domingo, 28 de septiembre de 2014

No entienden de lo que hablan

Por Vicente Massot (*)

Cristina Fernández fue a buscar al Vaticano algo para lo que no se necesitaba ser un experto en la materia para darse cuenta de que lo iba a encontrar. No fue a pedirle al Papa que bendijese su política social o el proyecto ideológico que encabeza desde la muerte de su marido. Hubiese sido una osadía inaudita de su parte, condenada —de antemano— al fracaso. La presidente puede ser obcecada hasta un grado inimaginable cuando se le mete algo en la cabeza, pero no al extremo de ignorar los límites que le impone la figura de Francisco. Contra lo cual, tiene con el Sumo Pontífice una coincidencia nacida de su común filiación peronista y de su ignorancia supina respecto de lo que significa el capitalismo. Ni el sucesor de Pedro ni la viuda de Kirchner entienden el ABC del tema. Hacen lo que, de ordinario, ensayan los ignorantes que no saben de lo que hablan: se pierden en generalidades o, si se prefiere, en vaguedades.
El Papa no va a cargar lanza en ristre contra los Estados Unidos ni va a convocar a una cruzada contra los fondos buitres pero para la estrategia de la Fernández basta una de esas parrafadas —a los cuales este Papa es tan afecto— acerca de la maldad de los financistas internacionales o del capitalismo voraz. El gobierno, convencido de que la estrategia que más le conviene —mientras pueda— es la de ganar tiempo huyendo hacia adelante, se halla abocado a juntar firmas —es una forma de decirlo— entre quienes estén dispuestos a ladrarle a la luna. Que eso es —ni más ni menos— lo que se consigue en los foros internacionales a los que asiste la presidente para discursear, mientras en el país se está formando la tormenta perfecta. Como quiera que sea, los problemas argentinos se substancian de fronteras para dentro y en ese orden de cosas uno de los fenómenos a los que resulta menester prestarle atención —básicamente por las consecuencias electorales que puede tener— es la relación de Macri, el radicalismo y UNEN.
Si hiciéramos una compulsa entre las personas poco o nada politizadas —que son mayoría en el país— y les preguntáramos si conocen a Eduardo Costa, José Cano, Oscar Castillo, Atilio Benedetti, Humberto Valdés, Aida Ayala, Horacio Quiroga y Julio Martínez, seguramente acusarían su ignorancia respecto a los mismos. Sus respuestas quedarían registradas en el casillero correspondiente a los NS/NC (no sabe / no contesta). En cambio, si a las mismas personas les dijésemos si saben algo de Ernesto Sanz, Julio Cobos y Ricardo Alfonsín, contestarían que sí y no estarían mintiendo.
No tiene nada de ilógico que el primer pelotón de políticos mencionados antes sea, en buena medida, un conjunto desconocido y al segundo, inversamente, lo conozcan hasta las piedras. La razón es bien sencilla: mientras aquéllos son caudillos radicales de distintas provincias de menor envergadura —Chaco, Santa Cruz, Tucumán, Catamarca, La Rioja y Neuquén—, éstos constituyen la flor y nata de la dirigencia de ese partido a nivel nacional. Y, sin embargo, en atención a cómo se perfila el calendario electoral ante de los comicios de octubre del año próximo, podría resultar que los jefes locales asumiesen, con el correr de los meses, un protagonismo y una importancia, en parte, superior a la de los líderes nacionales.
Sucede con el partido de Alem y de Irigoyen algo que nunca antes pasó desde su creación.
Sin un candidato presidencial con posibilidades de meterse entre los dos primeros y disputar una segunda vuelta, pero con buenas chances de alzarse ganador en varias provincias sólo si se alía con el PRO o —en menor medida— con el Frente Renovador, los intereses de quienes —eventualmente, como fruto de un acuerdo— están en condiciones de triunfar en sus respectivos distritos —por insignificantes que sean— no se compadecen del todo con los de aquellos a los cuales la política testimonial parece conformarles desde hace tiempo.
Es un secreto a voces, entre los radicales de las provincias arriba enumeradas, que si fuesen en solitario a las urnas se deberían conformar, por aferrarse a mitos apolillados, con mirar cómo alguno de los candidatos justicialistas les quitan en sus propias narices la gobernación. Todo cambiaría si —al margen de cuanto decida en Buenos Aires el comité nacional— ellos acortasen diferencias, hiciesen de la necesidad virtud y marchasen juntos, codo a codo, con el PRO. Cuanto sucedió en Marcos Juárez el domingo 7 es algo más que una muestra. Es una demostración cabal del peso específico y de las perspectivas que se le abrirían a una alianza de esa naturaleza, no sólo en Córdoba sino en todo el país.
Como la inquietud que se ha generalizado en las filas radicales es grande y no es desconocida por las autoridades nacionales de la agrupación, se ha dejado a cada uno de los territorios o distritos provinciales libertad de acción a la hora de forjar alianzas y de establecer, con arreglo a un criterio localista, cuál es la mejor estrategia de cara a los comicios que comenzarán a substanciarse a partir del próximo mes de marzo.
