domingo, 5 de octubre de 2014

Macri el peronista, a pesar de él

Por Diana Ferraro (*)

Mientras cada día queda más clara la vocación kirchnerista por el fracaso, la destrucción de la Nación y el hostigamiento a su pueblo, la oposición, sin prisa y sin pausa, va construyendo sus candidaturas presidenciales en la certeza de que, más tarde o más temprano, habrá elecciones. No será esta una elección más, sino una elección cuyo resultado deberá asegurar un dramático cambio de rumbo en el país para restablecer una vida normal para las personas, empresas e instituciones. Entre los candidatos posibles para asumir esta tarea, sobresale Mauricio Macri, aún no del todo asentado en la tradición histórica que viene a representar y muy preocupado, en cambio, por aclarar que él es lo nuevo, alguien que nada tiene que ver con el pasado, en especial con un peronismo que, según él, ha gobernado muy mal durante las últimas décadas.
En un país dividido desde hace más de 70 años en dos grandes partidos, el Partido Justicialista y el Partido Radical, la afirmación del dirigente porteño suena por demás audaz. Podría resultar cierta, si consideramos que los dos grandes partidos han sufrido diversos desmembramientos y que uno de ellos, el PJ, paralizado por el kirchnerismo no peronista y transformado por éste en aliado de ese partido del estatismo totalitario llamado Frente para la Victoria, ha casi dejado de existir. Podría Macri, en efecto, tener razón si los dos grandes partidos fueran a mantenerse en ese estado y, además, indiferenciados en su tradición, ideas y recorrido histórico, y convertidos en un conjunto amorfo al cual el PRO, con su novedosa impronta, vencerá y sustituirá.
En un país donde todas las instituciones han dejado de funcionar a partir del golpe institucional de Duhalde y Alfonsín a de la Rua en 2001, también los partidos políticos han perdido su forma, función y contenido y, mientras no se reinstitucionalicen, habrá lugar para todas las fantasías de nuevos partidos y nuevos dirigentes que crean que, porque las instituciones y los partidos se licuaron, también se licuaron las ideas y la memoria de los votantes.
A pesar de lo que sostiene Macri, las tradiciones históricas y el conjunto de creencias profundas están muy arraigados en una población que, sin embargo, y por falta de adecuados dirigentes políticos que inspiren y eduquen teniendo en cuenta esas tradiciones y creencias, no puede encuadrar con facilidad su pertenencia en el panorama político. Es esta dificultad la que hay que tener en cuenta, no para crear fantasías sino para lograr adhesiones concientes y convencidas.
Hace muy poco, la Jueza Servini de Cubría confesó en un reportaje de La Nación que si en 2003 hubiera autorizado las internas que le reclamaban en el PJ, hubiera ganado Menem, y que para evitar eso, no las autorizó. Ese fue el inicio del dedo de Duhalde que señaló a Kirchner como el candidato y el comienzo del siniestro capítulo de nuestra historia que aún padecemos.
Para entender este desorden que aún vivimos, convendría darse cuenta de dos cosas: la primera, que si se hubiera respetado la institucionalización del PJ y su vida democrática interna, otro hubiera sido el cantar; y la segunda, que el peronismo liberal de los 90, aún después del fracaso de Cavallo con de la Rua, hubiera tenido una segunda etapa, legal y votada. En este desorden, hay que entender que a uno de los dos partidos más importantes de la Argentina le fue negada su libre existencia democrática y constitucional, por una conjunción de intereses expresados por un Duhalde representante de un peronismo anticuado e ignorante de la globalización, enemigo más que de Menem, de las políticas liberales y de libre mercado de éste, y por aquellos que influyeron en la Jueza Servini de Cubría, los grupos empresarios enemigos de esta liberalización, los radicales y otros grupos socialdemócratas y de izquierda con gran interés en restablecer el estatismo ya superado en los 90.
Hay que comprender, también, que el mismo radicalismo sufrió un proceso semejante aunque más acotado, pero basado igualmente en la lucha entre radicales más liberales y radicales más estatistas, todos en un idéntico y costoso esfuerzo de adaptación a las nuevas reglas del mundo global.
Si el marco institucional y el respeto a la vida democrática en los partidos hubiera permitido a dirigentes y votantes organizarse en aquellos días de 2003, rápidamente hubiéramos tenido una gran lucha interna en cada uno de los dos partidos, con las diferentes líneas de pensamiento económico y administrativo tratando de predominar y de ganar la voluntad de afiliados primero y votantes después. Junto a los dos partidos, habríamos tenido también algunos partidos pequeños, ya de derecha, ya de izquierda, funcionando como independientes o como aliados frentistas de alguno de los dos grandes. Como ciudadanos, podríamos haber escuchado los debates y elegir a conciencia y no como sucedió, ser obligados a elegir entre variantes del mismo estatismo predominante.
