jueves, 28 de agosto de 2014

Apuntes sobre el relativismo posmoderno

Por Agustín Laje (*)

El fenómeno de la moda, entendido como tendencia homogeneizante, también hace pie sobre el mundo de las ideas. Y es que los costes inherentes a la información hacen de la adopción masiva y acrítica de ciertas ideas, un hecho verdaderamente racional para la inmensa mayoría de la gente que no dispone del tiempo que se precisa para adoptar una idea de manera verdaderamente consciente y fundada.
Atento a esta lógica, el último grito de la moda en términos ideológicos es lo que podríamos denominar como el “relativismo posmoderno”, esto es, en términos muy simplificados, la idea de que todo valor moral es relativo, incontrastable e inconmensurable. Así las cosas, siguiendo la lógica relativista hasta sus últimas consecuencias, sería imposible establecer la superioridad moral de la tolerancia respecto de la intolerancia; de la libertad frente a la servidumbre; del respeto frente a la agresión; de la vida respecto de la muerte.
En efecto, es el ideal ético el que perece bajo el ideal relativista. Claro es que si todo vale lo mismo, entonces nada vale nada pues la idea de valor pierde todo sentido. Los valores tienen significancia sólo en virtud de la diferencia; nuestra capacidad de diferenciar estados es la que nos conduce a valorar. El valor de la libertad, por ejemplo, sólo tiene sentido en contraposición al hecho de la servidumbre; si ésta fuese una imposibilidad metafísica, entonces ya no el valor, sino incluso la mera idea de la libertad carecería de todo sentido. Lo mismo podría decirse del valor vida: sin la muerte como realidad opuesta, hablar de vida como estado y valor no tendría sentido.
Lo que enseña el relativismo es, en definitiva, a eliminar el hecho de la diferencia entre estados opuestos. Todo vale lo mismo porque es, en última instancia, imposible diferenciar una cosa de la otra. Como vemos, bajo este relativismo se esconde un igualitarismo extremo llevado al campo ético que acaba por destrozarlo, y que constituye ese “neomarxismo cultural” del que muchos hablan.
Lo interesante del relativismo es que en su prédica de que “todo es relativo” cae, sin darse cuenta, en un absoluto. Y ese absoluto es, precisamente, que todo es relativo. O podemos invertir la paradoja: si todo es relativo, entonces esta proposición también debiera relativizarse.
A un nivel macro, el relativismo moral deviene en relativismo cultural, cuya idea fundamental consiste en que las distintas culturas no pueden ser valoradas y, por añadidura, comparadas o criticadas. Como mostró Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad, el relativismo cultural se desprende de las visiones particularistas sobre las civilizaciones, propias de los romanticismos e irracionalismos que condujeron a los totalitarismos colectivistas no tan lejanos en el tiempo.
Para el relativismo cultural toda cultura vale en definitiva lo mismo, y quien ose efectuar críticas a culturas que le son ajenas merece ser calificado con el estigmatizante mote de “etnocéntrico”. No podríamos pronunciarnos sobre una cultura externa a nosotros mismos, nos dicen los relativistas culturales, porque sus pautas nos son incomprensibles por el hecho de no vivirlas. Lo interesante del caso es que las acusaciones sobre el etnocentrismo hacen de la cultura entidades autónomas, cerradas en sí mismas, completamente independientes del resto de las culturas, algo que, por supuesto, es completamente falso.
Hitler compartía esta idea hermética de las culturas. En el octavo discurso del Congreso del Partido nacional-socialista, aquél expresó esta idea particularista de la imposibilidad de comunicación entre las culturas: “Ningún ser humano puede tener relaciones íntimas con una realización cultural si no emana de los elementos de su propio origen”.
Lévi-Strauss, desde la antropología, es uno de los autores más importantes para las ideas del relativismo cultural. Entre otras cosas, ha afirmado que “habrá que admitir que en la gama de posibilidades abierta a las sociedades humanas cada una ha hecho una cierta elección y que esas elecciones son incomparables entre ellas: son equivalentes”. Mejor no podría explicarse el relativismo: las culturas necesariamente son equivalentes e incomparables entre sí, simplemente porque han sido “escogidas” por las sociedades. Es decir, las culturas valen simplemente porque son culturas.
Sebreli, con gran lucidez, ha anotado al respecto que “la falacia lógica del relativismo cultural consiste en deducir la validez moral de toda costumbre o tradición por el mero hecho de ser aprobada por determinada cultura, es decir por el mero hecho de existir”. Esta falacia nos conduce a un camino peligroso que hace del ser un deber serautomático, es decir, obnubila la posibilidad de pensar un deber ser al margen de lo que es o, como dijimos anteriormente, sencillamente destroza el ideal ético de valores universales.
Por otro lado, debería llamarse la atención sobre el ocultamiento de los mecanismos que llevan a moldear las culturas, tomadas tan a la ligera por los relativistas culturales como entidades continuas y democráticas (atiéndase al papel de la “elección” que le confiere Lévi-Strauss a las configuraciones culturales en nuestra cita de más arriba). Afirmar a la ligera que determinadas pautas culturales son moralmente intachables porque las personas que bajo estas pautas viven “las eligieron”, constituye una ingenuidad tendiente a invisivilizar la opresión que acontece hacia el interior de las culturas en cuestión.
En muchas sociedades primitivas existen ritos para asesinar a los ancianos, como los shilluks del Nilo Blanco o los dinka del sur de Sudán. En una veintena de países africanos se practica la mutilación del clítoris en las jóvenes. Los mahometanos someten a sus mujeres de innumerables maneras. Los sacrificios humanos han sido prácticas comunes de muchos de los llamados “pueblos originarios” de nuestra región. Sentenciar que “la sociedad escogió esas pautas culturales” enmudece a las víctimas de tales pautas, colocándolas al margen de esa “sociedad que eligió”.
El relativismo posmoderno es, en resumen, una de las caras que muestra la complejizada nueva izquierda culturalista que se ha puesto como objetivo la destrucción de los valores de la libertad mediante la previa destrucción de la idea misma de valor.
(*) Agustín Laje dirige el Centro de Estudios LIBRE, y es autor del libro “Cuando el relato es una FARSA”. Artículo publicado en el Nº 311 de La Prensa Popular el 28 de Agosto de 2014

miércoles, 27 de agosto de 2014

Al Congreso a perder el tiempo

Por Gabriela Pousa (*)

Y henos aquí nuevamente jugando el juego que la Presidente quiere. Guste o no, en esa magna tarea nos encontramos. Entendiendo poco, auto analizándonos porque no comprendemos siquiera como al gobierno se le permite todo. Se lo permitimos. La conjugación del verbo no es azarosa, y es lo que marca la diferencia. Allí radica uno de los más graves problemas, el resto nacen en Balcarce 50.

Pero es la sociedad quién está adoptando el rol de Vladimir y Estragón esperando a ese Godot que nunca llegó. Posiblemente, más interesante que medir la imagen de los dirigentes sería hacer un sondeo de opinión para dilucidar qué queremos los argentinos porque a juzgar por la parsimonia que nos caracteriza, pareciera que estamos cómodos en la complicidad de este status quo que estableció Cristina.

Nada ha cambiado. Podrán decir que la inflación se aceleró, que la inseguridad aumentó sus víctimas y que la violencia en general ganó la calle en Argentina. Pero pocos se atreverán a confesar que si eso pasó, hay un porcentaje de responsabilidad que los ciudadanos se han negado a aceptar y hay un verbo que se erradicó de nuestro vocabulario: reaccionar. Estamos sin reacción. Espectadores pasivos, cómodamente sentados en butacas de un teatro.

Hoy el país es un Cambalache. Si acaso preguntan a un vecino cuál es el tema del día, difícilmente tenga la respuesta y de tenerla, al cotejarla con otras de amigos o familia, no habrá coincidencias. Es que la realidad sin eufemismos, nos dice que no sabemos ni lo que queremos ni lo que está pasando en serio. O queremos un país como Suiza pero que el Estado nos siga subsidiando la vida…

El subsidio es a los argentinos la cicuta impuesta a Sócrates. En completa posesión del hastío y la abulia, esperamos el fútbol del domingo, nos ponemos contentos porque los chicos volvieron de bailar ilesos, y contamos el mango para ver de qué manera podemos alterar lo menos posible nuestros hábitos.

