domingo, 12 de octubre de 2014

El mito del fracaso del capitalismo

Por Ludwig von Mises (*)

La casi universal opinión expresada estos días es que la crisis económica de años recientes señala el fin del capitalismo. Supuestamente el capitalismo ha fracasado, se ha mostrado incapaz de resolver los problemas económicos y por tanto la humanidad no tiene otra alternativa, si quiere sobrevivir, que hacer la transición a una economía planificada, al socialismo.
Apenas es una nueva idea. Los socialistas siempre han mantenido que las crisis económicas son el resultado inevitable del método capitalista de producción y que no hay otro medio de eliminar las crisis económicas que no sea la transición al socialismo. Si estás afirmaciones se expresan hoy con más fuerza y generan una mayor respuesta pública, no es porque la crisis sea más grande o larga que sus predecesoras, sino más bien principalmente porque ahora la opinión pública está mucho más fuertemente influida por las opiniones socialistas de lo que estaba en décadas precedentes.

I
Cuando no había teoría económica, la creencia era que quien tuviera el poder y estuviera decidido a utilizarlo podía hacer cualquier cosa. Por el bien de su bienestar espiritual y con un punto de vista dirigido a su recompensa en el cielo, a los gobernantes sus sacerdotes les advertían que ejercieran moderación en su uso del poder. Tampoco se cuestionaban los límites de las condiciones propias de la vida humana ni de este poder, sino que más bien se consideraban ilimitados y omnipotentes en el ámbito de los asuntos sociales.
La fundación de las ciencias sociales, el trabajo de un gran número de grandes intelectos, de los que David Hume y Adam Smith son los más destacados, ha destruido esta idea. Uno descubrió que el poder social era espiritual y no (como se suponía) material y, en el sentido más estricto de la palabra, real. Y se produjo el reconocimiento de una coherencia necesaria dentro de los fenómenos del mercado que el poder es incapaz de destruir. También se entendió que en los asuntos sociales operaba algo sobre lo que los poderosos no podían influir y a lo que tenían que acomodarse, igual que tenían que ajustarse a las leyes de la naturaleza. En la historia del pensamiento humano y la ciencia no hay un descubrimiento mayor.
Si uno parte de este reconocimiento de las leyes del mercado, la teoría económica muestra qué tipo de situación se produce por la interferencia de la fuerza y el poder en los procesos del mercado. La intervención aislada no puede llegar al fin que pretenden las autoridades al aprobarla y debe generar consecuencias que son indeseables desde el punto de vista de las autoridades. Incluso desde el propio punto de vista de las propias autoridades, la intervención es dañina y sin sentido. A partir de esta percepción, si uno quiere disponer la actividad del mercado de acuerdo con las conclusiones del pensamiento científico (y pensamos en estos asuntos no solo porque estemos buscando conocimiento por sí mismo, sino también porque queremos disponer nuestras acciones de forma que podamos alcanzar los objetivos a los que aspiramos), uno llega inevitablemente a un rechazo de dichas intervenciones por ser superfluas, innecesarias y dañinas, una idea que caracteriza a las enseñanzas liberales. No es que el liberalismo quiera incorporar estándares de valor a la ciencia: quiere tomar de la ciencia una brújula para las acciones del mercado. El liberalismo utiliza los resultados de la investigación científica para construir la sociedad de tal manera que sea capaz de darse cuenta lo más eficazmente posible de los propósitos que pretende alcanzar. Los partidos político-económicos no difieren en el resultado final que buscan, sino en los medios que deberían emplear para alcanzar su objetivo común. Los liberales son de la opinión de que la propiedad privada en los medios de producción es la única forma de crear riqueza para todos, porque consideran impracticable el socialismo y porque creen que el sistema de intervencionismo (que, de acuerdo con las opiniones de sus defensores está entre el capitalismo y el socialismo) no puede alcanzar los objetivos de sus partidarios.
La visión liberal ha encontrado una aguda oposición. Pero los opositores del liberalismo no han tenido éxito en socavar su teoría básica ni la aplicación práctica de esta teoría. No han buscado defenderse frente a la aplastante crítica que los liberales han lanzado contra sus planes por refutación lógica; por el contrario, han utilizado evasiones. Los socialistas se consideraban ajenos a esta crítica, porque el marxismo ha declarado herética la investigación acerca del establecimiento y la eficacia de una comunidad socialista: continuaban queriendo un estado socialista en el futuro como un paraíso en la tierra, pero rechazaban entrar en discusión sobre los detalles de su plan. Los intervencionistas eligieron otra vía. Argumentaban, sin base suficiente, contra la validez universal de la teoría económica. Fuera de una posición en la que discutir lógicamente sobre teoría económica, podían referirse nada menos que a cierto “patetismo moral” del cual hablaban en la invitación a la reunión de fundación de la Vereins für Sozialpolitik [Asociación para la Política Social] en Eisenach. Contra la lógica, establecían el moralismo, contra la teoría el prejuicio emocional, contra los argumentos la referencia a la voluntad del estado.
