martes, 15 de julio de 2014

La sana lucha por la desigualdad

Por Carlos A. Montaner (*)
Comienzo por una anécdota. Me la relató la protagonista, una excelente médico cubana, especialista en implantes cocleares encaminados a devolverles la facultad de oír a niños sordos.

Hace unos cuantos años, al volver de las vacaciones, la esperaba el moralizante comité del Partido Comunista del hospital donde trabajaba. Se proponían reprenderla. Ella no sabía por qué. Pronto lo supo. Era culpable de una conducta impropia del socialismo: se había creado fama de ser la mejor cirujana en su especialidad. Se había destacado. ¿Existía alguna prueba? Por supuesto: sus pacientes prefirieron esperarla y durante su ausencia se negaron a ponerse en las manos de otros médicos.
La acusada escuchó pacientemente la regañina. Le explicaron que la revolución preconiza el trabajo en equipo y es refractaria al éxito egoísta de los individuos, práctica que aparentemente pertenece al ámbito del capitalismo despreciable.
La doctora replicó que nada había hecho para seducir a sus pacientes, salvo ser buen médico, pero secretamente tomó la decisión de escapar de un país dispuesto a castigar la excelencia en nombre del igualitarismo revolucionario. Desde hace unos años ejerce su profesión muy exitosamente en Miami.
Relato esta historia porque hoy, mientras los gobiernos, los partidos políticos y numerosos pensadores, colectivistas y no colectivistas, se preocupan por reducir la desigualdad, satanizan el lucro y esgrimen como bandera el Índice Gini, con el que suelen azotar a quienes se han enriquecido, los individuos, por la otra punta del análisis, luchan por descollar y acentuar las diferencias sociales.
Tienen razón los individuos. Tratar de sobresalir, intentar destacarse, luchar por ser mejores que los demás, diferentes a ellos, incluso más ricos, forma parte de la naturaleza humana y a todos nos conviene que así sea. Reprimir ese impulso, condenarlo moralmente e intentar igualar a los individuos es el camino más corto al fracaso general.
Más aún: como sabe cualquiera que haya observado con cierto cuidado el comportamiento de las personas normales, eso es lo común, lo sano, lo que nos impulsa todos los días a trabajar y a vivir. Sin ese estímulo íntimo, rabiosamente individualista, se genera el aniquilamiento del yo, diluido en medio de una pastosa marea de seres más cercanos al enjambre de abejas idénticas que a la especie competitiva, alerta y desigual a la que pertenecemos.
La autoestima, tan importante para el equilibrio emocional, depende de eso. Quienes están satisfechos consigo mismo poseen más posibilidades de ser felices y de crear riqueza para ellos y para beneficio del entorno en el que viven. Por el contrario, la sensación de mediocridad, y más aún de una cierta inferioridad relativa, suele abatir a quienes la sufren.
Cuando la depresión no tiene una causa fisiológica –un desequilibro hormonal o químico– el origen hay que buscarlo en el terreno oscuro de una autopercepción negativa. Son esas personas que no pueden o quieren levantarse de la cama a luchar porque su ego ha sido aplastado, y ni siquiera entienden qué les ha sucedido, más allá del malestar que las agobia.
Se equivocan los gobiernos, los partidos políticos y las instituciones religiosas en tratar de demonizar y penalizar la desigualdad. ¿Qué hacemos, intuitivamente, con quienes se destacan? En general, los admiramos. Los declaramos héroes y, si se tercia, los enriquecemos con nuestras preferencias. Puede ser un guerrero valiente, un artista excepcional, un deportista triunfador. Puede ser una persona dedicada a la filantropía, como la Madre Teresa, o a la creación de empresas, como Steve Jobs.
El héroe es alguien extremadamente desigual que ha realizado una hazaña poco común y eso lo convierte en un modelo ideal de comportamiento. A nadie le molesta (o debiera molestarle) que en procura de su singularidad el héroe llegue a convertirse en una persona muy rica, infinitamente más que la media, como sucedió con Picasso, con Bill Gates, con el tenista Rafa Nadal, con la cantante Beyoncé y con los miles de triunfadores que en el mundo son y han sido.
La palabra logro viene de lucro. La creación de riqueza, cuando ha sido ganada limpiamente, es una forma de merecido reconocimiento. El lucro no es un pecado, ni el logro debe ser un delito o un comportamiento censurable. Quien se destaca y triunfa, por el contrario, merece nuestra admiración, nunca nuestro desprecio.
(*) Carlos A. Montaner es periodista y escritor. Artículo publicado por "La Prensa popular" el 14 de Julio de 2014

Lecciones de historia de la deuda externa argentina

Por Adrián Ravier (*)
La historia de la deuda externa argentina nace en 1824 con el empréstito de la firma Baring Brothers. Podríamos ofrecer un prolongado detalle de su evolución, pero lo cierto es que en 1976, el monto total de la deuda externa sumaba apenas 4000 millones de dólares. Sobrevaluación cambiaria y “Tablita” mediante, Martínez de Hoz termina su gestión el 31 de marzo de 1981 dejando una deuda pública externa de 17.170 millones de dólares.

El primer “salto” de la deuda llega poco después de esto, cuando en junio de 1982 Domingo Cavallo asume la Presidencia del Banco Central, desencadenando una hiperinflación primero, para luego –dada la carencia de divisas-, nacionalizar la deuda privada. Como resultado, el gobierno del proceso entregó el país al gobierno de Alfonsín con una deuda pública externa de 45.000 millones de dólares en 1983.
Las dificultades fiscales no terminaron con el gobierno de Alfonsín, y su monetización lo condujo a un nuevo proceso hiperinflacionario. En 1989 la deuda ascendió a 66.300 millones de dólares, de los cuales sólo 3000 eran deuda interna.
El segundo “salto” de la deuda aparece en los años 1990. En 1999, cuando culmina el gobierno menemista, la deuda pública externa se había duplicado, alcanzando los 121.400 millones de dólares. Cavallo tuvo un paso significativo en la primera mitad de esta década gestionando la quita de capital del Plan Brady, pero también fue responsable de no utilizar el capital de las privatizaciones para cancelar capital -más de 30.000 millones de dólares- ni preocuparse jamás por el equilibrio fiscal. Tras su salida, la responsabilidad fiscal y el posterior “déficit cero” fueron sólo palabras.
El gobierno de De la Rúa sólo se preocupó por “apagar incendios” y se sucedieron canjes, como los famosos “blindaje” y “megacanje”. Para cuando se declaró la suspensión de pagos en 2001, la deuda era de 144.000 millones de dólares.
Tras una transición de dos años, en 2003 asumió Néstor Kirchner. El kirchnerismo ofreció a los acreedores dos reestructuraciones en 2005 y 2010, reemplazando la deuda con nuevos bonos, a partir de los cuales los acreedores volvieron a cobrar intereses. Esta reestructuración también implicó una quita de capital y fue asociada a las cláusulas RUFO, que básicamente definían que si el gobierno ofrecía a los bonistas que no aceptaron las mencionadas dos reestructuraciones una oferta superior, entonces estos bonistas tenían derecho a reclamar el mismo acuerdo. Estas cláusulas vencen en diciembre de 2014.
El monto de la deuda externa desde entonces fue difícil de estimar, y los números que surgieron fueron siempre parciales, ya que nunca se completó la reestructuración, ni se pudo salir completamente del default anterior.
Sólo la urgencia del gobierno por tomar deuda nuevamente aceleró las negociaciones para pagarle al Club de París y arreglar la expropiación de Repsol-YPF. En este contexto, el juez Griesa determinó que Argentina debía cancelar el capital adeudado con los acreedores pendientes, quienes en realidad ya habían vendido sus bonos a otros acreedores dispuestos a adelantar el capital y esperar por la determinación judicial.
Al momento de escribir estas líneas, el gobierno argentino está aprovechando los últimos 30 días de negociación, antes de cancelar ese capital adeudado. Preocupa al gobierno que las mejores condiciones determinadas por el juez Griesa, activen las cláusulas RUFO y entonces surjan juicios por entre 120.000 y 500.000 millones de dólares.
Esta preocupación, sin embargo, resulta injustificada, ya que la cancelación en efectivo del fallo judicial no es una “mejor oferta del gobierno”, sino la determinación del juez. Por el contrario, las negociaciones iniciadas para cancelar parte del capital en efectivo, y parte en bonos, sí podrían activar las cláusulas RUFO, y con ello implicar un nuevo salto de la deuda pública externa.
Dejando de lado las sucesivas e innecesarias descalificaciones del gobierno argentino hacia el juez Griesa y los holdouts,parece apropiado cancelar este capital en efectivo y definitivamente abandonar la situación de default mantenida desde diciembre de 2001.
El peligro asociado a este acuerdo, sin embargo, es que la voracidad fiscal que ha caracterizado al gobierno, lo conduzca ahora a continuar evitando el ajuste tomando deuda externa, y que entonces se abra la única puerta de financiamiento que permanecía cerrada.
Dado el consenso que los partidos políticos han mostrado en los últimos meses por el desprecio a la deuda externa, me parece que es el momento adecuado para una discusión en el Congreso y el voto de una ley que coloque límites al endeudamiento, por ejemplo, fijando el requerimiento de mantener el porcentaje actual de deuda pública sobre PBI. No hacerlo en el momento apropiado puede convertir a Kicillof en el nuevo Cavallo de la deuda externa argentina, conduciéndonos a un nuevo “salto” antes de las elecciones de 2015, un problema que se trasladará a las generaciones futuras que ni siquiera participaron de la elección del actual gobierno.
(*) Adrián Ravier es licenciado en Economía (UBA, 2002), máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE, 2004) y doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (URJC, 2009). Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa. Como investigador ha publicado siete libros, y ha colaborado en otros tantos. También ha publicado artículos académicos sobre macroeconomía, teoría monetaria e historia del pensamiento económico en revistas especializadas y ha participado como conferencista en numerosos seminarios y congresos internacionales. Contribuye en el blog Punto de Vista Económico. Artículo publicado en INFOBAE el 12 de Julio de 2014

