jueves, 9 de octubre de 2014

El pensamiento político de Maquiavelo

Dr. Eduardo Filgueira Lima (*)

Resumen:
El pensamiento de Nicolás Maquiavelo es solo bien conocido en ambientes académicos y ha trascendido en particular por una de sus principales obras: El Príncipe, y solo por algunos de sus múltiples conceptos. El presente es un ensayo que pretende ampliar la mirada sobre su extenso trabajo y exponer especialmente su pensamiento político, inscripto en el renacimiento italiano del Siglo XV. Con Maquiavelo nos encontramos cuando avanzamos en la comprensión de la filosofía política moderna porque se ubica como uno de los primeros exponentes del realismo político al convertirse en el primer pensador que expone con claridad la existencia de una forma de la acción política que existió y existirá siempre, pero nunca antes expresado claramente como él lo hizo y defendió en sus escritos.
Abstract:
The thought of Nicolás Maquiavelo is only well known in academic environments and has transcended in particular by one of his major works: The Prince, and only for some of their multiple concepts. This is an essay that tries to look over his extensive work and especially exposed his political thinking, enrolled in the Italian Renaissance of the 15th century. With Machiavelli, we are when we move forward in the understanding of modern political philosophy because it ranks as one of the early exponents of political realism to become the first thinker who makes clear the existence of a form of political action that existed and will exist always, but never before expressed clearly as he did and defended in his writings.

Palabras Clave: Pensamiento político, N. Maquiavelo, Filosofía política, modernidad.
Keywords: Political thought, N. Machiavelli, political philosophy, modernity.
Introducción:
El pensamiento de Nicolás Maquievelo se inscribe en el renacentismo italiano –y en particular en el renacimiento florentino– como un pensador representante del incipiente realismo político, del que se libera y que dominara el pensamiento político medioeval, cuyas interpretaciones derivaban de (o debían sujetarse a) las intervenciones divinas, impregnado además por el denominado humanismo –que como movimiento intelectual, filosófico y cultural– en su tiempo se expresaba retomando la antigüedad clásica y el humanismo griego, en especial en Roma, Florencia y Venecia. 
Nació en un pequeño pueblo: San Casciano in Val di Pesa; cercano a Florencia el 3 de Mayo de 1469. Fue hijo de Nicolás de Buoninsegna y de Bartolomea Nelli. El apellido Machiavelli era en realidad un apodo derivado del escudo de familia.
Provenía de una familia humilde pero que había tenido en Florencia un importante predicamento.
En su descripción de los aspectos biográficos R. Raschela (2004) nos dice que desde su juventud fue amante de la lectura y así es como llegaron a él los escritos de Platón, Aristóteles, Jenofonte, Tucídides, Polibio, Tito Livio, Tácito, Cicerón, Virgilio, Ovidio, Santo Tomás entre otros, los que marcaron con su impronta sus escritos.
Su vida fue tan azarosa como intensa. Una vez instaurada la república (en 1498) ingresó a la administración –en momentos en que Girolamo Savonarola ejercía el poder ya que había logrado expulsar a los Médici de Florencia– como secretario de la señoría que presidía la Segunda Cancillería (encargada de cuestiones militares y del interior), pero que poco después incorporó  funciones diplomáticas al integrar los Diez del Bailazgo (es decir: los Diez del Poder) funciones que le permiten a Maquiavelo realizar diferentes misiones –en Francia (1501, 1503 y 1510), con César Borgia (1502) y en Alemania (1507-1508)– o  mercantiles como en Venecia, o ante la Corte de Mantua, y también militares de control de tropas y organización.
De este período (1499 a 1509) surgen sus primeros escritos de tipo epistolar a la par de  cumplimentar múltiples misiones como las descriptas entre muchas otras.
No se trata de obras menores sino de sus Discursos y de otras relacionadas  al situación en muchos de los países en los que fue comisionado (Por ejemplo: Retratos de las cosas en Alemania, Primer Decenal, Retrato de las cosas en Francia, etc.), así como otros, no menos importantes, entre los que se destaca la Carta a su amigo Francesco Vettori, que fuera escrita en 1513, pues se nos permite comprender  el recorrido vital de Maquiavelo, y las vicisitudes de su vida política y pensamiento, entre muchas otras obras. Sin duda su epistolario –tanto a F. Vettori (1513),como a F. Guicciardini (1521)– resultan de gran importancia para comprender a su vez, las circunstancias políticas que se vivían por entonces en Florencia. (Casas Nadal & Rius Gatell, 2008: 212)
En 1512 con la restauración de los Médici se lo revoca de los  cargos se lo acusa de traición y se lo condena a la cárcel, donde sufre torturas y luego el destierro.
Se retira a una finca en San Andrea de Percussina en donde comienza con sus escritos de manera mucho más formal. En 1513 escribe El Príncipe (que es su obra más conocida) y que recién se publica en 1532 y que dedica a Lorenzo de Médicis a quien se lo presenta en 1516.
A su vez comienza con otras dos obras de gran importancia para el análisis de su pensamiento político: Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1513 que concluye en 1519) y Del arte de la guerra (1519)
La amnistía general que promueve el Papa León X en 1513, le permite reintegrarse a la vida social y política de Florencia.
Su vida estuvo signada por los vaivenes de la agitada vida política florentina, que refleja en los ocho libros que componen Historias Florentinas (1526), que ofrece al Papa Clemente VII y en particular a la suerte y papel de los Médicis, lo que le permitió ocupar por un lado altos cargos en la administración y por otro la cárcel, la tortura y el exilio.
A su vez su obra no se agota en las mencionadas sino en otras como La Mandrágora e incluso incursiona en el teatro, la poesía y una multiplicidad referidas a los lugares en que cumplió misiones, con agudas observaciones y referencias claras que son válidas expresiones de su pensamiento como así también importantes referencias históricas.
Tuvo la particularidad de escribir en su lengua natal (lengua toscana) y no en latín como era costumbre, tanto las obras citadas como muchas otras, que fue lo que permitió que sus escritos llegaran a difundirse mucho más fácilmente.
En 1527 se produce el saqueo de Roma por las tropas imperiales, a la par que se produce una rebelión en Florencia contra los Médici, los que son expulsados nuevamente.
