jueves, 29 de mayo de 2014

Oxfam: La libertad amenaza, la desigualdad mata

Por Carlos Rodriguez Braun (*)
Oxfam es ejemplo del pensamiento único antiliberal, y su argumentación suele contar con más demagogia que sustancia. Recientemente he visto dos documentos suyos disparatados, que pretenden demostrar que la libertad amenaza y la desigualdad mata.
El primero de ellos se titula Alianzas Público Privadas en sanidad: una amenaza global. Amenaza global, nada menos. Nótese que no se trata de privatizar la sanidad, que seguramente les haría desmayar del susto, sino de las reformas que en varios países se están llevando a cabo para reducir los costes de la sanidad externalizando partes del servicio. Algunas actividades sanitarias lo están desde hace mucho, como los medicamentos, pero en tiempos recientes se ha incluido la gestión sanitaria entre lo que puede ser privatizado, en cursivas, unas cursivas muy importantes porque en realidad no se privatiza nada si el ciudadano es obligado a pagar mediante tasas o impuestos, y eso es lo que ocurre prácticamente siempre.
Sin embargo, Oxfam rechaza todo lo que no sea la provisión total y exclusivamente pública. Sus argumentos no son muy convincentes, como el manido de que el sector público es más barato que el privado (por si acaso, claro, no nos dejan elegir no pagar el primero). Pero la corrección política subraya los méritos de la coacción política y legislativa, y para ello cualquier cosa es válida, como informarnos de que según las estadísticas mueren más mujeres al dar a luz en los países pobres que en los países ricos, como si eso probara que hay que subir los impuestos y el gasto público en sanidad.
Pero aparte de obviedades y desvaríos, una línea de pensamiento está siempre presente: la malvada desigualdad. Dice Oxfam: "La provisión privada de los servicios sanitarios puede aumentar la inequidad en el acceso porque favorece por naturaleza a los que pueden permitirse pagar un tratamiento". Esto es muy notable, porque sugiere, primero, que las cosas buenas sólo las compran los ricos, y, segundo, que la sanidad pública es gratis y para los pobres.
Lo primero es absurdo: las cosas no las compran exclusivamente los ricos sino los que creen que valen más que el dinero que entregan a cambio. Esto le sucede a todo el mundo que compra cosas muy importantes en el mercado más o menos libre, sin que a nadie, incluido Oxfam, se le haya ocurrido llevarse las manos a la cabeza.
Lo segundo también es absurdo, porque la sanidad pública no sólo no es gratis sino que cuesta cada vez más, y desde luego no es para los pobres sino para todos. El Estado puede presumir de ser la Madre Teresa, pero la realidad es que nunca se especializa en cuidar a los más pobres sino en montar gigantescas y onerosas burocracias para cuidarnos a todos quitándonos a todos cada vez más dinero.
Eso, es decir, la falta de libertad, naturalmente, no sólo no es una amenaza para Oxfam sino que es precisamente lo que recomienda, porque la desigualdad es mala como la peste. De hecho, Oxfam asegura que mata.
¿Mata? ¿De verdad?
Esta disparatada afirmación aparece en un informe titulado Gobernar para la mayoría, que clama por más gasto público y más impuestos que "eliminen la desigualdad", que es una "epidemia". Para eso los servicios públicos deben ser… ¡gratuitos!
Por si uno levanta la mano para protestar, Oxfam se apresura a aclarar que lo que pide es "un sistema fiscal más justo que recaude más de aquellos con mayor poder económico (…) incrementando la recaudación sobre los más ricos", que por supuesto nunca define, pero el mensaje está claro: todo va a ser estupendo y lo pagarán… otros.
Para lograr tan benévolo objetivo hay que "luchar contra la desigualdad", es decir, luchar contra las elites, las multinacionales, los paraísos fiscales… pero nunca contra el poder. Al contrario, la desigualdad entre el Estado y sus súbditos no les quita el sueño a los señores de Oxfam: más aún, le dan la bienvenida, oponiéndose a todo lo que sea libre, incluso a las escuelas privadas… si son baratas. Todo tiene que venir de los impuestos y nada con programas "privados u optativos": vamos, que deben ser públicos y obligatorios.
Y si uno persiste en protestar, va la prueba final: "Además, la desigualdad económica pone vidas en riesgo: cada año, solo en los países ricos, mueren 1,5 millones de personas por la elevada desigualdad de ingresos". Esto ya es una cosa muy seria: la desigualdad mata.
La prueba que presentan es el artículo "Income inequality, mortality, and self rated health: metaanalysis of multilevel studies", de Naoki Kondo, Grace Sembajwe, Ichiro Kawachi, Rob M. van Dam, S. V. Subramanian y Zentaro Yamagata. Estos especialistas en salud y nutrición parten de dos ideas asombrosas. Una es la identificación entre desigualdad y pobreza: "Una sociedad muy desigual implica que un segmento sustancial de la población es empobrecido, y la pobreza es mala para la salud"; y la otra es la siguiente:
La desigualdad de rentas afecta a la salud no sólo de los pobres sino también de los ricos (…) por el estrés psicológico derivado de las comparaciones sociales envidiosas así como por la erosión de la cohesión social.
Con estas bases tan disparatadas acometen un metaanálisis, es decir, un análisis de los análisis de otros, referidos en su mayor parte a los países ricos, y concluyen que los estudios demuestran que hay que reducir ya la desigualdad y salvaríamos vidas, "si la relación desigualdad-mortalidad es realmente causal", es decir, precisamente lo que deben demostrar.
Reconocen la heterogeneidad de los estudios, pero no analizan variables tan cruciales como la existencia de Seguridad Social, los mercados de trabajo y la inmigración. Al final admiten que la desigualdad puede deberse a muchas causas, y que el índice Gini resume la distribución independientemente de su forma, de manera que un Gini elevado puede ser el resultado de un elevado número de individuos muy ricos o de individuos extremadamente pobres.
En resumen, como suele suceder, detrás de las consignas alarmistas que reclaman más y más usurpaciones de la libertad hay más entusiasmo que razones.
(*) Carlos Rodríguez Braun es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la misma universidad. Este artículo fue publicado originalmente en Libertad Digital (España) en dos partes el 18 y el 26 de mayo de 2014. Publicado por El Cato el 28 de Mayo de 2014