De la misma manera que todavía representa una incógnita cuál camino tomará la UCR en el seno de la UNEN y cuál habrá de ser, en definitiva, su relación con Macri, comienza a aclararse la situación de, al menos, ocho distritos en donde las negociaciones entre radicales y macristas están a la orden del día. Si sellarán o no un acuerdo antes de fin de año no es cuestión fácil de discernir. Pero todo indica que una alianza entre unos y otros resultaría beneficiosa para ambos. Cuando en un casamiento las dos partes tienen más para ganar que para perder, salir corriendo del Registro Civil implicaría una torpeza o, en este caso, un suicidio. ¿Por qué, pues, los distintos radicalismos del interior preferirían perder a ganar cuando el triunfo electoral parece hallarse al alcance de la mano?.
En punto a Sanz, Cobos y Alfonsín –aunque este último sólo tiene a favor el apellido y nada más— el problema es mucho más difícil de resolver. Por un lado están las cuestiones de celos y de protagonismos que forman parte de la política. Por el otro, los mandatos que arrastra la UCR en términos de sus observancias ideológicas. Macri genera todavía un rechazo que se corresponde mal con un partido que parece olvidar que tuvo a Marcelo Torcuato de Alvear en sus filas. Y eso sin contar —pequeño detalle— con la actual orfandad de presidenciables competitivos que le aqueja.
En otras circunstancias, con un Alfonsín en su esplendor o un Ricardo Balbín vivo, carecería de sentido una apertura en pos del PRO. Pero los tiempos han cambiado, las expectativas de la gente también y el radicalismo por momentos semeja a uno de esos partidos atado a preceptos que lucen fuera de época y amenazan convertirlos en piezas de museo. Si acaso la decisión final fuese aunar esfuerzos junto con Binner y presentarse a los comicios tratando —desde un frente de centro izquierda, por llamarle de alguna manera— de competir con el PRO, con el neokirchnerismo y con el Frente Renovador, lo más seguro es que deba conformarse con un poco decoroso cuarto puesto. Habría, en tal caso, hecho honor a la política testimonial y quedaría lejos del poder.
De todos los dirigentes que, en estos momentos, forman el pelotón más distinguido de UNEN, sólo Elisa Carrió esta plenamente convencida —junto a Oscar Aguad— de la imperiosa necesidad de acortar distancias con el macrismo y concurrir juntos a la puja electoral de octubre de2015. El mendocino Ernesto Sanz —que acaricia la esperanza de acompañar en la fórmula a Mauricio Macri— no termina de decidirse aunque en petit comité dice no tener los reparos que vocean en contra, a los cuatro vientos, Julio Cobos y el socialista Hermes Binner.
Nadie apostaría un centavo a que UNEN, tal cual está constituida, pueda en algún momento abandonar sus disidencias internas y aceptar que el PRO compita contra sus listas en las PASO de agosto próximo. Cualquier sabe, al mismo tiempo, que si los radicales acuerdistas tensasen la cuerda, Binner, Stolbizer, Donda, Pino Solanas, Alfonsín y Tumini se marcharían pegando un portazo. Conclusión: la unidad de UNEN sólo puede salvarse excluyendo a Macri y, al mismo tiempo, despidiéndose de la posibilidad de compartir el poder.
Esto —se entiende— si UNEN sigue vigente en el segundo trimestre de 2015 y tiene alguna trascendencia. Porque bien podría suceder que —conforme trascurran las semanas— las grietas visibles en ese verdadero mosaico de opiniones se conviertan en abismos. En esas circunstancias, estaría a la vuelta de la esquina la posibilidad de que lo que hoy está pegado con saliva se fracture sin remedio y haya una divisoria de aguas en donde queden de un lado Carrió, Aguad y Sanz —con buena parte de los distritos provinciales— y del otro Cobos, Alfonsín, el socialismo y la izquierda.
Macri —que no buscó la alianza y, no obstante ello, es el desvelo de UNEN— se halla en una posición de momento inmejorable. Crece en las encuestas y tiene tiempo para finalmente decidir si le conviene la alianza o si es preferible marchar a los comicios solo. Dependerá, sin duda, de dos cuestiones: la intención de voto que registre a más tardar en junio y la vocación rupturista de parte de la UCR. Si Macri estuviese en el primer o segundo lugar de las preferencias de la gente, la necesidad de sentarse a negociar un acuerdo sería relativa. Si figurase tercero, obviamente las cosas cambiarían.
Mientras los radicales, socialistas e izquierdistas no dejan de pelearse en privado y en público en cuanto a si conviene o no abrirle las puertas al PRO, Macri —de manera paciente—gana terreno entre la gente. Nunca como en los comicios por venir habrá que recordar algo elemental: votan las personas del común, de carne y hueso, anónimas. A las cuales —además— la política mucho no les interesa y la mayoría de los dirigentes les parecen aburridos.
(*) Vicente Massot. Periodista, Director del Diario La Nueva Provincia. Artículo publicado en "La Prensa Popular" el 25 de Septiembre de 2014