domingo, 13 de abril de 2014

Una democracia en peligro

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
La democracia está en peligro. No sólo por la cantidad de deudas impagas que acumula sino por el desinterés que hoy día provoca. Los Kirchner profundizaron la pérdida de credibilidad en la democracia y la búsqueda de eficiencia en la resolución de sus conflictos. Ahora, rige un alerta naranja.
"(...) si no pacificamos nuevamente los espíritus, si no nos sacamos del alma la intolerancia y el maniqueísmo renacidos, si no nos ponemos firmes para decir a los mercaderes del templo que dejen de lucrar con nuestras debilidades y ocupamos los palacios del poder con un poco de decencia, ya no importará si la causa de esta regresión cultural haya tenido como principal responsable a un gobierno en particular."

Cuando Raúl Alfonsín asumió la presidencia en diciembre de 1983, heredaba una década degradada, la peor del siglo XX, cuando a los seculares males argentinos de siempre se agregaron al menos tres más terribles aún: la violencia política generalizada, la desaparición masiva de personas y, al fin, la tragedia de la guerra. 
 
Hubo consecuencias negativas de todo tipo pero en lo cultural fueron devastadoras; jamás la vida valió tan poco en esos crueles setenta y -sería hipócrita negarlo- si se alcanzó la democracia en los ochenta no fue básicamente por la lucha popular sino por el fracaso bélico y el cansancio moral. 
 
La batalla cultural para sacar de adentro nuestro lo peor. A pesar de que no todos fueron responsables de lo que pasó en esos años, todos salimos peor de lo que habíamos entrado. 
 
Detrás de las inmensas manifestaciones que aplaudían la democracia, se ocultaban males profundos que estaban lejos de sucumbir por más que se cambiara de régimen y que tarde o temprano reaparecerían si no se hacía algo. En ese sentido, el gobierno de Alfonsín fue determinante en atreverse a librar una batalla cultural contra el pasado a la que, poco a poco, casi todos los argentinos se fueron plegando. 
 
Así como en lo económico el alfonsinismo fue un fracaso, culturalmente -ahora lo vemos mejor que en su momento- fue un éxito, un soporte esencial para que, luego de tres décadas, sigamos viviendo en democracia, sin acechanzas a la vista, salvo en la mente delirante y conspiracionista de algunos oficialistas que quieren inventar lo que no existe para cubrir sus falencias. 
 
Sin embargo, mientras la inmensa mayoría de la población tomó con alivio y esperanza el renacer democrático aunque más no fuera por las razones defensiva que resaltamos más arriba, entre las élites nada era como parecía. Tanto los militares como los remanentes de la guerrilla, suponían que tarde o temprano volverían a tallar como en la década anterior y por eso desde el principio, silenciosamente, se pusieron a conspirar. 
 
Si por el momento el clima político y social no los ayudaba, los cánticos con que se dirimían los enfrentamientos entre los dos partidos mayoritarios no eran precisamente constructivos. 
 
“Perón, Evita, devuélvannos la guita” gritaban jóvenes radicales desde las tribunas. “Somos la rabia”, respondían los de la juventud peronista. Los dos comprándose malamente diferencias de sus padres. 
 
Por ende, Alfonsín tenía abierto un camino convencional para intentar perpetuarse en el poder: el de alentar las diferencias interpartidarias para hacer valer su facción por sobre las demás, atribuyéndole la verdad y a las otras, la mentira. 
 
Y, ante la acechanza golpista, pactar con sus cultores de siempre declarando el indulto general hacia el pasado sepultando así en el olvido todas las violencias, sus victimarios y sus víctimas. 
 
Sin embargo, el Presidente de la naciente democracia, eligió el camino exactamente contrario, para sorpresa de muchos y beneficio de todos. 
 
Así, acercó banderas entre los partidos favoreciendo la renovación de los mismos, cosa que los peronistas más lúcidos captaron de inmediato y se convirtieron en sus más férreos defensores.
 
En consecuencia, promediando el gobierno de Alfonsín, los jóvenes peronistas y radicales que en 1983 se gritaban de todo, participaban de una misma cultura democrática y ambos se peleaban para ver quién representaba mejor a esa cultura. 
 
En vez del indulto y el olvido, Alfonsín decidió juzgar a las cúpulas responsables tanto de la violencia militar como de la guerrillera, pero no lo hizo con espíritu de venganza ni aplicando una política de facción que lo llevara a apropiarse del crédito por los juicios. 
 
Al dejar que la Justicia actuara libremente y al convocar a los sectores más diversos para el“Nunca Más”, Alfonsín entregó a la sociedad entera el mérito por la condena a los principales culpables de la monstruosa década. 
 
Aunque en ese momento aún había dudas acerca de la fortaleza del gobierno para enfrentar a sectores del pasado que seguían pareciendo muy poderosos, la decisión fue la correcta porque si se hubiera pactado con ellos, tarde o temprano habrían traído a la democracia sus violencias pasadas hasta terminar con la frágil primavera institucional. 
 
Con el juicio a las juntas militares y a las cúpulas guerrilleras el gobierno -más allá de la cuestión jurídica- desarmó culturalmente a todos los violentos, tanto que cuando estos, al darse cuenta de que iban quedándose en el pasado, volvieron a sus mañas con Rico, Seineldín o Gorriarán Merlo. Pero ya era tarde, ya no podrían hacer retroceder el reloj de la historia. 
 
Fue una intuición genial ésa de aislar a los golpistas y a los violentos del resto de la sociedad, incluso de muchos que -por una razón u otra- antes los habían apoyado. En vez de acusar de golpista a todo el mundo como se hace ahora, se buscó incorporar a la democracia hasta a los que aún no creían del todo en ella, influenciados por tantos gobiernos que culturalmente habían apelado a lo peor de nosotros mismos. 
 