lunes, 14 de julio de 2014

El zorro en el gallinero

Por Eduardo Filgueira Lima (*)
Curso básico de Liberalismo:                       
“Pretender controlar la vida propia está bien y pretender controlar la vida ajena está mal”!! 
(Citado por W. Jerusalinsky)
La cita del epígrafe fue compartida por las redes sociales –hoy instrumento invalorable de la política para poner en su tiempo y dimensión las cuestiones que nos atañen cotidianamente– y que más allá del divertimento pueden servir para transmitir ideas, incluso con el primero como condimento.

No existía en ella mayor pretensión de que fuera nada más que una sentencia básica, simple pero contundente, casi elemental y que debiera exceder cualquier ideología, que entendí tan evidente en su mensaje que ni siquiera creí que requería aclaración alguna.

Incluso lo que la idea que transmitía –por su obviedad– debía considerarse previa al pensamiento liberal, ya que el respeto mutuo, la no injerencia en los asuntos de los otros sin su debido consentimiento (o solicitud), la ausencia de coerción o la intención de control de sus vidas y acciones, es un requisito indispensable que debiera ser entendido como un principio básico de la convivencia social, de las relaciones entre los humanos y sustento de un derecho inalienable como la libertad[1]

Y esto es lo que en diferentes sociedades ha posibilitado el estado de derecho: aquel que se rige por instituciones, normas y leyes –en los países anglosajones el “rule of law”– que condicionan las libertades de los individuos para que las acciones de los unos no vulneren las libertades, la vida o la propiedad de los otros.

Como respuesta a mi envío los mensajes fueron múltiples y positivos, en el sentido de acordar, entender y compartir la idea que se expresaba. Salvo uno que aunque fuera expresado con respeto me formulaba la pregunta: “¿La libertad del zorro en el gallinero, es solamente un daño colateral del liberalismo?

¿Qué nos quiso decir?,.. ¿Que se desprendía de la pregunta?

Sin dudas los interrogantes que surgían me inquietaron. Sé que siempre es posible –y a ello uno se expone al interactuar en las redes– encontrar alguna crítica o disenso, lo que asumo sin demasiada preocupación.

Lo que me motivó a pensar que aunque –como es de suponer– no todos tengamos las mismas ideas, ni entendamos las cosas de manera similar, la pregunta en sí encerraba un velado cuestionamiento a las libertades de los otros, enmascarado en el supuesto que eran las libertades las que ocasionaban daños “colaterales”.

Me dije –y así lo hice saber– que la metáfora del “zorro en el gallinero” no era un buen ejemplo para cuestionar mi envío (el epígrafe del presente) y además de ello me sentí abrumado por la idea que alguien pudiera siquiera considerar posible vulnerar las libertades en el sentido que se expresaba.

Aunque por otra parte supe cabalmente que este pensamiento forma parte de las ideas de muchos en nuestra sociedad. De ninguna manera pretendo ser ofensivo, ni pensar que soy el portador de la verdad absoluta, pero casi todos ellos conforman una pléyade de individuos que se han dejado conformar con un pensamiento extremadamente simplista y que se basa en: “el liberalismo es el origen de todos nuestros males,.. y la libertad es su principal componente,..” La base de este pensamiento encuentra origen y sustento en ideas colectivistas y en la creencia que: “…no se debe dejar en libertad al zorro, o en su defecto se debe proteger a las gallinas…”

Es decir un pensamiento que sustenta en que existen “los malos” (que son los depredadores) y “los buenos” (seguramente los propios o los que se definan vulnerables) a quienes se debe proteger de las acechanzas, amenazas y saqueos de los primeros.

Obviamente aun a sabiendas que muchos hombres en muchas de sus acciones pueden ser capaces de indescriptibles atrocidades –y la historia de la humanidad es un claro ejemplo de ello–, también es capaz de las acciones más altruistas, por lo que deberíamos introducirnos en un debate filosófico-antropológico sobre las características de la naturaleza humana, en caso de coincidir que ella misma exista.

Y por otra parte a su vez deberíamos discutir quienes son los que deberíamos defender y en todo caso definir de que y porqué, como así también quien y como lo haría.

Y esta es una de las funciones esenciales del estado: “promover a la seguridad interior, para que la vida, la libertad y las posesiones de los individuos sean adecuadamente garantizadas”.

Y cuando esto se dice no se pone en cuestión ninguno de estos aspectos que se protegen,.. resulta de las funciones del estado a través de sus instrumentos: el “legítimo” uso de la fuerza y las leyes que lo sustentan.

Así es que me sentí impulsado a contestar – lo que hice una manera muy breve y concisa– y a su vez a ampliar la idea a través del presente.

No se necesita expresar demasiado sobre la idea que el ejemplo que se utilizó de respuesta no fue el más adecuado: obviamente en nuestras sociedades existen leyes y normas que regulan el proceder de los individuos sean o no “zorros” (puede ser que no suceda así en el gallinero y siempre y cuando el granjero no defienda su propiedad a su manera), pero no está ninguno de nosotros habilitado para atentar contra la vida de ningún otro. Y el epígrafe lo dice –no solo en referencia a la coacción de controlar las acciones, sino la vida misma de los otros– claramente, aún de manera implícita: “…controlar la vida ajena está mal”!!

En nuestras sociedades es muy cierto que no solo la confrontación política, sino también la ausencia de honesta discusión en lo ideológico, ha derivado en la frecuente descalificación del otro, incluso la descalificación de los pensamientos diferentes,.. de lo distinto,.. de todo aquello que no se acomoda a nuestro paradigma.

Y ello es tan así que somos incapaces de comprender, o de aceptar que cada uno puede buscar su propio camino a la felicidad, que aún siendo diferente puede ser tan válido como el de cualquier otro y que su libertad solo es atentatoria a las libertades de los demás cuando la coacciona, intenta su control o cuando no respeta y violenta las normas y leyes que nos rigen.

Desde la misma perspectiva cada uno puede pensar las cosas con su propio criterio e ideas, con argumentos tan válidos como los de otros y no por ello se transforma en el zorro (entiéndase el sentido de la respuesta: el depredador o el perverso) por lo que no debe caerse en criterios simplistas que solventan interpretaciones facilistas: “el liberalismo y el respeto a las libertades es la causa de todos nuestros males,..”

Desde ya que esas mismas libertades se sustentan en capacidades diferentes, de las que hemos sido provistos y que no deben ser interpretadas más allá de “diferentes oportunidades” que nos ha ofrecido a cada uno la vida y suponer que las mismas pueden ser igualadas – también un pensamiento simplista– no nos permite considerar que no solo ello es imposible, sino que aún así de lograrse, los resultados serían siempre diferentes.

