jueves, 12 de junio de 2014

¿Por qué toleramos lo intolerable?

Por Gabriela Pousa (*)
Una vez escuché decir que un argentino es un italiano que habla español y se cree británico. Complicado. Pero tomemos como referente a ese argentino medio que antaño votó a Cristina y hoy la demoniza.

¿Acaso la Presidente cambió tanto en estos años? No. Cristina sigue siendo Cristina, una de las pocas que advirtió la contradicción en que vive la ciudadanía: afanosa de libertad por sus bondades, pero reticente de sus responsabilidades intrínsecas. Liberales para actuar como les plazca pero comunistas para que el Estado los asista. En síntesis, inmaduros concibiendo al país como un jardín de infantes donde divertirse. 

El gobierno fomentó la cultura del ocio como ningún otro, y eso explica en parte por qué se perdona lo imperdonable. Recordemos el escándalo por la pista de aterrizaje que el ex mandatario construyera en Anillaco. Mirando en retrospectiva era un poco de asfalto sobre un descampado. Pero no solo no le fue perdonado, sino que devino ícono de la corrupción de esos años. Y no es una reivindicación del menemismo que tuvo errores más serios.


Al tiempo, el kirchnerismo levantó cadenas hoteleras sobre terrenos fiscales, y convirtió el avión presidencial en vehículo particular, gastando en combustible el equivalente a varias pistas de aterrizaje. Y el pueblo hizo silencio o peor: lo avaló reeligiéndolo con un 54%. 
Pasó que la evidencia de la corrupción se hizo corriente.


Skanska, Lázaro, Boudou, Jaime, Madero Center, la Rosadita y la Rosada, Oyarbide, Fariña,Elaskar, las donaciones para inundados que no llegaron, y tanto más que se sucedió ininterrumpidamente, terminaron por posicionar el delito de guante blanco como algo cotidiano. Supongamos que hay una tasa ajada en la casa. La ignoramos, la pasamos por alto sin espanto.


Ese mismo mecanismo adoptan los argentinos. Nada los sorprende. El asombro mutó en indiferencia y esta es humus para el robo calificado.

 
‘La Carta Robada’ de E. A. Poe lo ilustra con precisión: descubren a un ministro robando un documento. Allanan su domicilio pero la carta no aparece. Lo indagan sin resultados. 


Finalmente, un oficial descifra el enigma, la carta se ha pasado por alto debido a su evidencia. Para esconderla, el ladrón había apelado a la más sagaz estrategia: dejarla sobre la mesa, sin ocultarla así nadie repararía en ella. 

Eso mismo nos pasa. Es tanta y tan evidente la corrupción que se fue volviendo invisible. ¿Por qué asombrarnos de algo con lo cual convivimos a diario? Sólo lo novedoso sorprende.


Escándalos, causas, denuncias en lugar de provocar, instalan la idea que nada puede hacerse frente a la calamidad. Cuando se empieza a elaborar un hecho, vuelve a paralizarnos otro similar. Así estamos, detenidos en quejas y llanto. 


Preocupados pero no ocupados, hallamos cierto confort en la derrota. No crecemos, nos preservamos. Al no involucrarnos, caemos en el escepticismo a punto tal de cuestionar hasta el régimen democrático. En lugar de vivir la democracia terminamos padeciéndola. Y eso es porque la hemos abandonado a su suerte.


La recibimos con vítores hace 30 años y ahí la dejamos. Se vaciaron el comité, la unidad básica y las convicciones, y se llenó de indecentes vendiendo opresión disfrazada de protección.


(*) Gabriela Pousa. Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado en "El Cronista" el 10 de Junio de 2014.