domingo, 3 de agosto de 2014

Rehenes de un default que sin ser, es…

Por Gabriela Pousa (*)

Nuevamente, los argentinos somos rehenes de un gobierno cuyo mapa no conduce a ningún lado, ni siquiera a la caída libre en un abismo real o imaginario. Cristina nos conduce por esa ruta en el sur de Santa Cruz que empieza en la nada y termina en ningún lado. Pérdida de tiempo, el único recurso no renovable del ser humano.

Pero la mandataria marcó una vez más la agenda. El default planteado como causa nacional reditúa en las encuestas: “Patria si, Colonia no”. Ningún slogan dio tanto resultado. Los fondos buitre son a la Presidente lo que las Malvinas fueron a Galtieri. La batalla final.

Vamos ganando“, agita la jefe de Estado, ese es el relato, los hechos poco tienen que ver en todo esto. “Somos las víctimas, ellos los victimarios“. Nada nuevo, nada que no esperáramos. En los despachos de Balcarce 50 en cambio, aguardaban el apoyo de Barack Obama no entendiendo la lógica del mundo civilizado donde la Justicia va por su lado y el Ejecutivo por el suyo.

Y ciertamente Thomas Griesa, con sus virtudes y sus flaquezas, no es un correlato de Norberto Oyarbide ni emergió de La Cámpora ni viste camiseta partidaria. Acá eso es cosa rara. Griesa es un administrador de justicia. Falla y el fallo se acata, no es tan complicado, pero está visto que en Argentina se necesita un manual para saber como funcionan los países desarrollados.

En su momento, Leopoldo Galtieri también creía que Estados Unidos brindaría su apoyo a la Argentina y no a Inglaterra. La imaginación de nuestra dirigencia no contempla el afuera, se nutre de fantasías internas, auto vendidas como ciertas. “Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; y este aplauso, que recibe prestado, en el viento escribe, y en cenizas le convierte (…)”, diría Segismundo, ese personaje peculiar de Calderón de la Barça.
Argentina Potencia, Estados Unidos e Inglaterra novatos improvisados, así lo pensaron.

En rigor, el oficialismo no sorprende siquiera. La metodología que utiliza es la misma desde el primer día. Jamás el gobierno asumió responsabilidades, siempre fue el mártir autoproclamado esperando contención de un pueblo, que si acaso se la niega, igual lo deja hacer como si no lo afectara el resultado de sus actos.

Hoy por hoy, en la calle se debate un tema que es ajeno al común de la gente pero cuyas repercusiones se han de sentir en su mesa. Nada parece importar demasiado, faltan 500 días, y ese lapso agiganta el hastío y una nueva forma de indiferencia: la catarsis en redes sociales donde todos saben las preguntas pero huelgan las respuestas.

Es la nueva terapia del argentino medio, el instrumento del burgués gentil hombre, el escapismo. Cristina huye de la realidad, la sociedad en gran medida hace lo mismo aunque sea duro de aceptar. La diferencia es que el primero se perjudica a sí mismo, en cambio la jefe de Estado involucra a 40 millones de ciudadanos. No es un detalle, claro. Un tuit es inofensivo, un decreto, un pacto puede ser lapidario.

Un país en bancarrota puede emerger de varias formas. Antes o después, Argentina será lo que algún día fue. Sin embargo, de la destrucción cultural, del vacío de principios, de la inmoralidad no se regresa con facilidad. No hay préstamo de ningún organismo financiero internacional que otorgue lo que ya no hay. La decadencia educativa y social tardará muchísimo más.

Generaciones enteras compraron la política de antinomias: ese Braden o Perón, ese Boca o River, ese blanco o negro sin matices. Es la dialéctica que impuso el kirchnerismo, preparando siempre el escenario para un gran circo aunque después ofrezca más de lo mismo.

Cristina no niega la realidad, la oculta nada más. En el fondo de sí sabe que está tapando el sol con la mano, y eso no ha de impedir las consecuencias en el largo plazo aunque ayude a la coyuntura. Y la coyuntura para el gobierno nacional se limita a una encuesta donde diga que a la Presidente la apoya más gente que a los demás. Si es verdad no interesa, lo importante es que la jefe de Estado se auto convenza.

Y además hay un sector interesante de la sociedad que ama la épica de la guerra que no pelea, y para el cual “Patria o Buitres” le da sentido a su existencia, es un modo de pertenecer, una referencia a la que asirse para no sentirse tan paria en una geografía donde nada es lo que parece ser.

Los significados han cambiado. La dirigencia armó su propio diccionario. El contenido o la definición de las palabras está dado implícita o explícitamente en cada recitado. No es inocente el uso y la elección de ciertos términos. El azar no tiene cabida en este macabro juego por imponer determinadas creencias a través de la manipulación alfabética.

Los maquiavelos del lenguaje están a la orden del día. En cada alocución se recurre a conceptos universalmente indiscutidos como inclusión, distribución de la riqueza, etc. De ese modo, aquel que cuestiona va a contramano de lo políticamente correcto. Nótese que quienes más ganancias generan no son nunca considerados exitosos en sus tareas. Apenas son “ricos”, termino devenido en sinónimo de desalmados pues, si atesoran más bienes es porque usurparon a marginados. Interpretación maniquea si las hay.

Hoy ser rico es ser malvado… El enriquecimiento presidencial, sin embargo, obtiene una traducción sustancialmente diferente. Es fruto de una “exitosa gestión de abogada“, no del saqueo a la gente. Para otros funcionarios, la riqueza, en cambio, es sinónimo de “herencia“, generalmente de la esposa o la suegra.

Este proceso de “idiomatización” vulgar, propicia y acentúa aún más la apabullante decadencia en la que nos hallamos. Y claro, el default así no es default aunque se escriba y se pronuncie con las mismas letras.

A un sabio chino, en tiempos remotos, le preguntaron que haría en primer lugar si tuviera el poder de arreglar los asuntos del país. Este respondió: “Cuidaría que el lenguaje se usara correctamente.”

Todos se miraron perplejos. Este es, dijeron, un problema secundario y trivial. ¿Por qué os parece tan importante? Y el Maestro explicó: “si el lenguaje no se usa correctamente, lo que se dice no es lo que se quiere decir. Si lo que se dice no es lo que se quiere decir, lo que debiera hacerse quedaría sin hacer. Y si eso quedara sin hacerse, la moral, la vida y la política se corromperían. Si la moral, la vida y la política se corrompieran, la Justicia se descarriaría. Si la Justicia se descarriara, las personas quedarían indefensas y sumidas en un gran caos y confusión”.

En ese caos y en esa confusión estamos, de tal manera que todos hablan pero ninguno se expresa. Y no hay sutilezas.

(*) Gabriela Pousa. Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 1º de Agosto de 2014