“La libertad no significa solamente que el individuo tiene tanto la oportunidad como la carga de su propia elección, también significa que debe soportar las consecuencias de sus acciones. Libertad y responsabilidad son inseparables”.[2]

Sin embargo existen quienes suponen que esas diferencias deben ser salvadas protegiendo a las gallinas de la expoliación. Lo que amerita algunas definiciones.

No es ninguna novedad que desafortunadamente, en nuestras sociedades, existen muchos excluidos y tantos más cuanto más pobre es la misma, así como tantos más y en proporción a las políticas populistas que se hayan instituido.

Lo que quiero decir es que con seguridad si las políticas hubieran sido diferentes la cantidad de personas a proteger sería mucho menor.

Pero quienes se sienten protectores del inválido no reparan en que quienes tienen como discurso la protección de los más débiles, a su vez tienen en sus manos la facultad de decidir políticas con las que pueden no solo decidir quiénes son y quienes no, sino también hacer que ellos sean más o sean menos.

Esto es lo mismo que definir que no es el zorro el que con su libertad explota a los otros, sino que es aquel (o aquellos) que en la maraña de su discurso dicen asumir la defensa de los indefensos, cuando en realidad lo que logran es el efecto contrario.

Me pregunto: ¿Quiénes somos para decidir sobre la vida, la conducta o las necesidades de los demás?

En todo caso los que recurren a ser protegidos no siempre son los que más lo necesitan (me refiero en particular  a muchos empresarios que deseando limitar riesgos obtienen subsidios y beneficios arancelarios) y descargan sus propias responsabilidades en el conjunto.

Obviamente estos recursos se descuentan de los que podrían recibir quienes los necesitan de manera más urgente.

Esto es decir que con su intervención el estado solo logra transferir recursos que termina mal asignando y cuando ello no alcanza a sus fines: recurre a incrementar el gasto público, con cualquier financiamiento del que disponga y ello es proporcional a la irresponsabilidad de los gobernantes.

El ciclo recurrente al que conducen estas políticas se hace predecible: estado elefantiásico e ineficiente con un gasto público incremental que se puede solventar con fuentes de financiamiento de resultados finales inciertos. Porque la presión fiscal, o el endeudamiento, o la emisión tienen consecuencias últimas y por lo mismo de límites predecibles.

Mientras la clase política –en realidad los gobernantes, porque existen políticos honorables– resulta indemne de sus mal manejos por la mala praxis en la administración de los recursos de todos.

Por otra parte están quienes si necesitan, pero sucede que quienes dicen ocuparse –y esa es la responsabilidad que tienen a través de las políticas públicas– no les ofrecen trabajo digno, ni aquellas condiciones que les permitiría lograr su autonomía, que interpreto como la maximización del bienestar general. Muy por el contrario, se dicen intérpretes de un difuso “bien común” y con políticas populistas los mantienen en la dependencia. Son los verdaderos “zorros” que les roban toda perspectiva de futuro.

Esto es decir que por un lado al sector productivo no le ofrece suficientes garantías y a quienes se encuentran vulnerables les ofrecen cada día migajas y dependencia.

El verdadero zorro no es la pretendidamente denostada libertad –ya que cada uno debe ser dueño de forjar su propio camino– el camuflado, pero verdadero zorro, es el que se disfraza de protector de las gallinas, y desde su poder y su soberbia se termina comiendo el gallinero.

“Las personas que no respetan la libertad de los otros son autoritarias y los gobiernos que la avasallan terminan siendo  totalitarios”.


Buenos Aires, Julio de 2014

(*) Dr. Eduardo Filgueira Lima 
Director del CEPyS
Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social (ISALUD)
Magister en Economía y Ciencia Política (ESEADE)
Doctorando en Ciencia Política (USal)     

Referencias:



[1] Me refiero a la libertad en su sentido “positivo”, ya que la libertad en su sentido “negativo” se define por la ausencia de coacción externa al individuo que desee realizar un curso de acción determinado, es decir, el individuo A que pretende realizar un curso de acción X es libre si, y solamente si, no existe un Y tal que impida que A realice X.
[2] Hayek, F. “Camino de servidumbre”. Madrid: Alianza Editorial (2007)

sábado, 12 de julio de 2014

¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?