Finalmente muere el 21 de Junio de 1527 en Florencia. Muchos de sus escritos fueron publicados póstumamente. (Raschella, 2004: 7-18)

Desarrollo:
Al ingresar en el pensamiento político filosófico de la modernidad, inevitablemente nos encontramos con Maquiavelo, pues es él quien nos dice, expresa y defiende una nueva concepción, en la que nos pone de manifiesto tal como existe una forma de la política que siempre fue y como seguramente siempre seguirá existiendo.
Es por ello que hablamos de un realismo político en el que posteriormente se inscriben otros autores como Thomas Hobbes y Baruch de Spinoza, de los que ha sido muy seguramente precursor.
A pesar de ello el primero no lo menciona en sus escritos, mientras que por el contrario es Spinoza quien reemplaza las concepciones que considera imaginarias e inútiles de la filosofía tradicional por un análisis más realista y científico de la vida política, para lo que cuenta con un importante aporte histórico y político en particular de muchas de las ideas provenientes entre otros de Maquiavelo. (Dominguez, 1997:31)
Es Maquiavelo quien produce un quiebre con los filósofos que le precedieron, aunque lo hace de una manera mesurada, pero claramente alejada del pensamiento sustentado hasta entonces, lo que es de apreciar en el capítulo XV de El Príncipe cuando expresa: “….Dejaré de lado entonces las cosas imaginarias de un príncipe y discurriré sobre las que son verdaderas,… (…)…y sé que todos confesarán que en un príncipe sería algo muy loable encontrarse con todas las cualidades mencionadas…. (…)… Pero las condiciones humanas no permiten poseerlas u observarlas íntegramente…. (…)… Y si se examina todo bien encontrará alguna cosa que parece virtud y que sin embargo en caso de seguirla, sería su ruina y alguna otra que parece vicio y siguiéndola le dará seguridad y bienestar”. (Maquiavelo, 2004. Cap. XV: 123)
Lo anterior es lo que lo convierte en el fundador de una nueva visión que conceptualiza las acciones de los príncipes en función de sus objetivos y finalidades, es decir la forma de comportamiento real que asumen o debieran asumir –en términos prescriptivos– los príncipes que quieran conservar o conquistar sus reinos, con clara relativización de la calificación moral que pudiera surgir ante los medios utilizados.
En primer lugar cuando manifiesta que “dejará de lado las cosas imaginarias” hace precisamente referencia a lo que hasta entonces era creíble o deseable en la acción y el comportamiento del príncipe, o de quien fuere el que ejerciera el poder del gobierno. Así como por otra parte: “hablar de las cosas verdaderas” nos conduce no solo a la mencionada ruptura con todo el pensamiento tradicional, sino a su vez a la innovación de una forma de pensar los comportamientos del hombre con criterios de realidad.
Nos dice al respecto Rivera García (2013): “Maquiavelo se revela como el umbral que nos permite pasar a la nueva época, la modernidad, y reflexionar sobre ella”. (Rivera García, 2013: 114)
Y esto es tan así que a su vez menciona que a pesar de ser loable poseer determinadas cualidades, las condiciones humanas no permiten poseerlas íntegramente, lo que no es criticable en sí, sino que forma parte del comportamiento humano y que alcanza no solo a los príncipes sino a también en otra medida a la conducta que asumen los súbditos para defender sus intereses.
En esta descripción los medios encuentran los límites en el equilibrio necesario –entre lo que denominará fortuna, virtud y oportunidad– como para que no se conviertan en instrumentos contrarios a los intereses y deseos del príncipe. Y es así que aunque nos describe que resulta preferible ser temido antes que amado, a su vez nos sugiere que siempre debe evitarse ser odiado, esto es decir que incluso el gobernante encuentra límites –aunque fuera en su propio interés– en su proceder: el lograr su aceptación y apoyo por parte del pueblo, pues ello es un precavido cuidado contra las conspiraciones. (Maquiavelo, 2004: 138)
De la misma forma que considera que los sentimientos morales no son más que el instinto pacífico que surge del temor.
Y el príncipe debe mantener ese delicado equilibrio para que el temor no se convierta en odio: y el odio –que puede hacer caer a los príncipes en desgracia, e incluso hacerles perder sus reinados– puede surgir entre los súbditos cuando ellos ven amenazadas sus pertenencias por la desmesura y voracidad de los príncipes.
En el capítulo XIX de la misma obra Maquiavelo se refiere a los modos en que se ha de evitar ser despreciado y odiado. Y allí nos expresa –con  múltiples referencias históricas– que el príncipe debe evitar todo aquello que lo haga odioso, y tanto como ser  pusilánime, superficial o irresoluto, o también y por otra parte rapaz y usurpador, en particular de la hacienda y las mujeres de sus súbditos, lo que resultaría en ser odiado por su pueblo lo que es frecuente fuente de conspiraciones y conjuras. “…el odio y el desprecio fueron la causa de la ruina de los emperadores,…” (Maquiavelo, 2004. Cap. XIX: 145)
En este punto resulta claro que estos pensamientos fueron precursores y vinculantes con lo que T. Hobbes (1982) nos planteara con posterioridad, según una ley superior –la ley natural– que nos ordena una sola y única cosa: la obediencia incondicional al poder soberano. ”…. La libertad de los súbditos consiste en la libertad de los pactos, y se compagina con el poder ilimitado del soberano….” (Hobbes, 1982. Cap XXI: 183)
Y por lo mismo resulta inevitable la asociación secuencial –aunque con perceptibles diferencias– entre la obediencia incondicional al poder soberano y el voluntario sometimiento contractualista hobbesiano, cuestiones que pueden tomarse en un análisis simple como similares, pero en esencia no son lo mismo. Ya que Maquiavelo expresa en sus escritos: la obtención y conservación del poder por el príncipe no por la sumisión y obediencia incondicional de sus súbditos sino mediante los artilugios de lo que concibe como la virtud, que somete por el temor.