En la debacle de los dos grandes partidos, Mauricio Macri creó uno nuevo, el PRO, visualizado primero como uno de los tantos pequeños partidos liberales de derecha (al estilo de la UCD o de Acción por la República), luego como un notable partido vecinal, y hoy como un partido nacional que aspira a nutrirse tanto del radicalismo como del peronismo, con una vocación de alianza que zigzaguea del radicalismo al peronismo, para detenerse quizá más de la cuenta en un antiperonismo oportunista que toma al kirchnerismo como expresión legítima del peronismo, quizá para ignorar al peronismo más moderno y liberal, ese al cual el PRO se parece como un hijo se parece a su padre.
Si la vida institucional regular hubiese continuado sin interrupciones, ¿hubiera Mauricio Macri inventado un partido o, más bien, hubiera lanzado su línea personal PRO dentro de alguno de los dos grandes partidos? Me caben pocas dudas que su actitud hubiera sido la misma de los muchos hombres semejantes, valiosos y exitosos en la actividad privada, que ingresaron durante los 90 a la vida pública dentro de un PJ amplio y abierto, democrático y recogiendo a la vez las dos grandes tradiciones conservadoras de la Argentina, la liberal y la peronista. Los ejemplos de Cavallo, Scioli, Reutemann, más los que entregó masivamente la UCD, sobran. Macri hubiera sido el mismo que es hoy, sólo que dentro de un partido grande, nacional, ya instalado y organizado. Un partido en el cual hubiera podido dar las mismas batallas que da hoy en contra de los peronistas estatistas, antirrepublicanos, totalitarios, antidemocráticos, antiguos en sus ideas económicas, poco profesionales en la gestión, improvisados y sin éxitos para mostrar en la actividad privada, esa actividad a la cual todos los politicos deberían volver cada tanto para hacer allí su fortuna y no en el Estado, como es la triste costumbre nacional.
Este juego de ficción sirve para comprender un poco mejor el casillero político en el cual,a pesar de todo, Macri está ubicado. Los partidos están dibujados, pero la tradición histórica profunda y las tendencias en pugna, aunque invisibles, continúan su existencia en las profundidades. El radicalismo ha podido organizarse medianamente bien, formando incluso un frente con partidos igualmente republicanos y mayoritariamente socialdemócratas. El peronismo aún no se ha organizado, dividido entre un PJ sometido y uno disidente, y quizá no llegue a organizarse a tiempo, si el PJ no es rápidamente restituido a la normalidad por dirigentes peronistas que se decidan a rebelarse contra el autoritarismo de un pequeño grupo de kirchneristas antiperonistas, encabezado por la actual presidente, y restablecer reglas democráticas para la elección de sus dirigentes.
Por otra parte, el peronismo, después de doce años de duhaldo-kirchnerismo, es decir, de un estatismo socialdemócrata o de un estatismo totalitario, tampoco se ha dado la oportunidad de confrontar sus ideas modernizadoras de los 90 con aquellos que, no pudiendo derrotarlas en las urnas (del la Rua le ganó a Duhalde con promesas liberales, no olvidemos), las aniquilaron por la fuerza de un golpe institucional. Esta discusión debe darse con franqueza antes de las próximas elecciones, porque la ignorancia pública es masiva a la hora de evaluar correctamente tanto los años del peronismo liberal de los 90, como la gestión económica del período de la Rua, como la reinstalación del estatismo dirigista y anticonstitucional de Duhalde, y su variante totalitaria con los Kirchner.
El PRO, lo quiera o no, expresa la línea interna liberal, republicana y modernizadora en un Partido Justicialista amordazado e invisible, pero no por ello menos real. Cuando Mauricio Macri dice ser “el nuevo” frente a los que nos gobernaron antes, no dice toda la verdad—esperemos que no esté construyendo un nuevo relato a su medida—porque omite decir que representa, como idea, lo mismo que expresaron los exitosos peronistas liberales de los noventa y sus menos exitosos continuadores radicales liberales en el fin de siglo. Aunque sí podría decir, con más exactitud histórica, que expresa a la segunda generación de peronistas liberales, corregida, mejorada y, por cierto, aumentada con las nuevas generaciones hastiadas del estatismo y de la falta de libertad. Exactamente como los jóvenes y no tan jóvenes peronistas liberales después de la experiencia alfonsinista.
La historia es la historia, y muy de tanto en tanto, alguien inventa algo realmente nuevo, como la generación del 80, Yrigoyen o Perón. Esperamos que Mauricio Macri, el peronista a pesar de él, pueda encontrarse con sus votantes peronistas hoy un tanto huérfanos y obligados a esperar la demorada rebelión liberal y republicana de un Scioli que no quiere hacer caso a de la Sota, o a entregarse a las nuevas elucubraciones socialdemócratas de Lavagna, Massa y Duhalde. Esperamos también que Macri trate a tantos peronistas sueltos como lo que son, de los suyos, y no como a enemigos que en el pasado hicieron todo mal, porque no es cierto. La Argentina fue modernizada por ese peronismo liberal que hoy pretende ignorar.
También, claro, a la hora de buscar refuerzos, están disponibles el Partido Radical y el Frente UNEN, antiperonistas de ley y estirpe, pero como ellos mismos dicen de Macri, ¡nada que ver! Lo perciben como lo que es: un peronista a pesar de él. Para algunos, esto sonará como un insulto. En esta página, es el mejor elogio.
(*) Diana Ferraro. Escritora, periodista y analista política. Artículo publicado en "Peronismo Libre" el 3 de Octubre de 2014