Por Robert Nozick (*)
Con la reproducción de este ensayo de Robert Nozick (1938-2002), La Ilustración Liberal brindó un homenaje a este lúcido filósofo norteamericano. Una versión anterior del mismo se ofreció como parte de una serie de conferencias en Trinity College, Connecticut. Esta versión (revisada) se presentó para su publicación en 1984 en el volumen de ensayos que recogía esa serie de conferencias pero, accidentalmente, fue el primer manuscrito lo que se publicó en The future of Private Enterprise, ed. Craig Aronoff et al. (Atlanta, Georgia State University Business Press, 1986). Hay una edición en español incluida en la obra de Robert Nozick Puzzles socráticos, ed. Cátedra, 1997, Madrid. 
Es sorprendente que los intelectuales se opongan de tal modo al capitalismo. Otros grupos de estatus socioeconómico comparable no muestran el mismo grado y medida de oposición. Estadísticamente, por tanto, los intelectuales constituyen una anomalía.
No todos los intelectuales están en la izquierda.. Como ocurre con otros grupos, sus opiniones se extienden a lo largo de una curva. Pero en su caso, la curva se desvía y se tuerce hacia la izquierda política. La proporción exacta de lo que denominamos anticapitalista depende de cómo se fijen los límites: de cómo se interprete la postura anticapitalista o de izquierdas y de cómo se distinga al grupo de los intelectuales. Las proporciones pueden haber cambiado algo en los últimos tiempos, pero por término medio los intelectuales se sitúan más a la izquierda que los que tienen su mismo estatus socioeconómico. ¿Por qué?
No entiendo por intelectuales a todas las personas inteligentes con cierto nivel de educación, sino a aquellos que, por vocación, tratan con las ideas, según se expresan en palabras, moldeando el flujo de palabras que otros reciben. Estos forjadores de palabras incluyen a los poetas, novelistas, cánticos literarios, periodistas de diarios y revistas y numerosos profesores. No incluyen a aquellos que primordialmente crean y transmiten información formulada cuantitativa o matemáticamente (los forjadores de números) o los que trabajan con medios visuales, pintores, escultores, cámaras. Contrariamente a los forjadores de palabras, la gente que se dedica a estas profesiones no se opone al capitalismo de un modo desproporcionado. Los forjadores de palabras se concentran en ciertos ámbitos ocupacionales: las instituciones académicas, los medios de comunicación de masas, la administración.
Los intelectuales forjadores de palabras se desenvuelven bien en la sociedad capitalista; en ella disponen de amplia libertad para formular, desarrollar, propagar, enseñar y debatir las ideas nuevas. Hay demanda de sus destrezas profesionales, estando sus ingresos muy por encima de la media. ¿Por qué entonces se oponen al capitalismo de un modo tan exagerado? De hecho, algunos datos indican que cuanto más próspero es un intelectual y cuanto más éxito tiene, más probable es que se oponga al capitalismo. Esta oposición al capitalismo procede principalmente “de la izquierda”, pero no exclusivamente. Yeats, Eliot y Pound se oponían a la sociedad de mercado desde la derecha.
La oposición de los intelectuales forjadores de palabras al capitalismo es un hecho de trascendencia social. Dan forma a nuestras ideas e imágenes de la sociedad; establecen las alternativas de actuación que analizan las administraciones. Entre tratados y lemas, nos proporcionan las frases con que expresamos. Su oposición es importante, especialmente en una sociedad (a menudo denominada “post-industrial”) que cada vez depende más de la formulación explícita y de la propagación de la información.
¿Debemos realmente buscar una explicación específica del porqué los forjadores de palabras se oponen de forma desproporcionada al capitalismo? Consideremos la respuesta directa que sigue: el capitalismo es malo, injusto, inmoral o inferior y los intelectuales, al ser inteligentes, se dan cuenta de esto y por tanto se oponen a ello.
Esta sencilla explicación no tiene validez para aquellos que, como yo mismo, no piensan que el capitalismo, el sistema de la propiedad privada y del libre mercado, sea malo, injusto, malvado o inmoral. Los lectores que discrepan deben observar que incluso una creencia verdadera puede no tener una explicación directa: se podría creer en ella debido a algunos factores distintos de su veracidad, tales como la socialización y la integración cultural.
Hay algo en el modelo de oposición de muchos intelectuales que indica, pienso yo, que no se trata sólo de que se percaten de la verdad sobre el capitalismo. Porque cuando se refuta una u otra de las quejas concretas acerca del capitalismo (quizás la de que conduce al monopolio, o a la contaminación, o a demasiadas desigualdades, o la de que implica la explotación de los trabajadores, o deteriora el entorno, o conduce al imperialismo, o causa guerras, o impide el trabajo responsable, o trata por todos los medios de satisfacer los deseos de la gente, o estimula la falta de honradez en el mercado, o produce en función de los beneficios y no de la utilidad, o frena el progreso para aumentar los beneficios, o desbarata los modelos tradicionales para aumentar los beneficios, o conduce a la sobreproducción, o a la infraproducción), cuando se demuestra y se acepta que la queja tiene una lógica imperfecta, o supuestos imperfectos en tomo a hechos, la historia o la economía, el que se queja no cambia entonces de opinión. Abandona el tema y rápidamente se lanza a otro. (“Pero, y el trabajo infantil, o el racismo que incorpora, o la opresión de las mujeres, o los barrios bajos de las ciudades, o que en épocas menos complicadas podíamos arreglamos sin planificar, pero ahora todo es tan complejo que…, o el anunciar seduciendo a la gente para que compre cosas o.. ) En el debate se abandona un punto tras otro. Lo que no se abandona sin embargo es la oposición al capitalismo. Porque la oposición no se hace sobre la base de esos puntos o quejas, y de ese modo no desaparece cuando ellos lo hacen. Hay una animadversión oculta contra el capitalismo. Esta animadversión suscita las quejas. Las quejas racionalizan la animadversión. Después de alguna resistencia, puede que se abandone una queja concreta y, sin volver la vista, se presentarán otras muchas con el fin de desempeñar la misma función: racionalizar y justificar el odio del intelectual al capitalismo. Si el intelectual estuviese sencillamente reconociendo los fallos o los errores del capitalismo, no encontraríamos esa animadversión. La explicación de esta oposición necesitará ser una explicación no sencilla que también tenga en cuenta la animadversión.
Se puede plantear la objeción de que la explicación es sencillamente la obvia, según la cual las personas inteligentes pueden tener simplemente una tendencia natural a mirar a su alrededor y criticar lo que está mal. O que forma parte de la naturaleza de la actividad creativa e innovadora el hecho de generar una mente escéptica que rechaza el orden establecido. Pero ¿por qué, entre los inteligentes, son especialmente los forjadores de palabras y no .los forjadores de números los que se inclinan hacia la izquierda? Si son de temperamento crítico, ¿por qué los forjadores de palabras son normalmente tan poco críticos con los programas “progresistas”? Si la actividad innovadora y creativa es la causa, ¿por qué ha de conducir al escepticismo y no a descubrir virtudes sutiles en las creencias y doctrinas establecidas? (¿No se dedicaron Dante, Maimónides y Santo Tomás de Aquino a la actividad intelectual creativa?) ¿Y por qué debe expresarse el escepticismo acerca del orden establecido, y no acerca de planes para alternativas globales que se supone mejorarán dicho orden? No, al igual que la idea de que el capitalismo es sencillamente malo y que los intelectuales son suficientemente listos para darse cuenta de ello, la explicación de que los intelectuales son críticos y escépticos por naturaleza no es satisfactoria. Estas “explicaciones” son demasiado interesadas; no encajan con los detalles de la situación. Debemos buscar la explicación en otra parte. Sin embargo, no debería sorprendemos que las explicaciones que se les ocurren resulten ser tan autocomplacientes cuando se ofrecen explicaciones, son los intelectuales quienes las ofrecen.
Podemos distinguir dos tipos de explicación para la relativamente alta proporción de intelectuales que se oponen al capitalismo. El primero considera que hay un factor exclusivo en los intelectuales anticapitalistas. El segundo tipo de explicación identifica un factor aplicable a todos los intelectuales, una fuerza que les impulsa hacia los puntos de vista anticapitalistas. El que empuje a algún intelectual concreto hacia el anticapitalismo dependerá de las otras fuerzas que actúan sobre él. En conjunto, no obstante, puesto que hace que el anticapitalismo sea más probable en cada intelectual, tal factor dará lugar a una proporción mayor de intelectuales anticapitalistas. Pensemos en el número, superior a lo normal, de personas que van a la playa en un día de sol. Puede que no seamos capaces de predecir si un individuo concreto va a ir -ello depende de todos los restantes factores que actúan sobre él- pero el sol hace más probable que cada persona vaya y de este modo conduce hasta un número total mayor de gente que va a la playa. Nuestra explicación será de este segundo tipo. Identificaremos un factor que hace que los intelectuales se inclinen hacia actitudes anticapitalistas, pero no lo garantiza en ningún caso concreto.
Teorías previas
Se han propuesto distintas explicaciones a la oposición de los intelectuales al capitalismo. Una de ellas, apoyada por los neo- conservadores, se centra en los intereses de grupo de los intelectuales[1]. Aunque les va económicamente bien bajo el capitalismo, les iría aún mejor, según piensan, en una sociedad socialista en la que su poder sería superior. En una sociedad de mercado no hay concentración centralizada del poder y si alguien tiene poder, o parece tenerlo, es el empresario y hombre de negocios triunfador. Las recompensas de riqueza material son ciertamente suyas. En una sociedad socialista, sin embargo, serían los intelectuales forjadores de palabras los que nutrirían las burocracias gubernamentales, quienes marcarían la política a seguir y supervisarían la ejecución de la misma. Una sociedad socialista, piensan los intelectuales, es aquella en la que ellos gobernarían -idea que les resulta atractiva- lo cual no es ninguna sorpresa. (Recordemos que Platón, en la República, define la sociedad ideal como aquella en la que gobiernan los filósofos).
Pero esta explicación, en términos de los intereses de grupo de los intelectuales, no es satisfactoria en sí misma. Incluso si entre los intereses de grupo de los intelectuales estuviese la transición a una sociedad socialista (y dejo de lado el carácter tan ilusorio de este proyecto), el colaborar con la transición a largo plazo no necesariamente favorece los intereses individuales de un intelectual concreto. Los neoconservadores cometen el mismo error que los marxistas al analizar el comportamiento de los capitalistas. Pasan por alto el hecho de que la gente actúa, no según los intereses de su grupo o clase, sino a tenor de sus intereses individuales. Favorecería el interés individual de todo intelectual el reservarse, mientras que los otros realizan la ardua tarea de construir una sociedad más favorable a los intelectuales[2]. Podemos formular una explicación más clarificadora, no obstante. Si los intelectuales piensan que les iría mejor en una sociedad socialista, y así disfrutan leyendo acerca de las virtudes de tal sociedad y de las imperfecciones del capitalismo, ellos mismos constituirán un mercado fácil y sustancioso para tales palabras y, de ese modo, favorecerá los intereses de los intelectuales como individuos el producir tal festín de palabras para consumo de los demás intelectuales.