La teoría económica predijo los efectos del intervencionismo y del socialismo municipal y de estado exactamente como se produjeron. Se ignoraron todas las advertencias. Durante 50 o 60 años la política de los países europeos ha sido anticapitalista y antiliberal. Hace  más de 40 años, Sidney Webb (Lord Passfield) escribió:
Ahora puede afirmarse justamente que la filosofía socialista actual no es sino la afirmación consciente y explícita de principios de organización social que ya han sido en buena medida adoptados inconscientemente. La historia económica del siglo es un registro casi continuo del progreso del socialismo.[1]
Ese fue el principio de esta evolución y fue en Inglaterra donde el liberalismo fue capaz durante más tiempo de resistirse a las políticas económicas anticapitalistas. Desde entonces, las políticas intervencionistas han hecho grandes progresos. En general, la opinión actual es que vivimos en una era en la que reina la “economía intervenida”, como heraldo de la alabada conciencia colectiva socialista por venir.
Ahora bien, como en realidad esa teoría economía predijo lo que ha pasado, como los frutos de las políticas económicas anticapitalistas han salido a l luz, se oye un grito desde ambos bandos: ¡es la decadencia del capitalismo, el sistema capitalista ha fracasado!
Al liberalismo no puede considerársele responsable de ninguna de las instituciones que dan su carácter a las políticas económicas actuales. Estaba contra la nacionalización y la entrega al control municipal de proyectos que ahora se demuestran catastróficos para el sector público y una fuente de indecente corrupción; estaba contra la negación de protección de quienes estaban dispuestos a trabajar y contra poner el poder estatal a disposición de los sindicatos, contra la prestación de desempleo, que ha hecho de este un fenómeno permanente y universal, contra el seguro social, que ha hecho de los asegurados gruñones, falsos enfermos y neurasténicos, contra los aranceles (y por tanto implícitamente contra los cárteles), contra la limitación de la libertad de vivir, viajar o estudiar donde uno quiera, contra el exceso de impuestos y contra la inflación, contra los armamentos, contra las apropiaciones coloniales, contra la opresión de las minorías, contra el imperialismo y contra la guerra. Ejerció una tenaz resistencia contra las políticas de consumo de capital. Y el liberalismo no creó las tropas armadas de partido que están esperando la oportunidad para empezar una guerra civil.
 II
La línea argumental que lleva a culpar al capitalismo de al menos alguna de estas cosas se basa en la idea de que empresarios y capitalistas ya no son liberales, sino intervencionistas y estatistas. El hecho es correcto, pero la conclusión que la gente quiere sacar de ello va en la mala dirección. Estas deducciones derivan de la completamente insostenible visión marxista de que empresario y capitalistas protegían sus intereses especiales de clase mediante el liberalismo en el tiempo en que floreció el capitalismo, pero ahora, en el último y decadente periodo del capitalismo, los protegen mediante el intervencionismo. Se supone que esto prueba que la “economía intervenida” o intervencionismo es la economía históricamente necesaria de esta fase del capitalismo en la que nos encontramos. Pero el concepto de economía política clásica y del liberalismo como la ideología (en el sentido marxista del término) de la burguesía es una de las muchas técnicas distorsionadoras del marxismo. Si los empresarios y capitalistas eran pensadores liberales en torno a 1800 en Inglaterra e intervencionistas, estatistas y socialistas en torno a 1930 en Alemania, la razón es que empresarios y capitalistas se han visto también cautivados por las ideas que prevalecen en ese tiempo. En 1800, igual que en 1930, los empresarios tenían intereses especiales que se hubieran visto protegidos por el intervencionismo y dañados por el liberalismo.
Hoy a los grandes empresarios se los cita a menudo como “líderes económicos”. La sociedad capitalista no conoce “líderes económicos”. Ahí reside la diferencia característica entre las economías socialistas por un lado y las economías capitalistas por otro: en estas últimas, los empresarios y los dueños de los medios de producción no siguen ningún liderazgo salvo el del mercado. La costumbre de citar a creadores de grandes empresas como líderes económicos ya da alguna indicación de que en estos tiempos no suele ocurrir que uno llegue a estos puestos por éxitos económicos sino más bien por otros medios.
En el estado intervencionista ya no es de importancia esencial para el éxito de una empresa que las operaciones se llevan a cabo de una forma en la que los consumidores estén satisfechos de la forma menos cara y mejor: es mucho más importante tener “buenas relaciones” con las facciones políticas controladoras, que las intervenciones redunden a favor y no en contra de la empresa. Un poco más de protección arancelaria para la producción de la empresa, un poco menos de protección arancelaria para las entradas para el proceso de manufacturas puede ayudar más a la empresa que la máxima prudencia en la gestión de las operaciones. Una empresa puede estar bien dirigida, pero se vendrá abajo si no sabe cómo proteger sus intereses en la disposición de las tasas arancelarias, en las negociaciones salariales ante consejos arbitrales y en cárteles públicos. Es mucho más importante tener “conexiones” que producir bien y barato. Por consiguiente, los hombres que llegan a lo alto de esas empresas no son los que saben cómo organizar las operaciones y dar a la producción la dirección que demanda la situación del mercado, sino más bien hombres que están en buena posición, tanto “por arriba” como “por abajo”, hombres que saben cómo entenderse con la prensa y con todos los partidos políticos, especialmente con los radicales, de forma que sus negocios sin infracciones. Esta es la clase de directores generales que tratan más con dignatarios federales y líderes de partidos que con aquellos que les compran o a los que venden.