En síntesis, sobrevivimos a un presente que se eterniza como si el futuro ya no tuviese cabida en Argentina. Pero este “carpe diem” no es el de “la sociedad de los poetas muertos“, es una versión berreta, una manipulación artera del tiempo. Ya no se puede medir la calidad de vida, en todo caso habría que buscar algún parámetro para medir la calidad de supervivencia en la ignominia. Y lo más adusto es ver como muchos han encontrado su confort en este teatro. La resignación obra milagros.

En “Ciudadela”, su obra póstuma, Saint Exupéry hace referencia a una sociedad a la que consideraba inútil ayudar puesto que no querían soluciones a sus males, por el contrario se regodeaban con estos a punto tal que su resolución los haría desaparecer como pueblo. Y entonces me pregunto si los argentinos sabríamos vivir sin estas crisis perennes, si estamos dispuestos a pagar el precio que hay que pagar por ello. La prosperidad de los países desarrollados costó sangre. Nada es gratis.

La Presidente hace lo que ha hecho siempre: patear la pelota, que la responsabilidad de todo cuanto pasa o deja de pasar sea de otro, no importa si se trata de un enemigo real o imaginario, si este se halla dentro o fuera. Se le ha dejado “gobernar” de esa manera. Y por eso estamos por asistir a otro pacto con Irán, a otra Ley de Medios… Es decir, a pasar semanas escuchando temas y asuntos que jamás serán puestos en marcha o no alterarán nada aún cuando se los trate como si fueran decisivos de la vida democrática.

De aprobarse la ley de Abastecimiento, no hay duda que pasará a la faz judicial donde todo se demora más de lo debido, y para cuando salga el fallo que habilite o no la norma, estaremos otorgando los cien días de gracia al nuevo gobierno.
Otra maniobra para dilatar las cosas es la oferta a los fondos buitre. No aceptarán por lógica no por capricho. Una parodia, un artilugio de la presidencia por estirar una pelea que le dio buen rédito a la hora de medirse en encuestas. A las deudas se las honra, antes o después, se las paga. No hay magia.

De este modo, nos indignaremos inútilmente por un proyecto de ley que no veremos aplicarse en lo sucesivo como no vimos llegar a los iraníes a declarar en el marco de la causa AMIA, ni como vimos desaparecer a TN de la grilla.
Todo lo que hace el kirchnerismo es amenaza y amedrentamiento. Show, puesta en escena,circo. La valentía para una revolución en serio está muy lejos de una fuerza que ha dejado de ser tal para pasar a ser un dúo jugando a gobernar. El mentado Frente Para la Victoria es historia, un anatema, un sello de goma. Sólo existen Kicillof y Cristina.

La Argentina no vive una democracia en serio porque los partidos políticos se extinguieron, las doctrinas se vaciaron, las ideologías se adaptan a la conveniencia de momento, y las convicciones mutaron a ambiciones desmedidas. Ya no se muere radical. Ya no se muere peronista.

En síntesis, ya nadie puede discernir los contenidos que priman en los movimientos que fueron protagonistas de la recuperación democrática. Entramos en la era de los personalismos. Es Sergio Massa, es Daniel Scioli, es Lilita Carrió, es Mauricio Macri, es Hermes Binner, es Ernesto Sanz. No hay unidades básicas ni comités, no hay militancia. Hay hordas de jóvenes llevados en micros a los actos de Casa Rosada. Hay entusiastas seguidores de unos u otros sin garantía de ser decepcionados antes que cante el gallo.

Con buenas intenciones no se saca adelante a un país, y esto es lo único que expresan los candidatos. Se convirtió la democracia es un domingo que se vota, se transformó la política en un negocio, y la Argentina quedó limitada a un club social y deportivo de barrio que cualquiera puede aspirar a hacerse cargo. Entonces, aparece la ronda de los absurdos postulantes cuyo mérito es solamente el descaro para atreverse a decirlo en la TV y en los diarios. Ni vergüenza ha quedado.

En este contexto, la jefe de Estado se siente más cómoda de lo que pensamos. El default puede matar la economía pero si acaso reditúa en las encuestas, lo viviremos cual fiesta. “Cristina o Griesa”, no es un slogan antojadizo. Es la necesidad del gobierno por apelar al sentimiento nacionalista, al populismo berreta, y todavía son muchos los argentinos enamorados del mismo.
La mandataria aprieta pero no ahorca porque una cosa es parecer nazi, facho o chavista, y otra muy distinta es tener el coraje para bancarse las consecuencias de esos males. Y nadie puede imaginarse a Cristina suicidándose como Hitler o eligiendo una clínica en Cuba como Hugo Chávez.

Fernandez de Kirchner es la auténtica representante de la nueva rica socialista. La que vive en Avenida Libertador y viaja a París a comprarse carteras pero se enorgullece de que su hijo vista la remera del Che. Hasta es capaz de comprarle un diario y una motocicleta…

Cristina es una pose. El problema es que los argentinos en su conjunto también estamos siéndolo. Somos una apariencia de ciudadanos comprometidos pero si ese compromiso puede ser llevado a cabo desde el sillón del living o mediante la tablet o la laptop.

Sino ¿cómo se explica que veamos chicos compartiendo zapatillas para ir a la escuela, otros hambrientos de agua, de comida, mientras un gobernador paga seguidores en Facebook? Si acaso hoy los misioneros no exigieron su renuncia no es porque sean buenos, es porque el asistencialismo y la cultura del subsidio los convirtió en siervos. Como expusiera Albert Camus, la única salida es la rebelión pero para eso es preciso tener conciencia de la situación. Y acá sólo tenemos el asombro furtivo que dura lo que dura el informe que nos lo muestra en televisión.

Lo importante seguirá sin hacerse. Haremos lo que mejor sabemos: perder el tiempo. Ni la inflación menguará, ni la violencia dejará de ser tal porque lo que viene es la parodia de un Congreso discutiendo aquello que después será obsoleto, pero hoy es lo que le sirve a Cristina. Y suya sigue siendo la caligrafía en la agenda política.

(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 26 de Agosto de 2014

Fuente: http://www.perspectivaspoliticas.info/perder-el-tiempo/

Aceptar las reglas para la República

Editorial del Club de la Libertad (*)

“Debe imperar el Estado de Derecho con el fin de garantizar los derechos individuales”

