeronáuticos, camioneros, empleados de estaciones de servicios, conductores de subterráneos y choferes de colectivos adhirieran unánimemente a la convocatoria de las CGTs (Azopardo y Azul y Blanca) y la CTA es un hecho que ejerció influencia. Pero inferir de esa circunstancia que la huelga fue “una impresión” equivale a ignorar que alcanzó inclusive a empresas que ofrecieron transporte propio a sus empleados y a gremios cuyas direcciones militaron (infructuosamente, de acuerdo a los resultados) para que el paro fuera un fracaso.
En cuanto a los piquetes alimentados por las organizaciones político sindicales de la izquierda, aunque notorios como recurso de estas corrientes para exhibir musculatura y gimnasia callejera, su incidencia en la efectividad del paro no fue significativa. Más relevante resulta, quizás, el hecho de que esas corrientes, habitualmente enfrentadas con las conducciones tradicionales del sindicalismo, esta vez hayan decidido confluir en un movimiento lanzado y liderado por estas. Esto no disuelve ciertamente los conflictos entre unas y otras, pero sugiere que las tendencias de izquierda, que en muchos gremios y en muchas grandes fábricas han conseguido respaldo, prefieren ahora correrse desde los márgenes hacia el centro así sea para seguir aplicando la táctica de “golpear juntos y marchar separado”.
El hartazgo tranquilo
Las apreciaciones de ministros y funcionarios no constituyen un error de apreciación sino el intento (rústico) de bajarle el precio a una acción de los sindicatos que condiciona la marcha de las negociaciones paritarias aún no concluidas (inclusive las de gremios oficialistas, también beneficiados por la rotunda demostración de fuerza de sus colegas).
Los alardes de bravura que Tomada ensayó el viernes, al afirmar que la medida de fuerza “no modifica un ápice” el rumbo del gobierno, son bombas de estruendo destinadas a encubrir próximos repliegues: la Casa Rosada ya estudia cambios en el mínimo no imponible del impuesto a los salarios y un incremento en las retribuciones familiares, dos de los reclamos de la huelga del jueves 10. Diego Bossio, titular del ANSES, analiza de urgencia la posibilidad de satisfacer un tercer punto, retocando los haberes jubilatorios: la inflación se devoró en tres meses la última actualización, que fue del 11 por ciento.
Las argucias defensivas del oficialismo no consiguen explicar el éxito del paro. Este residió menos en la capacidad organizativa de los gremios o en la atracción de las siempre controvertidas imágenes de sus dirigentes que en el sentido de la oportunidad del que hicieron gala y del filoso equilibrio de las reivindicaciones que enarbolaron.
La huelga permitió a los trabajadores y también a la clase media (incluyendo a pequeños y medianos empresarios) expresar su disgusto por la vía del no hacer: una forma todavía tranquila de exponer hartazgo por la inflación, por la inseguridad, por la caída del poder adquisitivo, por las falacias del relato…
Más allá de las bravatas y la propaganda, el gobierno tiene ahora que encontrar la manera de interpretar adecuadamente el mensaje de la huelga y debería encontrar respuestas plausibles.
Aunque algunas de las corrientes internas del sindicalismo dan por sentado que el oficialismo no modificará su tesitura e insisten en mantener la ofensiva y pasar rápidamente a un segundo paro (esta vez con movilización), lo que prevalece en la cúpula gremial, más allá de los matices, es la prudente idea de dar tiempo hasta mediados de mayo a que el gobierno muestre su juego. “Tiene que quedar claro para todo el mundo que, si avanzamos con un plan de lucha, no será por iniciativa propia o por capricho, sino porque el gobierno se encierra en la intransigencia o la provocación y no da respuestas o empeora la situación”.
Los experimentados líderes gremiales quieren que los efectos de esta pulseada se lean e interpreten en el campo del peronismo que aún permanece en la coalición oficialista: sobre todo en el nivel de gobernadores, intendentes y líderes territoriales. Saben que allí no se consumen los argumentos del gobierno sobre la huelga, que esos cuadros políticos observan con inquietud el progresivo aislamiento de la Casa Rosada, que leen encuestas y están enterados de que la protesta contra la inseguridad y la impotencia del Estado es tan fuerte en las barriadas humildes que constituyen su base electoral como en los vecindarios de la clase media urbana; que el timón del gobierno central enfila hacia derrotas como la que experimentó recientemente el PJ en Mendoza ante la UCR de Julio Cobos, el Pro de Mauricio Macri y el Frente Renovador de Massa.