Pero sin dudas la revolución efectuada por Hobbes fue decisivamente preparada por Maquiavelo. (Strauss, 2010:288)
Por su parte Spinoza (1997) continúa con sus propias características el pensamiento hobbesiano pero con un ataque a los filósofos tradicionales expresando que confunden las pasiones con vicios y que no alcanzan a comprender la perspectiva de los políticos que por experiencia han aprendido que “habrá vicios mientras haya seres humanos”. (Spinoza, 1997:72)
Un punto importante que clarifica conceptualmente el pensamiento de Maquiavelo es su referencia al emperador Septimio Severo quien a pesar de haber sido uno de los más crueles y voraces pero aún así fue tan grande su virtud que pudo gobernar sin inconvenientes pues en su persona se resumían las características de astucia del zorro y de bravura del león. (Maquiavelo, 2004. Cap. XIX: 141)
Y en este aspecto considero importante destacar el sentido que tienen algunos conceptos que  expresa, ya que del mismo dependen interpretaciones subsecuentes.
Por ejemplo cuando se refiere a la virtud difiere de la idea que podríamos tener hoy al respecto: condiciones personales opuestas al vicio, o las condiciones cívicas que hacen al buen ciudadano. Ya que su idea de virtud está referida a la condición de fortaleza, bravura, impulso, voluntad de poder, siempre asociada a la prudencia, astucia, habilidad, capacidad de adaptarse a circunstancias diversas, inteligencia y genio. La virtud resulta así de la capacidad razonada del hombre para adaptarse y sacar el mayor provecho en su colisión con la realidad (o la fortuna cuando es adversa) y esta adaptación puede volverse astucia, fraude o violencia según convenga a sus designios e intereses. La virtud tiene para Maquiavelo el sentido del saber hacer frente, en cualquier circunstancia y con los instrumentos necesarios –sin que merezcan juicios de valor– para lograr volver favorable la fortuna y alcanzar los objetivos deseados.
Incluso explícitamente deja en claro que los que llegaron a tener riquezas o poder se valieron del fraude o de la violencia, mientras los que no recurrieron a esas condiciones de virtud se hundieron en la servidumbre o la pobreza. “…porque lo que da fama es la victoria, no los medios para alcanzarla,..” (Maquiavelo, 1892: 346)
La distinción de Maquiavelo entre virtud y bondad – en el sentido que a bondad le dio Cicerón– tienden a volverse conceptos opuestos, ya que el hombre bueno es quien se caracteriza por su modestia, templanza, justicia y cumplimiento de la palabra. Para Maquiavelo la virtud es necesaria a los gobernantes y soldados, mientras que  la bondad es característica del pueblo dedicado a sencillas ocupaciones. (Strauss, 2010: 290)
Al respecto existe una franca discordancia entre el significado que los romanos daban al término virtus y el que tenía en lengua toscana la palabra virtú, tal y como la utilizó Maquiavelo, para quien el actuar del hombre no se encuentra limitado por restricciones morales o políticas, por lo que con ella se refirió al príncipe o gobernante que la ejercía ilegítimamente, aunque le fuera imprescindible para mantener su poder y con las connotaciones diferentes de la virtus romana o la del ideal griego. (Pocock, 2008: 668)
A su vez cuando Maquiavelo nos habla de fortuna no quiere decir con ello lo que podríamos interpretar: riquezas, posesiones o suerte. Sino que son los hechos, las circunstancias y las condiciones que nos impone la realidad, la que puede incluir condimentos de azar, y que puede ser adversa o amiga –es decir: contraria a los intereses o favorable a los mismos– y que a su vez, como es de suponer varía e impone condiciones al proceder de los hombres. La fortuna varía, tiene a los hombres bajo su yugo y determina los cambios históricos, los que no son sometidos a su control racional y deliberado. Pero el hombre de virtud sabe acomodarse –así como también dominarla, o cuando menos adaptarse a ella para sacar el mejor provecho en acuerdo con la oportunidad– porque: “…es común defecto de los hombres no prever en la bonanza la tempestad; así estos príncipes al no haber pensado nunca en los tiempos de paz que la fortuna podía cambiar, cuando llegaron los tiempos adversos, pensaron en escapar y no en defenderse,…(…)… y aquellas defensas solo son buenas cuando dependen de la virtud… ” (Maquiavelo, 2004. Cap XXIV: 162)
Lo anterior implícitamente incorpora el estrecho vínculo –que considera Maquiavelo– del  accionar del príncipe entre la virtud y la fortuna, que inevitablemente requieren de la sabiduría y prudencia para saber aprovechar la ocasión.
La ocasión –o si se prefiere: la oportunidad– es lo que une a la fortuna y la virtud. La ocasión requiere un accionar caracterizado por la celeridad y el acierto, opuesto al accionar que resulta tardío o por apuros. (Raschella, 2004: 23)
El pensamiento político de Maquiavelo parecería oscilar entre la defensa de las ideas republicanas –en particular en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio casi en paralelo a la idea de una monarquía, como la que presenta en El Príncipe.