John Locke, calificado como el padre del liberalismo moderno dijo: “Se debe, pues, considerar tirano a todo gobernador, o como quiera que se titule, que no tiene la ley como regla sino su voluntad propia y cuyos mandamientos y actos no están dirigidos hacia la preservación de las propiedades de su pueblo sino hacia la satisfacción de su propia ambición, de sus venganzas personales, de su codicia o de alguna otra pasión semejante”.
Esta frase nos lleva a plantearnos desde el aspecto político ¿Cuál es el verdadero rol del Estado? ¿Qué es un Estado de Derecho? ¿Qué funciones se le atribuyen desde el punto de vista liberal?
El Estado tiene como primera y fundamental función proteger nuestros derechos. Derechos civiles y políticos, a la propiedad privada, a la vida, a la libertad y a la felicidad plena. Derechos propios, individuales y naturales de la persona, inherentes a ella. Esto quiere decir que el poder no debe ser absoluto, sino que es necesario que respete los derechos humanos.
El concepto del Estado de Derecho surge como respuesta al Estado totalitario, caracterizado por la ausencia de libertades, el incumplimiento de los derechos nombrados anteriormente, la concentración del poder y la irresponsabilidad de sus integrantes. Por esto es que este concepto se desarrolló durante el liberalismo y encuentra en lo profundo de la filosofía política la premisa de que la acción estatal tiene como límite la garantía de la libertad del individuo en su máxima expresión.
Hasta alcanzar el sentido que tiene en la actualidad, el Estado de Derecho pasó por tres momentos claves.
En el primero, se destaca la intensa lucha para “desmonarquizar” quizás el Poder fundamentado en la burocracia, el ejército y la aristocracia. Para esto fue necesario someter el ejercicio del poder a reglas generales (formas jurídicas) establecidas de una manera adecuada en el Parlamento. Y con adecuada me refiero a discutidas mediante participación pública. Fue en esta primera acepción o etapa donde se concibieron como derechos fundamentales de los ciudadanos los ya nombrados, libertad civil, igualdad jurídica, independencia del poder judicial y garantía de la propiedad. Durante esta época, exactamente en 1832, Robert Von Mohl, en “La Ciencia Política según los principios básicos del Estado de Derecho” hace referencia a un Estado donde la autoridad encargada de imponer la ley también se somete a ella, donde la autoridad es la ley.
El segundo momento consta de una caracterización del Estado de Derecho como extensión del control judicial a la actividad administrativa, en adición a lo que ya se había planteado en el primer momento. Su fin era romper la impunidad del Estado ante sus propias acciones.
Y por último, en el tercer momento, el concepto de Estado de Derecho pasó a incluir la legitimación democrática del poder del Estado, sometido a la norma jurídica.
Antes de dar un concepto final que abarque lo anterior, vayamos por parte. Según la Real Academia Española, el Estado es una forma de organización política, dotada de poder soberano e independiente que integra la población de un territorio. Por su parte, un Derecho es una facultad o un conjunto de principios o normas del ser humano para hacer de manera justa y legítima lo que lo conduce a los fines de su vida, es decir, hacia su felicidad.
Entonces, teniendo en cuenta ambos aspectos, podemos decir que el Estado de Derecho consiste en la sujeción de la actividad estatal a lo que expresa la constitución y sus procedimientos, salvaguardando el funcionamiento de todos los órganos correspondientes a una adecuada división del poder, el ejercicio de la autoridad conforme a lo que esta expresa, y por supuesto, el cumplimiento de los derechos individuales, civiles, colectivos, culturales y políticos. El Estado de Derecho no es otra cosa que vivir bajo reglas y respetar los acuerdos, deudas y todo lo pactado previamente. Dicho de otra manera, es una evolución a la que llega una sociedad durante la conformación de la misma como tal y a medida que va creando sus propias normas y principios. Principios que deben ser respetados tanto por los gobernantes
como por los propios individuos que forman parte de ese todo, por encima de los intereses de las clases o sectores sociales.
Joseph Raz, filósofo del derecho, la ética y la política, expresa que “la gente debe obedecer el derecho y regirse por él”. A raíz de esta frase, podemos indicar que, al no hacerse distinción alguna entre personas, el derecho debe ser obedecido por todas estas. Sean de entidad pública o privada. La idea principal del Estado de Derecho es que justamente todos obedezcan la ley, el derecho, y por lo tanto, se rijan de y por él. De esta forma, se guía el comportamiento efectivo de las personas y se hace hincapié en que el derecho no es una virtud sino una condición necesaria para lograr un buen propósito.
Siguiendo a este autor: “como otros instrumentos, el derecho tiene la específica virtud, moralmente neutra, de ser neutral en cuando al fin para el cual el instrumento es empleado, esto es, la virtud de la eficiencia; la virtud del instrumento como instrumento: para el derecho esta virtud es el Estado de Derecho”. Cabe destacar primeramente que el derecho es una forma de organización social, como ya se mencionó anteriormente. Es un instrumento que puede utilizarse para muchos recursos y fines. En segundo lugar, como todo instrumento, puede no tener necesariamente un uso adecuado, bueno o correcto. Pero esto no viene del derecho en sí, sino de quienes trabajan con él. Lo que hace el Estado de Derecho no es corregir las leyes que están mal o corregir a quienes las crean, sino orientar su naturaleza formal o instrumental hacia una tendencia correcta.
El Estado de Derecho es entonces el que se encarga de velar por igualdad ante la ley. Característica no visible en los regímenes autoritarios en donde el impulso o el deseo arbitrario de una persona, generalmente la encargada del poder, es el molde para las acciones que se desarrollan en ese país. Y justamente para evitar esto es que este Estado implica una división del poder y control entre los mismos. Tal como lo indica Montesquieu, esto tiene como resultado un equilibrio dinámico entre partes, miembros, Estados y órganos que logran contrapesarse.
Normalmente se grafica a la división de poderes como resortes que se mueven independientemente uno del otro, sin puntos de contacto entre sí. Por ende, bajo un Estado de Derecho republicano, uno no podría ejercer presiones sobre otro u otros, sino que por el contrario, sería controlado y limitado por ellos.
No solo implica esto, sino que también es ineludible que se cumplan otros principios como la existencia de normas abiertas, claras y estables. Esto quiere decir que dichas normas sean de debido conocimiento público y que no se presten a confusión en cuanto a su alcance y efectos. Que sean claras significa que no se utilice una redacción prolijamente encriptada para luego poder, a través de interpretaciones extensivas, hacerle decir a la ley, con elasticidad, lo que no dice claramente. Además, no deberían cambiar, a fin de que uno no se despierte cada mañana con nuevas prohibiciones o requisitos especiales para situaciones comunes de la vida y/o el comercio (compra de divisas, trabas a la importación o exportación, etc.). La estabilidad de la legislación es una característica fundamental que consolida la seguridad jurídica.
Las leyes deben seguir una determinada lógica jurídica. Por ende, la creación de disposiciones individuales debe corresponder a las generales. Esto quiere decir que no se puede permitir por una norma particular específica algo que está prohibido constitucionalmente, o en caso contrario, cercenar un derecho a alguien determinado, cuando ese derecho le es reconocido a todos en la norma superior. Cuando los constituyentes plasmaron en el texto que no existen prerrogativas de ningún tipo, a favor de nadie, no puede luego una reglamentación administrativa o una ordenanza municipal otorgárselas a algún funcionario público, solo en virtud de la posición coyuntural que ocupe.
Como bien sabemos, el Poder Judicial es el tercer órgano de poder que integra el orden jurídico orgánico de nuestro país, luego del Legislativo y del Ejecutivo. Debe controlar a los otros dos poderes en relación a los actos de gobierno que desempeñen, los cuales deben ser realizados dentro de los parámetros que la Constitución Nacional establece. Para desempeñar dicha tarea, este poder debe tener la garantía de una absoluta independencia de los demás poderes y de la sociedad misma. Por tales motivos, tanto la Constitución Nacional como las
Constituciones Provinciales establecen una serie de institutos tendientes a garantizar dicha independencia, como la inamovilidad de los jueces en sus cargos mientras dure su buena conducta. El problema se da cuando esta independencia judicial se ve coartada y el Gobierno abusa de su poder para colocar jueces que concuerdan con su ideología política o remover a otros que no lo hacen. No debería suceder que una organización de derechos humanos llame la atención a un país por su incumplimiento de normas y leyes por tan notoria relación de dependencia. Y tampoco debería suceder que un país pida por la intervención de otro Gobierno en su Poder Judicial para resolver algún conflicto internacional que le es adverso.
Y a raíz de esto, es que otro principio del Estado de Derecho es el debido proceso, es decir, tener la garantía de que si se le hace un juicio a una persona, debe ser un juicio justo, basado en una ley existente y con un juez natural dependiendo del tipo de delito cometido y del lugar geográfico. También incluye un respeto por los derechos a defensa, a la presunción de inocencia, a la posibilidad de apelar a tribunales superiores, entre otros. Por ende, y teniendo en cuenta estas garantías, no se puede (en realidad no se debería) juzgar a una empresa por haber quebrado involuntariamente, o volver a dictar sentencia cuando ya existe “cosa juzgada”, ya sea con una condena o una absolución. Entonces, cuando hay una sentencia firme, no se puede cambiar, no se puede volver a juzgar el mismo hecho, mucho menos con una nueva ley, aplastando la irretroactividad de la norma. “Non bis in ídem” dice el principio jurídico fundamental, que significa justamente esto. En el momento de los juicios a jerarcas militares de la última dictadura se legisló que los que obedecían órdenes no eran responsables, sino quienes las daban. Se sancionaron leyes en el Congreso con todas las fuerzas políticas representadas y en democracia. Se hicieron los juicios y hubo tanto condenados como absueltos. No hay seguridad jurídica en un país sin debido proceso, sin irretroactividad de la ley penal, sin sentencias firmes con autoridad de cosa juzgada y con interpretaciones acomodadas de la ley para venganzas históricas o políticas. El simple hecho de que no esté garantizado el debido proceso ofrece como consecuencia tiranía, abuso de poder y provoca que peligre la vigencia del Estado de Derecho.
Pero las garantías consagradas para la protección de los derechos establecidos en nuestra Carga Magna no resultan tan efectivas ante el actual sistema judicial. Efectividad del sistema implica que este logre satisfacer las pretensiones de las partes, es decir, dar una respuesta a las cuestiones que se plantean ante un órgano jurisdiccional. Para que un sistema pueda lograr este cometido, es necesario primero poder acceder a él, debe estar previsto y más importante aún, garantizado el acceso a la justicia. Este se dificulta cuando la gente convive con la sensación de que la justicia no funciona, o es demasiado lenta, o asegura impunidad a algunos, mientras se utiliza como herramienta para perseguir a otros. El descreimiento en la posibilidad de ver los resultados al reclamo planteado hace que las personas opten a veces, incluso, por no iniciar un proceso, denunciar un hecho o reclamar por sus derechos.
Sin embargo, el Estado de Derecho como concepto ha tenido sus críticas por parte de Kelsen: “Todo Estado es por sí mismo un Estado de derecho y por lo tanto el concepto de Estado de derecho es un pleonasmo (reiteración) para construir un Estado, ya que un Estado está fundado necesariamente sobre el Derecho; puesto que Estado no puede ser otra cosa que un ordenamiento jurídico”. Nada más claro. Además añade que el Estado tiene en el derecho una herramienta de control social ante la amenaza de una sanción concreta por parte de uno o varios órganos determinados. No tanto así el sistema de creencias morales que hacen a la ética individual, ya que en este caso las sanciones son difusas y no concretas.
Finalmente, puede afirmarse que el Estado de Derecho es la evolución de una sociedad, con todos sus integrantes sin importar el lugar que ocupen, que se dicta reglas y se somete a ellas como forma de vida en convivencia. Concluyendo, y parafraseando a Mario Vargas Llosa, “las amenazas a la democracia en América Latina son el terrorismo, la debilidad en el Estado de Derecho y el neopopulismo”.
(*) Club de la Libertad. Entidad civil sin fines de lucro para difundir las ideas de la libertad, promover su aplicación, llevar adelante acciones en los medios de comunicación, en la vía pública y en la vida ciudadana en general, como así también capacitar y formar a todos aquellos interesados, fomentando las bondades del mercado libre, el respeto a los derechos individuales y a la búsqueda de la felicidad, y estimulando la vocación empresarial y espíritu emprendedor a fin de mejorar las condiciones de vida de la sociedad. Artículo publicado en su newesletter del 26 de Agosto de 2014.