El economista F. A Hayek ha identificado otra razón por la que los intelectuales podrían estar a favor de una sociedad socialista. Se piensa de esa sociedad que está organizada siguiendo un plan consciente, es decir, una idea. Las ideas son la materia prima de los forjadores de palabras, y de este modo una sociedad planificada convierte en primordial aquello que constituye su labor profesional. Es una sociedad que encarna ideas. ¿Cómo podrían los intelectuales dejar de considerar a una sociedad tal como seductora y valiosa? Sin duda, podemos exponer las ideas que representa una sociedad capitalista, la libertad y los derechos individuales, pero estas ideas definen un proceso de libertad, no el modelo final resultante. Una ideología que desea estampar un modelo en una sociedad hará por tanto que una idea sea más fundamental para la sociedad y (a menos que la idea sea repugnante) resultará por tanto atractiva para los gustos especiales de los intelectuales, que son profesionales de las ideas.
Una explicación distinta se centra en cómo la motivación de la actividad intelectual contrasta con las motivaciones más altamente valoradas y recompensadas en la sociedad de mercado. La actividad capitalista -así se cuenta- está motivada por la codicia egoísta, pura y simple, mientras que la actividad intelectual está motivada por el amor a las ideas. Sin duda, este contraste es exagerado. Un capitalista puede desear ganar dinero para apoyar su causa o acción caritativa favorita. Una actividad empresarial puede estar motivada por sus propias recompensas intrínsecas, las recompensas del dominio, la competencia profesional y la labor cumplida. Sin duda, estas actividades pueden también aportar recompensas extrínsecas, pero igualmente puede un novelista que se mueve por motivos puramente artísticos obtener grandes derechos de autor. Y ¿está la propia actividad intelectual motivada siempre, únicamente, por sus recompensas intrínsecas? Se dice que los escritores (varones) escriben para lograr la fama y el amor de bellas mujeres. Tampoco están claramente ausentes las motivaciones competitivas en el mundo intelectual. Recordemos cómo Newton y Leibniz se pelearon sobre quién de los dos había inventado antes el cálculo, y cómo Crick y Watson corrieron a toda prisa para adelantarse a Pauling y ser los primeros en descubrir la estructura del ADN.
Pero aunque las motivaciones de la gente que triunfa económicamente bajo el capitalismo no precisan ser claramente inferiores a las de los intelectuales, no es menos verdad que en una sociedad capitalista las recompensas económicas tenderán a ser para los que satisfacen las demandas de otros expresadas en el mercado, para los triunfantes productores de lo que quieren los consumidores. Los intelectuales, igualmente, pueden satisfacer una demanda de mercado de sus productos, como se muestra en los elevados ingresos de algunos novelistas y pintores. Sin embargo, no es necesario que el mercado recompense el trabajo intelectualmente más meritorio; recompensará (parte de) lo que le gusta al público. Éste puede ser un trabajo de menos mérito, o puede no ser en absoluto un trabajo intelectual. El mercado, por su propia naturaleza, es neutral respecto al mérito intelectual. Si el mérito intelectual no es recompensado del modo más elevado, eso será por culpa, si hubiese culpa, no del mercado sino del comprador, cuyos gustos y preferencias se expresan en el mercado. Si hay más gente dispuesta a pagar por ver a Robert Redford que por escucharme dando una conferencia o por leer mis escritos, ello no implica una imperfección del mercado.
Al intelectual puede molestarle al máximo el mercado, no obstante, cuando ve una oportunidad de triunfar, desde el punto de vista económico, produciendo una obra que es de menor mérito a sus propios ojos. El verse tentado a degradar sus propios criterios de calidad para conseguir éxito y reconocimiento popular -o hacerlo de hecho- puede causarle un resentimiento contra el. sistema que le induce a caer en tales motivaciones y emociones de escaso gusto. (Los guionistas de Hollywood son el ejemplo paradigmático). De nuevo, no obstante, ¿por qué culpa al sistema de mercado más que al público? ¿Le molesta un sistema que traza su camino hacia el éxito pasando por los gustos del público, un público menos agudo, instruido y refinado que él, un público que es intelectualmente inferior a él? (Sin embargo, la mayoría de los productores del mercado saben más acerca de su producto y de sus niveles de calidad que la mayoría de los consumidores). ¿Por qué tienen los intelectuales que estar tan resentidos por tener que satisfacer las demandas del mercado si lo que quieren son los frutos del éxito de mercado? Siempre pueden, al fin y al cabo, elegir aferrarse a los niveles de su oficio y aceptar recompensas externas más limitadas.
El economista Ludwig von Mises explicó la oposición al capitalismo como un resentimiento por parte de los menos[3]. Más que imputar su propia falta de éxito, en un sistema libre en el que otros iguales que ellos triunfan, al fracaso personal, la gente le echa la culpa a la naturaleza del sistema mismo. Sin embargo, los hombres de negocios fracasados, por lo general, no culpan al sistema. Y, ¿por qué culpan al sistema los intelectuales en lugar de a sus conciudadanos insensibles? Dado el alto grado de libertad que un sistema capitalista concede a los intelectuales y dado el cómodo estatus de que gozan los intelectuales dentro de ese sistema, ¿de qué culpan al sistema? ¿Qué esperan de él?
La formación académica de los intelectuales
Los intelectuales de ahora confían en ser las personas más altamente valoradas en una sociedad, los de más prestigio y poder, los que obtienen mayores recompensas. Los intelectuales se consideran con derecho a esto. Pero, en general, una sociedad capitalista no honra a los intelectuales. Mises explica el resentimiento particular de los intelectuales, en contraste con los trabajadores, diciendo que se mezclan socialmente con capitalistas triunfadores y que por ello les consideran como un grupo de referencia destacado y les humilla su estatus inferior. Sin embargo, incluso aquellos intelectuales que no se mezclan socialmente están resentidos de un modo similar, a la vez que simplemente el puro mezclarse no basta -los instructores de deportes y de danza que trabajan para los ricos y tienen líos con ellos no son especialmente anticapitalistas.
¿Por qué entonces los intelectuales contemporáneos se sienten con derecho a las más altas recompensas que su sociedad puede ofrecer, y molestos cuando no las reciben? Los intelectuales piensan que son las personas más valiosas, las de mayor mérito, y que la sociedad debería premiar a la gente en función de su valía y mérito. Pero una sociedad capitalista no cumple el principio distributivo “a cada uno según sus méritos o valía”. Aparte de los regalos, las herencias y las ganancias del juego que se dan en una sociedad libre, el mercado distribuye a aquellos que satisfacen las demandas de los demás expresadas a través del mercado, y lo que distribuya de este modo depende de lo que se demande y del volumen del suministro alternativo. Los empresarios fracasados y los trabajadores no sienten la misma animadversión al sistema capitalista que los intelectuales forjadores de palabras. Solamente la conciencia de una superioridad no reconocida, o de unos derechos traicionados, produce esa animadversión.
¿Por qué piensan los intelectuales forjadores de palabras que son valiosísimos, y por qué piensan que la distribución debe hacerse de acuerdo con su valía? Obsérvese que esto último no es un principio necesario. Se han propuesto otros modelos de distribución, incluyendo la distribución paritaria, la distribución según el mérito moral, la distribución según la necesidad. De hecho, no es necesario que haya modelo alguno de distribución que la sociedad esté tratando de alcanzar, incluso una sociedad preocupada con la justicia. La ecuanimidad de una distribución puede residir en su planteamiento desde un proceso justo de intercambio voluntario de propiedades y servicios justamente adquiridos. Cualquier resultado que se produzca en ese proceso será justo entonces, pero no existe un modelo concreto al que deba ajustarse el resultado. ¿Por qué entonces los forjadores de palabras se consideran valiosísimos, y aceptan el principio de distribución según la valía?
Desde los comienzos del pensamiento documentado, los intelectuales nos han dicho que su actividad es valiosísima. Platón valoraba la facultad racional por encima del valor y de las apetencias y consideraba que los filósofos deberían gobernar; Aristóteles sostenía que la contemplación intelectual era la actividad suprema. No es sorprendente que los textos que nos han llegado registren esta alta valoración de la actividad intelectual. Las personas que formularon valoraciones, que las escribieron con razones para respaldarlas, eran intelectuales, después de todo. Se ensalzaban a sí mismos. Los que valoraban más otras cosas que el meditar sobre las cosas usando palabras, ya fuese la caza o el poder o el placer sensual ininterrumpido, no se preocupaban por dejar informes escritos duraderos. Sólo los intelectuales elaboraron una teoría acerca de quién era mejor.
¿Qué factor provocó la sensación, por parte de los intelectuales, de que tenían un valor superior? Voy a centrarme en una institución concreta: las escuelas. A medida que el conocimiento libresco se hizo cada vez más importante, se extendió la escolarización -enseñar a los jóvenes a leer y familiarizarse con los libros. Las escuelas se convirtieron en la principal institución al margen de la familia para forjar las actitudes de los jóvenes, y casi todos los que más tarde se convirtieron en intelectuales pasaron por la escuela. Allí triunfaron. Se les juzgaba frente a otros y se les consideraba superiores. Se les ensalzaba y premiaba, eran los favoritos de los profesores. ¿Cómo podrían dejar de sentirse superiores? Diariamente experimentaban diferencias en la facilidad para las ideas, en el ingenio. Las escuelas les decían, y les demostraban, que eran los mejores.
Las escuelas, también, exhibían y por tanto enseñaban el principio de la recompensa de acuerdo con el mérito (intelectual). Al intelectualmente meritorio se dirigían las alabanzas, las sonrisas de los profesores y las calificaciones más altas. En la moneda que ofrecían las escuelas, los más inteligentes constituían la clase alta. Aunque sin que formase parte de los currículos oficiales, en las escuelas los intelectuales aprendían las lecciones acerca de su propia valía, superior en comparación con los demás, y de cómo esta valía superior les daba derecho a mayores recompensas.