En los Discursos –obra mucho más extensa que El Príncipe– Maquiavelo se extiende sobre la obra de Tito Livio: Historia de Roma, que abarca desde la fundación de la ciudad hasta la muerte de Nerón, es decir desde la institución de la República hasta su sustitución por el Imperio en un período de aproximadamente 500 años. La obra se encuentra dividida en 142 libros divididos en grupos de 10 libros o Décadas. (Strauss, 2010: 293)
En los Discursos Maquiavelo trata muchos temas comunes a otras obras, como por ejemplo el papel que ha cumplido la religión y su importancia desde tiempos remotos (el antiguo Egipto) hasta como ha servido para mantener en la República de Roma, con artes pacíficas a un pueblo –naturalmente aguerrido– sujeto a la vida civil, descripción que realiza con múltiples ejemplos históricos. (Maquiavelo, 1987: 63-73)
Maquiavelo es esencialmente un pensador político realista que alterna en sus textos entre lo prescriptivo y lo descriptivo. Y cuando se refiere a la república describe formas de gobierno ya utilizadas por los filósofos de la antigüedad (Platón o Aristóteles) y la establece como el gobierno que permite combinaciones entre la aristocracia, el príncipe y la democracia popular, considerando la tiranía como el régimen menos republicano, o el peor de las formas de gobierno en el que puede caer la república, al que se llega cuando el imperio de los intereses particulares –o una dictadura de los mismos– sobre lo universal conduce inevitablemente a la perversión de los regímenes políticos. (Pocock, 2008: 160)
Maquiavelo mantiene esa costumbre humanista de conversar con los antiguos. Y esto es manifiesto en una referencia particular que hace en su Carta a su amigo Francesco Vettori del 10 de Diciembre de 1513 en la que expresa: “…Avanzada la tarde, me vuelvo a casa y entro en mi despacho. Y en el umbral me despojo de mis vestidos cotidianos, llenos de fango y lodo, y me visto con ropas nobles y curiales. Entonces, dignamente ataviado, entro en las cortes de los hombres antiguos, donde, amablemente recibido por ellos, me deleito con ese alimento que es sólo para mí, y para el que yo nací. Y no me avergüenzo de hablar con ellos, y de preguntarles por las razones de sus acciones. Y ellos, por su humanidad, me responden. Y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, me olvido de toda ambición, no temo la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente donde están ellos….” (Citado por Casas Nadal & Rius Gatell, 2008: 214-215)
Y esto es lo que nos permite inferir que era consciente no solo de su pensamiento –el de los antiguos– y base filosófica en el que se asentaba el vivere civile, con el que se alcanzaban los deseables valores universales que le eran propios, sino también de las circunstancias en las que estos valores se habían perdido y con ello el poder de Roma con el Imperio y su decadencia, así como toda Italia, donde abogaba por la restitución de la República. (Maquiavelo, 2008: 170)    
No debemos confundir sus ideas respecto del entramado de poder que requiere la acción del príncipe, con una idea de reinado tiránico. Si bien considera en la virtud del príncipe condiciones y características de las que omite cualquier consideración moral (en el sentido de distinción entre el bien y el mal), ya que privilegia el alcance de los fines sin reparar en los medios, a su vez plantea que los príncipes que no gozan del favor y reconocimiento de su pueblo son los que sufren conjuras y confabulaciones que los llevan a perder sus reinos. Esto es cierto, aunque el supuesto cuidado del sujeto pueblo se convierta en un medio para el beneficio del príncipe, que sin embargo debe ser vehículo para el beneficio de todos los súbditos, delicado equilibrio que desde siempre había sido preocupación de la filosofía política.
En este punto merece destacarse la interpretación de Pocock (2008) sobre Maquiavelo y el particular momento que le tocó vivir, que de no ser considerado, muchas de sus ideas no podrían ser bien interpretadas, ya que no es posible descontextualizarlo –como es seguro a ningún autor– de las circunstancias, ideas, costumbres, cultura vigentes en la época, que en su caso particular está representado por dos tiempos ideales que señala en sus escritos: el momento en que la fundación de la república parece posible y el momento en que la de la misma existencia se demuestra precaria y decadente, que finaliza por desencadenar una profunda crisis en la historia a la que pertenece y de la que es parte integrante. (Pocock, 2008: 664)   
Por otra parte Maquiavelo desconfía de la religión –en particular de la religión católica– pues le atribuye el papel (en tiempos posteriores a Tito Livio) nefasto para la unidad de Italia. De la misma forma la hace partícipe de diferentes formas de engaño, y en particular en su atribución  de lo pecaminoso, o lo dudoso del castigo de Dios, lo que ya en sus tiempos era puesto en duda y cuestionado. 
También en los Discursos se ocupa de los principios que conducen las ciudades y como pueden ser mantenidos durante muchos años, tal como lo hizo Esparta durante más de 800 años, así como Roma durante la República, y como esos principios son fuente de orden y felicidad, cuando están vigentes las leyes adecuadas. Por el contrario manifiesta y pone de relevancia que Florencia mantuvo un orden desde 1502 –por los sucesos de Arezzo que empujaron a los florentinos a emprender una reforma constitucional que permitió al partido popular afianzar su poder mediante instituciones inspiradas en el modelo veneciano– orden que perdió cuando los grupos aristocráticos se unieron para promover el retorno de los Médicis, y con el apoyo español y papal, produjeron los incidentes de Prato en 1502, provocando la caída del gobierno popular y entraron triunfales en Florencia. (Maquiavelo, 1987: 32)
“…La historia romana nos enseña que el ciudadano se sirvió de la libertad para imponer su imperio sobre otros hombres, pero terminó corrompido por ese imperio hasta el punto de perder primero la libertad y más tarde el imperio.” (Pocock, 2008: 665)
En el recorrido de sus obras se encuentran conceptos que reitera y otros que podrían parecer contrapuestos. Así es por ejemplo que en los Discursos el gobierno puede ser de tres clases: monárquico, aristocrático y popular. Y en cualquiera son necesarios principios que los rijan –lo que conceptualmente lo acerca a la idea de principio morales que atribuye a los antiguos y a Roma en la república– y  leyes que los ordenen. Y agrega que también pueden encontrarse tres formas de gobierno corrompido: tiranía, oligarquía y licencia. Tránsito que puede realizarse con relativa facilidad dadas las mutaciones que sufren las repúblicas y la similitud que puede darse entre virtud y vicio.
Y es aquí donde retoma el concepto de virtud en términos de prudencia y fuerza –como “virtú – que le permite a la república darse leyes que la ordenen y conduzcan por el mejor camino. Mientras que por el contrario el vicio que asocia a la tiranía, los excesos, el desorden, la ausencia de las leyes, o la corrupción conducen a su destrucción, decadencia o dominio por otros. (Maquiavelo, 1987: 33-36)
En El Príncipe, estos conceptos parecen diluirse en pos de un gobierno de tipo monárquico, sujeto a la dura mano de quien gobierne, pero en realidad Maquiavelo nunca desestima el papel de las leyes, el bien del conjunto del pueblo y en lo que en su momento la república libre se planteó como problemas que nunca fue capaz de resolver.
“Libertas et imperium han sido reemplazados por el imperio de las leyes; libertad para actuar y libertad frente a las injusticias impuestas por otros…” (Pocock, 2008: 669) 
Lo que debemos comprender es que en la primera de las obras mencionadas Maquiavelo está refiriéndose al pueblo, según la obra de Tito Livio y en la segunda le habla al monarca o emperador –puntualmente a su mentor Lorenzo de Médicis a quien le presenta su obra en 1516– donde asume que para gobernar es necesaria la virtud con todos los atributos referidos que él le confiere y a sabiendas que esa actitud es el común denominador de los monarcas y príncipes de la época, que recurren a esas estrategias para obtener o conservar sus reinados, y que aún hoy no es ajena a nuestros días en la acción política. Finalmente, es el recurso –puesto al desnudo– de  una política que existió y seguramente en gran medida seguirá existiendo.
