lunes, 14 de julio de 2014

El zorro en el gallinero

Por Eduardo Filgueira Lima (*)
Curso básico de Liberalismo:                       
“Pretender controlar la vida propia está bien y pretender controlar la vida ajena está mal”!! 
(Citado por W. Jerusalinsky)
La cita del epígrafe fue compartida por las redes sociales –hoy instrumento invalorable de la política para poner en su tiempo y dimensión las cuestiones que nos atañen cotidianamente– y que más allá del divertimento pueden servir para transmitir ideas, incluso con el primero como condimento.

No existía en ella mayor pretensión de que fuera nada más que una sentencia básica, simple pero contundente, casi elemental y que debiera exceder cualquier ideología, que entendí tan evidente en su mensaje que ni siquiera creí que requería aclaración alguna.

Incluso lo que la idea que transmitía –por su obviedad– debía considerarse previa al pensamiento liberal, ya que el respeto mutuo, la no injerencia en los asuntos de los otros sin su debido consentimiento (o solicitud), la ausencia de coerción o la intención de control de sus vidas y acciones, es un requisito indispensable que debiera ser entendido como un principio básico de la convivencia social, de las relaciones entre los humanos y sustento de un derecho inalienable como la libertad[1]

Y esto es lo que en diferentes sociedades ha posibilitado el estado de derecho: aquel que se rige por instituciones, normas y leyes –en los países anglosajones el “rule of law”– que condicionan las libertades de los individuos para que las acciones de los unos no vulneren las libertades, la vida o la propiedad de los otros.

Como respuesta a mi envío los mensajes fueron múltiples y positivos, en el sentido de acordar, entender y compartir la idea que se expresaba. Salvo uno que aunque fuera expresado con respeto me formulaba la pregunta: “¿La libertad del zorro en el gallinero, es solamente un daño colateral del liberalismo?

¿Qué nos quiso decir?,.. ¿Que se desprendía de la pregunta?

Sin dudas los interrogantes que surgían me inquietaron. Sé que siempre es posible –y a ello uno se expone al interactuar en las redes– encontrar alguna crítica o disenso, lo que asumo sin demasiada preocupación.

Lo que me motivó a pensar que aunque –como es de suponer– no todos tengamos las mismas ideas, ni entendamos las cosas de manera similar, la pregunta en sí encerraba un velado cuestionamiento a las libertades de los otros, enmascarado en el supuesto que eran las libertades las que ocasionaban daños “colaterales”.

Me dije –y así lo hice saber– que la metáfora del “zorro en el gallinero” no era un buen ejemplo para cuestionar mi envío (el epígrafe del presente) y además de ello me sentí abrumado por la idea que alguien pudiera siquiera considerar posible vulnerar las libertades en el sentido que se expresaba.

Aunque por otra parte supe cabalmente que este pensamiento forma parte de las ideas de muchos en nuestra sociedad. De ninguna manera pretendo ser ofensivo, ni pensar que soy el portador de la verdad absoluta, pero casi todos ellos conforman una pléyade de individuos que se han dejado conformar con un pensamiento extremadamente simplista y que se basa en: “el liberalismo es el origen de todos nuestros males,.. y la libertad es su principal componente,..” La base de este pensamiento encuentra origen y sustento en ideas colectivistas y en la creencia que: “…no se debe dejar en libertad al zorro, o en su defecto se debe proteger a las gallinas…”

Es decir un pensamiento que sustenta en que existen “los malos” (que son los depredadores) y “los buenos” (seguramente los propios o los que se definan vulnerables) a quienes se debe proteger de las acechanzas, amenazas y saqueos de los primeros.

Obviamente aun a sabiendas que muchos hombres en muchas de sus acciones pueden ser capaces de indescriptibles atrocidades –y la historia de la humanidad es un claro ejemplo de ello–, también es capaz de las acciones más altruistas, por lo que deberíamos introducirnos en un debate filosófico-antropológico sobre las características de la naturaleza humana, en caso de coincidir que ella misma exista.

Y por otra parte a su vez deberíamos discutir quienes son los que deberíamos defender y en todo caso definir de que y porqué, como así también quien y como lo haría.

Y esta es una de las funciones esenciales del estado: “promover a la seguridad interior, para que la vida, la libertad y las posesiones de los individuos sean adecuadamente garantizadas”.

Y cuando esto se dice no se pone en cuestión ninguno de estos aspectos que se protegen,.. resulta de las funciones del estado a través de sus instrumentos: el “legítimo” uso de la fuerza y las leyes que lo sustentan.

Así es que me sentí impulsado a contestar – lo que hice una manera muy breve y concisa– y a su vez a ampliar la idea a través del presente.

No se necesita expresar demasiado sobre la idea que el ejemplo que se utilizó de respuesta no fue el más adecuado: obviamente en nuestras sociedades existen leyes y normas que regulan el proceder de los individuos sean o no “zorros” (puede ser que no suceda así en el gallinero y siempre y cuando el granjero no defienda su propiedad a su manera), pero no está ninguno de nosotros habilitado para atentar contra la vida de ningún otro. Y el epígrafe lo dice –no solo en referencia a la coacción de controlar las acciones, sino la vida misma de los otros– claramente, aún de manera implícita: “…controlar la vida ajena está mal”!!

En nuestras sociedades es muy cierto que no solo la confrontación política, sino también la ausencia de honesta discusión en lo ideológico, ha derivado en la frecuente descalificación del otro, incluso la descalificación de los pensamientos diferentes,.. de lo distinto,.. de todo aquello que no se acomoda a nuestro paradigma.