Como muchos negocios dependen de favores políticos, quienes emprenden esos negocios deben devolver los favores a los políticos. No ha habido ningún gran negocio en años recientes que no haya tenido que gastar sumas considerables para transacciones que desde el principio eran claramente no rentables, pero que, a pesar de las pérdidas esperadas, tenían que realizarse por razones políticas. Por no mencionar las contribuciones a asuntos no relacionados con los negocios: dinero para elecciones, instituciones sociales públicas y similares.
Los poderes que operan hacia la independencia de los directores de grandes bancos, empresas industriales y sociedades anónimas respecto de los accionistas se están reafirmando más fuertemente. Esta políticamente acelerada “tendencia de las grandes empresas a socializarse”, es decir, a dejar que otros intereses distintos de la consideración “del máximo rendimiento posible para los accionistas” determinen la dirección de sus negocios, ha sido alabada por escritores estatistas como una señal de que ya hemos derrotado al capitalismo.[2] En el curso de la reforma de los derechos accionariales en Alemania, ya se han realizado incluso esfuerzos legales para poner el interés y bienestar del empresario, es decir “su autoestima económica, legal y social y valor duradero y su independencia de la cambiante mayoría de cambiantes accionistas”,[3] por encima de los propios accionistas.
Con la influencia del estado respaldándoles y apoyada por una opinión pública predominantemente intervencionista, los líderes de las grandes empresas se sienten hoy tan fuertes en relación con los accionistas que creen que no tienen que tener en cuenta sus intereses. En su dirección de los negocios de la sociedad en esos países en los que el estatismo se ha convertido más fuertemente en regla (por ejemplo, en los estados sucesores del antiguo Imperio Austro-Húngaro) están tan poco preocupados por la rentabilidad como los directores de los servicios públicos. El resultado es la ruina. La teoría que se ha avanzado dice que estas empresas son demasiado grandes como para dirigirse simplemente atendiendo al beneficio. Este concepto es extraordinariamente oportuno siempre que el resultado de dirigir negocios mientras se renuncia esencialmente a la rentabilidad es la quiebra de la empresa. Es oportuno porque en este momento la misma teoría reclama la intervención del estado para apoyar a las empresas que son demasiado grandes como para permitirles quebrar.
III
Es verdad que el socialismo y el intervencionismo aún no han conseguido eliminar completamente el capitalismo. Si lo hubieran logrado, los europeos, después de siglos de prosperidad, redescubriríamos el significado del hambre a escala masiva. El capitalismo sigue siendo tan prominente que se crean nuevas industrias y las ya establecidas están mejorando y expandiendo sus equipos y operaciones. Todos los avances económicos que se han hecho y se harán derivan del resto persistente de capitalismo en nuestra sociedad. Pero el capitalismo siempre es atacado por la intervención del gobierno y debe pagar como impuestos una parte considerable de sus beneficios para sufragar la inferior productividad de la empresa pública.
La crisis que está sufriendo actualmente el mundo es la crisis del intervencionismo y del socialismo municipal y del estado, en resumen, la crisis de las políticas anticapitalistas. La sociedad capitalista se guía por el juego del mecanismo del mercado. Sobre ese tema o hay diferencias de opinión. Los precios del mercado ponen en congruencia oferta y demanda y determinan la dirección y el nivel de la producción. Es del mercado del que recibe su sentido la economía capitalista. Si la función del mercado como regulador de la producción se ve siempre afectada por políticas económicas en la medida en que estas traten de determinar precios, salarios y tipos de interés en lugar de dejar que los determine el mercado, entonces sin duda se desarrollará una crisis.
No ha fracasado Bastiat, sino más bien Marx y Schmoller.
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Referencias:
[1] Cf. Webb, Fabian Essays in Socialism.… Ed. por G. Bernard Shaw. (American ed., editado por H.G. Wilshire. Nueva York: The Humboldt Publishing Co., 1891) p. 4.
[2] Cf. Keynes, “The End of Laisser-Faire”, 1926, ver Essays in Persuasion (Nueva York: W.W. Norton & Co., Inc., 1932) pp. 314-315.
[3] Cf. Passow, Der Strukturwandel der Aktiengesellcschaft im Lichte der Wirtschaftsenquente, (Jena 1939), S.4.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

(*) Ludwig von Mises. Economista austriaco, historiador, filósofo y escritor liberal que tuvo una influencia significativa en el moderno movimiento libertario en pro del mercado libre y en la Escuela Austríaca. Este ensayo se publicó originalmente como "Die Legende von Versagen des Kapitalismus" en Der Internationale Kapitalismus und die Krise, Festschrift für Julius Wolf (1932)