Palpitando el cambio de ciclo
Aunque las elecciones lucen todavía muy lejanas, en el peronismo, como en el resto de las fuerzas políticas, se trabaja con clima de vísperas.
Daniel Scioli, desde la gobernación bonaerense, pivotea en su plan contra el delito, un desafío que la realidad le impone y que, de paso, le permite diferenciarse de los sectores K para los que la preocupación por la seguridad es una actitud “de derecha”. En cualquier caso, ese sector, aunque preserva capacidad de daño, se encuentra en retirada. El verdadero desafío de Scioli es conseguir resultados efectivos en la guerra contra el delito y el narcotráfico, mostrar en la práctica que forma parte de la solución, no del problema; de lo que viene, no de lo que se va.
Resulta claro, ya, que el peronismo no tendrá una PASO en la que sus dos principales candidatos (Scioli y Massa) compitan por la candidatura presidencial. La competencia se dará directamente en el comicio general.
Es decir que el peronismo irá a las presidenciales dividido entre dos postulantes fuertes. Puede ser una oportunidad para el no-peronismo. En ese campo, donde hoy florecen distintas candidaturas (Julio Cobos, Hermes Binner, Ernesto Sanz en el espacio radical.socialista; Mauricio Macri, en el Pro, que podría definirse como progresismo de derecha) empieza a desarrollarse un debate subterráneo, algunos de cuyos ecos llegan a la superficie. Se asegura, por caso, que la candidatura de Sanz se ha desinflado, entre otras cosas porque algunos posibles soportes financieros para su eventual campaña se muestran ahora reticentes y escépticos sobre sus posibilidades. Simultáneamente, empieza a ganar adherentes una propuesta que Elisa Carrió lanzó hace algunas semanas: que UNEN (el espacio radical.socialista) procure una alianza con el macrismo, una “gran coalición” destinada a competir fuertemente con los candidatos peronistas, asegurarse un lugar en la (aparentemente inevitable) segunda vuelta y darle allí batalla al mejor ubicado de aquellos.
Aunque el dibujo parece atractivo, poner en práctica ese plan no carece de dificultades. En política dos más dos raramente da cuatro. A veces puede dar cinco. O puede dar tres. Cuesta un poco imaginar una coalición en la que el macrismo conviva con el socialismo. Es inclusive difícil que muchos radicales no se sientan más convocados por la socialdemocracia de Binner que por las fuerzas del Pro, aun si esta junta puede llevarlos al gobierno nacional.
De todos modos, de estas cosas se habla ya, tanto en la cúpula del macrismo como en algunos círculos de la UCR.
¿Y Massa? Viene de conversar con De la Sota, tiene una óptima relación con Carlos Reutemann, sigue sembrando en el interior. Sabe que aún le falta consolidar estructuras del Frente Renovador en ese vasto espacio, aunque imagina que en algunas semanas terminarán de decantarse procesos de disgregación de la coalición oficialista que están en marcha y muchos dirigentes de provincias oficializarán su pase. Entretanto, trabaja para dar batalla en la Ciudad de Buenos Aires, donde cuenta con una fuerte penetración personal, empieza a edificar un sistema de cuadros y militantes pero aún no tiene una figura que pueda encarnar bien el massismo metropolitano. Hay dos figuras en gateras. Curiosamente, aunque de distintas generaciones, ambas tienen muy buena imagen entre los porteños y comparten profesión. Son economistas.
Aunque lejanas, las urnas de 2015 anticipan ya el capítulo final del ciclo K: el gobierno carece de un delfín plausible surgido de su matriz ideológica y todos los candidatos a Presidente con posibilidades (Massa, Scioli, Macri, Cobos, Binner, Sanz) presentan el común denominador de un estilo dialoguista y bien diferenciado del centralismo autoritario y confrontativo que caracterizó al kirchnerismo. Lucen como fragmentos de un sistema político nuevo.
Suena el río y trae agua: la huelga del jueves 10 ha sido un eco de ese murmullo.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 12 de Abril de 2014