domingo, 7 de septiembre de 2014

En el país y en la región ya se vislumbra un ciclo nuevo

Por Jorge Raventos (*)

Este miércoles el gobierno consiguió media sanción legislativa para sus proyectos de Ley de Abastecimiento y de pago local de la deuda. Demostró así que, aunque el objetivo le exija precios cada vez mayores, todavía puede disciplinar sus fuerzas en el Congreso.
Es probable que se trate de un logro residual en el marco de un debilitamiento creciente. Mientras el Senado debatía esos asuntos, el ministro de Economía Axel Kicillof pasaba la gorra en Beijing, tratando de hacer efectivas las promesas chinas de créditos y alivio financiero.
¿Retorno a enero?
Las reservas del Banco Central volvieron a bajar en agosto y en lo que va del año acumulan una caída de 1.987 millones. Los meses por delante no prometen muchos dólares: el grueso de la cosecha se liquida en el primer semestre. En cambio, la demanda de divisas crecerá. Un síntoma: el último lunes se vendieron 39 millones de dólares a ahorristas individuales, la mayor cifra desde el caliente enero de la devaluación.
En aquel momento la fuga de reservas era una sangría que, si seguía al mismo ritmo, en dos meses sumía al país en la insolvencia. Se trataba de la segunda manifestación de crisis externa en poco tiempo: ya en octubre de 2011 se había acelerado la fuga de capitales (ascendió ese mes a 3.400 millones de dólares) y la pérdida de reservas, un fenómeno de crisis de confianza que el gobierno buscó frenar a través del corralito cambiario y el control de las importaciones.
En enero, la fuga consiguió revertirse merced a la devaluación y el intento de recuperar confianza con la hoja de ruta para la transición: se generó una expectativa esperanzada, particularmente a partir de los intentos de NEP manifestados por la negociación con Repsol y la búsqueda de arreglo con el Club de París.
Pero el parate en la resolución del tema holdouts (y, sobre todo, la inflamada retórica que lo acompaña) provocaron una reacción.
Se necesitan dólares. Pero, trabada la solución con los holdouts, que iba a abrir las posibilidades del financiamiento en el mercado, las opciones que se abren son sombrías. El proyecto de “pago soberano”, que seguramente obtendrá su sanción plena en la Cámara de Diputados muy difícilmente, encuentre aceptación por parte de los acreedores.
El dólar paralelo ahora trepa buscando los 15 pesos.
Aunque parezca paradójico, es el propio gobierno el que estimula el fenómeno a través de un gasto y una emisión de moneda formidables: los argentinos se desprenden de los pesos recién salidos del horno a velocidad creciente y demandan dólares, sea directamente, para atesorarlos, sea a través del consumo de autos o electrónicos, que contienen masivamente insumos importados (y por ende, requieren dólares).
La presidente no asume la responsabilidad oficial y, actitud clásica, proyecta culpas sobre otros. Por ejemplo, reclama a las automotrices que no “encanuten” los vehículos que producen. Ocurre, en rigor, que las fábricas no reciben dólares para cancelar sus deudas por importación de partes y se preguntan cuánto les costarán esos dólares cuando los consigan. Hoy deberían vender a ciegas, sin saber el costo real de los autos que contienen esas piezas. Por eso estoquean. Por desconfianza o perplejidad sobre las reglas de juego.
El mercado se prepara para un incremento de la brecha entre el dólar oficial y el paralelo seguido de devaluación; más restricción a la importación de insumos y, por lo tanto, más recesión (la industria ya lleva un año cayendo) con sus dolorosas secuelas sobre el empleo.
De la expectativa a la decepción
Después de los sustos de enero, el gobierno había conseguido generar una expectativa esperanzada a partir del giro manifestado en la negociación con Repsol y la búsqueda de arreglo con el Club de París. Pero la ruptura de las negociaciones con los holdouts (y sobre todo la retórica empleada en ese contexto) quebró aquella expectativa, decepcionó y avivó la crisis de confianza.
Esta se expresa en fenómenos como la creciente velocidad con que la gente busca desprenderse de los pesos, la agitación social (huelgas, piquetes) y también la resistencia y unidad empresarial frente a iniciativas de la Casa Rosada. Con la crisis de enero se empezó a constituir el Foro de Convergencia empresarial, del que algunas organizaciones sólo participaban a título de observadoras y no votaban sus pronunciamientos. Hoy esas timideces han caído y se puede observar al G6 –reunión de las mayores organizaciones- emitiendo comunicados unánimes denunciando la inconstitucionalidad de la reforma de la ley de abastecimiento así como a empresas y entidades manifestando su oposición al aislamiento y a la interrupción de la hoja de ruta de transición. Por caso, Luis Pagani, número uno de Arcor, uno de los grupos empresarios con más espaldas del país, acaba de subrayar su preocupación: “Argentina se encerró y perdimos mercados. Respecto al conflicto con los holdouts, a las empresas con necesidad de financiamiento, eso nos complica”.