lunes, 25 de agosto de 2014

No es de patriota destruir la credibilidad de la Argentina

Por Roberto Cachanosky (*)
Estamos en default, a punto de caer en desacato y la OMC falló contra Argentina. Más papelones imposible
Al momento de redactar esta nota, Argentina está en default, fue sancionada por la OMC por las trabas a las importaciones. En total 43 países denunciaron ante la Organización Mundial del Comercio las genialidades de Moreno y Kicillof para frenar las importaciones y ahora habrá que ver qué ocurre, porque si a la caída de las exportaciones que ya estamos teniendo le sumamos represalias de otros países, ni con el cepo multiplicado por 5 frenan la escalada del blue. Finalmente en poco tiempo más, seguramente, caeremos en desacato y terminaremos de hacer el gran papelón a nivel internacional. Realmente como argentinos dan ganas de salir con un megáfono por todo el mundo gritando: ¡no todos los argentinos somos como los k! Porque lejos de actuar en forma patriótica, el kircherismo está amancillando el nombre de nuestro país con este comportamiento propio de maleducados, desubicados, soberbios y estafadores.
Claro, la apuesta del kirchnerismo es transformar este tema de la deuda externa en la típica jugada que siempre hacen. Nosotros los k defendemos la patria y a los argentinos y todos los que opinan diferente son traidores a la patria, trabajan para los fondos buitres y estupideces por el estilo.
Por otro lado, los argumentos que esgrime el gobierno para no acordar con los holdouts y desconocer el fallo de la justicia americana no tienen lógica, porque recordemos que no fue Griesa el que falló contra la Argentina sino toda la justicia americana dado que también en segunda instancia el kirchnerismo perdió el juicio y la Corte Suprema de Justicia le dio la razón a Griesa. Por un lado el gobierno argumenta que no puede ser que solo un 7% de los acreedores pueda tener derecho a reclamar que le paguen lo que decía el contrato original. Un disparate conceptual que ya lo ha utilizado en el campo político. Para el kirchnerismo las personas no tienen derechos por ser personas, sino que tienen derechos solo aquellos que pertenecen a una determinada mayoría, sea ésta por votos o por cualquier otra razón. Cuántas veces le hemos escuchado a CFK decir: si no les gusta hagan un partido político y ganen las elecciones. Como si ganar elecciones otorgara el derecho a hacer lo que quiere al que obtuvo una mayoría circunstancial. Y hacer lo que quiere incluye usar el monopolio de la fuerza para establecer una dictadura. Si este fuera el sistema democrático personalmente me declararía definitivamente antidemocrático, porque, en ese caso la democracia se limitaría a ser un sistema por el cual en las urnas elegimos a nuestro dictador.
Bien, el mismo criterio utiliza con los holdouts. Como no aceptaron entrar al canje y son una minoría. no tienen derechos, aún ganando un juicio en todas sus instancias. CFK sabe muy bien, habiéndose dedicado ella su marido a los negocios, que siempre están los que buscan comprar al precio más bajo y vender al precio más alto. ¿O ellos no lo hicieron?
Pero justamente, hablando de precios, dicen al unísono CFK y Kicillof: los fondos buitres compraron por centavos la deuda y quieren ganar el 1.600%. En primer lugar, si los fondos de inversión ganaron tanto es porque fueron más astutos que los kirchner. En vez de estar dilapidando la plata en populismo, Néstor Kirchner y ella podría haber recomprado la deuda a precio muy bajo en el mercado, en vez es esperar a que otro les ganara de mano, la comprara y luego ganara un juicio para cobrar el 100% de la deuda más las costas del juicio y los punitorios.
La idea de Patria o Buitres es una burda copia del Braden o Perón o el si quieren venir que vengan… por Malvinas. Es un falso planteo de patriotismo, al punto tal que no es patriota aquel que destruye la credibilidad de la nación por buscar una ventaja política, más bien su desmedida ambición de poder político los transforma en traidores a la patria. De manera que el kirchnerismo no va a corrernos con el argumento de Patria o Buitres.
Personalmente considero que el Estado no debe endeudarse para financiar el gasto público. Si el Estado gasta más de lo que recauda, tiene que optar entre emitir moneda y cobrar el impuesto inflacionario o endeudarse. Eso es lo que ha hecho un gobierno atrás de otro, incluyendo al kirchnerismo, porque también es falso que se haya desendeudado. Por el contrario aumentó la deuda. La diferencia es que cambió de acreedor y de moneda, pero eso no quiere decir que esa deuda no constituya una pesada carga para el contribuyente o que en algún momento no haya que pagarla.
Pero la mejor vara para medir si el kirchnerismo, en este raid de papelones que nos viene haciendo pasar por el mundo con su comportamiento frente a los fondos de inversión y el comercio internacional, es analizar si contribuye a mejorar o a empeorar las condiciones de vida de la población.
Y aquí la respuesta es muy sencilla, solo logrando confianza, credibilidad, respeto por el derecho de propiedad, respetando los contratos firmados y cumpliendo con la palabra dada es que se consiguen más inversiones. Son las inversiones las que incrementan la demanda de mano de obra y la productividad de la economía mejorando la calidad de vida de la población.
Sin duda, con su comportamiento el kirchnerismo está espantando inversiones, con lo cual deteriora el nivel de vida de la población. Ahora bien, supongamos por un momento que todos aplaudimos el comportamiento patotero del kirchnerismo de no pagarle a los fondos de inversión que ganaron los juicios y nos ahorramos U$S 1.500 millones y nos reímos en la cara de Griesa no acatando los fallos de la justicia. Pregunta: ¿acaso no perdemos muchos más millones de dólares en inversiones que no se hacen por esta falta de cumplimiento de las normas que los U$S 1.500 millones que el kirchnersimo no le quiere pagar a los fondos de inversión?
En definitiva, lo que busca el kirchnerismo es maximizar en el corto plazo su beneficio político recurriendo a un falso nacionalismo a cambio de un costo que se traduce en menos inversiones, puestos de trabajo y calidad de vida de la población. Dado que el costo es mucho mayor al beneficio de ahorrarse U$S 1.500 millones, el discurso político será que ese costo que tiene que pagar la población es culpa de los fondos buitres, el neoliberalismo y estupideces por el estilo que, reconozco, en algunos casos prende bastante bien en una parte de la población.
El gran interrogante es hasta qué punto la gente seguirá comprando el discurso del falso nacionalismo y aceptando pasivamente seguir perdiendo su nivel de vida.
En otras palabras, no vaya a ser cosa que, llegado un punto, la gente diga: muy lindo el discurso Patria versus Buitres, pero la plata no me alcanza y con el kirchnerismo vivo cada vez peor. Ahí se cae el relato y el beneficio político de corto plazo se diluye.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980). Asesor económico. Director de "Economía para todos". Artículo publicado en el Nº 537 del 25 de Agosto de 2014

