lunes, 9 de junio de 2014

De Feinmann y Laclau a Forster: La tragedia K

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
Cada día, el kirchnerismo se asemeja más al menemismo, en su capítulo central: la idea de un eterno presente despreocupado del futuro, en el que el pasado sólo sirve para justificar este presente. Durante años, el kirchnerismo lo oculto apelando a un sentido épico que gran parte de la sociedad argentina aceptó creer por motivos en muchos casos inexplicables. Así, el kirchnerismo usó la cultura para vender como revolucionario el despilfarro del dinero de los contribuyentes.
"(...) Néstor armó la red de subsidios, tanto por su concepción política prebendaria como por sus intereses económicos. Cristina armó el espectáculo a través de un guión (relato) al que ayudaron Ernesto Laclau como general en jefe; José Pablo Feinmann como el primer oficial; Carta Abierta como los suboficiales y La Cámpora, como sus soldados y guardia pretoriana. Ahora se agrega como secretario cultural a Ricardo Forster en tanto custodio del “pensamiento nacional”, algo que lo tiene merecido porque este intelectual es de todos los kirchneristas quien más está convencido de que esta década fue revolucionaria como ninguna. (...)"

Hasta 1974 tuvimos una sociedad con crisis continuas (sobre todo institucionales) pero con movilidad social ascendente. A partir de 1975 empezó una nueva Argentina aunque no mejor, la de la movilidad social descendente. 
 
Para eso fue clave el desmantelamiento del Estado Benefactor peronista que se continuó del '45 al '75 y que luego su propio desgaste más la imposición de otro modelo con la dictadura militar, hizo que dejara de existir.
 
El kirchnerismo lo intentó reconstruir, pero con la misma lógica del anterior, siendo esto regresivo e imposible. Haya muerto por sus errores o asesinado por sus méritos, lo cierto es que el Estado peronista no puede regresar. La historia nunca da marcha atrás. De allí el malentendido político-cultural que en esta nota trataremos de explicar.
 
El kirchnerismo no es hijo de la tragedia de 2001 como pretende venderse, sino del default saaísta que expulsó al Adolfo a la semana de asumir y de la devaluación asimétrica que obligó a Duhalde a dejar el poder seis meses antes. Esos dos gobiernos son los que pagaron la gran mayoría de los costos de la crisis menem-delarruista, por eso tuvieron que irse antes.
 
Cuando llegó Kirchner lo peor ya había pasado, lo que no quita méritos a lo que hizo, pero tampoco lo agrega a su haber lo que ya estaba hecho, como pretende el relato K.  
 
De lo que sí es hijo el kirchnerismo es del boom de la soja que le permitió doce años en el poder viviendo de rentas, gastándose la mayor parte de la plata en subsidios y en espectáculos (o circo) considerando que quien manejara el fútbol, los medios y los espectáculos culturales manejaría la mente de los argentinos.
 
Armó entonces un modelo de consumo escenificado. Equivalente al de la plata dulce y al de la convertibilidad pero vendido con sentido épico gracias a su estrategia comunicacional-cultural. Recibir los pobres dineros de parte del Estado, para sobrevivir o gastarse la clase media en consumo suntuario todo lo ganado sin pensar en ningún tipo de ahorro, eran vendidas por el gobierno como dos grandes conquistas del modelo. 
 
Los pobres, esos con los que el kirchnerismo se llenó la boca diciendo representarlos, recibieron pan pero siguieron sin poder ascender socialmente. Sólo la élite más cercana al poder político es la que creció inmensamente, pero eso siempre es así con las oligarquías: una minoría ubicada bien arriba de la pirámide social crece sin ninguna relación con la situación del pueblo.
 
Ninguna clase social se benefició durante el kirchnerismo más que para la coyuntura, vale decir,  con lo que no pagaba de gas, luz o nafta se compraba un auto o un led aunque se perdiera  el futuro porque era inducido a no ahorrar nada, con lo cual tampoco crecía socialmente. Todo y todos se mantuvieron gastando en el presente el dinero -obtenido excepcionalmente- necesario para construir el futuro. Fue el kirchnerista un gran programa de contención, educativo, de los pobres, de la clase media, etc. Todos quedaron donde estaban antes de la crisis de 2001, con menos desempleo pero con más pobreza y luego con más inflación. 
 
Además de la construcción de la nueva oligarquía con los “vueltos” del modelo subsidiador, el único sector que ganó fue el campo, el cual ya se venía transformando productivamente desde antes pero, con la llegada del kirchnerismo, coincidió la impresionante demanda internacional de  materias primas como no ocurría desde los inicios del siglo XX, por el fomento al consumo popular del modelo chino.
 
Ahora bien, esa transformación productiva del campo fue mucho menor de lo que podría haber sido si se hubiera centrado la política de desarrollo en ellos en vez de usar sus recursos para sostener autos subsidiados o una sustitución de importaciones trucha que en vez de producir acá lo que se produce afuera, sólo ensambla lo que viene del resto del mundo.
 