Y ello es tan así que somos incapaces de comprender, o de aceptar que cada uno puede buscar su propio camino a la felicidad, que aún siendo diferente puede ser tan válido como el de cualquier otro y que su libertad solo es atentatoria a las libertades de los demás cuando la coacciona, intenta su control o cuando no respeta y violenta las normas y leyes que nos rigen.

Desde la misma perspectiva cada uno puede pensar las cosas con su propio criterio e ideas, con argumentos tan válidos como los de otros y no por ello se transforma en el zorro (entiéndase el sentido de la respuesta: el depredador o el perverso) por lo que no debe caerse en criterios simplistas que solventan interpretaciones facilistas: “el liberalismo y el respeto a las libertades es la causa de todos nuestros males,..”

Desde ya que esas mismas libertades se sustentan en capacidades diferentes, de las que hemos sido provistos y que no deben ser interpretadas más allá de “diferentes oportunidades” que nos ha ofrecido a cada uno la vida y suponer que las mismas pueden ser igualadas – también un pensamiento simplista– no nos permite considerar que no solo ello es imposible, sino que aún así de lograrse, los resultados serían siempre diferentes.

“La libertad no significa solamente que el individuo tiene tanto la oportunidad como la carga de su propia elección, también significa que debe soportar las consecuencias de sus acciones. Libertad y responsabilidad son inseparables”.[2]

Sin embargo existen quienes suponen que esas diferencias deben ser salvadas protegiendo a las gallinas de la expoliación. Lo que amerita algunas definiciones.

No es ninguna novedad que desafortunadamente, en nuestras sociedades, existen muchos excluidos y tantos más cuanto más pobre es la misma, así como tantos más y en proporción a las políticas populistas que se hayan instituido.

Lo que quiero decir es que con seguridad si las políticas hubieran sido diferentes la cantidad de personas a proteger sería mucho menor.

Pero quienes se sienten protectores del inválido no reparan en que quienes tienen como discurso la protección de los más débiles, a su vez tienen en sus manos la facultad de decidir políticas con las que pueden no solo decidir quiénes son y quienes no, sino también hacer que ellos sean más o sean menos.

Esto es lo mismo que definir que no es el zorro el que con su libertad explota a los otros, sino que es aquel (o aquellos) que en la maraña de su discurso dicen asumir la defensa de los indefensos, cuando en realidad lo que logran es el efecto contrario.

Me pregunto: ¿Quiénes somos para decidir sobre la vida, la conducta o las necesidades de los demás?

En todo caso los que recurren a ser protegidos no siempre son los que más lo necesitan (me refiero en particular  a muchos empresarios que deseando limitar riesgos obtienen subsidios y beneficios arancelarios) y descargan sus propias responsabilidades en el conjunto.

Obviamente estos recursos se descuentan de los que podrían recibir quienes los necesitan de manera más urgente.

Esto es decir que con su intervención el estado solo logra transferir recursos que termina mal asignando y cuando ello no alcanza a sus fines: recurre a incrementar el gasto público, con cualquier financiamiento del que disponga y ello es proporcional a la irresponsabilidad de los gobernantes.

El ciclo recurrente al que conducen estas políticas se hace predecible: estado elefantiásico e ineficiente con un gasto público incremental que se puede solventar con fuentes de financiamiento de resultados finales inciertos. Porque la presión fiscal, o el endeudamiento, o la emisión tienen consecuencias últimas y por lo mismo de límites predecibles.

Mientras la clase política –en realidad los gobernantes, porque existen políticos honorables– resulta indemne de sus mal manejos por la mala praxis en la administración de los recursos de todos.

Por otra parte están quienes si necesitan, pero sucede que quienes dicen ocuparse –y esa es la responsabilidad que tienen a través de las políticas públicas– no les ofrecen trabajo digno, ni aquellas condiciones que les permitiría lograr su autonomía, que interpreto como la maximización del bienestar general. Muy por el contrario, se dicen intérpretes de un difuso “bien común” y con políticas populistas los mantienen en la dependencia. Son los verdaderos “zorros” que les roban toda perspectiva de futuro.

Esto es decir que por un lado al sector productivo no le ofrece suficientes garantías y a quienes se encuentran vulnerables les ofrecen cada día migajas y dependencia.

El verdadero zorro no es la pretendidamente denostada libertad –ya que cada uno debe ser dueño de forjar su propio camino– el camuflado, pero verdadero zorro, es el que se disfraza de protector de las gallinas, y desde su poder y su soberbia se termina comiendo el gallinero.

“Las personas que no respetan la libertad de los otros son autoritarias y los gobiernos que la avasallan terminan siendo  totalitarios”.


Buenos Aires, Julio de 2014

(*) Dr. Eduardo Filgueira Lima 
Director del CEPyS
Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social (ISALUD)
Magister en Economía y Ciencia Política (ESEADE)
Doctorando en Ciencia Política (USal)     

Referencias:



[1] Me refiero a la libertad en su sentido “positivo”, ya que la libertad en su sentido “negativo” se define por la ausencia de coacción externa al individuo que desee realizar un curso de acción determinado, es decir, el individuo A que pretende realizar un curso de acción X es libre si, y solamente si, no existe un Y tal que impida que A realice X.
[2] Hayek, F. “Camino de servidumbre”. Madrid: Alianza Editorial (2007)