En este punto su concepción del bien y del mal abarca el problema de los medios que deben acomodarse a la realidad para la obtención de diversos fines u objetivos que se persigan, y que constituyen el proceder habitual de quienes luchan para obtener el poder independientemente de consideraciones morales. Su descripción es sobre lo que sucede en la realidad –por ello es que hablamos de un realista que rompe con las tradiciones hasta entonces vigentes del pensamiento y nos dice: “esto es lo que es” (la realidad factual)– y resulta solo prescriptiva para quienes se encuentran enredados en la descarnada lucha por obtener o mantener el poder, con lo que establece una ruptura con las teorías clásicas del humanismo cívico al establecer una necesaria condición de virtud desligada de todo tipo de connotaciones morales. (Hilb, 2000: 129)
Debe tenerse en consideración que el tiempo en el que Maquiavelo expone sus escritos solo podían expresarse y defenderse ciertas ideas y principios, que se encontraban arraigadas en el pensamiento medioeval –caracterizado por una concepción de la naturaleza humana a imagen y semejanza de la divinidad, más enraizado en lo que se pensaba “debía ser” que en lo que la realidad permitía– y que de por sí resultaba difícil expresarse en contraposición y ser suficientemente comprendido para no caer en desgracia. Aunque es también cierto que ya en este período muchas de las condiciones para la ruptura con ese pensamiento tradicional estaban dados en la medida que se iniciaba una corriente crítica sobre el castigo divino y se iniciaban los cuestionamientos sobre el papel que la religión y en particular la iglesia habían  tenido en la conformación y división de los estados.
Así es que el papel de la religión pasa a ser cuestionado en parte, aunque también se reconoce la posibilidad de contener a los pueblos o de constituir principados eclesiásticos –que se sostienen por instituciones religiosas– en los que nadie se preocupa por gobernar, pero el pueblo puede mantenerse feliz. “…estos principados son seguros y felices,…” (Maquiavelo, 2004. Cap. XI: 105)
Esta concepción es la que le hace decir a Rivera García (2013) que Maquiavelo pasa del rechazo a la instrumentación de la religión. (Rivera García, 2013: 133)
Y a su vez valore la forma en que los romanos hicieron buen uso de la suya. “…En otras palabras, la clave consiste en utilizar las creencias como instrumentum regni….” (Rivera García, 2013: 137)
Pero por otro lado también se desprende que para él la idea del bien está asociada al orden. Mientras que el mal se encuentra en el desorden. En el pensamiento de Maquiavelo encontramos por un lado esta idea circular de orden-desorden en las ciudades, repúblicas o principados, así como en el comportamiento de los hombres cuando se refiere a que resulta difícil encontrar hombres totalmente malos o totalmente buenos. (Maquiavelo, 1987: 99)
Aunque asume que el hombre se moviliza por impulsos egoístas que resultan en beneficio propio y en perjuicio ajeno y solo se doblega ante la coerción. Por lo que concluye que el proceder del que quiera obtener o mantener el poder estará despojado de toda moral, o que la moral constituya la política en sí, ya que el fin de todo príncipe es la conquista, para lo que son válidas las acciones que más sean acordes a sus fines.
Para lo que son necesarias cualidades de virtud, que en cada ocasión, le permitan torcer o aprovechar y obtener beneficios de la fortuna.
Así es que para Maquiavelo el estado es lo que hoy en día conocemos como gobierno y que para él son equivalentes ya que representa el poder político efectivo, así como la autoridad y el poder de dominación tanto del país como de la población.
Para lo que hoy en día concebimos como estado el habla de república o ciudad. Mientras que cuando menciona provincia se refiere al equivalente actual de nación.  Cuando Maquiavelo habla de orden también se refiere a su imperiosa necesidad para mantener el equilibrio del estado republicano y los peligros que para el mismo entrañan la tiranía y la corrupción, porque son vicios contrarios al bien común.
Finalmente su defensa del príncipe es la base en la que se sustenta el futuro absolutismo hobbesiano. Pero su pensamiento oscila entre el estado republicano que expone en los Discursos como réplica a la corrupción, abusos y supremacía del gobierno de los hombres, en lugar del gobierno de las leyes –ausentes en su tiempo dominado por príncipes tiranos y déspotas– y el estado absolutista de El Príncipe, que en realidad es un relato y justificación del quehacer habitual de los hombres en su lucha por el poder, imprescindible a sus fines y dedicado a Lorenzo de Medicis.
Y es precisamente a la casa de los Medicis que exhorta en el último capítulo a apoderarse de Italia y liberarla de los bárbaros. “..¿Que Italia no le negaría su homenaje? A todos les apesta la bárbara dominación. Asuma entonces vuestra ilustre casa  esta tarea con el ánimo y la esperanza con que se asumen las empresas justas,…” (Maquiavelo, 2004. Cap. XXVI: 170-171) 
Lo que no resulta claro es si Maquiavelo realizaba esta clara y explícita exhortación a los Médicis solo pensando de manera altruista en el bien de Italia, o a su vez también implícitamente solicitaba ser parte de ese quehacer. Aunque también existe otra explicación alternativa que nos dice de la desesperanza de Maquiavelo sobre la situación institucional de Italia y la necesidad de encontrar un Príncipe Nuevo, que con su virtud fuera capaz de liberarla de sus males y de su incapacidad de darse instituciones libres, y le permita generar instituciones republicanas duraderas. (Hilb, 2000: 142)
Muchos autores se han abocado al pensamiento de Maquiavelo y en particular a su pensamiento alternante entre la idea del republicanismo y su descarnada descripción del ejercicio del poder.