El credo predilecto de los políticos

Por Alberto Medina Méndez (*)

La política como actividad profesional ha instalado una serie de creencias hasta convertirlas en verdades irrefutables. La mayoría de ellas apuntan a que la sociedad incorpore la idea de que los políticos son imprescindibles protagonistas, necesarios participes y vitales intérpretes en su función de intermediarios entre las dificultades y las soluciones.

El paradigma central de ese dogma preferido por los políticos, es aquel que sostiene que son los gobiernos los que deben "solucionar los problemas de la gente". Esta perspectiva, además de perversa y falaz, apuesta a la pereza ciudadana promoviendo la comodidad de ciudadanos que creen, genuinamente, que todos sus padecimientos son responsabilidad de terceros, de otros, de personajes que se empeñan en hacerlos desdichados.

En el marco de esa engañosa teoría, la política como sacerdocio y vocación, asume el heroico rol de ofrecer "alivios y remedios" para que la comunidad los apoye electoralmente y de ese modo deleguen esa agotadora gestión dejando todo en manos de políticos supuestamente eficientes que toman la posta para resolver cada inconveniente que los ciudadanos identifican.

La felicidad es un concepto subjetivo, individual, absolutamente personal, por el que cada ciudadano fija sus prioridades, gustos, preferencias y una escala de valores bajo la cual intenta alcanzar ese estándar sublime.

No existen garantías para ello. Esa búsqueda es permanente y siempre imperfecta. Lo que cada individuo intenta es lograrlo, pero no lo consigue con la frecuencia deseada, siendo invitado entonces a ajustar reiteradamente sus estrategias y tácticas para obtener la meta soñada. Por momentos lo consigue, pero sabe que ese bienestar es efímero y que pronto algo volverá a romper el equilibrio, obligándolo a un nuevo intento.

Imaginar que esas vivencias individuales pueden resumirse en una consigna única, común y universal, es un gran embuste. La política lo plantea porque si no implanta la visión del bien común, esa matriz genérica que sirva para todos, no puede operar y su existencia no tendría sentido. Y es así que desemboca en la mágica fórmula de "resolver los problemas de la gente".

Resulta demagógico, pero al mismo tiempo muy simpático, sostener ese discurso que dice que la sociedad no es culpable de nada, que todo lo que le sucede es responsabilidad ajena y que la política se encargará de poner las cosas en su lugar para que de ese modo todos sean afortunados.

En realidad, los individuos deberían comprender que lograr ese progreso y felicidad depende de ellos mismos, que la tarea no es esperar que las cosas ocurran sino, justamente, hacer que sucedan.

Las personas prosperan, avanzan y consiguen ser felices, cuando gobiernan sus vidas y triunfan por sus propios méritos. Claro que están los que tienen suerte y que el contexto influye, pero eso no debe invitar a cruzarse de brazos y esperar que "otros" resuelvan los inconvenientes particulares.

La tarea es hacerse cargo, ser responsables del propio destino, ocuparse de uno mismo y también de sus respectivos entornos. Son los individuos los que deben accionar y organizarse cuando la voluntad individual no alcanza para cooperar y ejecutar cuando un tema les interesa.

Existen varias generaciones de ciudadanos que creen que los gobiernos deben proveerles trabajo, vivienda, alimentos, educación y salud, entre tantas otras necesidades. Están convencidos que se trata de una obligación de los gobiernos consagrarse a esos temas. Entienden que alguien debe pagar ese costo, y no son ellos, sino el resto. Por eso promueven la exigencia, y no apelan al esfuerzo personal como herramienta de cambio.

Ni los políticos, ni los gobiernos, están para quitar los obstáculos del camino. Nacieron con el objetivo de garantizar derechos a cada individuo, y asegurar a los ciudadanos la posibilidad de convivir en armonía, evitando que se quiten la vida, la libertad y la propiedad unos a otros a través de mecanismos inmorales y del tradicional abuso de poder.

Los políticos tendrían que poner sus energías en generar las condiciones para que sean los individuos los que puedan crear su propia felicidad a través de sus decisiones personales, asumiendo los riesgos derivados de cada determinación. La responsabilidad de la política es cerciorarse de que nadie inicie el uso de la fuerza contra otra persona y que si lo hace, esa actitud tenga consecuencias negativas que desestimulen un nuevo intento.

La política debe dedicarse a que los individuos tengan reglas de juego claras, transparentes, estables, con incentivos bien definidos, para poder en ese marco buscar su propia felicidad, y no pretender reemplazar a los ciudadanos en esa labor. La sociedad, por su parte, debe esforzarse, esmerarse, para que el resultado de tanto trabajo sea su mayor estímulo y para no caer en la trampa de asignar culpas para justificar errores propios.

La dirigencia se ha esmerado en instalar esta idea en la mente de todos. Cada ciudadano que cree en esa frase que dice que los políticos están para resolver sus dificultades, en algún punto, es porque prefiere descansar en esa mirada que tomar riesgos asumiendo sus éxitos y fracasos.

Es prioritario cuestionar el discurso de los políticos, el verdadero rol de los gobiernos, y la función del Estado en todas sus formas y jurisdicciones. Definitivamente, son los individuos los que deben encontrar atajos frente a cada conflicto, en forma personal cuando ese sea el ámbito, o también organizándose socialmente cuando el objetivo amerite un trabajo coordinado en equipo. Pero es bueno empezar a destruir aquel confortable slogan que afirma que son ellos los que deben solucionar los problemas de la gente. Lamentablemente esa visión es parte del discurso cotidiano y se ha constituido en el credo predilecto de los políticos.

(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.
albertomedinamendez@gmail.com
www.existeotrocamino.com.ar

Fuente: Comunicación personal del autor

domingo, 24 de agosto de 2014

Llamando a la rebelión

Por Raquel Merino Jara (*)
Llamando a la rebelión, pero no a la de las masas, sino todo lo contrario: la rebelión de las minorías.

Estos días tan propicios para ver cine relajadamente en casa me han conducido a una película titulada Hannah Arendt, en honor a la filósofa judío alemana que emigró a EEUU en 1941 huyendo del régimen nazi. En la película, se relata el seguimiento que ella mismo dio para el New Yorker del proceso de Israel al coronel de las SS Adolf Eichmann, sus conclusiones y las enemistades que se creó con la comunidad judía.