Además, mientras los viejos dueños del poder querían “malvinizar” la democracia para mantener la cultura bélica que predominó durante décadas en el país, Alfonsín asumió como eje de su política exterior el plebiscito por el Beagle, con lo que comenzó una nueva era de pacifismo internacional y de integración continental que fortalecería aún más a la democracia en ciernes. 
 
También existieron pugnas entre los medios de comunicación privados y el gobierno. Alfonsín se peleó con los de La Rural por un lado, y por el otro con los sindicalistas de la vieja usanza (donde no llegó la renovación de época) que le hicieron quince paros con saña inaudita que no tendrían luego con Menem que los perjudicó unas cien veces más. 
 
O sea, en muchas cosas, Alfonsín debió enfrentarse a problemas similares a los de hoy, pero la respuesta que les dio fue, casi siempre, la inversa. 
 
En lo educativo cultural, la ciencia social más promocionada fue la historia, pero para abrirse a todas las interpretaciones del pasado, dejando atrás de a poco las visiones maniqueas que dividían todo entre buenos y malos sin matices. La profesionalización de la ciencia histórica comenzó y si bien existió una interpretación histórica oficialista (como la que se expresó en “La República Perdida”) ella no buscó la hegemonía sino ser una más. 
 
En una reunión que Alfonsín sostuvo en 1984 con las autoridades de todas las radios nacionales del país, les pidió que no cometieran el error de gestar radios oficialistas, porque -sostuvo- si hicieran esto, los radicales “sólo nos escucharíamos entre nosotros mismos”. 
 
Palabras proféticas de lo que ocurriría dos décadas después cuando se volvería al maniqueísmo histórico y a la prensa estatal al servicio total del gobierno o del partido del poder. 
 
Por todo esto, Alfonsín -aunque su gobierno haya terminado en un fracaso- nos sacó lo malo que la letal dictadura y la violencia intolerante (que comenzó antes de 1976) nos inculcaron. Nos sacó de dentro de nuestro espíritu lo que nos hacía ser peores y por ende propensos a retornar a lo peor de pasado aún no fenecido. 
 
Y eso que en los '80, la Argentina guerreó contra el pasado real (no el inventado) que buscaba volver a imponerse como si nada hubiera pasado. Ese pasado que se seguía creyendo central sin saber (en ese entonces aún nadie lo sabía) que ya era residual. 
 
Felizmente, entonces, el triunfo cultural fue apabullante. Lo ganó la Argentina que proponía superar el pasado pensando más en el futuro pero sin por ello dejar de hacer justicia con los desatinos del ayer. Así, en 1989, cuando económica y políticamente parecían dadas todas las condiciones para un nuevo golpe, la democracia siguió -aún maltrecha- su curso. Por muchísimo menos antes hubiera sucumbido frente a sus enemigos. 
 
La batalla cultural por la que volvieron a poner adentro nuestro lo peor. En los '90, la batalla cultural por la democracia comenzó a perder aliento porque las élites dejaron de impulsarla. Un proceso de frivolización cultural creciente fue el instrumento con el cual la dirigencia surgida en los 80 pretendió eternizarse en el poder y desde allí acceder a riquezas indebidas que la convirtieran en una nueva clase privilegiada. 
 
O sea, a fin de apropiarse del poder y la riqueza, los que aspiraban a transformarse en los nuevos dueños de la Argentina banalizaron la cultura democrática para alejar al pueblo de toda participación real. 
 
Algo que hace toda oligarquía en ciernes. Pero en una segunda etapa, cuando ya les era imposible seguir acumulando poder y riquezas sin ocultar sus ambiciones de alguna manera porque su mostración era demasiado escandalosa, tomaron la decisión de cubrir de ideología los mismos afanes de dominación para así justificar la corrupción desde un relato épico que intentó, paso a paso, desmontar toda la construcción cultural de los primeros años de la democracia. 
 
Así, la nueva oligarquía, de la despolitización pasó a la ultrapolitización tratando de poner a todos contra todos, haciendo renacer escénicamente el espíritu faccioso de nuestras viejas guerras civiles. Y en una gigantesca mascarada, simularon hacer la revolución y tomar la Bastilla cuando lo único que querían era tomar Puerto Madero desde una coartada ideológica. Desde una ideología que en los 90 decía que no todo tiene precio, le pusieron precio a todo. Quisieron corromper a todos, o al menos demostrar que todos son corruptibles. 
 
Por eso hoy de lo que se trata es de cómo sacarnos nuevamente lo peor de nosotros mismos que otra vez aflora por obra y gracia de los nuevos aprendices de brujo, debido a los cuales la vieja violencia política troca en violencia social, los héroes de nuestra historia se ponen otra vez al servicio de una facción contra otras y se considera destituyente a la más mínima disensión con el gobierno. 
 
En síntesis, si no pacificamos nuevamente los espíritus, si no nos sacamos del alma la intolerancia y el maniqueísmo renacidos, si no nos ponemos firmes para decir a los mercaderes del templo que dejen de lucrar con nuestras debilidades y ocupamos los palacios del poder con un poco de decencia, ya no importará si la causa de esta regresión cultural haya tenido como principal responsable a un gobierno en particular.
 
Porque si queda instalada dentro de nosotros, habremos esta vez sí perdido, quizá por tiempos inmemoriales, la batalla cultural que ganamos en los 80 y gracias a la cual logramos imponer la democracia haciendo que lo mejor de nosotros se impusiera sobre lo peor.

(*) Carlos Salvador La Rosa. Periodista y analista político. Artículo publicado en "Los Andes" y reproducido por Urgente 24 el 13 de Abril de 2014