Según C. Hilb es posible encontrar en Maquiavelo por un lado un extraordinario amante de la libertad y por el otro un inescrupuloso consejero de Lorenzo de Médicis, siendo esta última visión demonizadora la que predominara hasta los albores de la ilustración, ya que El Príncipe ocultó sus escritos de los Discursos, y recién el Siglo XVIII se descubriría al Maquiavelo republicano, con una mirada que lo encuadra como precursor del realismo político. (Hilb, 2000: 128)
Desde esta perspectiva la libertad es un tema recurrente y convierte a Maquiavelo en un pensador que la considera como un elemento fundamental para el establecimiento y conservación de la república. “… lo que el pueblo desea, y encontrará siempre que anhela dos cosas: una vengarse de aquellos que tienen la culpa de su servidumbre, y la otra, recuperar su libertad...(…)…se ve por experiencia que las ciudades nunca logran aumentar sus dominios y sus riquezas sino cuando viven en libertad,…” (Maquiavelo, 1987:79)
Y es en la república en donde es posible para Maquiavelo ese ejercicio de la libertad aplicada a los quehaceres de la vida civil y al ejercicio de la actividad política de los ciudadanos, es decir: la república es el régimen virtuoso por excelencia. “….la República sería, según las enseñanzas de Maquiavelo, no sólo la ciudad más adecuada a la naturaleza moral del hombre, sino también idealmente la más conforme a la naturaleza de la cosa política…” (Hilb, 2000: 130)
Pero pueden concebirse dos criterios distintos y no contrapuestos de república: uno que se expresa como la reconstrucción de una comunidad de ciudadanos regulada por el derecho y la justicia. Y otro que la expresa como una comunidad de ciudadanos de relaciones fuertemente competitivas que sean capaces o no, de regularse por sí mismas con el concepto de virtú que responda a una historia y que no puede ser comprendida en la historia del derecho natural y de sus variantes. (Pocock, 2008: 672)
Skinner (1998) nos refiere que es también en los Discursos en donde Maquiavelo –en búsqueda de los motivos que fueron causa de la grandeza de Roma– y concluye que la libertad ha sido la principal causa de su esplendor. (Skinner, 1998: 77)
Y resulta concluyente una simple frase cuando se refiere a lo que hizo poderosa la república: “…quien estudie el buen fin que tuvieron las virtudes encontrará que no engendraron exilios ni violencias en perjuicio del bien común, sino leyes y órdenes en beneficio de la  libertad pública…” (Maquiavelo, 1987: 39)
Y ello es así aunque reaviva el concepto de división social, en el sentido que es así como el mundo social está dado (y mucho más aún en el momento que le tocó vivir): la división social forma parte constitutiva de la sociedad política.
En este sentido Hilb (2000) introduce una reflexión referida a que para Maquiavelo bajo el régimen republicano – en base a leyes y órdenes que posibiliten la libertad, más allá de la división social establecida– el interés público y el interés privado no solo no entran en colisión, sino que incluso pueden coincidir en lo referente a la expansión del dominio y la riqueza de la ciudad. (Hilb, 2000: 137)
El tema de la guerra no es ajeno en Maquiavelo y se encuentra explícito en casi todas sus obras y muy particularmente en Del Arte de la Guerra, aunque en todas deja claro que prácticamente no concibe el estado sin que se prepare a la constante amenaza de guerra. Y para ello debe contar con un ejército sobre el que realiza diferentes apreciaciones de tipo técnico, como por ejemplo su predilección por un ejército propio (en contraposición al de mercenarios), así como diferentes aspectos referidos a su organización como ejército estable, a la preeminencia de la infantería sobre la caballería, por ser aquella ajena a la alta nobleza medioeval y es por ello que propone organizar la caballería con los habitantes urbanos y la infantería con los de la región. Pero en todos los casos con los mismos ciudadanos que en el caso de la república pueden convertirse en leales soldados al servicio de la misma. De hecho le resulta inimaginable la idea del estado sin asociarlo a la guerra y establece una línea argumental directa entre guerra, política, estado y príncipe. Así es que su idea es que la suerte del estado está tanto más segura en tanto dependa de sus propias fuerzas. “…La conservación del poder, la permanencia del orden político estará mejor asegurada por una milicia popular,..” (Hilb, 2000: 136)
Según Skinner (1998), para Maquiavelo existen ejércitos de dos tipos: mercenarios a sueldo y milicias ciudadanas. El sistema mercenario era en Italia de uso casi universal, pero Maquiavelo descree de su potencialidad, lealtad y firmeza. Y lo explica haciendo referencia que durante muchos años los italianos han tenido tropas mercenarias y los resultados han sido desastrosos pues Italia ha sido invadida por Carlos, saqueada por Luis, violada por Fernando y por los suizos. Y todo ello porque los mercenarios son desunidos, ambiciosos, desleales e indisciplinados. (Skinner, 1998: 43-47)
Y en este punto es importante recalcar que a lo largo de su obra puede destacarse que Maquiavelo –y en particular en los Discursos– nos dice  que el cimiento de todo estado son las buenas leyes y los buenos ejércitos.
Sin dudas el análisis nos pone frente a diversas formas de interpretación –por lo menos dos– del pensamiento político de Maquiavelo: o nos basamos en solo sus textos y lo que surge de ellos con la mirada de nuestros días –inclusive “leyendo entre líneas” por lo que se supone nos quiere decir– o contextualizamos su pensamiento en el tiempo que a Maquiavelo le tocó vivir, con las ideas, la cultura y los conflictos de sus días.
Pero la primera opción nos coloca en que al interpretar “entre líneas” ¿no estamos ya colocándonos en situación de comprender o suponer frente a un contexto de limitaciones en la expresión? Porque es cierto que en tiempos de Maquiavelo existían todavía limitaciones para expresar todo lo que el florentino podría querer decir.
Pero no es menos cierto que esta forma deja librada a “supuestos no dichos” que solo se inscriben en la subjetividad del analista –que en esos términos limitan su validación científica– aunque sean corrientes en el análisis histórico, por muchos autores.
