domingo, 3 de agosto de 2014

Arena para la sed

Por Jorge Raventos (*)
El primer viernes de agosto, mientras el oficialismo sostenía en Buenos Aires que se había consumado la ruptura de las negociaciones en el juzgado neoyorquino que atiende el magistrado Thomas Griesa, el juez reunía a los representantes legales del Estado argentino y de los fondos litigantes y les recomendaba seguir negociando. “Nada de lo que ha sucedido esa semana ha eliminado la necesidad de trabajar en un acuerdo y de trabajar con el special master Pollack para lograrlo”, dijo Griesa, quien también afirmó que el gobierno argentino “ha emitido declaraciones públicas que han sido altamente engañosas y eso tiene que terminar (…) las medias verdades son falsas y engañosas y eso es lo que ha venido sucediendo”. Mirando a los abogados del gobierno argentino, el magistrado los exhortó a ofrecer “un buen consejo” a su cliente para que esos comportamientos cesaran.
Complementariamente, el juez adoptó una segunda medida de flexibilización de su fallo y autorizó a los agentes bancarios europeos Clearstream y Euroclear ( “por única vez”) a pagar bonos argentinos nominados en dólares cuyos tenedores estén fuera de Estados Unidos. Unos días antes había adoptado una medida similar que autorizaba al Citibank a destrabar el pago de la renta de bonos suscriptos bajo ley argentina que ese banco atiende fuera de Nueva York.
Las medias verdades
Griesa intentaba demostrar que, pese a la “media verdad” voceada en Buenos Aires, los caminos siguen abiertos para que el default acotado en el que ha caído Argentina pueda ser revertido. El juez no ignora que un grupo de bancos de capital extranjero negocia con los llamados fondos buitres para comprarles la totalidad de los créditos que su sentencia les reconoció; ese paso, de concretarse, bajaría el telón del capítulo que se representa en su juzgado de la comedia de enredos (o farsa) de la deuda argentina no incluida en las negociaciones de 2005 y 2010.
El gobierno argentino luce contradictorio y en su conducta y en sus versiones sobre estas tratativas. Recuerda a esa señora que pidió a su vecina una cacerola en préstamo, se la devuelve abollada y se defiende diciendo: “Primero, nunca me prestaste ninguna cacerola; segundo, yo te la devolví en perfectas condiciones; tercero, cuando me la prestaste ya estaba abollada”. Por un lado, la Casa Rosada procura mostrarse virtuosamente intransigente frente a “especuladores” tan “voraces” como “codiciosos”, aunque bajo cuerda un sector del oficialismo alienta las negociaciones que otro sector obstruye; por una parte insiste en que no se ha entrado en ningún default y que se pretende pagar a todos los acreedores, por otra, insinúa con guiños de novela picaresca que quiere consumar un paguediós (justificado con la clásica indulgencia que se atribuye al que “roba a un ladrón”). Si hasta el jueves último apelaba al argumento de que era imposible pagar a los fondos litigantes la deuda que les reconoció el fallo de Griesa mientras estuviera vigente la cláusula RUFO (que otorgaría derechos equivalentes a todos los bonistas que ingresaron en las negociaciones con quita de los años 2005 y 2010), desde esa tarde el ministro de Economía y la propia Presidente discuten directamente el fallo del juez (“Una extorsión”, lo llamó Kicillof).
El miércoles 30 de julio, mientras atardecía en Manhattan, el ministro Axel Kicillof sepultó ante los periodistas reunidos en el consulado argentino en Nueva York toda posibilidad de acuerdo con los fondos que ganaron el juicio: relató allí que la reunión de la que en ese momento regresaba había sido un nuevo fracaso. Para probarlo alegó que los acreedores no quisieron solicitarle a Griesa que restableciera la medida cautelar que protegía durante su vigencia el pago a los bonistas que oportunamente aceptaron la quita y agregó que tampoco quisieron aceptar por sus acreencias un pago idéntico al que recibieron en su momento aquellos bonistas.
Kicillof pasó por alto un detalle relevante que quizás le hubiera permitido prever esa negativa: los malditos buitres habían pleiteado precisamente porque rechazaban aquella quita y no sólo consiguieron el fallo favorable de Griesa, sino también el de la Cámara de Apelaciones y la ratificación implícita de la Corte Suprema de Estados Unidos. Kicillof no se privó de maltratar verbalmente a Griesa ni de confesar su decepción por el mediador, Daniel Pollack, a quien acusó de haber tomado partido por los litigantes. Aseguró también que Argentina no pagaría por la deuda en poder de los buitres más de lo que había reconocido en aquellas negociaciones de 2005 y 2010.(¿Quién le pagaría cerca de 1.600 millones de dólares a los fondos cuando el ministro preferido de la Presidente jura que el Estado sólo recomprará por la tercera parte?). También dijo que no descartaba “negociaciones de terceros, privados” con los acreedores litigantes, aunque aseguró que él las desconocía.