La más amplia sociedad de mercado, sin embargo, enseñaba una lección distinta. Ahí las principales recompensas no eran para los más brillantes verbalmente. Allí a las habilidades intelectuales no se les concedía el mayor valor. Instruidos en la lección de que ellos eran los más valiosos, los que más merecían la recompensa, los que mayores derechos tenían a la recompensa, ¿cómo podían los intelectuales, por lo general, dejar de estar resentidos con la sociedad capitalista que les privaba de las justas retribuciones a que les “daba derecho” su superioridad? ¿Es sorprendente que lo que sentían los intelectuales instruidos, hacia la sociedad capitalista, fuera una profunda y sombría animadversión que, aunque revestida de diversas razones públicamente apropiadas, continuaba incluso cuando se demostraba que esas razones particulares eran inadecuadas?
Al decir que los intelectuales se consideran con derecho a las más altas recompensas que la sociedad en su conjunto puede ofrecer (riqueza, estatus, etc.), no quiero decir que los intelectuales consideren esas recompensas como los bienes más preciados. Quizás valoren más las recompensas intrínsecas de la actividad intelectual o el pasar a la historia. Sin embargo, también se sienten con derecho a la más alta apreciación por parte de la sociedad en general, a lo máximo y mejor que pueda ofrecer, por insignificante que resulte. No pretendo conceder relevancia especial a las recompensas que se abren camino hasta los bolsillos de los intelectuales o que afectan a sus propias personas. Al identificarse a sí mismos como intelectuales, pueden sentirse molestos por el hecho de que la actividad intelectual no sea la más altamente valorada y recompensada.
El intelectual quiere que la totalidad de la sociedad sea una extensión de la escuela, para que sea como el entorno en que le fue tan bien y en que tanto se le apreció. Al incorporar unos criterios de recompensa que son diferentes de los propios de la sociedad global, las escuelas garantizan que algunos vayan a experimentar un posterior descenso en la escala social. Los que están en lo más alto de la jerarquía escolar se considerarán con derecho a una posición de primera, no sólo en aquella micra-sociedad, sino en la más amplia, una sociedad cuyo sistema les resultará molesto cuando no les trate según sus necesidades y derechos auto-adjudicados. El sistema escolar crea por tanto un sentimiento anticapitalista entre los intelectuales . Más bien, crea un sentimiento anticapitalista entre los intelectuales de la palabra. ¿Por qué no desarrollan los forjadores de números las mismas actitudes que estos forjadores de palabras? Presumo que estos niños brillantes con las cuentas, aunque consiguen buenas calificaciones en los exámenes correspondientes, no reciben de los profesores la misma atención y aprobación personal que los niños brillantes con la palabra. Son las destrezas verbales las que acarrean estas recompensas personales por parte de los profesores y, en apariencia, son estas recompensas de un modo especial las que dan forma a ese sentimiento de tener derecho a algo.
Hay que añadir un aspecto más. Los (futuros) intelectuales forjadores de palabras triunfan por lo que atañe a la forma oficial del sistema social escolar, en el que las recompensas importantes se distribuyen por parte de la autoridad central del profesor. Las escuelas incluyen otro sistema social de cariz informal en las aulas, los pasillos y los patios, en el que las recompensas se distribuyen no por parte de la autoridad central sino de manera espontánea, a placer y capricho de los compañeros. Aquí a los intelectuales les va peor.
No sorprende, por tanto, que la distribución de los bienes y recompensas por medio de un mecanismo distributivo centralizado sea más tarde considerada por los intelectuales como más apropiada que la “anarquía y el caos del mercado”. Porque la distribución en una sociedad socialista planificada centralmente es a la distribución en una sociedad capitalista como la distribución por parte del profesor es a la distribución por parte del patios.[5]
Nuestra explicación no postula que los (futuros) intelectuales constituyan una mayoría incluso entre las clases académicamente superiores de la escuela. Este grupo puede estar formado sobre todo por los que tienen destrezas librescas considerables (pero no abrumadoras) junto con algo de gracia social, fuerte deseo de complacer, cordialidad, encanto personal y habilidad para respetar las reglas del juego (y parecerlo). Tales alumnos, también, serán muy bien considerados y recompensados por el profesor, e igualmente les irá estupendamente bien en la sociedad más amplia. Y se desenvuelven bien dentro del sistema social informal de la escuela. De modo que no aceptarán de un modo especial las normas del sistema formal de la escuela. Nuestra explicación plantea la hipótesis de que los (futuros) intelectuales están representados de un modo desproporcionado en esa parte de la clase alta (oficial) de la escuela que experimentará un relativo movimiento de descenso. O, más bien, en el grupo que predice para sí mismo un futuro en declive. La animadversión surgirá antes del desplazamiento hacia el interior de un mundo más amplio y de experimentar un descenso real de estatus, en el momento en que el alumno listo se da cuenta de que (probablemente) se desenvolverá peor en la sociedad más amplia que en su situación escolar actual. Esta consecuencia no buscada del sistema escolar, el espíritu anticapitalista de los intelectuales, se ve, por supuesto, reforzada cuando los alumnos leen o reciben las enseñanzas de intelectuales que presentan esas mismas actitudes anticapitalistas.
Sin duda, algunos intelectuales forjadores de palabras fueron alumnos conflictivos y críticos y por ello no contaron con la aprobación de sus profesores. ¿Aprendieron ellos también la lección de que los mejores deberían obtener las recompensas más altas y piensan, a pesar de sus profesores, que ellos mismos eran los mejores, y empiezan por ello a tener un resentimiento temprano contra la distribución que realiza el sistema escolar? Claramente, acerca de esto y de las otras cuestiones aquí tratadas, necesitamos datos en tomo a las experiencias escolares de los futuros intelectuales forjadores de palabras para matizar y probar nuestras hipótesis.
Planteado como fenómeno global, apenas se puede negar que las normas internas de las escuelas estén llamadas a afectar a las creencias normativas de las personas tras su paso por las escuelas. Las escuelas, al fin y al cabo, son la principal sociedad ajena a la familia en que los niños aprenden a comportarse, y de ahí que la escolarización constituya su preparación para la más amplia sociedad no familiar. No sorprende que los que triunfan al calor de las normas de un sistema escolar se quejen de una sociedad que se atiene a normas diferentes y que no les garantiza el mismo éxito. Tampoco es sorprendente, cuando esos son los mismos que proceden a dar forma a la propia imagen de la sociedad, al juicio sobre sí misma, si la sección de la sociedad que es sensible a las palabras se vuelve contra ella. Si uno estuviese diseñando una sociedad, no intentaría diseñarla de modo que los forjadores de palabras, con toda su influencia, estuviesen instruidos en la animadversión contra las normas de la sociedad.
Nuestra explicación del anticapitalismo desproporcionado de los intelectuales se establece sobre la base de una generalización sociológica muy plausible.
En una sociedad en la que un sistema o una institución extrafamiliar, la primera en que ingresan los jóvenes, distribuye recompensas, aquellos a quienes les va mejor tenderán a internalizar las normas de esta institución y confiarán en que la sociedad en general funcionará según estas normas; se considerarán con derecho a repartos distributivos de acuerdo con esas normas o (como mínimo) a una posición relativa igual a aquella que estas normas dan como resultado. Además, los que constituyen la clase superior dentro de la jerarquía de esta institución extrafamiliar y que experimentan luego (o prevén experimentar) un desplazamiento hacia una posición relativamente inferior en la sociedad en general, debido a su percepción del derecho frustrado, tenderán a oponerse al sistema social más amplio y a sentir animadversión hacia sus normas.
Obsérvese que ésta no es una ley determinista. No todos los que experimentan una movilidad social hacia abajo se volverán en contra del sistema. Tal movilidad hacia abajo, no obstante, es un factor que tiende a producir efectos de ese tenor, y por ello se manifestará en proporciones diversas con respecto al conjunto. Podríamos distinguir formas en las que la clase alta puede desplazarse hacia abajo: puede obtener menos que otro grupo o (cuando ningún grupo se desplaza por encima de ella) puede empatar, sin conseguir más que los que previamente se había previsto serían inferiores. Es el primer tipo de desplazamiento hacia abajo el que más indigna y humilla; el segundo tipo es bastante más tolerable. Muchos intelectuales (dicen ellos) están a favor de la igualdad mientras que sólo un número reducido exige una aristocracia de intelectuales. Nuestra hipótesis se refiere al primer tipo de desplazamiento hacia abajo como especialmente generador de resentimiento y animadversión.
El sistema escolar imparte y premia solamente algunas de las destrezas válidas para el éxito posterior (es, al fin y al cabo, una institución especializada), por lo que su sistema de recompensas será diferente del propio de la sociedad en general. Esto garantiza que algunos, al pasar a la más amplia sociedad, experimentarán un desplazamiento social descendente junto con las consecuencias que lo acompañan. He afirmado antes que los intelectuales quieren que la sociedad sea una extensión de las escuelas. Ahora vemos cómo el resentimiento debido a un sentido del derecho frustrado procede del hecho de que las escuelas (en calidad de sistema social extrafamiliar) no constituyen una condensación de la sociedad.
Nuestra explicación parece predecir ahora el resentimiento (desproporcionado) que albergan los intelectuales instruidos respecto a la sociedad en la que viven, cualquiera que sea la naturaleza de la misma, capitalista o comunista. (Los intelectuales se oponen desproporcionadamente al capitalismo en comparación con otros grupos de estatus socioeconómico parecido dentro de la sociedad capitalista. Otra cuestión es si se oponen de modo desproporcionado en comparación con el grado de oposición de los intelectuales de otras sociedades hacia esas sociedades). Claramente, pues, serían relevantes algunos datos acerca de las actitudes de los intelectuales de los países comunistas hacia el aparato del partido; ¿sentirán esos intelectuales animadversión hacia ese sistema?
Nuestra hipótesis precisa de matización para que no se aplique (o se aplique de un modo tan contundente) a cualquier sociedad. ¿Deben los sistemas educativos de toda sociedad producir inevitablemente una animadversión antisocial en los intelectuales que no reciben las mayores recompensas de esa sociedad? Probablemente no. Una sociedad capitalista es peculiar en cuanto a que parece anunciar que está abierta y es receptiva solamente al talento, a la iniciativa individual, al mérito personal. El hecho de crecer en una sociedad feudal o de castas hereditarias no crea expectativa alguna de que la recompensa esté o deba estar de acuerdo con la valía personal. A pesar de la expectativa creada, una sociedad capitalista premia a las personas en tanto en cuanto satisfacen los deseos ajenos, expresados a través del mercado; recompensa de acuerdo con la contribución económica, no con la valía personal. Sin embargo, la sociedad capitalista se acerca lo bastante a un sistema de recompensas a tenor de la valía personal -valía y contribución se entremezclan a menudo- como para hacer crecer las expectativas creadas por las escuelas. El ethos de la más amplia sociedad está lo bastante cercano al de las escuelas como para que la cercanía genere resentimiento. Las sociedades capitalistas premian el logro individual o proclaman que lo hacen, y de ese modo dejan al intelectual, que se considera buenísimo, especialmente amargado.