Al respecto y en el análisis que hace Strauss en sus escritos sobre Maquiavelo quien se coloca en la primera situación, nos dice  Rivera García (2013): “…en una dirección opuesta al historicismo, Strauss, cuando lee a Maquiavelo o a cualquier otro filósofo, se interroga siempre por el valor de su pensamiento sub specie aeternitatis, por lo que vale su filosofía con independencia de la época en la cual se formula,..” (Citado por Rivera García, 2013: 115)
El mismo autor en su ensayo –que constituye una abierta crítica a la interpretación que Strauss hace de Maquiavelo– nos expone ingresar en la médula del pensamiento de Maquiavelo, que en esencia se trata de una revolución antropológica, un cambio radical en la manera de entender la naturaleza humana, tal como hasta entonces se la había concebido. Aunque para Strauss no es posible establecer distinciones entre los Discursos y El Príncipe, pues ambos son la continuidad del mismo pensamiento, son complementarios y exponen solo con diferencia en las formas la esencia misma del pensamiento del florentino. (Rivera García, 2013: 117)
Y más adelante agrega: “…La modernidad asume la esperanza de que la verdad, si no en todos los hombres, podrá residir en las instituciones que los moldean. Ya no se trata de conseguir algo imposible, modificar la condición humana, sino –y aquí Hobbes despliega toda la doctrina latente en Maquiavelo– de domesticarla levantando unas instituciones, principalmente el Estado, dentro de las cuales nuestra naturaleza no suponga una amenaza mutua,..” (Rivera García, 2013: 144)
Desde otra perspectiva Grüner (1999), describe a Maquiavelo afirmando que se trata de un escritor sombrío de la burguesía, producto de la cultura burguesa y de los poderosos, que produce su propia forma de hacer política y a la que Maquivelo favoreció, pero de quien la misma burguesía se apresuró a renegar. (Grüner, 1999: 179-181)
Esta misma calificación la atribuye en este texto al tándem Maquiavelo-Spinoza, en referencia una misma línea de pensamiento, aunque incluye  también  a Hobbes.
Y en el mismo sentido y citando también a otros autores que lo precedieron (como A. Gramsci, L. Althusser, Etiènne Balibar o Jacques Rancière), reniega de aquella visión que pretende ver un Maquiavelo republicano y democrático –el de los Discursos– y otro monárquico y autocrático –el de El Príncipe– lo que califica de dualización esquizoide, para liberarse del maquiavelismo, que solo y según su visión, es un anecdotario del oportunismo histórico. (Grüner, 1999: 182)   
Por el contrario –y obviamente desde una perspectiva diferente– nos encontramos con otros autores que ven en Maquiavelo a un pensador que ha alcanzado a descubrir un dilema insoluble que radica en el reconocimiento de la acción del hombre asociadas a fines últimos que pueden ser contradictorios, que no responden a circunstancias excepcionales, ya son parte de la situación humana normal. Es por ello que resulta utópico encontrar una respuesta final, única y excluyente a la cuestión de cómo deben vivir los hombres. De lo que se desprende que Maquiavelo aboga por una ética pagana, de la antigua virtud romana, antes y por sobre la postulada entonces ética cristiana, lo que implica relegar la tradicional moral cristiana al reino de la utopía. (Berlín, 1992: 137-143)
Con una argumentación mucho más audaz y por el contrario, nos encontramos con autores –Pocock (2008)– que en primer lugar parten del análisis del pensamiento político de Maquiavelo inserto en el contexto histórico en el que tuvo ocasión de vivir. Y en segundo lugar descubriendo su vinculación desde las ideas de la antigua Grecia, la fascinación por la grandeza de la República de Roma, el pensamiento medioeval y el humanismo, hasta proponer la hipótesis que el florentino que su pensamiento dio origen a la revolución hobbesiana, a las bases del iluminismo escocés y desde allí a los precursores de la revolución americana, que denomina la tradición republicana atlántica.
En síntesis, este autor sustenta la idea que las bases del republicanismo de los Estados Unidos se encuentran en el pensamiento de Maquiavelo, en función de las necesarias e inevitables relaciones de poder que se establecen entre gobernantes y gobernados, de las que el florentino realizó una minuciosa y revolucionaria descripción.     

Conclusiones:
Son muchos los autores y es abundante la literatura existente sobre Nicolás Maquiavelo, sobre el que las visiones son diferentes y muchas veces resultan a su vez contrapuestas.
Para Hilb (2000) y Skinner (1998) Maquiavelo es fundamentalmente el filósofo de la libertad, como a su vez es el  iniciador de los principios republicanos, aunque ambos autores realizan valoraciones desde perspectivas diferentes y con matices en la interpretación de los precursores y del curso del pensamiento del florentino.
Mientras que para Strauss (2010), aunque también lo considera un verdadero defensor de la libertad, a su vez lo considera un mal consejero de sanguinarios príncipes, e interpreta que solo puede realizarse una sola lectura El Príncipe y Los Discursos pues definen una misma línea de pensamiento y constituyen solo con sutiles facetas un mismo discurso.
Así es como este autor no coincide con Pocock (2008), ni posibilita la idea que Maquiavelo haya sido precursor de las ideas en las que se basó el pensamiento de la revolución americana.
Desde otra perspectiva –declaradamente marxista– para Grüner (1999), Maquiavelo ha sido el pensador de las clases dominantes, las mismas que por motivos totalmente contrapuestos a los que el esgrime, lo vituperan.
Diversos autores, cada uno desde su perspectiva y sus argumentos, descubren facetas, o realizan diferentes análisis sobre el pensamiento político de Maquiavelo y esto es así porque el mismo no ha pasado desapercibido ni ha sido indiferente.
Con seguridad que el florentino ha permitido distintos análisis, e interpretaciones, lo que seguramente ha sucedido porque se inscribe en un preciso momento histórico.
Y es desde esta coyuntura desde la que podemos realizar un análisis más preciso.
Desde ya que pretender exhaustividad en un ensayo como el presente resulta un exceso, pero ante lo expuesto podemos llegar a algunas conclusiones.
Sin dudas Maquiavelo no solo fue testigo privilegiado de los vericuetos, las intrigas, las acciones del poder,  como de las circunstancias, costumbres, preferencias y vivere civile propias de los ciudadanos de Florencia –y otros sitios a los que fue comisionado, como Venecia, Francia, Alemania, etc.– en las postrimerías del Siglo XIV e inicios del Siglo XV, sino que a su vez tuvo la particularidad de dejarnos una extensa obra, que no solo nos ofrece una infinidad de datos históricos, referencias culturales, costumbres y a su vez los pensamientos vigentes de su época.