Con independencia de su juicio personal alrededor de la responsabilidad última de Eichmann en lasolución final, esta autora mantuvo un interés máximo en entender el origen de la maldad. Contraponía el "mal radical" (Kant) con lo que ella observó durante el juicio a Eichmann como "banalidad" o "trivialidad" del mal. El "no pensamiento", es decir, el inexistente juicio crítico del (podríamos denominarlo así siguiendo a Ortega) "hombre masa" conduciría en el caso judío no tanto a un "genocidio" como a un "asesinato en masa administrativo". 

Un burócrata, señor complaciente (algo encorvado ante tan continuada genuflexión) al que le llegan unas directrices desde arriba, unas cifras de resultados esperados, un formulario que con gran diligencia rellena, firma y mueve hacia el siguiente eslabón de la cadena de mando.

Un esquema moral, político y social en el que la individualidad no existe, en que se es parte de una maquinaria superior a la voluntad de uno, donde la responsabilidad se torna ambigua porque no existe la autonomía, donde las categorías del bien y el mal se desdibujan opacadas por una toma de decisiones que se realiza de manera absolutamente jerárquica y centralizada. Un marco en el que el éxito de uno deriva de servir a esa maquinaria sin compasión; porque, o estás dentro, o estás fuera, literalmente. Un sistema en el que "el otro" es exterminable así, administrativamente, por no encajar en ese engranaje atroz que cosifica al hombre. El hombre convertido en medio, cuando no en prescindible chivo expiatorio, para la consecución de algún "bien común" destinado a los que sí han sido elegidos.

Muchas películas, entre la ciencia ficción y la crítica política contra los totalitarismos, han reflejado bien estos mundos que demandan a gritos grandes dosis de subversión. Pero, ojo, esto es solo un caso, el de la drástica y dramática solución final. Hoy día nos acechan otros como los del Estado Islámico de Siria e Iraq, de similar cariz. Pero la demagogia, exuberante en democracia si se delega también la lucha por la libertad, no es otra cosa que esto: a menor escala, quizás como caldo de cultivo de algo más drástico que esté por venir... Quién sabe. En esas estamos por estos lares patrios y eso es lo que nos jugamos en los próximos meses y años...

Frente a esto, frente a la tiranía del hombre masa, frente al imperio del "no pensar", frente al dirigismo político e intelectual, igualitario, centralizador y que niega "al otro", al distinto, debemos saber que hay alternativas. Y la alternativa no es otra que la libertad.

La libertad (no coacción) se esgrime desde el ámbito económico, entre los liberales, una y otra vez. Pero entiéndase que como requisito previo a ésta debe existir algo realmente complicado de lograr: el respeto al otro. La libertad será la consecuencia de tolerar al otro, de no laminarlo, de no esquilmarle, de no violarle. Y con eso no se nace, aun cuando ciertamente hay gente más respetuosa y empática que otra. Se trata de un marco social que hay que alcanzar a través del proceso de civilización.

También es un proceso, por supuesto, previo a la democracia. Pretender que, quitando a un tirano de Iraq e "implantando un proceso democrático", la gente se va a respetar de manera automática es exudar un voluntarismo e ingenuidad extremos.

A través de vernos en el espejo de los demás, de considerarlos "un igual", de entender que no son cosas, que también tienen sus fines, sus afinidades, sus miedos, sus preocupaciones, sus alegrías, su dolor, sus intereses, sus pensamientos, podremos alcanzar la ansiada libertad.

Y no es nada fácil porque la horda tira mucho, porque la protección del grupo cerrado y el miedo al extraño los tenemos impresos en nuestros quebrantables huesos. Porque huimos de la competencia como de la peste al ser los recursos escasos, o, mejor dicho, nuestro conocimiento sobre ellos. No querer competidores, no querer población creciente, no querer elementos que alteren el estado de cosas de la tribu debería ser "lo normal". Porque lo normal, seguramente, sea no pensar. Hacer las cosas como siempre se han hecho y como las hemos aprendido. Buscar estabilidad, certidumbre. Y eso nos hace ser asimismo envidiosos con los que tienen éxito, con los "no iguales", con los que se atreven y compiten, con los que sí piensan.

Por eso es tan complicado en sociedades más modernas y numerosas frenar el avance de la demagogia, evitar que élites políticas e intelectuales se agrupen para, apoyados por las mayorías, machacar a las minorías intelectuales, comerciales o sociales. Envidia e inacción (no pensar, que todo siga igual), y la detestable sed de poder y control de las élites políticas e intelectuales, juntas hacia un mismo fin. 

Pero hay grandes esperanzas también. La superación de esos miedos y atavismos contra los otros, a mi juicio, se consigue cuando la gente entiende que respetando y observando el comportamiento de ellos obtiene alguna gratificación personal (o grupal). Ya sea una conversación, una forma de hacer las cosas que nos sorprende, un producto que no disfrutábamos antes de toparnos con ese otro ser. El comercio, ya se sabe, es de lo más pacificador y civilizador.

Así, empezamos a disfrutar de la diferencia, de los matices personales, de la información y conocimiento que adquirimos con el intercambio de cualquier clase. Y no sólo emulamos ya el archimanido funcionamiento de la tribu, sino que emulamos y extrapolamos tras observar lo diferente: nos atrevemos, innovamos, adoptamos nuevas formas de hacer las cosas en lo personal o en la comunidad gracias al contacto con el exterior. Tomamos conciencia, seguramente, de nuestra individualidad a través del espejo del otro. Nos cargamos de una energía vital que impulsa nuevos y apasionantes retos. Empezamos a querer tomar las riendas de nuestra propia vida.

Una vida que, conforme crece la división del conocimiento, dependerá cada vez más del otro y del intercambio libre y pacífico con él. Del otro como proveedor, como colaborador, como adquirente de mi conocimiento. Y ya no será suficiente con respetarnos y garantizar libertad.

Si queremos más, necesitaremos ir un paso más allá: tendremos que fiarnos, que concedernos tiempo, que dar nuestra palabra, que cooperar. Nos la tenemos que seguir jugando, ya no solo a corto, sino a medio y largo plazo.

Del autocontrol y el respeto, de la individualidad y creatividad, y de la observación, emulación, cooperación y la confianza, no sólo obtendremos la ansiada libertad. Alcanzaremos más. Pues libre también es quien no hace nada por modificar su entorno y mejorar su vida, y libre también es ese mismo ser que al mismo tiempo se muestra crítico y agresivo, en lugar de agradecido, contra todo lo que le garantiza su libertad y prosperidad, movido por el desconocimiento, la solitaria apatía, la inseguridad y la envidia. No, con los elementos anteriores, habremos pasado del "hombre masa" sin criterio y acomodado al "hombre minoría", el hombre que actúa, el hombre que se exige, el hombre que piensa, el hombre que se atreve, el hombre que coopera, el hombre con una misión de más largo plazo. 

El hombre que, con sus acciones y las de otros muchos hombres, se pone retos a sí mismo y a los demás. A los demás porque, de las acciones de los distintos grupos humanos buscando sus variados fines de manera no centralizada (negando una uniformidad o igualdad indeseables), sólo pueden surgir sorpresas, informaciones crecientes y variadas, nuevo conocimiento, que, gratuitamente, antes o después, llegará a sus congéneres para ser empleado en nuevos fines.

Sólo lo diferente y diverso puede generar sorpresas y crecientes oportunidades y riqueza. Lo "igual" es vacío interior, frustración y resentimiento. Pero socialmente también es inanición, es hacer las cosas siempre igual, es la economía de crecimiento cero, es condenarse a no disfrutar de mejores condiciones de vida, es población menguante, es el triunfo del mal fario maltusiano, es la guerra por los recursos. No es condición suficiente, pero sí necesaria para la paz, libertad y prosperidad la aceptación y el triunfo de lo diverso.

Es la hora de la rebelión de las minorías.