Circo
 
Pensando con buenas intenciones, quizá el kirchnerismo en sus primeros tiempos -cuando obtuvo sus mejores logros- quiso reconstruir un país que ya no existía más, quiso volver a la Argentina de la movilidad social ascendente con inclusión social e industria nacional, subsidiado en gran parte por el campo. Y fracasó porque nunca se puede volver atrás. Se puede rescatar el espíritu de algún momento del pasado pero nunca su reconstrucción material. Lo que se busca repetir en un tiempo distinto generalmente suele llevar al lado contrario al de la primera vez. Como ocurrió con los K. 
 
Entonces cuando se dio cuenta de que no se podía reproducir lo pasado, el kirchnerismo decidió  interpretarlo, dio plata dulce a todos y actuó una transformación puramente escénica a la cual los únicos que la podían creer en serio son los especialistas en artes escénicas o del intelecto, los intelectuales y los artistas. Ellos supusieron que de alguna forma sus sueños se volvían realidad, pero lo cierto es que seguían siendo sueños, sueños actuados, como un guión llevado a obra teatral.
 
Para el artista, poner una obra escrita en escena es como concretar en hechos el producto de su imaginación, pero esa concreción sigue siendo una ficción. Eso ocurrió en la Argentina. Los únicos que creyeron que esta década tenía algo que ver con el comienzo de una revolución o cuando menos con una transformación gigantesca, fueron la gente de la cultura que se dejó seducir por los gestos y las palabras de una pareja feudal con verso progre-peronista, que les dio -eso hay que reconocerlo- cierta participación en el poder político, a cambio de que “oficializaran” su arte. 
 
Así, se reprodujo escénicamente la década del 70. Menos mal que sólo se trató de una reproducción, en la que los tiros y los muertos reales de aquellos años de plomo fueron sustituidos por insultos, agravios y recreación de divisiones y odios que hacen culturalmente mucho daño pero al menos no matan directamente a nadie como en los 70. 
 
Además, estas divisiones nada tenían que ver con el actual tiempo histórico, por eso cuajaron por arriba pero muy poco por abajo. Dividió a las élites, no al resto de la sociedad, demostrando con eso su anacronismo y, en buena medida, el anacronismo de las élites que cayeron en la trampa gestada por el gobierno, de odiarse mutuamente. 
 
Kirchnerismo y peronismo
 
En síntesis, se escenificaron los 70 y esa producción teatral se pagó con soja. Fue un modelo rentístico con ideología productivista, sostenido por el campo al mismo tiempo que se lo consideraba enemigo ideológico. Un tanto esquizofrénico.
 
Néstor armó la red de subsidios, tanto por su  concepción política prebendaria como por sus intereses económicos. Cristina armó el espectáculo a través de un guión (relato) al que ayudaron Ernesto Laclau como general en jefe; José Pablo Feinmann como el primer oficial; Carta Abierta como los suboficiales y La Cámpora, como sus soldados y guardia pretoriana.
 
Ahora se agrega como secretario cultural a Ricardo Forster en tanto custodio del “pensamiento nacional”, algo que lo tiene merecido porque este intelectual es de todos los kirchneristas quien más está convencido de que esta década fue revolucionaria como ninguna. Es Forster quien más confunde sus sueños con la realidad, por eso su designación es tan simbólica: él quiso ser el Voltaire de la revolución K y lo terminan premiando con un cargo de comisario político.
 
Así se armó la izquierda oficial que defiende el más estricto statu quo, la apología más absoluta del presente en nombre de una ideología contestataria. Vale decir, el relato le provee justificativo histórico y cultural a la permanencia en el poder del PJ clásico, ese compuesto por todos los que estuvieron con Menem y mañana estarán con Scioli, Massa o quien herede los atributos de la corona frente al cual los kirchneristas son apenas un mero adjetivo de época, que el PJ usará y tirará.
 
En cuanto a teatralización política, el primer peronismo también la hizo y mucha. Fue, es cierto, una especie de realismo socialista con íconos y santitos, brutal culto a la personalidad, educación ideologizada y control absoluto de los medios de comunicación. Frente a ello, el kirchnerismo es apenas un reflejo pálido de lo que fue aquel tiempo histórico.
 
Sin embargo, aún con todas sus cosas indefendibles, el peronismo de Perón cumplió la misión histórica de incorporar una nueva clase social a la producción y el consumo, que muy difícilmente se hubiera sumado a la sociedad visible sin conflictos y enfrentamientos reales. En cambio las divisiones actuales de ahora nada tiene que ver con la movilidad social de los pobres para participar del poder real y de la redistribución del ingreso. Lo de ahora es una fantasía de intelectuales.
 
Precisamente por eso el fervor es intelectual, no proletario. Lamentablemente para ellos, los pobres no votan kirchnerismo, sino que siguen votando peronismo, en cualquiera de sus versiones. Para el intelectual K la diferencia entre menemismo y kirchnerismo es absoluta, pero para el peronista popular, el de abajo, la diferencia prácticamente no existe.
 
Por eso el kirchnerismo es, en términos culturales, un divertimento de la intelligentzia, la puesta en escena teatral de una auténtica tragedia histórica que finalizó con la muerte de Perón y que su única posibilidad de repetirse es a través de ficciones o relatos que dicen transformar la realidad pero que lo único que hacen es ocultarla.


(*) Carlos S. La Rosa. Periodista y analista político. Artículo publicado en el diario Los Andes, Mendoza el 8 de Junio de 2014, reproducido por Urgente 24