Otro factor, creo, tiene un determinado papel. Las escuelas tenderán a crear tales actitudes anticapitalistas cuanto mayor sea la diversidad de quienes asistan a ellas. Cuando casi todos los que van a tener éxito financiero asistan a escuelas distintas, los intelectuales no habrán adquirido esa actitud de ser superiores a ellos. Pero incluso si muchos niños de clase alta van a escuelas distintas, una sociedad abierta tendrá otras escuelas que incluyan también a muchos que van a triunfar económicamente como empresarios, y los intelectuales van a recordar con resentimiento, más tarde, lo superiores que eran académicamente a los de su edad que lograron mayor riqueza y poder. La transparencia de la sociedad tiene otra consecuencia, además. Los alumnos, tanto los futuros forjadores de palabras como los demás, no saben cómo les va a ir en el futuro. Pueden esperar cualquier cosa. Una sociedad cerrada al progreso destruye pronto esas esperanzas. En una sociedad capitalista abierta, los alumnos no se resignan pronto a que se limite su progreso y su movilidad social; la sociedad parece anunciar que los más capacitados y valiosos llegarán a lo más alto, sus escuelas ya han transmitido a los que tienen más talento el mensaje de que son valiosísimos y que merecen las mayores recompensas, y después estos mismos alumnos con el más alto estímulo y las mayores expectativas ven a otros compañeros suyos, de quienes saben que son y a quienes consideraron menos meritorios, subir más alto que ellos mismos, recibiendo las mejores recompensas a las que ellos mismos se consideraban con derecho. ¿Es extraño que sientan animadversión por esa sociedad?
Hemos pulido de algún modo la hipótesis. No es simplemente las escuelas formales sino la escolarización formal en un contexto social específico lo que genera un sentimiento anticapitalista en los intelectuales (forjadores de palabras). Sin duda, la hipótesis requiere matización posterior. Pero ya está bien. Es hora de pasarles la hipótesis a los expertos en ciencias sociales, sacarla de las especulaciones de sillón y entregársela a quienes se sumergen en hechos y datos más específicos. Podemos señalar, sin embargo, algunas áreas en las que nuestra hipótesis podría conducir a consecuencias y predicciones verificables.
En primer lugar se podría predecir que cuanto más meritocrático es el sistema escolar de un país, más posibilidades hay de que sus intelectuales sean. de izquierdas. (Piénsese en el caso de Francia).
En segundo lugar, los intelectuales que fueron “frutos tardíos” en la escuela no habrían desarrollado el mismo sentido de derecho a las recompensas más elevadas; por lo tanto, el porcentaje de los intelectuales de tipo “fruto tardío” que serán anticapitalistas será menor que el de los de tipo “fruto temprano”.
En tercer lugar, limitábamos nuestra hipótesis a las sociedades (contrariamente al sistema de castas de la India) en las que el estudiante triunfador podía confiar bastante en un éxito posterior parecido en la sociedad más amplia. En la sociedad occidental, las mujeres no han disfrutado hasta ahora de tales expectativas, por lo que no sería de esperar que las estudiantes que formaban parte de la clase académica superior, y que sin embargo sufrieron luego un desplazamiento descendente, mostrasen la misma animadversión anticapitalista que los intelectuales varones. Podríamos predecir, pues, que cuanto más se vea que una sociedad se mueve hacia la igualdad de oportunidades ocupacionales entre las mujeres y los hombres, mayor será la tendencia de sus intelectuales femeninas al mismo anticapitalismo desproporcionado que muestran sus intelectuales varones.
Algunos lectores pueden albergar dudas sobre esta explicación del anticapitalismo de los intelectuales. Sea como sea, creo que se ha identificado un fenómeno importante. La generalización sociológica que hemos enunciado es intuitivamente convincente. Algo así tiene que ser cierto. Por lo tanto, algún tipo de efecto tiene que producirse en ese sector de la clase alta escolar que experimenta un desplazamiento social descendente, tiene que generarse algún tipo de antagonismo contra la sociedad en general. Si ese efecto no es la oposición desproporcionada de los intelectuales, entonces ¿qué es? Comenzamos con un fenómeno intrigante que precisaba explicación. Hemos encontrado, creo yo, un factor aclaratorio que (una vez establecido) es tan evidente que tenemos que creer que explica algún fenómeno real.
¿Hay solución?
Quienes piensan que la sociedad capitalista debería ser fuertemente contestada -pero, ¿por qué piensan así?- se alegrarán de este efecto inintencionado del sistema escolar. Sin embargo, como hemos observado, el problema de la falta de armonía entre la intelectualidad y las normas de la sociedad global es un problema de alcance más general. Se enfrentará a él cualquier sociedad, sea cual sea su carácter, cuyo sistema escolar se especialice y no sea una condensación de la sociedad. Cuanto más importantes e influyentes sean sus intelectuales forjadores de palabras (como en las “sociedades post-industriales”), mayor será este problema. De este modo, todos los lectores pueden preguntarse conmigo cómo se podría evitar esta oposición a la sociedad de los intelectuales -aunque algunos lectores podrían preferir hacerse esta pregunta con respecto a alguna sociedad no capitalista.
Cuando las escuelas y la sociedad global no están bien articuladas, las dos soluciones obvias son reestructurar cualquiera de ellas para alinearla con la otra. En primer lugar, se podría intentar que la sociedad se ajustase a las normas de la escuela, bien mediante una estructuración socialista que sitúe a los intelectuales en lo más alto o mediante una meritocracia que surja de forma natural. Sin embargo, por muy importante que llegue a ser el conocimiento en la sociedad, ninguna sociedad relativamente libre premiará o podrá premiar del modo más destacado a las destrezas escolares más altas. Las escuelas, con grandes esfuerzos, se centran solamente en algunas cualidades; éstas, al tiempo que desempeñan un papel significativo en el éxito económico en ciertos casos, nunca explicarán del todo la posición social resultante. Los consumidores no son profesores que califican resultados de pruebas e intervenciones en clase.
Como alternativa, y de un modo no tan ambicioso, las escuelas podrían modificarse para ajustarlas a la sociedad en general, o al menos para evitar que inculquen normas contrarias. Si los inteligentes tienen derecho a algo que el mercado no les da, es al reconocimiento de que son inteligentes -nada más. No tienen derecho a las mayores recompensas de la sociedad en general.
¿Cómo podría entonces impartirse esta lección de modestia? Decir simplemente que la economía premia adecuadamente otros atributos no será suficiente. Los niños aprenderán de los hechos de la escuela, no de las palabras, y los internalizarán. Sin duda, el sistema social global del medio escolar valora muchas cosas: destreza atlética en el patio, hacerse respetar por los compañeros, talento para cantar en el auditorio, una buena impresión en todas partes. Pero la escuela sólo reconoce oficialmente las destrezas intelectuales y el rendimiento. Dado que, después de todo, eso es para lo que está, le sería difícil dar paridad o un reconocimiento muy significativo a otros atributos. (Doy por sentado que los premios a la actitud y a la conducta son una bobada en todas partes).
Otra posibilidad es reducir la jerarquía académica dentro del sistema escolar. Las escuelas podrían enseñar sin jerarquizar a los estudiantes, sin calificarles en función del éxito de su aprendizaje. Los reformadores apelan de vez en cuando a la abolición de los exámenes y las calificaciones. Paul Goodman argumentaba que éstos tienen una función extrínseca a la de la propia educación, al atender únicamente a las necesidades de los futuros patronos o de las comisiones de admisión de otros centros docentes, a quienes se puede dejar hacer sus propias pruebas informativas[6]. (Está claro, no obstante, que los exámenes y los certificados también amplían la elección discrecional de los estudiantes. Los patronos aceptan la declaración de una facultad de que un estudiante ha cumplido con los requisitos para una licenciatura sin profundizar demasiado en cuáles son esos requisitos o qué utilidad tienen los cursos en relación con los objetivos del empleo).
Sin embargo, los exámenes desempeñan también otras funciones, intrínsecas al proceso educativo. Informan al estudiante de cómo lo está haciendo a tenor de criterios objetivos, de cómo lo está haciendo comparado con otros de su grupo de referencia (¿de lo bien que, al fin y al cabo, debería esperar de sí mismo hacerlo?). Proporcionan información para la división del alumnado en grupos según el nivel académico cuando sea adecuado desde el punto de vista educativo, así como una posible formación continuada.
En cualquier caso, dada la función informativa extrínseca, los patronos considerarán ventajoso contratar a personas procedentes de las escuelas que evalúan y certifican y, por lo tanto, los estudiantes considerarán ventajoso acudir a esas escuelas. Cualquiera que sea el interés social general, la gente perseguirá sus propios intereses individuales. Nadie se negará a contratar a los de una escuela concreta o a acudir a la misma por el hecho de que ese tipo de escuela cree intelectuales con una animadversión anticapitalista. Al tiempo que la legislación para modificar los sistemas educativos podría conseguir el objetivo, sus beneficios son tan remotos en comparación con su coste que no es probable que tal legislación se apruebe. Tampoco es tal legislación, al menos en lo que se refiere a escuelas privadas, compatible con el ethos capitalista de la libertad y de los derechos individuales[7].
Reestructurar las escuelas para dar menos importancia a las destrezas y logros intelectuales suscita cuestiones problemáticas, al margen de la muy clara relativa al coste resultante en cuanto a eficacia social (a corto plazo). El cultivo de las capacidades intelectuales y del talento es, pensamos, un valor importante en sí mismo. Sin embargo, los sistemas escolares que sabemos que lo cultivan, también generan, involuntariamente, una animadversión contra el sistema social entre algunos de los intelectualmente más dotados. Si la estabilidad a largo plazo del sistema social deseable se ve mejor atendida frenando el cultivo de algunos rasgos valiosos y enormemente admirables de los individuos, entonces nos enfrentamos a un serio conflicto de valores.
Tranquilizará a los que apoyan la continuidad de la sociedad capitalista recordar que este conflicto es general. La sociedad comunista considera igualmente que los intelectuales se salen del camino recto. A raíz de la Revolución Cultural, los chinos, con un gran coste económico y personal, intentaron convertirles en seres como el resto, mediante la reeducación forzosa, el exilio al campo y la persecución personal. Falló el intento. La tensión de la sociedad capitalista con sus intelectuales es mucho menos grave -podemos simplemente tener que vivir con ella. Pase lo que pase, no obstante, los intelectuales tendrán la última palabra.
Referencias:

[1] Véase Bruce-Biggs (ed.), The New Class? (Nueva York, McGraw-Hill, 1981).
[2] Véase Mancur Olson, The Logic of Collective Action (Cambridge, MA, Harvard University Press, 1965).
[3] Ludwig von Mises, The Anti-Capitalistic Mentality (Princeton, NJ, Van Nostrand, 1956)
[4] Es irónico que consideremos el sentimiento anticapitalista como consecuencia del sistema escolar, cuando una serie de autores recientes, de ideología radical, consideran que ese sistema moldea a las personas para el capitalismo, para ser dóciles y obedientes seguidores de instrucciones, aceptadores de la jerarquía, conservadores de programas, etc. Un sistema escolar dado, por supuesto, podría tener ambos efectos, intencionadamente o no, moldeando a algunos para que encajen en el sistema económico y a otros para que se opongan al mismo.
[5] Podemos entender ahora por qué los deportistas escolares no tienden a volverse exageradamente en contra del sistema capitalista, incluso aunque también ellos puedan experimentar un descenso de posición social tras los años escolares. Fue el sistema social informal el que les trató tan bien con anterioridad, y si bien podrán luego lamentar o acusar las preferencias de los consumidores del mercado, no tendrán un vínculo preferente con ningún tipo de distribución que no sea a través del conjunto de las preferencias de los individuos.
[6] Paul Goodman, Compulsory Mis-Education and the Community of Scholars (Nueva York, Vintage Books, 1966).
[7] Sin restringir su argumento a las escuelas, ]oseph Schumpeter comenta cómo “a una sociedad capitalista burguesa le resultará difícil meter en cintura a los intelectuales… Al defender a los intelectuales como grupo …la burgesía se defiende a sí misma y su modelo de vida. Solamente un gobierno de naturaleza no burguesa y de credo no burgués –en las circunstancias modernas solamente un gobierno socialista o fascista- es suficientemente fuerte como para controlarlos. Para hacerlo, tendría que cambiar instituciones típicamente burguesas y reducir drásticamente la libertad individual en todos los estratos de la nación. Y un gobierno como ése no es probable -ni siquiera sería capaz de hacerlo- que llegue a frenar en seco a la iniciativa privada. De ello se derivan tanto la falta de buena disposición como la incapacidad del sistema capitalista para controlar eficazmente al sector intelectual”; Capitalism, Sooíalism and Democracy (Nueva York, Harper, 1950), págs. 150-151.
(*) Robert Nozick.  Filósofo y profesor de la Universidad Harvard. También enseñó en ColumbiaOxford y Princeton. Hizo contribuciones en diferentes áreas de la filosofía: teoría de la decisiónepistemología y, particularmente, filosofía política. Su obra Anarquía, Estado y Utopía (1974) fue una respuesta liberal-libertaria a la Teoría de la Justicia de John Rawls, publicado en 1971. Artículo posteado en "Punto de vista económico" por Adrián Ravier el 7 de Julio de 2014.