¿El fracaso K “se lleva puesto” al peronismo?
Este panorama de turbulencias e inquietudes estimula el optimismo de las corrientes no peronistas, que trabajan sobre la idea de que el fracaso K “se lleva puesto” al peronismo. Esa ilusión ajena también opera como un anticuerpo en el seno del justicialismo: la presencia de una amenaza competitiva funciona como un tónico.
Es posible que los reagrupamientos que empezaron a manifestarse en octubre del año pasado y que determinaron la derrota oficialista en la provincia de Buenos Aires y el fin de los sueños re-reeleccionistas, sigan su curso. Sergio Massa y su red de intendentes fueron el eje en aquella instancia. Ahora se tramita un reagrupamiento mayor, sea para antes o para después de las PASO.
Ya son públicas las conversaciones entre Massa, Rodríguez Saa y el gobernador de Córdoba, José Manuel De la Sota. Este ha declarado que aspira a ir más allá y que buscará a Scioli y otros gobernadores. “Hay que hablar con todos”, dijo.
Scioli , por su parte, le ha pedido públicamente a De la Sota que trabaje por la unidad del peronismo. Se registran en La Plata signos de una (siempre prudente) búsqueda de autonomía.
Se sabe que hay sectores del peronismo territorial que están reuniéndose con la finalidad de divorciar en la provincia de Buenos Aires al Partido Justicialista del Frente para la Victoria, para facilitar que Sergio Massa, José Manuel De la Sota y Daniel Scioli compitan en un mismo espacio.
Fantasías o propuestas de improbable concreción, importan como indicación de que el peronismo no está dispuesto a seguir la suerte del kirchnerismo.
Más allá de las candidaturas, en el paisaje político actual el kirchnerismo va devaluando su relevancia: cada día que pasa el gobierno está más cerca de su fin y, por lo tanto, más vulnerable (aunque conserva instrumentos de presión; sigue teniendo la caja: 7 de cada 10 pesos que se tributan en el país van a parar al tesoro central).
Por eso, a medida que evoluciona la transición la disputa principal deja paulatinamente de estructurarse alrededor del eje oficialismo versus oposición (kirchnerismo-antikirchnerismo), para trasladarse a los pilares del sistema político venidero: peronismo/no-peronismo.
Un nuevo ciclo en la región
El paisaje postkirchnerista empieza a dibujarse dentro y fuera de la Argentina. Por caso,en un Brasil que, en vísperas de sus elecciones presidenciales, elabora un nuevo consenso con la irrupción de la candidatura de Marina Silva (a quien las encuestas anticipan como ganadora en segunda vuelta).
La candidata es, ella misma, la corporización de una convergencia: negra, hija de una humildísima familia campesina, analfabeta hasta la adolescencia, cristiana que pasó por las filas del comunismo revolucionario, adquirió una formación académica, se convirtió en líder ambientalista, fue ministra del gobierno de Lula Da Silva, irrumpió como candidata presidencial en la elección anterior y alcanzó el 20 por ciento de los votos; hoy plantea un programa de renovación del sistema político, integración con el mundo, comercio libre con todos (habla específicamente de la Unión Europea y Estados Unidos y se entrevé que mira también a China), propone flexibilizar el Mercosur y acercarlo a la Alianza del Pacífico; propone la autonomía del Banco Central, disminuir la intervención estatal en el mercado de divisas, cuentas públicas más transparentes y un compromiso claro con la meta de inflación de 4,5 por ciento anual, para que el país “recupere credibilidad”. Brasil, que creció con Lula y se estancó después de incorporar 50 millones de personas a la clase media, busca con Marina Silva un nuevo camino, moderno, progresista y de mercado, alejado del chavismo y sus secuelas.
Lo que venga después del kirchnerismo podrá llevar del dicho al hecho la retórica actual de unidad sudamericana, dándole los contenidos de la época, en un nuevo contexto regional y mundial.
Como suele decir la Presidente (aunque no en el sentido que ella quiere darle), el mundo se está cayendo encima de la Argentina.
Pero como oportunidad, no como catástrofe.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 6 de Septiembre de 2014