Es por ello que se constituye en un legado importante para la comprensión de este momento bisagra en la historia del pensamiento político y que por lo mismo debe ser analizado en su contexto histórico particular, aunque puedan no resultarnos atractivas muchas de sus ideas a la luz de nuestras concepciones e ideas particulares, o como consecuencia de ponernos de cara a lo que entendemos que nuestra sociedad ha luchado por superar y en muchos sentidos ha logrado.
Sin embargo Maquiavelo, tiene a su vez la importancia de dejarnos la impronta de su época en sus escritos y de haberlos expuesto y defendido en la convicción de que solo describía con crudeza la realidad vigente.
Otro aspecto importante es comprender que el significado de los términos que emplea no puede pretenderse igual en el pensamiento de los antiguos, o de los romanos de la república o de los humanistas del Siglo XIV, cuya pertinencia estaba ligada más al “deber ser” prescripto por el vivere civile de los antiguos o por la divinidad, que a lo que era el habitual acontecer en la realidad.
Es decir, Maquiavelo fue una figura de gran importancia en el renacimiento italiano, como a su vez dio comienzo al realismo político y al pensamiento político moderno.
Independientemente de las múltiples interpretaciones de sus escritos no es posible negar su importancia y trascendencia –ya sea como ironía según algunos, o como expresión genuina de su pensamiento según otros– en los sentidos anotados antes y en particular porque a partir de su análisis es posible comprender mucho de sus antecesores, como la vigencia de su pensamiento en los que le siguieron, ya que pocos escapan a la idea de su aporte a la revolución hobbesiana.
Otro aspecto que debe considerarse es que fue capaz de escribir con claridad sus ideas en un momento en el que podía ser considerado difícil expresarse en forma contraria al pensamiento vigente.
Más allá de detenerme en valoraciones acerca de lo que Maquiavelo expresa y de la interpretación comparativa de los términos de su uso –cuestión extensamente tratada por múltiples autores– entiendo que la realidad existe con características propias para cada uno, por lo que es imposible entenderla y explicarla en su totalidad de manera unívoca, ya que existen en todos los ámbitos una multiplicidad de causas y efectos, así como en todos los casos de interpretación existen valores previos que nos condicionan, sin que ello sea un impedimento para continuar con diferentes líneas de investigación, para lo que debemos despojarnos previamente de una falsa conciencia, en este tema de importantes implicancias en la interpretación de la historia del pensamiento político moderno.
En las raíces de nuestro pensamiento político subyacen distintos paradigmas, y cada uno se aferra al suyo. Pero también del intercambio de ideas surgen permanentemente nuevas formulaciones teóricas y conceptos que nos permiten construir nuestra propia y renovada realidad, de tal suerte de avanzar permanentemente en el discurso propio.
Por ello debemos considerar que el pensamiento de Maquiavelo ha resultado una enorme e invalorable contribución desde su tiempo al pensamiento político de nuestros días, que lo sitúa entre los precursores de una nueva y moderna forma de conceptualizar los asuntos de gobierno y por lo mismo de la sociedad, que entendía que era lo único que nos podía legar: “…Si os pudiera hablar en persona, no podría evitar llenaros la cabeza de lucubraciones, porque la Fortuna ha hecho de tal manera que, no sabiendo razonar ni del arte de la seda, ni del arte de la lana, ni de ganancias o pérdidas, me convenga razonar de los asuntos de estado, y necesariamente tengo que razonar de esto, o hacer voto de silencio,..” (Carta 40 citada por Casas Nadal & Rius Gatell, 2008: 213)

Bibliografía:
  • Berlin, I. (1992) La Originalidad de Maquiavelo. En Contra la Corriente. Ensayos sobre la Historia de las Ideas. Madrid: Fondo de Cultura Económica
  • Casas Nadal, M. y Rius Gatell, R. (2008) “Las epístolas privadas de Nicolás Maquiavelo”. Cuaderns d´Italia, 13: 211-216
  • Dominguez, A. (1997) “Introducción Histórica” En Spinoza, B. Tratado Teológico-Político. Barcelona: Altaya
  • Grüner, E. (1999) La astucia del zorro y la fuerza del león. En Atilio Borón (comp.) La filosofía política clásica. Cap. VIII: De la Antigüedad al Renacimiento. CLACSO. Buenos Aires: CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.
  • Hilb, C. (2000) “Maquiavelo, la república y la virtú”. En Tomás Várnagy (comp.) Fortuna y Virtud en la República Democrática. Ensayos sobre Maquiavelo. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. CABA, Argentina: Biblioteca Virtual CLACSO. ISBN 950-9231-54-1
  • Hobbes,T. (1982) El Leviatan. Bogotá DC: Editorial Skla
  • Maquiavelo, N. (1892) Historia de Florencia. Biblioteca Clásica: Obras históricas de Nicolás Maquiavelo, Universidad Autónoma de Nuevo León. Madrid: Librería de la viuda de Hernando y Cía.
  • Maquiavelo, N. (1987) Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Madrid: Alianza Editorial.
  • Maquiavelo, N (1988) Del arte de la guerra. Madrid: Tecnos.
  • Maquiavelo, N. (2004) El Principe. (3ª ed.) Colección Clásicos Universales. Buenos Aires: Losada
  • Pocock, J. (2008) El momento maquiavélico. (2ª ed.) Colección de Ciencias Sociales, Serie de Ciencia Política. Madrid: Editorial Tecnos
  • Raschella, R. (2004) En “Prólogo” de Maquiavelo, N. El Principe. (3ª ed.) Colección Clásicos Universales. Buenos Aires: Losada
  • Rivera García, A. (2013) En el Umbrral de la Modernidad: El Maquiavelo de Leo Strauss. Revista Panameña de Política. Estudios Nº 16; Julio-Diciembre
  • Skinner, Q. (1998) Maquiavelo. Madrid: Alianza Editorial
  • Spinoza, B. (1997) Tratado Teológico-Político. Barcelona: Altaya
  • Strauss, L. (2010) Nicolás Maquiavelo. En Strauss y J. Cropsey (comps.) Historia de la Filosofía Política. (1ª ed. en español) México DF. Fondo de Cultura Económica

(*) Eduardo Filgueira Lima. Director del CEPyS. Director del Departamento de Investigaciones Sociales. Publicación del 30 de Julio de 2014.

Publicación de Rev. Ciencia Política. Junio de 2014