(*) Raquel Merino Jara es miembro fundador y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana. En la actualidad, es profesora del Centro de Estudios Online Manuel Ayau y ha sido profesora asociada de Economía en la Universidad Rey Juan Carlos. Artículo publicado el 22 de Agosto de 2014 por el Instituto Juan de Mariana 


Seguiremos comiendo pan de ayer

Por Eduardo Fidanza (*)
Es sabido que Freud sostenía que el chiste posee la misma estructura que el lenguaje del inconsciente expresado en los sueños. Los mecanismos de condensación, sustitución y desplazamiento que emplea resultan similares a los que se observan en el proceso onírico. Pero los sueños, dirá el fundador del psicoanálisis, son una cuestión privada, mientras que el chiste constituye el modo más sociable de obtener placer. Semeja un juego complaciente que, si no guarda relación con grandes intereses vitales como el sueño, tiene efectos significativos en el mundo exterior. Según Freud, el chiste supone un fenómeno de comunicación, singular y de "fascinador encanto"; el sueño, en cambio, es un disfraz íntimo del deseo.

La metáfora, como la ironía, no es propiedad exclusiva del chiste, pero, en ciertos casos, éste la utiliza de un modo insuperable. Así, un chiste oído al pasar, entre tantos que difunden los medios, puede constituirse, inadvertidamente, en una alegoría del drama de los vínculos sociales y políticos. El chiste recrea el diálogo de un hijo con su padre. El hijo pregunta: "Papá, en esta casa siempre se come pan de ayer, ¿cuándo vamos a comer pan de hoy?". El padre responde: "Mañana, hijo, mañana".

Este chiste posee los componentes clásicos del género: brevedad, juego de palabras, sorpresa, efecto a la vez lúdico y reflexivo. Pero tiene otras implicancias. Plantea la secuencia temporal completa: el pasado ("pan de ayer"); el presente ("pan de hoy"), y el futuro (lo que comeremos mañana). Además, evoca la relación paterno-filial, representándola como un vínculo de subordinación, donde el hijo interroga al padre con deseo y ansiedad y recibe como respuesta una consoladora ironía. Podría interpretarse que la relación padre-hijo admite una lectura política en la que el progenitor representa al líder y el vástago, al súbdito.

Sugiero que este chiste puede funcionar como una metáfora de lo que le ocurre a la Argentina. Equivale al "otra vez sopa" de Mafalda e ilustra, en términos psicoanalíticos, la compulsión nacional a la repetición. Las condiciones actuales de la economía y los pronósticos tienden a confluir. Y poseen un efecto de déjà-vu. La inflación creciente, la recesión, el endeudamiento, la pérdida de puestos de trabajo, el déficit fiscal, la devaluación de la moneda y el corrimiento hacia el dólar no plantean un escenario nuevo, sino una reiteración de situaciones vividas antes por el país.

Este síndrome tiene antecedentes lejanos, pero se aceleró a partir de 1975, cuando en la agonía del gobierno de Isabel Perón una macrodevaluación condujo al país a una traumática crisis. La situación, con matices, se repitió varias veces, hasta culminar en la tragedia y la devastación social de diciembre de 2001. Luego de esas experiencias, el sentido común de los argentinos incorporó a su repertorio la convicción de que a los períodos de bienestar relativo les siguen el crac y el ajuste. Así, aprendimos que la bonanza, indefectiblemente, tiene fecha de vencimiento, y la bautizamos en el lenguaje cotidiano como "veranito". Basta con escuchar las conversaciones de estos días en la calle, el trabajo o las reuniones para comprobar que la mayoría ya se prepara para el final del ciclo virtuoso. No se discute el ajuste, sino la magnitud que pueda tener. Si hubo pan de hoy, fue apenas un alivio estival. Pronto volveremos a lo nuestro: el pan de ayer.

En una versión revisionista del chiste, podría imaginarse que el kirchnerismo, si fuera nuestro padre, nos reprendería en estos términos: "En esta casa, desde que estoy a cargo, sólo se come pan de hoy. Los que hablan de pan de ayer son enemigos y conspiradores que te engañan, hijo". Sin embargo, y acaso aquí resida el problema, lo cierto es que el Gobierno dispuso de más de una década para remover los límites estructurales de la economía argentina y no lo logró, habiendo dispuesto de condiciones excepcionalmente favorables, empezando por el precio de las materias primas.

A diferencia del hijo del chiste, los que todavía apoyan a Cristina tal vez creyeron, inducidos por mejoras materiales indiscutibles y un relato omnipotente, centrado en el "nunca menos", que el pan de hoy duraría para siempre. Ahora, poco a poco, constatarán las limitaciones del modelo. Una fenomenal combinación de déficit fiscal, energético, de inversiones y de divisas hará retroceder los ingresos, el trabajo y el consumo del promedio de los argentinos. Entonces ellos, como Sísifo, deberán volver a empujar la piedra por la pendiente, sabiendo que luego, fatalmente, volverá a caer.

Siempre pan de ayer es un símbolo que debemos dejar alguna vez atrás. Constituye la metáfora de una neurosis de destino, letal para la autoestima. Ilustra la imposibilidad de alcanzar el bienestar estable y progresivo, que cuando parecía cercano se torna otra vez inalcanzable. La compulsión a repetir cancela el futuro de un individuo o de una sociedad. Y revela ausencia de liderazgo. Por eso, la respuesta del padre -"Mañana, hijo, mañana"- no es un proyecto, sino un sarcasmo, que encubre una falla de responsabilidad y de visión inexcusable..

(*) Eduardo Fidanza es Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Se ha especializado en consultoría política y análisis de opinión pública. Artículo publicado en La Nación el 23 de Agosto de 2014

Dejar tierra arrasada o serruchar la propia rama

Por Jorge Raventos (*)

