jueves, 26 de junio de 2014

El déficit, en la base del problema

Por Orlando Ferreres (*)
No pueden prever el futuro. O quizá, no les importa el largo plazo. Lo cierto es que los políticos en el poder no anticipan los problemas aunque esto pueda ser muy grave para la comunidad a la que dicen defender. Esto último -que defiendan a la comunidad- ya resulta poco creíble, después de tantas décadas de decadencia relativa.

La forma en que se manejó la crisis de la deuda con los fondos que no entraron al canje, con sus idas y venidas al borde del default, ejemplifica este comportamiento. Sin embargo, el caso más claro a lo largo de los años es el del déficit fiscal. Los dirigentes en el poder (presidente, gobernadores, ministros) abultan el gasto público en sus jurisdicciones o, para decirlo más simplemente, aumentan "la caja estatal", hasta que los recursos genuinos lógicos ya no alcanzan para cubrir los gastos. Entonces agregan impuestos nuevos, casi siempre distorsivos, aun a mitad del ejercicio, para seguir gastando. Agotado el proceso de agregar impuestos, recurren al endeudamiento, proceso que también llevan al límite extremo. Este llega cuando ya nadie quiere prestarles por el alto riesgo de default o por no haber salido aún de él, como es la situación presente.
Entonces agregan impuestos nuevos, casi siempre distorsivos, aun a mitad del ejercicio, para seguir gastando
Entonces apelan a la última tabla de financiación del enorme gasto y déficit fiscal que es la emisión monetaria espuria, y esto en forma cada vez más fuerte, aun duplicando con nuevas leyes los límites máximo prudenciales de la financiación inflacionaria al Tesoro. Para disimular la monetización del déficit apelan incluso a la contabilidad creativa, como es el caso de las ganancias ficticias del Banco Central que permiten enviar "dividendos" ficticios al Tesoro, que en realidad son pura emisión.
Este proceso no lo detienen cuando la inflación llega al 3 ó 4 % anual que es el máximo de inflación aceptada internacionalmente, ni cuando llega a los peligrosísimos dos dígitos anuales, o sea más de 10% anual, y aún no paran cuando llega al 40% anual, como es el caso actual. El proceso sigue hasta que la burbuja explota, como pasó en julio de 1989, con una inflación de 46.500.000% equivalente anual para ese mes (El 197% que creció el IPC en dicho mes, implica aquella cifra al anualizarlo).
Este proceso no lo frenan aun cuando les puede costar el poder a ellos mismos, como le pasó a Raúl Alfonsín en 1989 o a Fernando de la Rúa y Domingo Cavallo en 2001.
Veamos el déficit fiscal consolidado y sus efectos sobre la macroeconomía e incluso sobre el crecimiento económico:
Podemos observar que en la década del 60 el déficit fiscal consolidado (Nación, provincias, municipios) fue importante, pero relativamente controlado. En la década del 70 se aceleró mucho hasta que llegó el "Rodrigazo" que lo llevó a extremos, con el primer gran salto de inflación en un solo mes y la recesión que lo acompañó. Lo mismo ocurrió al final del gobierno militar en 1982, donde se espiralizó con sus consecuencias sobre la terrible inflación correspondiente. También se aceleró el déficit fiscal en la década del 80 y terminó muy mal en 1989.
En los 90, dicho déficit fue creciendo progresivamente, salvo en 1994, aunque en este año se incluyó como Rentas Generales la recaudación de las privatizaciones (cosa que no hubiera correspondido). Como el tipo de cambio era fijo por ley, y se financiaba el déficit con deuda externa, la creación de dinero correspondía al sector externo, por la entrada de los dólares contrapartida del aumento de la deuda con bonos. En definitiva, se creaba dinero doméstico como si fuera un déficit común, con la diferencia de que, por la convertibilidad 1 a 1, no se podía manifestar la inflación, pero el proceso buscaba una salida y la encontraba en una recesión cada vez más fuerte y hasta se llegó a la hiperrecesión.
Con el gran ajuste de Eduardo Duhalde el gasto se licuó muchísimo y, por primera vez en la historia argentina, tuvimos superávit fiscal consolidado. La economía se sentía libre, su dinamismo no se veía entorpecido por tener que cargar con la pesada mochila del enorme gasto improductivo del Estado sino que la carga era ligera. El crecimiento económico fue, en esa etapa, a "tasas chinas", al 9-10 % anual, con una inflación similar a la internacional.
Pero no duró. En pocos años se volvió a gastar sin límites, se perdió el superávit, se pasó nuevamente a lo normal en nuestro país, al déficit. Se exageraron los impuestos, pero aun así no alcanzó. Se recurrió a la emisión, y no alcanzó tampoco por lo que hubo que reformar la Carta Orgánica del Banco Central para duplicar los márgenes de emisión dado que los límites máximos estaban superados.
Volvió la inflación pero se dibujaron los índices para negarla, pero igual la gran emisión corroía el valor de la moneda y ahora la inflación ya llega al 40% anual.
Y con el déficit y la inflación también se acabó el crecimiento fuerte del 9-10% anual y ahora hay estancamiento, el crecimiento del PBI es cero o negativo. Estamos en el peor de los mundos, estancamiento con inflación, o sea, lo que se llama "estanflación".
No van a ajustar lo que desajustaron. Piensan dejarlo así, desviado, muy desviado, salvo imprescindibles retoques para llegar como puedan a diciembre de 2015
¿Cómo se arregla esto? Controlando el gasto público. Pero las autoridades han declarado que "no van a hacer el ajuste", no van a ajustar lo que desajustaron. Piensan dejarlo así, desviado, muy desviado, salvo imprescindibles retoques para llegar como puedan a diciembre de 2015. La diferencia negativa entre lo que recibieron como gasto público y superávit fiscal en 2003 y lo que dejan como herencia es enorme. El que gane las elecciones en 2015 recibirá un país desordenado fiscalmente.
El próximo gobierno va sufrir mucho al tener que tomar medidas impopulares si quiere arreglar el país del largo plazo y que salgamos de esta tendencia permanente a declinar que lleva ya 80 años. Ahora se va arreglar con los holdouts pagándole con más deuda, que no figuraba en la estadística argentina, lo mismo que se hizo para pagar a Repsol o a los que ganaron juicios en el Ciadi o para arreglar con el Club de Paris. Esta mayor deuda es más gasto público para el futuro. Seguimos declinando, pues nadie quiere llamar a las cosas por su nombre ni hacer lo que es necesario hacer para lograr tener ocupada productivamente, en trabajos formales, a toda la población argentina, es decir construir un país que respete las instituciones y favorezca una alta inversión, cosa que es muy posible.
¿Cuál es el costo de no hacer nada significativo y de seguir con lo mismo? El costo es hasta hoy el 27% de pobreza, pero ésta puede empeorar aún más. En un país rico que tiene tantos alimentos, tantas reservas de energía, tanta pesca potencial en su mar continental y tanto oro, plata y cobre en sus entrañas, no es posible que por mala administración política tengamos tanta pobreza estructural. Es posible cambiar, hablando claro.
(*) Orlando Ferreres. Economista. Director de OJF & Asoc. Artículo publicado en La Nación el 25 de Junio de 2014