Misiles sobre las negociaciones
En fin, no sólo bombardeó el juzgado y la gestión del mediador Pollack; con la primera de estas afirmaciones también lanzó un poderoso misil sobre una negociación privada que estaba en curso: la que intentaban banqueros argentinos ( de ADEBA, con la conducción fáctica de Jorge Brito, el impulso del presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, y la anuencia del secretario Legal de la Presidencia, Carlos Zannini), que se proponían ofrecer una suma de garantía y una promesa de compra de la deuda en manos de los malvados buitres para inducir a estos y a Griesa a reponer la medida cautelar que bloquearía el default con los “hold-in”.
Kicillof no desconocía esas tratativas, pero recelaba de ellas y estaba dispuesto a frustrarlas, como hizo. Compite con Fabrega y no le disgustaría verlo fuera del Banco Central; desconfía de Brito y suponía (con buenos motivos) que el banquero desplegaba la gestión de salvataje dando por descontado el auxilio y rescate estatal.
Así, Kicillof aseguró ese miércoles que el fracaso no tendría consecuencias negativas. “La vida sigue andando”. Si bien se mira, ese argumento destruye por anticipado la excusa que oportunamente quiera esgrimirse si las dificultades (como muchos suponen) crecen. ¿Culpará el gobierno a los buitres después de asegurar que no hay default y que el episodio, cualquiera sea el nombre que quiera dársele, no tendrá efectos? Después, inclusive, de aquella famosa frase del ministro donde aseguró que estaba “todo pensado”en materia del tironeo con los holdouts?
En cuanto a las consecuencias: el jueves el dólar blue superó los 13 pesos y los bonos y acciones, que habían subido días antes con la expectativa de un arreglo se derrumbaron. El banco suizo USB inició trámites para acelerar el pago de obligaciones en su poder. Algunos bonos están habilitados para que sus tenedores demanden la totalidad del valor a partir del primer incumplimiento. Las consecuencias no escasean. No sólo Standard and Poor’s y Ficht usaron el concepto de default (el gobierno descalifica a estas calificadoras porque las considera “cómplices” de los especuladores). La analista de riesgos crediticios Dagong también hundió la calificación argentina en la categoría D (“el gobierno argentino falló en realizar un pago acordado para el 30 de julio, ha incumplido con sus bonos en moneda extranjera”). La calificadora Dagong es china. ¿Tú también, Bruto?
El viernes, la Asociación Internacional de Swaps y Derivados (ISDA, por su sigla en inglés) dictaminó que el “evento crediticio” protagonizado por el estado argentino dispara el mecanismo de pago de los seguros por riesgo de default. La determinación puede catapular reclamos de otros acreedores del país, con bonos de vencimiento lejano, que podrían exigiur el pago anticipado del total de las obligaciones, amparados en la “cláusula de aceleración” que permite reclamar la cancelación total de obligaciones si el país ingresa en default.
Un default panglossiano
El domingo 27, en Página 12, un ideólogo del progresismo oficialista, Horacio Verbitsky, había deletreado la misma filosofía que Kicillof ante el default. ¿El programa que ya está bien pensado? “El acceso a los mercados voluntarios de capitales está ocluido hace muchos años, lo cual no fue óbice para el crecimiento (…)La financiación para inversiones privadas será un poco más difícil y onerosa para algunos, pero no para todos. El principal efecto será un incremento en el costo de los seguros para el comercio exterior. Nada agradable, pero tampoco el abismo que vaticinan(…) CFK pregona la inyección de más recursos para recuperar el consumo interno, sin temor a las siete plagas con que intentan condicionarla. La primera reacción del ministro de Economía Axel Kicillof cuando la Corte Suprema estadounidense dejó en firme el fallo con la forzada interpretación de la cláusula pari passu fue anunciar la apertura de un nuevo canje, bajo la ley argentina. El juez Griesa replicó prohibiendo a los agentes financieros cualquier paso en esa dirección. Pero esa orden perderá sentido la semana próxima. En ese momento será posible convocar al nuevo canje, algo que con toda probabilidad será aprovechado por quienes reestructuraron sus tenencias en 2005 y 2010, porque les permitirá volver a cobrar eludiendo el escollo judicial con el que Griesa intentó someter a la Argentina. Ya sin esa vulnerabilidad, si el 85 por ciento de los hold-in aceptara la oferta, la cláusula de acción colectiva que ahora se incluye en toda reestructuración forzaría la aceptación del resto. Así, el arma que hoy apunta al corazón de la Argentina se vería como una inofensiva pistola de juguete.”
Esta es la postura que minimiza el default (que "no existe").
No es la única posición interna del oficialismo.
Mucho menos es la postura predominante en la sociedad.
Por este motivo es posible pensar que lo que estas voces dan por un hecho sin consecuencias puede ser revertido. Y seguramente lo será.
El default es una necedad. Para usar palabras de Kicillof: “una pavada atómica”. Cuanto más se tarde en terminar con él más dolorosos y duraderos serán sus efectos sobre el país. Con prudencia, algunos gobernadores se mueven ya tratando de prevenir despidos.
Las encuestas favorables con que hoy elige encandilarse un sector del oficialismo son una ilusión. Otros gobernantes , en un pasado no an lejano, se engañaron con quimeras parecidas y cuando imaginaron divisar un oasis sólo encontraron arena para su sed.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 2 de Agosto de 2014