domingo, 21 de septiembre de 2014

¿Quién le teme a la ingobernabilidad?

Por Jorge Raventos (*)

Después de almorzar con el Papa en la residencia Santa Marta de El Vaticano (adonde llegó con una comitiva de 33 personas), la señora de Kirchner se encargó de destacar que Francisco “"no está preocupado por la gobernabilidad del país". La Presidente quiso así desmentir a monseñor Guillermo Karcher, argentino, jefe de protocolo papal y muy cercano al Pontífice, quien había mencionado aquella inquietud días antes de la visita.
La Casa Rosada pretende que el tema de la gobernabilidad no sea meneado en público, pero los comentarios abundan por la convergencia de varios factores. En primer lugar, una situación económica caracterizada por la contracción productiva, la caída del empleo y la creciente inflación está operando negativamente sobre el humor social, siempre perturbado por la inseguridad pública.
A ese mar de fondo hay que agregar los conflictos en el seno del oficialismo: el ministro de Economía y el presidente del Banco Central se desconfían y se hacen zancadillas, mientras las reservas se encogen y la gente se desprende de pesos para refugiarse en el dólar inclusive a costa de pagar en el mercado paralelo un precio que ya superó los 15 pesos. Hasta los gremios más sumisos empiezan a reclamar acción oficial para detener y compensar la pérdida de poder adquisitivo de los salarios.
Los peronistas que se mantienen dentro de las fronteras que custodia el gobierno ven con disgusto que su destino electoral está en manos de equipos que se desentienden de sus necesidades políticas y que, para peor, parecen desorientados ante la crisis.
La cuota de confrontación que regularmente impone el estilo del Poder Ejecutivo incrementa el malestar y acentúa el aislamiento: la reforma de la ley de abastecimiento, que el oficialismo impuso esta semana con el voto de sus diputados, amplió la desconfianza empresarial y distanció más aún la perspectiva de inversiones, ya alarmadas por la estrategia esgrimida para afrontar el tema de los holdouts.
En fin, la presencia de Amado Boudou (un procesado serial) como reemplazante de la señora de Kirchner en la presidencia, opera como recordatorio de otros casos de corrupción o uso irresponsable de los fondos públicos y le suma otra contrariedad al argentino medio.
Con ese panorama (y sin entrar en más detalles) suena razonable que el Papa argentino abrigara alguna intranquilidad por la extensa transición en curso, que culmina recién en octubre/diciembre de 2015. Pero la Presidente asegura que el Papa no está preocupado por la gobernabilidad, y ¿quién va a desconfiar de su palabra?
El stand-up de Kirchner junior
Antes de partir rumbo a Roma y New York, la señora de Kirchner tuvo un alegrón. Su hijo mayor, Máximo, se animó al debut escénico y afrontó una multitud (adicta) en el estadio de Argentinos Juniors. Fue el sábado 13, fecha para recordar.
El hijo de la Presidente se atrevió al micrófono ante tribunas repletas, convocadas por La Cámpora, esa suerte de prelatura personal de la Presidente que él mismo ha orientado por años desde la penumbra. Su discurso fue un repaso discreto de los clichés acostumbrados del oficialismo. En materia de labia, Máximo heredó más de su padre que de la Presidente.
La mayoría de los analistas eligió destacar la alusión desafiante a la frustrada idea de una nueva candidatura de su madre. “"Si Cristina está tan mal y no sirve, si quieren acabar con el kirchnerismo, por qué no dejan y compiten con Cristina, y le ganan a Cristina y sanseacabó", disparó sin vacilaciones.
“Sólo fue retórica”, confesarían luego otros lenguaraces de La Cámpora al referirse a esa frase de Máximo K. En efecto. El kirchnerismo (empezando por la señora y su hijo mayor) es conciente de que tal candidatura está muerta y sepultada, no sólo porque la impide la Constitución, sino porque la realidad la ha convertido en absolutamente inviable.
El desafío a “la oposición”, con el que el kirchnerismo pretende deslegitimar anticipadamente a quienquiera sea su sucesor, podría invertirse: si el círculo K está tan empeñado en que la Señora sea candidata el año próximo, que convoque a una consulta popular sobre el tema. Ese entorno sabe bien cuál sería el resultado abrumador de un plebiscito de tal naturaleza. Por eso no lo intenta y se queda con la retórica.
La Señora no puede ser candidata. Y, sin ella, el oficialismo necesita perentoriamente un protagonista propio en las boletas de 2015 para abroquelar sus fuerzas, retirarse en orden y prepararse para una revancha.
¿Qué posibilidades de sobrevida tendrá una fuerza que nació y vive del Estado una vez que pierda el manejo de sus instrumentos?
El kirchnerismo pretende perdurar irreversiblemente; y si “para defender los trapos” llegó a pensar en una candidatura presidencial de Axel Kicillof, ¿cómo no se le va a ocurrir utilizar otra vez el apellido mágico sobre el que gira su existencia?
Kirchner junior fue medido como candidato en Santa Cruz y obtuvo resultados que lo decepcionaron. En el mundo más bien chico de la provincia patagónica lo conocen de cerca. En cambio, una candidatura suya a nivel nacional le permitiría canalizar al electorado que aún mantiene fidelidad a todo lo que representaron sus padres en esta década. Hay analistas demoscópicos que aseguran que la Señora cuenta con un caudal firme de alrededor del 20 por ciento y que en la elección del año próximo esa clientela estaría dispuesta a votar a un kirchnerista de lealtad certificada, se llame como se llame. Mejor si el nombre es Kirchner, claro.
Sobre todo, un Kirchner en la interna del Frente para la Victoria sería un verdadero desafío para cualquier otro precandidato de ese palo. Sería un nuevo proyectil para dañar a Daniel Scioli, parte de cuyos posibles votantes en esa interna pertenecen al universo K.
En fin, un Máximo Kirchner lanzado a la carrera electoral nacional puede encender el decaído ánimo de sus fuerzas. Puede dejarse correr la idea de que la Señora sería jefa de gabinete de una eventual presidencia de su hijo, aplicando la fórmula que usó Vladimir Putin tras imponer la presidencia de su discípulo Dmitri Medvédev o, si se quiere, adaptando a las circunstancias actuales la sucesión conyugal que inventó el finado Néstor Kirchner para retener el gobierno en el seno de la familia.
"¿Quién no piensa que Máximo puede ser candidato a alguna instancia?", lanzó Mariano Recalde, el renombrado jefe de Aerolíneas Argentinas y miembro dela cúpula camporista.
En verdad, el kirchnerismo ni puede ganar ni sueña con hacerlo, pero aspira sí a mantener un caudal que desaliente a sus competidores internos, sostenga su representación parlamentaria y le haga el aguante a las incrustaciones institucionales que confía en dejar instaladas: sobre todo en la Justicia, (un espacio particularmente sensible para sus necesidades). Kirchner junior puede ser una herramienta para esa estrageia.
Otro uso posible de Máximo en la escena electoral: sugerirle a todos los precandidatos del Frente para la Victoria que lo lleven en la fórmula como postulante a la vicepresidencia. Así, cualquiera que gane en las PASO oficialistas tendría el apellido Kirchner en la fórmula como sello de identidad. ¡Qué momento para algunos precandidatos!
Se trata de conjeturas, claro. Pero estas hipótesis se inscriben en el contexto del obligado retiro de un círculo de gobierno que se desespera al pensar en el futuro que se abrirá cuando deba abandonar el refugio del poder, las cadenas nacionales y el manejo de las cajas. Y en una transición sobre la que aletea el fantasma dela ingobernabilidad.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 20 de Septiembre de 2014