Es probable que el gobierno, consumidor adicto de su propio relato, esté confundiendo una retirada con una ofensiva.
El martes 19, frente a las cámaras de la cadena nacional, la señora de Kirchner confesó que estaba “un poco nerviosa”. No era para menos: incentivada por su ministro favorito, acababa de confirmar un rumbo de colisión con la Justicia de Estados Unidos y de agravamiento del ya dramático aislamiento internacional de la Argentina.
Más motivos para su inquietud: esa misma mañana, el titular de la Comisión Nacional de Valores, Alejandro Vanoli, había caracterizado como “una confusión” al extenso párrafo del anterior discurso presidencial (también en cadena), en el que la señora informó que se aplicaría la Ley Antiterrorista a una empresa gráfica estadounidense radicada en el país.
Al parecer había sido mal asesorada: la escandalosa referencia a esa ley era “un error”, la Presidente había sido mal asesorada.
En tal caso, ¿no podría ocurrir lo mismo ahora, en la gran movida del default/no default, el corte de manga al juez Thomas Griesa y el cambio de jurisdicción de la deuda del país?
Las decisiones tienen una lógica interna: los aciertos y los errores responden a una cierta naturaleza. Parece evidente que -a diferencia del rumbo que adoptó obligada cuando indemnizó a Repsol, pagó con creces la deuda con el Club de París y cumplió con fallos adversos ante el CIADI- esta orientación que la pone un poco nerviosa es, sin embargo, la que la señora de Kirchner prefiere. En ella brota constantemente el afán de reiniciar la historia a partir de su propia aparición, de contraponer, de definir lo verdadero y lo falso, el bien y el mal. Patria o buitres.
Probablemente a este camino es al que se refería Axel Kicillof cuando afirmaba que “tenemos todo bien estudiado”. Error o no, la mención a la Ley Antiterrorista para castigar a una empresa en dificultades operativas y la presentación del proyecto de reforma de la Ley de Abastecimientos, que permite transferir a burócratas del Poder Ejecutivo decisiones estratégicas de las empresas, combinan muy bien con la nueva jugada sobre la deuda: son pasos en la dirección del amurallamiento del país y de la concentración del poder.
Una pretensión siempre exorbitante y seguramente extemporánea en las actuales condiciones crepusculares del ciclo K. Más bien un rugido de ratón.
Otras voces, otros ámbitos
El gobierno empieza a observar que las resistencias que antes atomizaba o disolvía sin demasiado esfuerzo, ahora se consolidan y se extienden. Los empresarios se agrupan y se plantan frente a proyectos como el de intervenir la actividad privada con la excusa del abastecimiento y la defensa de los consumidores. El llamado G6 (las organizaciones que agrupan distintas ramas de la actividad empresarial: industria, agro, bancos, comercio, construcción y laBolsa) suscribió, unánime, un documento que tilda de inconstitucional la propuesta. El frente de rechazo es más extenso: lo acompaña el Foro de Convergencia Empresarial, que viene reuniéndose en los últimos meses y se propone impulsar políticas de Estado para el desarrollo del país. El gobierno ubica a ese conglomerado de sectores en el campo adversario. En rigor, lo visualiza como enemigo y con sus actos lo empuja a confirmar esa caracterización.
De hecho, la coalición oficialista muestra signos de disgregación al percibir que los actos de gobierno y su política de confrontación, que ahora convierte en “buitres” a todos los que disienten, la aíslan y perturban sus posibilidades electorales.
Los aspirantes a la Presidencia con mejores perspectivas para las elecciones de 2015 –sin excluir a los que se mantienen bajo el techo oficialista- hablan con los hombres de negocios y conocen de cerca sus preocupaciones.
Sergio Massa cuenta entre sus acompañantes a dirigentes industriales como José Ignacio De Mendiguren y a hombres del sector rural, como Eduardo Buzzi; José Manuel De la Sota acaba de reunirse en Córdoba con el G6 y firmó con sus líderes un documento repudiando el proyecto sobre abastecimientos , la intención de aplicar la ley antiterrorista a empresas en dificultades y también la reciente prohibición a la exportación de carne, que vuelve a golpear a un sector largamente castigado. Mauricio Macri primerió a todos sus competidores pronunciándose contra los anuncios presidenciales sobre el pleito con los holdouts.
¿Y por casa…?
El oficialismo no puede dejar de registrar que en sus propias filas hormiguea la reticencia al rumbo de confrontación adoptado en esos campos. El profesional y disciplinado presidente del bloque oficialista de Senadores, Miguel Ángel Pichetto, anticipó que, si bien acompañará la sanción del proyecto de ley de Abastecimiento del Ejecutivo, tiene discrepancias personales con ella, ya que –dijo- “tengo una mirada de un capitalismo de mercado más abierto”. Pichetto se diferenció, además, resistiendo el tratamiento expeditivo que deseaba el Palacio de Hacienda y sostuvo que el proyecto requería “un debate importante" y que "no se va a votar de un momento a otro".
Para detectar lo que se elabora en las filas de Daniel Scioli es recomendable atender a las declaraciones que ofreció al diario La Nación uno de sus hombres de mayor confianza, Gustavo Marangoni. Sobre la ley de abastecimiento, Marangoni afirma que “conviene avanzar un poco más despacio, con mayores niveles de consenso. La Argentina necesita del compromiso de sus emprendedores”. Sobre el tema holdouts: “Me parece que hay que terminar el puente. Tres cuartos no sirven. El cuarto final es salvar esta situación con los holdouts. Habiendo un fallo, lo que hay que ver es cómo cumplirlo sin comprometer el resto”. Sobre inflación: “Es muy alta (…)una inflación de dos dígitos en el contexto actual del mundo es alta. Y una inflación alta no es conveniente, no sirve”.
En esas declaraciones del virtual portavoz de Daniel Scioli hay, inclusive, reticencias de carácter político sobre planes de la Casa Rosada. Específicamente sobre el tema candidaturas: (las PASO) “no debería ser sólo para la fórmula presidencial. Para todos los niveles de gobierno, para todas las listas de diputados, de senadores...”
El periodista de La Nación quiere más claridad aún y pregunta si le intención es “impedir que les metan a dedo gente en las listas”. Marangoni le da el gusto: “Exacto. Daniel ingresó en la vida política compitiendo en una interna con Toma. Yo creo en el valor de la competencia”.
Radicalización del populismo
Las resistencias se extienden. Abarcan al empresariado urbano y rural, Y alcanzan también a un movimiento obrero que se expresará el próximo jueves (todavía, pero quizás por última vez, sin la CGT “Balcarce”).
Pero el gobierno no ceja en la confrontación.
En vísperas de la elección de 2011, con la candidatura de la señora de Kirchner flameando al tope y las ilusiones re-reeleccionistas todavía vigorosas, el jacobinismo cristinista empezó a develar su programa de “profundización del modelo”. Uno de sus voceros, Roberto Feletti, lo denominó “radicalización del populismo”. Y explicaba que hasta ese momento (hablaba en mayo de 2011) un problema del populismo oficial residía en que “no era sustentable, ya que no podía apropiarse de factores de renta importantes", pero una vez “ganada la batalla cultural contra los medios, y con un posible triunfo electoral en ciernes, no tenés límites".
Aquel programa, pensado para “apropiarse de factores importantes de rentas” (es decir, de utilidades ajenas) en condiciones de ofensiva triunfal, se ha desempolvado ahora cuando la situación se ha invertido. De aquel contexto que pintaba Feletti sólo se confirmó un dato (el triunfo electoral), aunque aquel 54 por ciento no tardó en evaporarse y el triunfo de 2011 se transformó en derrota en 2013. En cuanto al resto, la “batalla cultural” terminó en contraste, la re-re pasó a mejor vida y se inició la retirada del poder, reculando en zigzag, un día hacia los mercados, otro en contra. Hasta las últimas semanas, en las que la Presidente parece haber optado por poner en práctica el “populismo radical” en condiciones de derrota.
El incendio y el éxodo
En diciembre de 2008, en esta misma columna, se señalaban las fantasías de devastación que excitaban a la Presidente tras la derrota oficial en su lucha contra el campo: “Durante un viaje al Noroeste, en un acto en San Salvador de Jujuy, la señora de Kirchner ensalzó los esfuerzos de su gobierno en términos de " una nueva epopeya, como la del éxodo de Belgrano, como la del Exodo Jujeño". Tal vez se tratara de una metáfora reveladora, surgida menos de una súbita inspiración poética que de afiebradas conversaciones conyugales en la soledad de El Calafate. Manuel Belgrano decidió esa maniobra defensiva desesperada cuando se consideró en inferioridad ante los españoles del general Goyeneche, reforzados con tropas que llegaban desde el Alto Perú; ordenó abandonar la plaza y dejar atrás sólo tierra arrasada: quemar casas y cosechas. Cuando evocaba el Éxodo Jujeño comparándolo con su propia (módica) epopeya, esas imágenes que desfilaban por la fantasía de la Presidente (huidas, incendios, desolación, amenaza enemiga) pueden, quizás, ser recuerdos del futuro, alucinaciones provocadas por las dificultades, las deserciones, los desafíos, los previsibles reveses”.
Ese futuro, postergado por un tiempo, finalmente está ante los ojos de todos: después de una considerable devaluación en enero (más notable si se considera que el gobierno había jurado que jamás devaluaría) la brecha cambiaria retornó esta semana a alrededor del 60 por ciento, mientras el dólar blue tocaba los 14 pesos. La inflación no decae ni siquiera con ayuda de la creciente retracción productiva. El empleo privado retrocede. El comercio exterior se desploma: en julio las exportaciones cayeron 9 por ciento y las importaciones, 16 por ciento. Es otra señal de aislamiento: en lo que va del año, las exportaciones cayeron un 10 por ciento, la inversión extranjera cayó el año pasado 11 por ciento. La Organización Mundial de Comercio (OMC) acaba de dictaminar que, con el cepo a las importaciones, la Argentina violó reglas internacionales de comercio e intimó al Gobierno que cumpla con esas normas. Las consecuencias se medirán en más caída del comercio exterior. Más caída de reservas.
En ese marco la Presidente K y el ministro K deciden sus maniobras contra lo que pintan como un acoso de buitres “de adentro y de afuera”.
A menos de 500 días de las elecciones, ¿a qué enemigos se pretende dejar tierra arrasada con esta retirada disfrazada de ofensiva? A todos.
Sin embargo, para describir la situación actual, algunos recuerdan la frase atribuida hace años a un general golpista del Altiplano: “El país estaba al borde del abismo y decidimos dar un paso al frente”.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 23 de Agosto de 2014